defloresescribo Flor Frezza

"Los dioses no suelen recordar a quienes no lo merecen, pero dicen que los grandes amores conmueven hasta el corazón más duro y que el destino, si debe ser, nada podrá detenerlo, por más que tarde, por más que parezca olvidado... si dos personas deben estar juntas, ni el desierto más grande, ni el río más profundo podrá detener la voluntad divina. Así como la arena es infinita, los besos de los amantes no deberían de contarse, tres mil años será el plazo hasta el reencuentro de dos almas que se deben la una a la otra". En la pared de una tumba recién descubierta en el valle de las reinas, se leyó esta inscripción, tres mil años olvidada. [ONE SHOT]


Tarihi 13 yaşın altındaki çocuklar için değil.

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Henti

Imperio Hitita, Año 1245 a.C.


El espejo de bronce me devolvía una vista triste y difuminada de mis ojos, no necesitaba verlos para saber en qué condición se encontraban, rojos, hinchados, húmedos. Sin embargo, mis labios permanecían sellados, una fina línea comprimida ahí en el lugar en donde estaba mi boca pues nadie debería escucharme.


Las telas de lino revoloteaban alrededor formando siluetas, jugando con el sol y la sombra dentro del palanquín en donde había permanecido por espacio de
veinte días, viajando a paso constante y deteniéndonos a descansar sólo lo necesario.


Ya me había acostumbrado al invariable bamboleo del palanquín llevado por ocho soldados de mi cohorte.


Miré a un costado, observando de reojo a mi escolta, el único que cabalgaba directamente a mi lado y no detrás ni adelante, tragué grueso y se me escapó una lágrima. No importaba cuánto deseara cambiar el destino, cuánto mi corazón osaba rebelarse en mi pecho, mis manos, mis pies, mi cuerpo permanecía inamovible; quizá la humedad salada que no dejaba de brotar era la única muestra de mi pesar.


Las aspiraciones que tenía, los anhelos, todo ello se desvanecía con cada paso que dábamos, el aroma salado del mar parecía filtrárseme por la nariz a pesar de que aún faltaba un día hasta llegar al puerto de Ura.


¿Por qué yo?


¿Por qué no otra?


Tudkha permanecía con el rostro severo de siempre, mirando hacia delante con las mejillas ligeramente coloradas de rojo por el sol del mediodía y tuve ganas de arrastrarlo conmigo sobre el palanquín, de decirle que dejara de exponerse al calor insoportable.


«Si hubiera, aunque sea una oportunidad de escapar conmigo... ¿lo harías?» En mi mente se repetía la pregunta que más me hubiera encantado hacer, sin embargo, ni una palabra se me salió, acostumbrada a callar y hablar sólo cuando era requerido, el silencio se había acoplado a mi cuerpo.


El polvo del camino me hacía sentir los labios y la boca seca, como si arena me bajara por la garganta.


Bajé el velo, que había quitado para observarme al espejo, antes de cruzar las manos sobre la falda plisada de mi vestido. Así habían pasado las horas, el viento me traía los susurros de los hombres y mujeres a los costados del camino, el olor a pan y queso me llegaba en lapsos cortos en los que se filtraban los aromas de perfumes y el chasquido de las sandalias de los palanquineros.


—¿Es su alteza, la princesa Henti?


—Escuché que viaja a Egipto para casarse con el faraón.


—Un matrimonio político.


—Una ofrenda de paz.


—Un regalo.


«Un regalo» pensé.


Sí, eso era.


Nuevamente miré a mi lado sintiendo un doloroso tirón. Había visto crecer a ese niño de sonrisa perezosa hasta que se convirtió en un hombre tan alto que tenía que levantar mi cabeza para lograr mirarlo a la cara.


Mantuve mis ojos sobre su perfil difuminado, pensando en la razón por la cual mi corazón latió desbocadamente en el momento que me lo crucé. Preguntándome por qué no podía ser como mis demás hermanas, más racional, menos enamoradiza.


Quizá fue su mirada, profunda pero infinitamente clara lo que me hizo querer frecuentarlo, mis ojos lo seguían, mis pasos se conducían hasta su presencia, me escabullía de mis doncellas sólo para verlo entrenar con los demás soldados.


Un simple niño, una simple niña, me gustaba pensar que eso éramos y por eso nos vimos, porque no encajábamos del todo en el palacio.


Quería chocarme con él y sentir su mirada sobre mí cuantas veces pudiera, a veces osaba ir contra la modestia femenina y usar algún collar brillante que quizá lo atrajera con su luz.


Pero Tudkha era eso, un soldado, rígido, disciplinado y poco dado a la codicia, un hijo de generales que había optado por ascender desde abajo, el oro no lo seducía, mucho menos la mano de la princesa y que odio me daba cuando lo comprobaba. Si hubiera sido más mundano, más codicioso, tal vez podría haberlo arrebatado y arrastrarlo a mi lecho mucho antes de que esto pasara.


Maldita sea yo, que me costaba encontrar el valor.


Pero ya fuera mi insistencia o los constantes encuentros, habían terminado por ablandar el corazón del guerrero que parecía no atreverse a respirar cada vez que pasaba. Acercaba mi mano a la suya rozándolo tímidamente bajo el revuelo de tela que se formaba cada vez que pasaba, tratando de empequeñecer mis pasos y retener el aroma a sol y sal que exudaba su cuerpo en contraste con el mío, meticulosamente perfumado con mirra.


Encontrarnos era difícil y muchas veces la noche y dos o tres doncellas de confianza me ayudaban a escapar de mis habitaciones. Otras veces él lograba colarse, aun sabiendo que su atrevimiento podía costarle todo, incluso la vida.


El aire se llenaba de su voz, tranquila y enronquecida, me contaba sobre el mundo que él veía tras las paredes del palacio, sobre el mercado, el ruido de los ciudadanos, el aroma a pan y miel, ese mundo que yo prácticamente desconocía.


Apoyaba mi cabeza en su hombro y lo escuchaba, preguntas me brotaban a borbotones, derramaba palabras sin cesar, con él yo hablaba, con él yo era auténtica, con él yo era feliz.


Y esa felicidad, que ahora me resultaba casi infantil y poco ambiciosa, era lo único que nos quedaba, puesto que, como mil veces lo había pensado, de no haber sido ambos tan correctos, habríamos evitado, por medio de una pequeña vergüenza, el honor, tornado en sacrificio que se requería de mí.


Volví al presente, sacada de mis recuerdos ante el movimiento que hizo el palanquín al detenerse, el sol se estaba escondiendo y era hora de encontrar un lugar para dormir, y ahí quizá por fin tuviera la oportunidad de escabullirme entre sus brazos una última vez. ¿Me dejaría o me rechazaría?


Desmontando de un salto se acercó a ofrecerme su ayuda para bajar, una mano de piel áspera me recordó las suaves caricias que se esforzaba por prodigarme pese a lo tosco de sus movimientos. Tragué grueso recordando la orden de mi madre.


"—Debes agradarle al faraón, si es posible, toma su corazón".


¿Cómo tomar el corazón de alguien cuando el mío hacía esfuerzo por latir?


Yo era consciente, yo, Henti, princesa de un imperio, que no podría hacer nada por el corazón del faraón, pues a quien ese hombre había amado estaba ya comiendo a la mesa de los dioses y ninguna otra mujer había gozado jamás de su amor luego de que aquella reina, mujer entre las mujeres, hubiera muerto.


…y tampoco lo deseaba. Aceptaría mi destino y me recluiría en el harén.


Cerré los ojos y los minutos parecieron acelerarse, pese a que deseaba con fuerza que la noche no pasara.


Las sirvientas que había traído conmigo se habían retirado a su habitación y en la soledad de la estancia, me pregunté por mi proceder.


Todo lo que tenía que hacer ya me lo habían dicho.


Suspiré derrotada y sabiéndome débil, me asomé por balcón en donde la luna se mostraba en su cenit. Bajo él, Tudkha se paraba haciendo guardia. Desde el día en que se me había decretado este matrimonio, no se había acercado a mí más que para ofrecerme su atenta, aunque fría escolta.


¿Su corazón también agonizaba con un dolor igual al mío?


—Tudhka —llamé y desde abajo levantó la cabeza, su par de oscuros ojos parecían brillar y adiviné un toque de anhelo velado.


—Princesa, ¿en qué puedo servirle? —Lo vi inclinar su cabeza en reverencia ¿de verdad lo hacía por respeto o me odiaba por no haberme negado a este matrimonio? Si supiera que su vida fue la moneda de cambio... ¿me perdonaría?


Aunque nunca le diría.


—Sube y no me rechaces. —Supliqué— Quizá esta sea la última vez.


Ya fuera el lamentable estado de mi garganta, reseca de sollozar por las últimas horas en que había permanecido sola en la alcoba o el que quizá él lo anhelara tanto como yo, sus pies y sus manos se ayudaron hasta subir por la piedra y posarse frente a mí. Mis manos impacientes se posaron sobre sus mejillas, delineando la barba crecida. Acerqué mi rostro al suyo, posando mis labios sobre los de él. ¡Que amargo se sentía y que dulce también!


Si pudiera fundirme en alguno de los tantos besos que le habíamos robado al amor, que bueno sería, que bueno sería si la cuenta fuera infinita como la arena del desierto al cual me dirigía.


—Princesa...princesa... Henti... mi Henti... —Lágrimas me mojaban las manos, ahí en donde osaban hacer su curso desde sus ojos y aunque fuera egoísta, me alegré.


El siempre sereno soldado lloraba ante mi tacto y una sacudida de dolorosa felicidad me asaltó cuando me cubrió en su abrazo, una noche era todo lo que teníamos antes de embarcarnos hacia Egipto y fuera posesión de otro hombre.


Besé sus labios, sus mejillas, sus ojos, su frente. Parada de puntitas me esforzaba por prodigarle el amor que me desgarraba el pecho, todo en esta situación era incorrecto, nuestro encuentro, nuestro tacto, nuestras muestras de afecto y sin embargo no pude evitar preguntar:


—¿Escaparías conmigo? —Tal vez la pregunta ya la esperaba, porque no se sorprendió y sólo reforzó su agarre hundiendo su rostro en mi cuello.


—Sí. —Una explosión de emociones se formó en mi cabeza y una sonrisa hermosa afloró sobre mis labios mientras con ansia desesperada lo pegaba a mí—Escaparía contigo.


Sus labios cubrieron los míos con una suavidad dolorosa mientras sus grandes manos cubrían las pequeñas mías. Un beso, dos, veinte, cien... había perdido la cuenta.


Me refugié en su pecho cerrando los ojos, por primera vez respiraba bien aunque él parecía querer robarme el aire, sentía que el dolor menguaba cuando estaba cerca, sí, podíamos escapar juntos, irnos ahora y que nadie nos encontrara, quizá el rumor de nuestra muerte se filtrara por las bocas de los plebeyos, sólo había que armar bien la escena.


Durante una hora completa nos quedamos así, nos habíamos tumbado sobre el suelo, con mi espalda sobre su pecho y la suya sobre la pared, discutíamos
en voz baja los arreglos del escape, dormiríamos a las doncellas y a los soldados, luego tomaríamos los caballos y para cuando se dieran cuenta, ya estaríamos lejos.


—Te voy a llevar a ver esos lugares de los que una vez te conté... —me dijo y me permití imaginar las grandes murallas de Wilusa— ...el mar golpea con fuerza contra la playa y las caravanas pasan a la ciudad... la ropa es púrpura como el ocaso Henti... podríamos unirnos a la caravana y viajar infinitamente.


Sonreí y me quedé en silencio escuchando con atención las cosas que decía, las que podríamos hacer, cómo íbamos a vivir, lo que íbamos a probar... de los hijos fuertes que íbamos a engendrar.


Entre palabra y palabra me dejé querer durante las horas en que la noche nos prestó su ayuda y únicamente abandoné mi lugar privilegiado sobre su regazo cuando las primeras luces del alba despuntaron, serví una copa de vino y se la ofrecí sonriendo, pronto llegarían mis acompañantes a prepararme.


Cuando mis damas entraron, Tudhka estaba profundamente dormido sobre la cama a la cual lo había obligado a ir ante el repentino mareo... cuando despertara, yo ya estaría embarcando camino a cumplir con mi deber.


Me incliné sobre su cuerpo una última vez y dejé un beso sobre sus labios endulzados de vino. Hubiera escapado con él una y mil veces, y hasta el último segundo dudé de hacerlo, la perspectiva de felicidad era tan grande que opacaba los múltiples pensamientos que se oponían.


Mi reino, mi gente, la paz... todo parecía nada a comparación de un futuro con él...


Dejé que mis criadas me ayudaran a prepararme, ninguna dijo nada cuando vieron al hombre sobre la cama. Sus pasos se volvieron excesivamente silenciosos y me dejaron sola cuando acabaron. Harían oídos sordos y velarían sus ojos solo para concederme un último momento, pues aunque no lo dijeran, me compadecían… ¡a mí! A mí que era una princesa, pero al fin y al cabo, una princesa desgraciada.


Me reí roncamente antes de volver a cubrirme el rostro con el velo y atravesar el portal de piedra tallada, sobre mi cabeza la imagen de la diosa Arinna parecía llorar mi partida.


«Si los dioses me amaran, no permitirían este sufrimiento».


No obstante, los dioses hacía tiempo que nos habían abandonado, sino, mi pueblo no tendría que hacer esto y yo nunca habría pisado las tierras de los egipcios.


Di dos pasos hacia adelante antes de voltearme y mirar a los ojos de la diosa. Confiaría una última vez.


—Si hubiera una oportunidad... has que el reencuentro sea posible.


*

Cuando pisé Pi-Ramsés, la ciudad turquesa, guardé el tacto de Tudhka en mi memoria, su mirada en mi pecho y sus besos... a sus besos los llevaría sobre mis labios que se sentían arenosos ante su falta, pero aun así quería conservarlos, porque eran lo único que quería conservar de mí, de Henti.


Porque allí, agachada frente al faraón, esperé por el único nombre al que respondería desde ahora, por el cual sería recordada, por el cual las estatuas serían identificadas.


Mi nombre, el que había tenido hasta cruzar las puertas del palacio se desvaneció y no quedó siquiera un vestigio de él. Mi nombre que iba adosado al de mis sueños y anhelos, se enterró entre la arena del desierto.


El Nilo se tragó la historia de Henti y Tudhka a cambio de la paz...


De ahora en adelante... de ahora en adelante sería recordada como
Maathornefrura.


*


"Los dioses no suelen recordar a quienes no lo merecen, pero dicen que los grandes amores conmueven hasta el corazón más duro y que el destino, si debe ser, nada podrá detenerlo, por más que tarde, por más que parezca olvidado... si dos personas deben estar juntas, ni el desierto más grande, ni el río más profundo podrá detener la voluntad divina.


Así como la arena es infinita, los besos de los amantes no deberían de contarse, tres mil años será el plazo hasta el reencuentro de dos almas que se deben la una a la otra".


Sobre la pared de una antigua tumba recién encontrada en el valle de las reinas, una borrosa inscripción se leía bajo la luz insuficiente de la linterna. El sarcófago delineaba los delicados rasgos de una mujer antaño hermosa y en la inerte mirada dibujada en oro, pareció brillar una luz imperceptible.


Al mismo tiempo, bajo el sol del mediodía, opacado por telas de lino revoloteando, entre el aroma de pan y miel, a la par del murmullo de la gente... dos personas volvieron a conocerse.


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Maathornefrura: Era una princesa que fue reina a mediados de la XIX dinastía (hacia 1245 a. C.)


El nombre de Maathornefrura (Maat-Hor-Neferu-Ra) es egipcio, y el auténtico nombre de esta mujer se ha perdido, debido a la costumbre de que todas las princesas extranjeras enviadas al harén del faraón cambiaban su nombre por uno autóctono. Henti es solo mi invención.

05 Mart 2021 18:19:19 0 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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Son

Yazarla tanışın

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