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Siendo niños, Kamisato Ayaka y Kaedehara Kazuha fueron comprometidos para casarse cuando fueran adultos, y entre ellos surgió una profunda amistad, y un dulce amor juvenil. Todos esperaban grandes cosas de ambos, como los jóvenes príncipes de sus respectivos clanes. Sin embargo, al final los Kaedehara cayeron en desgracia, Kazuha desapareció de la vista de todos, y el compromiso se deshizo. Varios años después, y en pleno auge del Decreto de Captura de Visiones, el camino de Ayaka vuelve a cruzarse repentinamente con el de Kazuha. Y aunque aquel espadachín errante es bastante diferente al niño que aún vive en sus recuerdos, la Princesa Garza se da cuenta rápidamente de que sus sentimientos por él aún perduran. Pero luego de todo lo que el joven Kaedehara ha vivido y visto, ¿qué es lo que sentirá por ella...?


Hayran Kurgu 13 yaşın altındaki çocuklar için değil.

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Capítulo 01. Llévate mi tristeza

Notas del Autor:

Hola a todos, espero estén bien. El día de hoy les traigo el primer capítulo de esta nueva historia, en esta ocasión basada en el videojuego Genshin Impact, y protagonizada por mis dos personajes favoritos de éste: Ayaka y Kazuha. Esta historia ha estado rondando en mi cabeza por largo rato, y como recientemente he terminado el arco de Inazuma, he decidido darle vida de una vez por todas.

La historia será de cierta una forma un tipo de precuela del arco de Inazuma presentado en el juego, pero con varios cambios en los sucesos narrados, el trasfondo de varios personajes, y unos pocos retoques a las personalidades y motivaciones de estos. La esencia de todo lo que conocen del juego seguirá aquí, pero cabe mencionar que me tomaré varias libertades con el fin de darle a todo un toque más narrativo y, claro, ajustar las cosas a lo que deseo contar. Por ello quizás lo correcto sería decir que la historia rozará un poco en el Universo Alterno o el Canon Divergente. De mi lado lo veo más como una reinterpretación del arco de Inazuma y de sus personajes.

Como dije la historia estará principalmente enfocada en Ayaka y Kazuha, pero también será protagonizada por otros varios personajes de Inazuma como Thoma, Sara, Ayato, Tomo, y muchos más. Igualmente se introducirán varios OC (o Personajes Originales) que servirán de apoyo o complemento a la historia.

Al final de cada capítulo intentaré agregar algunas notas aclaratorias cuando lo crea necesario. Pero igual si tienen alguna duda o se requiere alguna aclaración, pueden dejármelo en los comentarios.

Sin más por el momento, empecemos...


Capítulo 01.
Llévate mi tristeza


Incluso a los ocho años, Kamisato Ayaka siempre se había distinguido por ser una niña obediente y servicial, que hacía lo que le decían y nunca daba ningún problema; ni a sus padres, ni a su hermano, ni a los sirvientes, ni a nadie. Y por ello, cuando aquella tarde de primavera le informaron que su hermano tendría una importante reunión con sus consejeros, y no debía interrumpirlos o siquiera acercarse a la sala en la que se encontraban, no dudó en acatar la instrucción tal cual se la habían dado.

Sin embargo, la ferviente tendencia a obedecer de la joven Kamisato fue puesta a prueba cuando comenzó a percibir su nombre entre los susurros discretos de los sirvientes; acompañado además de frases de gran peso como "el futuro del clan", o palabras más... llamativas como "compromiso" y "matrimonio".

Aunque en aquel momento Ayaka no fue capaz de conectar cómo todo aquello se relacionaba entre sí, y en especial con ella, igual bastó para hacer vibrar su curiosidad infantil, y dejar de lado su deber por primera vez en mucho tiempo.

La pequeña se encaminó sigilosa por los pasillos de la Hacienda Kamisato en dirección a la sala que le habían dicho tajantemente no se acercara. No había ningún sirviente o guardia a la vista, lo cual resultó provechoso. Se paró entonces justo afuera de la puerta de madera para intentar escuchar la misteriosa conversación que se suscitaba dentro; prácticamente tenía su oreja pegada a ésta.

La voz que le resultaba más clara y reconocible, era justo la de su hermano mayor, Ayato.

—Así que el clan Kaedehara —escuchó que murmuraba con la habitual seriedad que solía distinguirlo al estar en ese tipo de reuniones—. Sí, me parece que mi padre me llegó a hablar un poco de esa familia y de sus sobresalientes guerreros.

—En efecto —oyó justo después que respondía con moderada emoción la voz de alguien más; posiblemente la de uno de los viejos consejeros de su padre, que ahora eran los de su hermano—. Los espadachines del clan Kaedehara son de los más hábiles de toda Inazuma. Tener su lealtad únicamente hacia el clan Kamisato sería algo invaluable.

—Entiendo —murmuró Ayato, sonando en realidad algo indiferente a ese alegato—. Pero, ¿tener la lealtad de un clan de espadachines es en verdad tan importante en una época de paz como en la que vivimos? En especial si el precio es la mano de mi hermana.

«¿Mi mano?» pensó Ayaka confundida, arrugando poco su entrecejo. ¿De qué estaban hablando exactamente? ¿Y qué tenía que ver ella con todo eso?

En el interior de la habitación se encontraban, primero por supuesto el joven amo de la casa, Kamisato Ayato, de tan sólo quince años. Sentado a sus espaldas, protegiendo su retaguardia, se estaba Thoma, su guardaespaldas y amigo de su misma edad. Y delante de ellos estaban tres hombres, claramente mayores que los dos jóvenes; incluso eran más viejos de lo que era el antiguo líder del clan.

En aquellos momentos Ayato acababa hace poco de tomar el liderazgo del clan tras la muerte de su padre, y poco a poco se iba empapando de todos esos asuntos. Pero a pesar de su mente tan ágil y aguda inteligencia, era claro que aún le faltaba mucho por aprender; y en ocasiones sus consejeros parecían querer usar eso a su favor.

Aun así, tenía bastante claro que comprometer a su hermana con cualquiera, siendo ésta aún tan joven, no era una decisión que debía tomar a la ligera.

¿Qué hubiera decidido su padre estando en su lugar...?

—Si algo ha demostrado la historia es que la paz es efímera, mi señor —añadió otro de los consejeros, agachando respetuosamente la cabeza—. Nunca sabes qué cambios vendrán el día de mañana.

—No en la Inazuma Eterna de la Shogun Raiden —respondió Ayato con bastante confianza—. ¿No es eso lo que ha prometido? ¿Paz y prosperidad perpetuas e inamovibles?

—Sí, claro —respondió otro de los hombres mayores, un tanto vacilante—. Nuestra amada y poderosa Arconte siempre estará aquí, cuidando de la prosperidad de nuestro pueblo incluso después de que todos nosotros hayamos partido. Pero hay pequeñas situaciones que están lejos de requerir la intervención, o siquiera el interés de una deidad como ella. Y para ese tipo de cuestiones, un señor como usted debe consolidar su posición, en especial ante los demás comisionados. Tener aliados poderosos, lo convertirán en un señor poderoso.

—Y claro, esto no es sólo en su beneficio, mi señor —intervino rápidamente el tercero de los hombres—. Piense también en la señorita Ayaka. Candidatos para ser su futuro esposo hay muchos, y podemos revisar la lista completa si así lo desea. Pero los tres concordamos que este joven es sin lugar a duda el mejor prospecto; políticamente, económicamente, y además es de su misma edad y crianza. Y sabemos que usted de seguro concluirá lo mismo.

Los consejeros eran bastante insistentes, y el joven Ayato se mostraba aún bastante indeciso.

Mientras su señor se encontraba sumergido en la discusión, Thoma percibió un pequeño ruido proveniente de la puerta detrás de él. Y al enfocar su atención en ese punto, se dio cuenta de la presencia de alguien del otro lado; alguien que al parecer llevaba ya un rato ahí.

Moviéndose de forma discreta para no llamar demasiado la atención de los demás en la sala (ni de la persona oculta en el pasillo), el joven de cabellos rubios retrocedió hacia la puerta. Se puso de rodillas justo delante de ésta, y la abrió apenas un poco para poder asomarse hacia afuera. Del otro lado, una sorprendida Ayaka se sobresaltó, retrocediendo un poco y alzando su mirada tímida hacia el muchacho. Éste le sonrió de regreso con gentileza.

—No es propio de usted espiar detrás de las puertas, señorita —masculló el sirviente en voz baja, sonando muy parecido a un regaño.

—Lo siento —susurró Ayaka apenada, agachando un poco su rostro ruborizado.

—No debe disculparse conmigo. Pero será mejor que se retire antes de que su hermano la vea. ¿De acuerdo?

Ayaka asintió sin voltear a verlo, y se retiró por el pasillo sin queja alguna, incluso apresurando un poco el paso. Una vez que se cercioró que la señorita Kamisato se había alejado lo suficiente, Thoma cerró de nuevo la puerta.

—¿Todo está bien, Thoma? —murmuró Ayato en ese instante, virándose a ver al joven sirviente sobre su hombro.

—Un asunto sin importancia, mi señor —respondió con voz afable, aproximándose y sentándose de nuevo detrás de Ayato. Éste asintió, aunque algo en su mirada le indicó que no creía en su totalidad aquellas palabras. Pero ya habría tiempo de explicarle directamente cuando no hubiera tantos oídos curiosos.

—¿Podría al menos conocer al muchacho antes de tomar una decisión? —inquirió Ayato, virándose de nuevo hacia los consejeros.

—Por supuesto —exclamó uno de ellos con alegría—. De hecho, él y su comitiva vinieron especialmente para tener audiencia con usted.

Ayato asintió, al parecer complacido.

— — — —

Avergonzada por haber sido sorprendida en su primera desobediencia en años, Ayaka caminó cabizbaja por el pasillo. La parte obediente de su ser parecía de nuevo estar tomando el control, y se reprendía a sí misma por haber hecho justo lo que le dijeron que no hiciera. No sabía si Thoma le terminaría contando a su hermano, pero siendo como es de seguro se enteraría tarde o temprano de todas formas. Y llegado ese momento, sólo le quedaría aceptar el castigo correspondiente.

La parte más consciente de ella tenía todo aquello claro. Sin embargo, aún había bastante en la pequeña Kamisato que estaba más interesada en lo que alcanzó a escuchar y comprender de la conversación...

¿Estaban hablando de ella? Y más importante: ¿estaban hablando sobre con quién se casaría?

Ayaka ya había tenido una plática al respecto con su madre hacía tiempo. En aquel entonces le había comentado que llegado el momento, se elegiría una persona adecuada para que fuera su compañero en la vida, y que sería su deber como una Kamisato acatar dicho deseo por parte de la cabeza del clan. Ayaka lo había comprendido (o creía haberlo hecho), pero lo sentía como algo bastante lejano que le correspondía a una Ayaka del futuro que ni siquiera conocería jamás.

Y ahora al parecer esa "Ayaka del futuro" estaba justo ahí, caminando con sus pies por ese pasillo.

El sonido de varias voces agitadas cercanas llamó su atención, obligándola a detenerse unos instantes y alzar la mirada. Se dio cuenta entonces, con algo de sorpresa, de en qué ala de la casa se encontraba. Más adelante, a unos metros de dónde estaba de pie, se encontraba la habitación de Kamisato Kayo; su madre. Se había dirigido hacía allá sin siquiera pensarlo, quizás guiada por el recuerdo de aquella conversación.

El ajetreo que la había distraído provenía de dicha habitación; al parecer eran las voces de varias sirvientas, hablándose y dándose instrucciones entre ellas. Y por debajo de ellas, se escuchaban también unos intensos y desgarradores tosidos.

Ayaka comenzó a avanzar temerosa hacia esa puerta, en esos momentos semiabierta. No le habían dado en alguna ocasión explícitamente la instrucción de no acercarse a esa habitación, como lo habían hecho esa tarde con la sala de reuniones. Sin embargo, de alguna u otra forma la joven Kamisato se mantenía lejos de ese sitio, ya fuera consciente o inconscientemente.

Al asomar sus pequeños ojos azules por la apertura de la puerta, observó la figura de su madre sobre su cama, inclinada hacia un lado tosiendo, mientras las sirvientas intentaban ayudarla. Pero lo que quizás captó más la atención de la jovencita fue una bastante notoria mancha roja en los tendidos blanco que cubrían las piernas de su madre.

Estaba tosiendo sangre una vez más...

Aquello dejó bastante impresionada a la niña, tanto que le fue incluso imposible desviar la mirada. Por ello no se percató de en qué momento su presencia fue notada por las sirvientas, ni de que una de ellas se aproximaba hacia la puerta hasta que prácticamente estuvo de pie al frente suyo, cubriendo con su cuerpo la imagen de su madre.

—No se preocupe, señorita Ayaka —le murmuró la mujer mayor, esbozándole una (forzada) sonrisa—. La señora Kayo está bien. El doctor ya viene a verla.

Intentaba hablarle de forma amable y dulce como casi todos los sirvientes procuraban hacerlo, pero Ayaka se percató de que no resultaba nada sencillo para ella mantenerse así. Y antes de que pudiera hacerle algún cuestionamiento, la sirvienta deslizó la puerta hacia un lado para cerrarla por completo.

Antes de que la visión del interior del cuarto desapareciera por completo para Ayaka, pudo ver por un escaso momento a su madre volteando hacia ella, recostada contra su almohada. Sus ojos le parecieron tan apagados, y su rostro tan delgado, que le resultó muy difícil reconocerla. Cuando la puerta se cerró por completo y ya no la pudo ver más, una parte de ella incluso lo agradeció un poco...

Ayaka avanzó con más rapidez por el pasillo, alejándose de la puerta de su madre sin mirar atrás.

Su padre había fallecido no hace mucho, su madre estaba muy enferma, y su hermano cargaba ahora con toda la responsabilidad de ser el líder del clan. Ayaka se esforzaba mucho en sus estudios y preparación para no ser una carga, sino un apoyo sustancial para su familia. Aun así, había realmente muy poco que podía hacer en realidad.

Salvo comprometerse en matrimonio, al parecer.

Si lo ponía en la balanza contra todo lo que su hermano tenía que hacer, o por lo que pasaba su madre en esos momentos, casarse resultaba una tarea pequeña y sencilla. Si eso era lo que se requería de ella, lo haría sin protestar; obediente y servicial, como siempre lo había sido...

Al pasar por el pasillo junto al jardín trasero de la casa, algo nuevo captó su atención. Se viró un segundo hacia dicha dirección y ahí, sentado en una de las rocas y rodeado de todos los árboles de cerezo, divisó la figura de una persona extraña y fuera del lugar.

Era un niño, o al menos desde su posición le pareció que lo era. Tenía el cabello rubio platinado tan claro que casi parecía blanco como la nieve. Estaba en ese momento dándole la espalda, sentado en la piedra mirando al cielo, o quizás a los cientos de pétalos rosados que flotaban en el aire sobre él.

A Ayaka no le pareció conocido en lo absoluto. De hecho, hasta donde sabía, el único niño en la Hacienda Kamisato era ella misma.

Intrigada, comenzó a aproximarse con paso cauteloso. Aquel chico no pareció percatarse de su presencia, o al menos no lo demostró. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, Ayaka pudo escuchar que murmuraba repetidamente algo en voz baja...

—Llévate mi tristeza... flor de primavera... No... Arrastra contigo mi tristeza... No... Dulce flor de primavera...

El chico soltó varias frases parecidas en ese lapso de tiempo, sintiéndose un poco de consternación en su voz. Ayaka se paró justo detrás de él, aguardando que terminara para no interrumpirlo. Tuvo que esperar varios segundos, antes de que el extraño se tomara unos instantes de silenciosa reflexión, abriéndole la oportunidad para poder hablar con propiedad.

—Hola, ¿qué haces aquí?

El muchacho soltó un pequeño quejido, que le recordó un poco a cuando su padre pensaba profundamente en algo. Luego volvió a mirar al cielo y respondió con una voz suave y despreocupada:

—Estoy intentando hacer un haiku inspirado en este escenario y momento, pero el acomodo apropiado de las palabras se me escapa.

—Oh... ya veo —murmuró la joven Kamisato en voz baja. En realidad, ella se refería a qué hacía ahí en su patio, pero consideró que sería un poco descortés de su parte el contradecirlo.

El misterioso niño siguió recitando su poema un par de veces más. Repetía las mismas ideas sobre las flores que volaban en el aire, y sobre que se llevaran su tristeza consigo. Sin embargo, no parecía poder acomodarlas de una forma que le satisficiera por completo.

Ayaka alzó también su mirada, contemplando igualmente los pétalos danzando sobre ellos, arrastrados por la más mínima ventisca. Y se sintió entonces identificada con esa idea; sobre lo agradable que sería que igualmente sus preocupaciones y miedos se los llevara el viento, tan fácil como se llevaba los pétalos de cerezo.

Y entonces, casi sin pensarlo, la joven Kamisato pronunció despacio y de corrido las palabras que le cruzaban por la cabeza en ese momento:

—Flor de cerezo... Llévate mi tristeza... Volando al viento...

El chico se giró a verla en ese momento, un poco sorprendido al parecer. Ayaka pudo ver hasta entonces su rostro blanco y sus singulares ojos rojizos. A Ayaka le pareció que podría ser de su misma edad; además, era lindo...

Tras un rato, el extraño se viró de nuevo hacia arriba, y susurró en voz baja las mismas palabras que Ayaka había pronunciado, haciendo que sonaran casi como un bello canto.

—Me gusta cómo suena —concluyó el chico con moderada alegría.

—Sí, a mí también —añadió Ayaka. Justo después avanzó hacia la misma piedra en la que el misterioso niño se encontraba, y se permitió sentarse a su lado—. ¿Por qué estás triste? —preguntó de pronto, tomando al parecer por sorpresa a su acompañante—. Dices que te gustaría que el viento se lleve tu tristeza. ¿Tú por qué estás triste?

El muchacho la contempló por un rato, quizás un poco dubitativo sobre cómo responder a esa pregunta. Al final, desvió su mirada hacia otro lado, como si se sintiera avergonzado, y contestó en voz baja:

—Es sólo un poema.

Ayaka asintió en silencio, sin intención de insistir de más.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó entonces, esbozando una amistosa sonrisa.

El cambio de tema pareció animar al extraño a virarse hacia ella de regreso.

—Soy Kazuha. ¿Y tú?

La joven Kamisato abrió su boca dispuesta a responderle, pero alguien más se le adelantó.

—Ayaka —escuchó la voz de su hermano pronunciar fuerte a sus espaldas.

Al girarse sobre sus hombros, ambos niños vieron a la joven cabeza del clan Kamisato aproximándose por el pasillo, acompañado unos pasos detrás por Thoma y sus tres consejeros. En la mirada de Ayato Kamisato se percibió algo de desconcierto al ver a su hermana en compañía de... ese muchacho. Sin embargo, intentó disimularlo detrás de una de sus ya casi famosas sonrisas afables.

—Joven Kaedehara, supongo —murmuró Ayato, bajando sus pies del pasillo de suelo de madera al césped del jardín. Prosiguió entonces a aproximarse con cautela a los dos chicos. Thoma y los consejeros aguardaron en su sitio, pero los cuatro tenían su atención bien puesta en lo que acontecía ante ellos.

El muchacho, presentado como Kazuha, se giró en la piedra y se paró de ésta, con una sobresaliente agilidad, plantando sus pies firmes en el piso delante del joven comisionado.

—Señor Kamisato —saludó inclinando su cuerpo hacia el frente con el adecuado respeto que la posición de la persona delante de él requería—. Es un honor estar en su presencia, mi señor. Yo, Kaedehara Kazuha, seré su leal servidor si así usted me lo permite.

Aquella frase a Ayato le pareció... un poco artificial. Pero no necesariamente de una forma negativa o condescendiente, sino más bien como si hubiera tenido que ensayarla y repetirla tantas veces, hasta el punto en el que ésta perdiera totalmente el significado para él. Intuyó de inmediato que eso debía ser obra de su familia. Le habían puesto encima la pesada carga de tener que impresionarlo, a pesar de ser tan joven; no muy diferente a la pequeña Ayaka, de cierta forma.

—¿Qué estaban haciendo aquí? —preguntó Ayato, virándose ahora hacia su hermana.

—Estábamos haciendo un haiku, hermano —respondió Ayaka con total sinceridad.

—¿Un haiku? —inquirió Ayato, un poco sorprendido y ciertamente curioso. Kazuha asintió, reafirmando lo dicho por la niña—. ¿Le molestaría recitarlo para mí, joven Kaedehara?

Kazuha se sobresaltó, al parecer un poco desconcertado por la petición. De seguro su familia no le había instruido sobre cómo recitar poesía frente al comisionado Yashiro.

Se volvió un instante hacia Ayaka, que le sonrió de regreso, asintiendo con su cabeza. Kazuha respiró hondo, cerró sus ojos y pronunció aquellas palabras, que salieron de su boca flotando por sí solas en el aire.

—Flor de cerezo... Llévate mi tristeza... Volando al viento...

Aquello sonó mucho más sincero para Ayato. Si tenía que interpretarlo de alguna manera, sería que aquellas eran palabras pronunciadas por el verdadero Kazuha Kaedehara, y no la versión que su familia de seguro le quiso presentar.

Eso hizo que se dibujara una pequeña sonrisa en los labios del joven comisionado.

—¿Le gusta hacer haikus, joven Kaedehara?

Kazuha pareció dudar de nuevo.

—No lo sé... Creo que no soy muy bueno en ellos...

—Bueno, la verdad es que yo tampoco lo soy —respondió Ayato con humor—. Pero Ayaka es más versada en ese tipo de cosas, ¿no es cierto?

Ayaka se sobresaltó, un poco nerviosa por su repentina mención.

—Yo... bueno... —balbuceó la niña, siendo incapaz de responder algo claro.

—Sí, en realidad ella me ayudó a darle la forma final —declaró Kazuha abruptamente.

—Ahí está, lo sabía —añadió Ayato entre risas.

Todo eso provocó que el rostro de la jovencita se tornara rojo de la pena, sin que pudiera evitarlo.

—Bueno, Ayaka —escuchó murmurar a su hermano, sonando de hecho más como la habitual seriedad del comisionado Yashiro—. ¿Por qué no llevas a tu nuevo amigo a recorrer la hacienda?

—¿Amigo? —murmuró Ayaka, un poco sorprendida; casi como si dicha palabra le resultara... extraña—. Ah, seguro... por aquí, señor... joven... ah...

Ayaka dudó un poco sobre cómo referirse a ese muchacho. Casi siempre le tocaba tratar con personas adultas, y rara vez interactuaba con alguien de su edad. Así que todo eso era de cierta forma nuevo para ella.

Su incertidumbre fue bastante evidente, así que sin que se lo pidiera el chico decidió salir a su rescate.

—Puedes llamarme Kazuha, si no te molesta que te diga Ayaka.

—¡No! —exclamó la joven de cabellos azules, quizás con más ímpetu del necesario—. Digo... Sí, está bien... Por aquí, Kazuha.

Ayaka comenzó a avanzar por el patio, y Kazuha le siguió unos cuantos pasos detrás. Mientras caminaban, se veía que la jovencita intentaba hablarle a su visitante entre tartamudeos nerviosos, pero éste parecía algo distraído con las hojas que flotaban sobre ellos, y apenas y le respondía con un par de palabras. Al pasar a lado de los tres consejeros mayores, estos les ofrecieron una reverencia a cada uno, e incluso les pronunciaron algunas palabras de júbilo. Todo esto bajo el ojo observador de Kamisato Ayato.

—¿Y qué le parece, señor? —le preguntó Thoma de pronto, aproximándosele.

—A primera vista, me agrada —respondió Ayato con normalidad—. Pero lo importante es que le agrade a Ayaka. Dejemos que se conozcan un poco. Y, ¿quién sabe?; con compromiso o sin él, quizás Ayaka pueda al menos hacerse un amigo para variar.

Thoma asintió, de acuerdo con su afirmación.

Ninguno hubiera imaginado en ese momento que, un tiempo después, Ayato se arrepentiría incluso de haber permitido que su pequeña hermana conociera a ese chiquillo.


Notas del Autor:

—Para esta historia, entre otras cosas me tomaré un poco la libertad de especificar por mi cuenta las edades de varios personajes. La verdad desconozco si existe una fuente fiable u oficial de éstas, pero para efectos prácticos decidí ajustarlas a mi interpretación de cada personaje. En este contexto, se considera que Ayaka y Kazuha son de la misma edad, teniendo en el presente alrededor de 18 años. Ayato y Thoma por su parte tendrían alrededor de 24 o 25.

—Este primer capítulo fue principalmente un flashback, pero a partir del capítulo siguiente daremos un salto diez años después. Igual a lo largo de los siguientes capítulos seguiremos teniendo algunos otros flashbacks de Ayaka y Kazuha de niños, pero mayormente estaremos en el tiempo presente.

12 Mart 2022 23:35 0 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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Sonraki bölümü okuyun Capítulo 02. La Princesa Garza

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