jollyfortune Jolly Fortune

Selendy Voltor, una joven maga, sigue la pista de una posible amenaza a su reino. Y eso la lleva hasta el Falso Gules, un nido de criminales. Allí también se encontrará con una persona inesperada.


Fantastik Sadece 18 yaş üstü için.

#fantasía
2
731 GÖRÜNTÜLEME
Tamamlandı
okuma zamanı
AA Paylaş

Capítulo 1/2

Emoción.

Por fuera, el Falso Gules era un gran sauce en mitad del bosque. Por dentro, en cambio, se convertía más en una carpa que guardaba una ciudad en su interior. Los edificios eran altos, en forma de torres. Cada piso estaba bien definido porque eran irregulares entre ellos, cual pajareras o cajas de madera que habían sido apiladas unas encima de otras sin tener en cuenta el tamaño o que encajaran siquiera. Fascinante. Selendy solo había escuchado algo así de los altos edificios onmuyanos, supuestamente hechos de metal, y cuyas puntas tocaban el cielo. Huhm, algo similar a la Brecha Ancestral de la que ella venía.

Tendría que preguntar a Stella más adelante. Le interesaba conocer esos paisajes tan alejados del mundo que conocía.

Eso sí, este lugar no guardaba ningún tipo de glamour. Para empezar, olía como a estiércol, y la luz entraba por las irregularidades de las ramas que funcionaban a modo de cúpula. Eso hacía que dentro la oscuridad no fuese total. Aunque Selendy seguía sin distinguir cuándo tropezaba con un trozo de madera, un toldo o con una persona.

¡De hecho, acababa de sentir cómo una mano rebuscaba entre su suéter y sus calzas! Por supuesto, ya tenía esta clase de cosas dominadas. Así que pasó del tema, situando su propia mano encima de la bolsita donde llevaba todos sus útiles. Podía desprenderse de todo, menos de esa bolsita.

El suelo chapoteaba. ¿Con qué? Huhm, quizá lodo y agua, una mezcla asquerosa. Aunque intuía que había más que eso. ¿Dónde hacía sus necesidades esta gente? No parecía haber sistemas de tuberías o alcantarillado. Mal lugar para vivir. Al menos de forma saludable.

Y el aspecto no lo era todo. Bueno, un poco sí. Podía darse cuenta, debido a los harapos que de vez en cuando lograba distinguir (sus ojos malditos le permitían ver mejor que a la gente común). Harapos mugrientos y largas túnicas arrastrándose. Hombres y mujeres, vestían igual. Vivirían del hurto.

Selendy contuvo una risa. Prefería no llamar la atención, pero imaginar a las mujeres encontrando un cadáver en el suelo y dando las gracias a Eysonia (o a quien rezaran, huhm, eso también debería investigarlo), le resultaba hilarante.

¿Así se hacían las compras aquí?, ¿salías un par de pasos en busca de moribundos a los que desplumar? Encajaba con las historias que se contaban de este lugar.

El Falso Gules tenía fama de nido para criminales, bandidos, rebeldes, exiliados… ¡ratas, demonios, engendros, mentirosos, lascivos...! Vale, esas últimas se las había inventado, pero la gente solía exagerar de una forma tan rematadamente infantil, que Selendy podía seguir la broma sin que desentonara del todo.

Aunque, eso de los engendros probablemente era cierto. Esto estaba en medio del bosque que limitaba con Reino Ánima. Lo que significaba no solo que se hallaba fuera de jurisdicción, sino también de protección. Cerca debían habitar toda clase de monstruos. Especialmente los ya mencionados engendros, una suerte de criaturas no muertas.

Céntrate, se dijo. Había venido a espiar, no a investigar. Ambas cosas eran sutilmente distintas. En una recolectabas solo la información que te permitiera manipular o hacer daño. En la otra, desplegabas un genuino interés por conocerlo todo, por envolverte en sus formas, en su cultura, sus olores, sus filosofías.

Cuervos graznaban a lo lejos.

Los ojos de los transeúntes comenzaron a reparar en ella cuando llegó a zonas más claras. Miradas curiosas, la mayoría.

Eso iba a ser un problema. Había venido vestida con un suéter granate con cuello redoblado que podía convertirse en capucha (lo cual había hecho) y unas calzas lo más básicas posible, negras. Botas para cualquier terreno. Claro, seguía luciendo mejor que cualquiera de estas personas. Problemas de pertenecer a la nobleza. Nunca sabías exactamente cómo vestía un campesino. Y mucho menos un campesino pobre (lo cual ya era decir).

Claro, podía intuir el aspecto generalizado. Sin embargo, había más que simplemente mancharse de barro. No sabía explicarlo (eso la molestaba, ser incapaz de convertir pensamientos o sensaciones en información exacta y palpable), pero sería como el trabajador que trata de vestir como la alta nobleza. Seguramente resultaría más extravagante que elegante. Pues eso, pero al revés. Razón para haber venido un poco mejor vestida de lo que su imaginario le había aconsejado.

Y eso haría que pronto la reconocieran. Además, su cabello blanco (que había intentado esconder haciéndose un moño y luego poniéndose la capucha) la delataba. Sin contar con sus ojos color rosa. Ajá. Rosa. Una maldición que nadie más poseía.

Nada de eso había sido impedimento para ingresar al Falso Gules. ¡Por Hered y Selenne! Ni siquiera había encontrado guardias. ¿Cómo controlaban quién entraba, quién salía, y el número de habitantes? Ah, claro. ¿Por qué iban a hacerlo? Ley del más fuerte, asumió. Supervivencia pura y dura. Encárgate de ti misma, olvida al resto.

Conocía esa filosofía bastante bien.

Con todo, esperaba encontrar patrullas o vigías, aunque fueran de algún caudillo local que se hubiera hecho con el poder. Esas cosas solían pasar en sitios así.

Quizá en el centro. Por ahora, lo evitaba. Antes, necesitaba encontrar a un buen objetivo.

Dejó de dar vueltas entre las estrechas callejuelas entre torres torcidas, y se apoyó contra una pared. Mientras hacía esto, convenía cubrirse la espalda. Ya estaría suficientemente ciega por delante.

Cerró los ojos. Concentrada, rebuscó en su interior una sensación templada, como aguas termales en las que te metías poco a poco, sintiendo el abrazo, el fluir, la caricia sobre la piel (aunque en este caso iba por debajo, así que a los músculos estaría mejor dicho). Redirigió esa sensación hacia los ojos. Los abrió.

De repente, la luz natural careció de importancia. Seguía necesitándola para distinguir el terreno, claramente. Sin embargo, a las personas podía verlas incluso a través de las paredes. Figuras humanoides, completamente blancas. Si se esforzaba, incluso discernía el flujo, los entretejidos, la red de hilos fluyentes que eran. Aunque eso ya requería demasiado esfuerzo.

Para ser sincera, le sorprendió el enorme número de almas que había. Cientos y cientos. Casi todas escondidas en sus pajareras o sentadas sobre los alféizares. Antes, las plataformas de madera, o la diferencia de anchura que había entre pisos, las había ocultado. Ya no.

Otra cosa se tornó distinta. El suelo. ¿Por qué? Ahora brillaba con sutileza. No en blanco, como las almas, sino en turquesa. Aquello debía ser imposible. Selendy sólo controlaba la energía espiritual, y eso significaba que la física no debía resaltar de ninguna manera cuando imbuia sus ojos de esa forma. Además, ese color turquesa… Solo un tipo de energía variaba tanto en color, causa de una característica conocida como Timbre.

Miró a su alrededor, por si alguien estuviera cerca para intentar reducirla o secuestrarla. Pasó un hombre barbudo, a quien sostuvo la mirada. Afortunadamente, hizo caso omiso a Selendy.

La chica se puso de cuclillas y recogió un poco de agua con la mano en forma de pala. Bueno, “agua”. Trató de recoger únicamente alguna de las zonas que brillara en turquesa. Entonces, se la llevó a la boca.

Lo que hacía por saber…

¡Estaba asquerosa! No. Eso es insuficiente para describir el sabor. Lo rumió.

Estiércol, como había imaginado, un regusto agrio a cáscaras de fruta (así que esto comen), tierra, restos de material removido, probablemente cuero; ¿carne podrida?, algo notaba en el paladar, ya la había probado en alguna ocasión y recordaba el sabor bastante bien, claro, había ligeras diferencias, pero su esencia era aquella; también pis, y…

Cayó de culo sobre el lodazal, manchándose y mojándose hasta las bragas. Una sensación fría, pringosa, que no deseaba a nadie. Tuvo un escalofrío. No fue por repulsión. No. Todo su cuerpo tembló para enseguida contraerse. Arrastró las botas removiendo lodo y agua. Energía cósmica, y no cualquiera. Energía cósmica de Malsonia. Así llamaban a ese tipo, dañina, oscura, corrosiva. Por supuesto, nunca se había probado la existencia de la deidad a la que llamaban Malsonia. Al menos, oficialmente. Pero el nombre es solo una etiqueta. La cosa era que estaba aquí, rezumando por todo el suelo del Falso Gules.

Tardó unos instantes en recomponer la compostura. Reactivó la visión espiritual, y vio que varias almas se habían interesado a su alrededor. Cosa mala.

Se escabulló a paso lento por una callejuela incluso más estrecha que las principales. Si es que podía considerarse que había vías principales. Una lección que había aprendido hacía tiempo, era que si corrías, la gente te vería como a una presa. La mejor estrategia era mantener la calma, dejar que sus enemigos se confiaran o que se lo pensaran, hacerles entender que eras ingenua, y aprovechar esos instantes para analizar la situación.

¿Cuántos la perseguían?

Torció una esquina. Momento perfecto para volver el rostro un segundo y comprobarlo.

Solo una persona. Su alma era grande. Mala suerte, pertenecería a un hombre corpulento. Aunque cuando se trataba de peleas entre almas, poco importaba el tamaño más que la densidad. Incluso la edad jugaba un papel más relevante, ya que a menor fuera la persona, mayor energía poseería en el cuerpo.

Este tipo de cosas eran las que convertían a Selendy en una persona confiada. Ya a su corta edad de trece años, había investigado más sobre energía que la mayoría de adultos. Aunque el costo fue desmesurado.

Torció otra esquina.

¿Sabría el hombre utilizar la visión espiritual? Una habilidad sencilla. Pero muchos criminales anómalos carecían de instrucción.

Se la jugó.

La sensación cálida se extendió por todo su cuerpo, como si este se llenara de agua en lugar de sangre. Esta la empujó hacia arriba. Volar con energía espiritual se parecía a convertirse en un globo. Tu cuerpo era el plástico, y la energía el helio del interior.

Se posó sobre una pared, convirtiéndola en su suelo. No de verdad, claramente. Simplemente quedó allí, ingrávida.

La persona, que resultó ser el mismo hombre de barba gruesa de antes, agitó la cabeza de un lado a otro. Típico.

Selendy preparó la aceleración espiritual y formó una especie de hilo, también espiritual, entre sus manos. Estrangularía el alma de este hombre antes de que pudiera alzar la cabeza.

Un graznido.

El hombre se volvió hacia atrás en lugar de hacia arriba, de repente voló escasos centímetros antes de estamparse contra una de las pajareras y revolverse en el suelo con espasmos de aparente dolor.

Selendy quedó incluso más confundida de lo que se había mostrado aquél hombre. ¿Qué había pasado? ¿Lo habían matado? Sí. Muy mala suerte, porque debería luchar contra el asesino. El plan era noquear a este barbudo para robarle la ropa y pasar más desapercibida.

Había fracasado, obviamente.

Otro hombre se acercó al cadáver. Este era igualmente esbelto, menos grueso, igual de alto. Cabello negro azabache, piel morena, larga levita cortada en dos faldones picudos, negra también, pantalones de cuero ajustados, botas altas, manos a la espalda. Manos a la espalda. Una pose demasiado recta.

Selendy notó cómo su corazón se oscurecía. La leve sonrisa que había sostenido mientras contemplaba el Falso Gules, se convirtió en una simple línea. Los párpados cobraron más peso del habitual.

Descendió indiferente.

—Fuera —le dijo al hombre.

Este se volvió hacia ella, las facciones alargadas y los ojos penetrantes de quien revisa con demasiado ahínco cada letra, cada oración, cada párrafo de cientos de hojas, esperando encontrar misterios entre sus líneas. Unos ojos rapaces.

—Un año sin vernos, ¿y así es como recibes a tu padre?

—Entorpeces mi investigación —espetó Selendy—. Pensé que había quedado claro. No quiero volver a verte. No te entrometas en mi vida, nunca más.

—Ah, pero estoy aquí por motivos personales.

—Puedes cumplirlos tres callejuelas más allá —señaló a un horizonte inexistente—. Estas son mías. Llegué primero.

—Mi princesa...—extendiendo una de aquellas asquerosas manos (pese a que estaban cuidadas) hasta el rostro de Selendy, pasándole el pulgar por el mentón—. Veo que aún llevas mi marca.

—Todas ellas —le apartó el brazo de un manotazo.

Sus sentimientos respecto a esas marcas eran confusos. Por una parte, sentía. No. Sabía que era culpable de todas ellas. Fue Selendy la que se dejó engañar, fue ella la que participó en las atrocidades de su padre por pura ceguera. Y también fue ella la que fracasó. Por su culpa, siseaba cada “s”. Por su culpa, madre estaba muerta.

Y sin embargo odiaba a este hombre. Un sentimiento irracional. Sí, le había mentido y compartía responsabilidad en lo sucedido hacía años. Pero no era él más culpable que ella. Con todo, verlo hizo que le entraran náuseas y el cuerpo se le tensara. La mente se le embotó. Estaba perdiendo el control sobre su propia conciencia.

—Márchate —le reiteró, retrocediendo un paso, buscando la penumbra más oscura del lugar.

—Por desgracia, hija mía, te necesito. Y tú me necesitas.

—Te equivocas, padre. Dejé de necesitarte hace mucho tiempo —y era verdad. Incluso cuando habían trabajado juntos, llegó un momento en el que sintió que podía trabajar sola. Hacer avances por cuenta propia.

—Esta vez, me necesitas.

Selendy se cruzó de brazos. En estos momentos, maldecía ser tan racional. Conocía a personas que se habrían marchado enseguida, impulsadas por una ira de la que ella carecía. ¿Qué importaba lo que este hombre tuviera que decir, si lo detestaba? Pues importaba. Si sabía algo que Selendy no, debía conocerlo.

—Esa es mi princesa —dijo su padre—. Sabía que atenderías a razones.

—Tú habla —seca.

—Huhmp, verás…

Odiaba ese sonido. La propia Selendy lo realizaba de vez en cuando. Otra herencia. Como fuere, su padre comenzó a hablarle de un anillo que había perdido a cambio de ciertos favores, ¿qué favores eran esos?, no los menciono. Nunca mencionaba los datos importantes.

Mientras tanto, ella se desvestía sin pudor. Seguía siendo su padre, y aunque no lo hubiera sido, cambiarse de ropa prevalecía sobre cualquier vergüenza en esta situación. Encueró al ex persecutor, que yacía muerto (su padre ni siquiera dudó. Simplemente, lo hizo; nada de noquear, sólo muerte), y se atavió con su holgada túnica. Le quedaba grande, así que tuvo que ingeniárselas para envolverla como una toga antigua, doblando algunas partes, usando además las zonas sobrantes a modo de capucha.

Su padre continuaba hablando. Quería que Selendy se infiltrara en la guarida de Balko (curioso nombre, significaba sirviente, y perro). Supuestamente, el líder del tinglado, tal como especulaba Selendy que debería haber alguien ocupando dicho puesto. Todo para robarle el anillo que su padre había perdido.

—No funcionará —contestó Selendy, terminando de ajustarse la túnica—. Si es listo, reconocerá a la hija maldita de Corvus Voltor nada más ponga un pie en su guarida.

—Ay, mi princesita —Corvus, condescendiente—. Subestimas a tu padre.

Selendy calló. Eso era mentira. De hecho, quizá lo sobre estimaba. Estaba segura de que le ocultaba algo y que todo este asunto era una trampa.

— ¿Por qué no vas en mi lugar? —Le reprochó Selendy, molesta por el simple hecho de tener que hablar con este hombre—. Eres más poderoso que todos ellos. Entras, los matas, y te marchas para siempre —se volvió hacia su padre, cara a cara—. Me gusta la idea.

También mentira. A medias. Selendy no mataba personas si no creía que lo merecían, pero probablemente estas lo merecían. Eran criminales. Pero como desconocía sus crímenes, se abstuvo de juzgar.

Corvus ladeó sutilmente la cabeza y esbozó media sonrisa.

—Debes ser tú —respondió, las manos a la espalda—. Descuida, Balko abandonó Freyvalandyr antes de tu nacimiento. Como sabes —explicó gesticulando con las manos—, una vez en el exilio, el flujo de información se… obstruye.

—Ya.

Silencio.

—De acuerdo —respondió Corvus, suspirando—. Te pido esto, princesa, porque me veo en obligación de mantener un perfil bajo y una reputación de confianza. Si incumplo mis tratos, nadie querrá acercarseme.

Silencio todavía.

—En adición… —continuó Corvus, con un ademán de la mano— Contestaré a tus preguntas sobre los cazadores.

Selendy frunció el ceño y ladeó notoriamente la cabeza.

—Has estado espiándome —le dijo, airada.

Corvus asintió.

—Indudablemente, ¿cómo iba a separarme yo de mi amada hija?

No le preguntó cómo. Tampoco respondería, de eso estaba segura. Pero tendría que investigarlo más adelante. A estas alturas, había asumido que su padre carecía de acceso a cualquier parte de Reino Ánima, sobre todo a Freyvalandyr, la capital.

Como fuere, era una oportunidad que no podía dejar marchar. Selendy había venido hasta aquí llevada por el sueño premonitorio de una amiga: monstruos oscuros emergiendo desde las nubes hacia arriba como pilares de maldad, envolviendo la Brecha Ancestral (el castillo y escuela de Freyvalandyr) hasta reducirla a puro olvido. Los dorados colores apagándose, opacos ante tanta negrura. Impediría ese futuro, si es que existía la posibilidad de que sucediera.

El Falso Gules fue el primer lugar donde se le ocurrió recabar información. ¿Quién sabe? Podrían estar preparando un golpe de estado que terminara por salirse de control. Jugar con esas criaturas, los cazadores, era como un cañón (al menos los que Selendy conocía, los antiguos), solo era cuestión de tiempo que explotara y dañara sin distinguir amigos de enemigos.

—Ah, una cosa más —Dijo su padre, con expresión victoriosa, como satisfecho consigo mismo—. Me he asegurado de cerciorarme de que nadie más conoce la información. No encontrarás respuesta aquí más que la mía.

Así que no solo la había espiado, sino que también había dejado que viniera hasta aquí solo para pedirle este favor.

Detestable. Y no le quedaba más opción que seguirle el juego. Por supuesto, marcharse y buscar en otro lugar siempre era una opción, pero a su pesar debía admitir que Corvus era, casi con total seguridad, la persona con más información al respecto de cualquier cosa que pudiera ocurrírsele. Y este asunto era cuestión de vida o muerte. Cuestión de amor. Cuestión de proteger el legado que su madre le había heredado. Pero también la estabilidad de todo un reino. Una causa más grande que Selendy, más que su ego.

—De acuerdo—dijo Selendy, el rostro de piedra—. ¿Cómo es el anillo?

—Cuatro marcas. Reconocerás las runas, porque jamás las has visto.

—Eso no lo sabes.

Corvus sonrió.

—Vale. Cuatro marcas —anotó mentalmente Selendy—. ¿Algo más?

El hombre se acercó, quedando justo bajo un fino hilo de luz que se colaba desde las altas ramas del gran sauce, pasando milagrosamente también entre alféizares y plataformas de madera anexas a pajareras con sus postigos, apiladas como torres.

—Dame el libro.

Selendy envió la sensación templada del alma hacia la punta de sus dedos.

— ¿Por qué? —preguntó, inquisitiva.

—Allá donde vas podrías perderlo. Si fracasas, Balko se hará con un cúmulo de conocimientos que difícilmente estará capacitado para gestionar. No me mires así, princesa, es un argumento lógico.

—No lo es—sentenció Selendy.

Había probado su bolsa en numerosas ocasiones y nunca nadie había sido capaz de introducir la mano y llamar a un objeto. Solo ella. Además, Balko no sería mayor amenaza con el libro que su padre, no importaba quién fuera o cuántos súbditos tuviera a disposición. Corvus Voltor, por sí mismo, sin libro ni nada, representaba un peligro mayor.

—Veo que has crecido —le dijo Corvus.

—Lanza tretas más complicadas. Ya no soy la misma niña, padre.

Este la miró de arriba a abajo. Parecía melancólico.

—Y por eso habías de ser tú, Selendy Voltor.

En un parpadeo, su padre se transformó en un cuervo, que graznó y se perdió en la oscuridad. Dejándola a ella con una peligrosa misión entre manos.

16 Ocak 2021 03:55:50 1 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
1
Sonraki bölümü okuyun Capítulo 2/2

Yorum yap

İleti!
Alex Ross Alex Ross
Selendy tiene un carisma muy suyo jaja. La verdad que parece que tenés un Worldbuilding muy elaborado y resulta inmersivo cuando menos. Disfruté de la lectura. ¡Un saludo desde Argentina!
January 16, 2021, 14:13
~

Okumaktan zevk alıyor musun?

Hey! Hala var 1 bu hikayede kalan bölümler.
Okumaya devam etmek için lütfen kaydolun veya giriş yapın. Bedava!