martin-girona1583791253 Martin Girona

Ariel era el vocalista de una banda de cumbia villera que se separó después de unos meses de relativo éxito. Él continúa con la música pero ya nadie lo contrata. Estando en su peor momento, un amigo de la infancia le ofrece un extraño trabajo, que podría darle la plata necesaria para relanzar su carrera: robar una antigua reliquia cristiana de la casa de un militar retirado, con delirios místicos y vinculado a una sanguinaria secta.


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Rusia


El cumpleaños era un nido de víboras de clase media que se estiraban para parecer más ricos, apretaban las nalgas y miraban de reojo hacia el escenario. Unos pocos bailaban.

—¡Esta es una noche muy especial porque festejamos el nacimiento de una niña muy especial! ¡Feliz cumpleaños Florencia! ¡Aguante la cumbia y la vida! —vociferó Ariel el Trompa Gutierrez desde el escenario. Sus palabras amplificadas retumbaron por el salón de fiestas que parecía una sala velatoria, las nalgas se apretaron un poco más.

Florencia era una niña de diez años que se quejaba, acusaba y daba órdenes a diestra y siniestra, chillando y golpeando cosas. Lo hizo durante las dos canciones que Ariel pudo tocar antes de que le pidieran, de mala gana, que se bajara del escenario.

—¿Sabés quién soy yo? —le increpó al padre de la cumpleañera—. No me podés sacar así, nosotros metimos quince mil personas en Buenos Aires, ¿sabés? Nosotros solitos, eso hay que respetarlo.

—No sé quién sos ni me importa, te lo estoy pidiendo bien, queremos que te vayas.

Un grupo de hombres empezaron a rodearlos, con los ceños fruncidos y las camisas remangadas, sin corbatas y sudados en las axilas.

—A mi me contrataron para tocar diez temas y los voy a tocar —los desafió Ariel, tratando de abarcarlos a todos con la mirada. Algunos eran considerablemente más altos que él.

—¿Quién te contrató? Nadie te quiere acá...

—Yo los contraté —intervino Lautaro, el tío político de Florencia.

Las miradas amenazantes de los hombres de camisa cayeron sobre él. Lautaro apoyó su mano en la espalda de Ariel y lo condujo hasta el patio.

—Parece que no les gusta tu música —dijo con una risa que olía a whisky y sandwiches de atún. Las víboras de clase media se retorcían contra las ventanas del salón.

Pablo sacó la billetera y le pagó lo que acordaron por una presentación de una hora de duración. Billete sobre billete. Ariel lo guardó en un sobre sin contarlo. Se conocían desde niños, aunque hacía casi dos años que no se veían cuando Lautaro lo llamó para que tocaran en el cumpleaños.

—Mi banda no es una broma, Lauta, vos sabés que yo te respeto, pero si me trajiste para descansar a la familia de tu mujer...

Lautaro negó con la cabeza.

—Te llamé porque me gusta lo que hacés, y porque somos amigos. No me importa lo que piensen ahí adentro, esas dos canciones fue lo mejor que va a pasar en este cumpleaños.

Le ofreció un cigarro.

—Gracias, me viene bien —dijo Ariel, aflojando los músculos y buscando el encendedor en sus bolsillos—. Es una buena plata… Andan bien tus cosas, ¿eh? —Señalaba el traje entallado, color vino tinto, que Lautaro usaba sobre su camisa blanca.

—Es barato, no puedo mover mucho los brazos porque se me va a rajar en cualquier momento. Pero sí, mis cosas andan mejor, por suerte. ¿Y vos? ¿Seguís viviendo por el barrio?

—Si. La fama no dio para tanto.

—¿Seguís trabajando sólo en esto?

—De vez en cuando hago alguna changa, pero lo mío es la música. La verdad es que ahora no nos están contratando mucho... —dijo como confesando un crimen— Pero yo tengo un plan, un plan para pegarla en grande.

—¿Qué plan?

—No, no, esas cosas no se cuentan, da mala suerte. Cuando pase te vas a enterar —el entusiasmo estiraba sus facciones moldeadas por las piñas y curtidas por el sol.

—Tirame un titular, aunque sea.

—Rusia.

—¿Lo qué?

—A los rusos les gusta la cumbia. Me voy a mudar a Rusia y voy a seguir mi carrera allá.

Lautaro asintió varias veces con una cálida sonrisa.

—Es un plan tan bueno como cualquier otro —dijo.

—Si… pero todavía falta.

—¿Qué falta?

—Guita, lo de siempre.

Laurato se inclinó hacia atrás hasta apoyar la cabeza contra la pared, se quedó mordiendo la colilla y mirando las copas de los árboles.

Trompa... yo puedo confiar en vos, ¿no? Si te cuento algo, puedo estar seguro de que queda entre nosotros…

—¿Qué te pensás que soy?

Lautaro hizo un gesto con la mano como si apartara una telaraña que le estaba molestando.

—Yo sé que tenés códigos, por eso te voy a hacer una propuesta importante, algo que nos puede hacer ricos a los dos —Con los años, Ariel había aprendido a desconfiar de esa tipo de presentaciones— ¿Ves al viejo que está sentado en el rincón con cara de que le está masticando el hígado a alguien?

Ariel miró hacia el salón y vio a un hombre encogido por los años que parecía un muñeco de ventrílocuo derritiéndose en el fuego, llevaba una peluca tan poco sutil que se veía como una ardilla muerta. Estaba sentado con las piernas abiertas y la barriga desparramada en una silla solitaria frente a una mesa vacía, en la que sólo había un plato con sandwiches, otro con torta de fiambre y un vaso de whisky por la mitad.

—Si —respondió Ariel

—Es el tío abuelo de mi mujer. Es un milico retirado con mucha guita, de los que robó fuerte en la Dictadura. Está mal del coco, es un delirante, tiene viajes místicos con Jesús. Pero además de eso...

—¿Vos no crees en Dios? —lo interrumpió Ariel.

—No es el punto.

—Hablás como si no creyeras.

Lautaro se corrió un mechón de pelo de la cara, se acomodó el cuello de la camisa y se le acercó para hablarle por lo bajo.

—Mirá, Trompa, yo lo que creo es que el viejo robó algo muy caro y lo tiene encanutado en su casa —Hizo una pausa para ver la reacción de Ariel, pero su amigo apenas levantó un poco las cejas—. Es una reliquia cristiana, no sé cuál, pero hay gente que paga una fortuna por esas cosas.

—¿Cómo sabés eso?

—Ese es mi trabajo, saber lo que hace la gente —dijo y le dio una pitada al cigarro con gesto de complacencia.

—Si, claro… por tu trabajo....

—¿No sabés de qué trabajo?

—No.

—Pero te lo dije.

—Me lo dijiste una vez, pero no te estaba prestando atención.

Lautaro dejó escapar un suspiro y volvió a sonreír, dejando al descubierto el brillo plateado de sus braquets.

—Trabajo con las cámaras de videovigilancia del complejo donde vive el viejo. Lo vi varias veces con el... objeto en cuestión. Es una caja de madera de este tamaño, más o menos. Sé dónde la guarda porque la saca una vez al día, la mira, le habla, le reza y la vuelve a guardar.

—¿Por qué me estás diciendo esto?

—Porque necesito a alguien de confianza.

Ariel fumó la última pitada en silencio y con el ceño fruncido, tiró la colilla y la hundió en la tierra.

—Vos sabes que yo te respeto... desde aquella vez que saltaste por mí y le metiste una patada en la cabeza al Bruno, cuando me quiso cortar, yo te respeto, pero no te confundas conmigo porque ya no estoy para esa.

—No te enojes, Trompa, pensalo, tomate unos días y pensalo bien. Estamos hablando de mucha plata. Además, el viejo es un hijo de puta, es lo menos que se merece.

Ariel volvió a mirar hacia la mesa del rincón, el viejo ya no estaba solo: parado a su derecha había un hombre joven, ancho de espaldas y erguido con una rigidez aristocrática. Su piel era tan blanca que parecía transparente, su pelo rubio y ondeado le llegaba hasta la mitad de la espalda y le cubría gran parte de la cara, por detrás asomaban unos saltones ojos verdes de insecto que recorrían el salón con movimientos robóticos. Sólo cuando miraba al viejo aparecía en sus facciones un brillo de humanidad, o algo remotamente similar. Podía ser su hijo, su guardaespaldas, su amante. Estuvo todo el cumpleaños parado en el mismo lugar, manteniendo su inmutable postura marcial.


Ariel se acostaba todos los días entre las diez y las once de la noche. Se levantaba a las siete y salía a correr por la ruta. Volvía a su casa, se duchaba, dormía una hora, se levantaba, se preparaba un café negro bien cargado y se concentraba en su curso de ruso por internet. El resto del día se dedicaba a escuchar música y a componer.

Ese día corrió 20 kilómetros, aprendió a conjugar verbos en pretérito y compuso el estribillo de una canción sobre tres hermanos que estaban presos en módulos diferentes, uno de ellos soñaba con escalar una montaña y clavar la bandera de su cuadro de fútbol en la cima. No especificaba qué cuadro, para que todos pudieran rellenar: catchall, la semana anterior había visto un video sobre eso.

Más o menos así fueron los siguientes dos días. Cada tanto miraba su celular, revisaba los mensajes y llamadas, abría el mail, el whatsapp y sus redes sociales. Nadie le escribía. El cumpleaños de Florencia había sido su única presentación en más de dos meses.

El tercer día después de su charla con Lautaro, Ariel estaba revisando un pantalón antes de lavarlo, cuando encontró una caja con tres cigarros y un billete de cien pesos. Lo guardó en la caja dedicada a sus ahorros, que tenía una foto de la Plaza Roja pegada en la tapa. Prendió un cigarro y contó la plata entre el humo encerrado en sus paredes rústicas y estrechas, como las de un calabozo. Todavía le faltaban más de cinco mil pesos para el pasaje a Rusia, estaba muy lejos de todo lo que necesitaba para cubrir el alojamiento, la comida y algún imprevisto.

Esa noche volvió a mirar el video del concierto en Buenos Aires, quince mil personas. Lo miraba varias veces por semana. Después buscaba entrevistas, su preferida era una que les hicieron en Chile durante su primera y última gira por América Latina. Estaba hablando Denis, el bajista de la banda.

—Yo trabajaba en un taller en ese entonces, y con el Trompa éramos amigos desde chicos. Un día cayó a mi casa con el mate y una guitarra eléctrica y me dijo: Vamos a hacer una banda. Yo sabía que él hacía boxeo, pero no sabía que fuera músico. Entonces, cuando cayó a mi casa yo no entendía nada y le pregunté: ¿qué vamos a cantar? ¿Y sabés qué me respondió? Me respondió: Cumbia villera.

En la pantalla, un Ariel quince años más joven levantó las cejas y se acomodó en la silla, en silencio y satisfecho. Los integrantes de la banda intercambiaron miradas y asintieron, el guitarrista dijo: es verdad, en eso tiene razón.

Con la visión borrosa por las lágrimas, Ariel contempló su sonrisa del pasado, el brillo de su cara y de sus ojos, la seguridad de su postura. Miró la caja abierta con la foto de la Plaza Roja. La miró varias veces antes de meter la mano y sacar la plata suficiente para una buena botella de vino

Llevaba dos años sin tomar una gota de alcohol, cuando salió de la cárcel prometió que se mantendría alejado de las drogas y que dedicaría todas sus energías y su tiempo a la música. Se lo juró a Dios, pero Dios no había hecho nada por él en todo ese tiempo. Ese mismo día prometió que no volvería a robar. Cuando se terminó el primer vaso de vino supo que también rompería esa promesa.

La certeza se fue cocinando de a poco en su mente, mientras la casa se llenaba de humo y la botella iba quedando vacía, mientras contemplaba el gorro de cosaco que un seguidor de la banda le había mandado directo desde Rusia.

Es un viejo de mierda, un milico torturador, un ladrón, un asesino.

A las 5 am llamó a Lautaro.

—¿Ariel? ¿Qué pasó? —respondió la voz ronca de su amigo.

—Lo voy a hacer.

—¿Sabés qué hora es?

—Mañana mismo.

—Bueno, me alegro... es bueno, eso es bueno... es una buena decisión —mientras hablaba entre susurros se escuchaban sus pasos alejándose del dormitorio y de su esposa—. Pero esto no es algo para hablar por teléfono.

04 Nisan 2021 01:04:55 2 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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Sonraki bölümü okuyun Un trabajo fácil

Yorum yap

İleti!
Giles Le Coste Giles Le Coste
Hola La historia es fantástica. Me gusta mucho como escribes. Te he seguido, ¿me harias el favor de seguirme de vuelta? Si estas interesado te invito a leer mis historias publicadas.
April 09, 2021, 09:57
German Martinez German Martinez
Un inicio interesante, mi estimado, seguiré leyendo.
April 04, 2021, 13:00
~

Okumaktan zevk alıyor musun?

Hey! Hala var 3 bu hikayede kalan bölümler.
Okumaya devam etmek için lütfen kaydolun veya giriş yapın. Bedava!