u16015102151601510215 Julián Juan Lacasa

La escritora Joana Fàbregas, que firma como Jessica Fàbregas, pide ayuda a su amiga Zenobia Gálvez, escritora lesbiana, para un libro sobre las Madames Bovary lésbicas. De paso, le confiesa su bisexualidad, que plasmará en un apasionado relato autobiográfico sobre una noche de pasión con una fotógrafa francesa. Y otro sobre una traumática relación con un ex novio.


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CAPÍTULO PRIMERO

CONVERSACIONES CON MI ESCRITORA: JESSICA PIDE AYUDA A ZENOBIA PARA LA MADAME BOVARY LÉSBICA


Tengo la pantalla del ordenador en blanco, intento empezar la primera línea de la primera página de mi nuevo libro, pero mis gatitas Pepita y Bernarda no me dejan empezar, ya que quieren comer y las dos que son majísimas, no les puedo decir que no, aunque me arrepienta. Pepita es de pelo rubio, y Bernarda es negrita con una mancha blanca. Ya sé que son gatas, no me contestarán más que miau. Bernarda, la negrita, es más espontánea, mientras que Pepita es más seria.

¿Quién soy yo? Jessica Fàbregas. Escritora. 27 años. Jovial, atractiva, ojos azules, muy inteligente, pelo castaño oscuro. Jessica es mi nombre artístico. En realidad, me llamo Joana de nombre de pila, pero me puse Jessica como homenaje al personaje de Jessica Fletcher, encarnado por Angela Lansbury, en la serie Se ha escrito un crimen.

Escribo varias novelas de varios géneros, y principalmente de novela romántica, pero trato de salirme de tópicos. Corín Tellado es una autora que siempre respeté, y que supo romper en cierto modo con la pacatería del franquismo, pero hoy en día hace falta otra manera de abordar el género romántico literario, y si hace falta, con erotismo y sexo, que también es parte del amor, si se sabe administrar, claro.

Esto último incluye huir de arcaicas perspectivas de género e incluso de orientación sexual. Esto me lo planteé por que mi hermano Albert es homosexual, le costó salir del armario, antes fingía tener novias, con quienes se besaba continuamente, pero sólo eran apariencias. Sólo eran amigas a las que convencía para que se hiciesen pasar por sus parejas. Ellas aceptaron con agrado. Me contó a mi todo esto, antes que a mis padres, me tenía más confianza. Y a sus amistades.

A veces pido consulta a mi gran amiga, la escritora lesbiana Zenobia Gálvez, y a la novia de ella, Georgina Del Olmo, porque son expertas en el siglo XIX, para algo que a ella le sorprendió. Ya verán por qué.

Le llamé por Zoom a Zenobia, a través del ordenador.

–Hooooola, Joana, guapa –me saludó ella, llamándome por mi auténtico nombre de pila.

–Hooooola, Zenobia, bombón –le saludé, repitiendo y cambiando su piropo incluido al parecer obligatoriamente en el saludo.

Zenobia es de pelo castaño claro, largo hasta más debajo de los hombros, con mechas y un aire a lo Mélanie Laurent. Como la actriz, tiene unos bonitos ojos azules que le dan un enorme aspecto de inteligente, que jamás nadie pensaría que va a hacer o decir algo estúpido. Mucho aprendo con ella.

Aquel día, Zenobia llevaba puesta una camiseta de estas alternativas radicales parecidas a las que mi amiga Cristina usa en los garitos a los que va en Cerdanyola del Vallès. Lo remataba con una gorra, con una tira que lleva la bandera arco iris, y la visera hacía atrás. Parecía la versión lésbica de El Príncipe de Bel-Air. Dejaba volar mi imaginación y la veía a ella soltando alguna de las frases ingeniosas de aquella serie con Will Smith, a saber:

“Mi primo Carlton cree que la X de Malcolm X se la pusieron por que era una película porno” y…

–“Esa tía es tan fea, que Freddie Kruger tiene pesadillas con ella”.

Empecé a pedirle lo que quería que me ayudara a conseguir:

–Em… verás, Zenobia… es que como tú y tu novia sois expertas en cosas del siglo XIX, quería pedirte algo referente a esa época para una nueva novela mía.

–Cómo no, para eso están las amigas. ¿Qué es? ¿Poetisas como la Pardo Bazán?

–No, es que quería hablar de algo así como la Madame Bovary lésbica.

–¿Cómo…? –dijo Zenobia, que parecía que no entendía bien lo que yo quería, o que le parecía una broma. Se recolocó la gorra.

–Digo que necesito tu ayuda para encontrar ejemplos en aquel siglo de mujeres que hubieran sido como Madame Bovary, sólo que tuvieran amantes mujeres, en vez de hombres, como la heroína de Flaubert.

–¡Aaaaaaah, claro! –ella comprendió al final lo que yo buscaba–. No sé por qué, reina, pero yo y Georgina habíamos pensado a veces en este tema. Miles de mujeres de la época sufrieron aquella opresión, y encima muchas de ellas acabaron tratadas como locas en el Manicomio al descubrirse que eran lesbianas. U obligadas a hacerse monjas y entrar en conventos. ¡Horrible! Ojalá hubieran vivido ahora, en el siglo XXI. Serían libres.

Le salió un discurso muy coherente. Estuve a punto de aplaudir, pero preferí recurrir a la palabra.

–Totalmente de acuerdo contigo, Zenobia. Por eso espero que tengáis datos de la época muy claros para mi libro.

–Y menos mal que hoy en día se hacen pelis como Elisa y Marcela de Isabel Coixet, que hablan a la gente de ahora de cómo fue aquello… Ya te buscaremos cosas, Joana, ya verás como harás una buena novela con eso.

–Muchos hombres que eran homosexuales también sufrieron, Zenobia. Sólo tenían salida si se hacían curas o frailes, como muchas lesbianas, que acabaron de monjas, como me dijiste antes.

–Pues vaya salida más cutre, guapa. Me da repelús, ya te lo he dicho. Prefiero vivir mi amor con mi novia y mi orientación sexual en libertad. No quiero encerrarme en conventos. Quiero pasear con ella por la calle, amarla y que me ame ella a mí, abrazarla, besarla…

Se embalaba, pero se detuvo.

Hizo una pausa y me preguntó, con cara de estar algo intrigada:

–Querría hacerte una pregunta, Joana. ¿Puedo…?

–Cómo no.

–¿Cómo es que una chica hetero como tú tienes tanto interés en lo lésbico? Por que más de una vez me has pedido datos sobre lesbianismo. ¿Es de verdad interés por ser mujer, o tienes algún morbo con nosotras que no quieres confesar? –aquí se puso algo bromista, incluso juguetona.

–No, no es morbo. Admiro cómo las lesbianas lucháis por vivir vuestro amor. Ah, y yo, de hetero, tengo poco… querrás decir bisexual.

–¿Bisexual… tú?

–Sí, soy bisexual, Zenobia. Ya sé que tengo novio, Nico, al que quiero muchísimo. Pero es que algunas veces he tenido rollos lésbicos. Lo pasé fenomenal con aquellas chicas, fue inolvidable, pero adoro a los chicos, con los que también he disfrutado mucho con el sexo, y como te he dicho, adoro a mi novio –le dije con sinceridad.

–Me dejas de piedra, llevamos años de amigas, y ahora me sueltas eso de que también te gusta acostarte con chicas.

–Te dije más de una vez que soy bisex, pero tienes tantas cosas en la cabeza, que se te olvida.

–Si, perdóname, me pasa a veces –se disculpa sinceramente–. Sabía que tú nos respetas totalmente, pero eso… ¿me puedes contar alguna de tus aventuras lésbicas, si pueden saberse? –pareció acomodarse mejor en el asiento para verme mejor y preguntarme sobre el tema y si yo quería confesar cómo fue aquello.

–Pues una de ellas fue… ehm… ¿te acuerdas de Marie-Thérèse, aquella lesbiana francesa que era guapísima, que se parecía a Megan Fox?

Zenobia abrió sus preciosos ojos azules como si fuera la Máscara de la película con Jim Carrey, del asombro que tenía, y parecía que se le iban a caer rodando por el suelo, como en los dibujos animados de la Warner.

–¿Marie-Thérèse…? ¿Tú…? ¿Tú te la has fo…? –se interrumpió de golpe.

–¿…Llado? –acabé su frase–. Sí, me la follé. ¿No te molestará? –puse voz de niña que pedía perdón por una travesura–. Ya sé que a ti te molaba mucho aquella chica. Pero no te hacía ni puto caso, reconócelo. A ninguna de las que estábamos en aquella fiesta. Cuando tú pudiste hablar con ella, no sabías ni papa de francés, y tu inglés es como el de Almodóvar…

–Pues te felicito, guapa, que una tiarrona como la gabacha no era fácil de ligársela, y menos una aprendiza en lo lésbico como tú… ¿Fue difícil?

–Pues… pues preferiría no contarte apenas nada, pues quizá algún día la escriba como un relato erótico. Sólo te diré que fue una noche fantástica, disfrutamos mucho. Seguí lo que me decía el corazón. Y Marie-Thérèse era un amor.

"Y no te ofendas, Zenobia, sabes que te quiero mucho, por que si te lo cuento, tú lo copiarás para una novela tuya, y tendremos escenas de sexo lésbico ella y yo, de esas que escribes tan bien, que he aprendido mucho de sexo contigo, cielo, incluso prácticas sexuales que no conocía y que ahora practicaré con mi novio. Además, tus escenas son en tiempo real y tan largas, que haces que a su lado, las largas escenas lésbicas de La vida de Adèle parezcan un SMS.

–Gracias por que son largas. Es que tienen que ser largas, Joana, guapa, como en la vida real. Que si no, serían rolletes de aquí te pillo, aquí te mato, y eso nunca me ha molado nada de nada. Te arriesgas a que, si es el sexo tan corto, acabes y la otra persona diga: “¿Cómo que ya está? ¿Pero ya habíamos empezado?”, o que eyaculación precoz, en chino se dice Ya et’tá. Prefiero el sexo sin prisas.

–Y yo también lo prefiero así, Zenobia. Pero la gente que nos lée, no tiene tanta paciencia. Prefieren saber rápido si después de follar, ellas se casan o no.

–¿Y por qué crees que te voy a robar la idea? –me preguntó Zenobia con cara de mosqueo abundante. La gorra vuelve a bailar ligeramente sobre su cabeza.

–No es eso, reina, es que muchas veces, quienes escribimos sacamos ideas para los libros de donde sea. Si incluso te hablé un día de la tribu de las amazonas, en donde sólo pueden amarse entre ellas, no hay hombres, y si quieren tener descendencia, van a buscar hombres fuera de la tribu para que las dejen embarazadas, siempre que tengan sólo niñas… Incluiste la idea en un libro tuyo sobre dos chicas que son matrimonio lésbico y expertas en tribus exóticas.

–Ya, claro. Tú también me tomaste prestada la idea de aquel libro tuyo sobre dos enamorados de la Inglaterra de Charles Dickens. Recuerda que te hablé de que Dickens dejó a su mujer en 1857 para vivir sus últimos 13 años con su amante, Nelly, una actriz. Que supo mantenerlo en secreto mientras vivió, ya que en su tiempo, eso que hacía era inmoral. Y eso que Dickens quiso meter a su mujer en un Manicomio para así poder exhibirse en público en su amante. Gran parte de esto lo plasmaste en tu novela, muy buena, por cierto. Las ideas las tomamos de cualquier parte. No pasa nada.

–Por cierto… –prosigo yo–, quería felicitarte por tu novela ambientada en el Brasil, Jane y Marina: una samba en cinco actos, con esa intrépida reportera que llega a Rio de Janeiro y se enamora de una brasileña guapísima.

–Ah, muchas gracias.

–Pero me di cuenta de que la prota, la reportera, está inspirada en mí.

–¿En ti…? ¿Cómo lo has adivinado? –creía ella que le pillaban en una falta grave.

–No, Zenobia, a mí me encantó. Siempre soñé con ser una reportera intrépida y tener grandes aventuras recorriendo el mundo. Lo que pasa es que eso de que ella se llamara Jane Forrestier, me di cuenta de que has utilizado mis iniciales para tu personaje. Y aunque me pusiste ese nombre de pila de novia de Tarzán, me di cuenta de que esa soy yo. Incluso tiene mis mismos ojos azules.

–Es que adoro los ojos de ese color, ya lo sabes. ¿Por qué crees que mi novia tiene ese mismo color de ojos, iguales a los míos?

–Me hago cargo. Y como no podías ponerme de nombre Sarah Forrestier, por que ya hay una tía famosa con ese nombre, pues Jane.

“Eso sí, me encantaron tus escenas de sexo entre ella y la brasileña, la… eeeehm… –intento recordar cómo se llamaba– Marina Jorginho Dos Santos –dije su nombre y apellidos imitando el acento brasileño— y cómo las narras. Me dieron ganas de entrar en la escena del primer polvo de ellas, diciéndoles: “Perdonad, guapas, no sé si sabéis que los dúos están pasados de moda, ahora se llevan los tríos”.

Nos reímos mucho las dos, sobre todo Zenobia.

–¡Qué pillina eres! –dijo ella entre inmensas carcajadas.

–Sí, pero como yo sabía que eso de añadirme a ellas era imposible, y me puse tan cachonda leyéndote, pues no tuve más remedio que hacerme un Woody Allen.

–¿Un Woody Allen…? –puso Zenobia cara de no entender nada–. ¿Qué es eso…?

–Pues un Woody Allen, ya sabes: “La masturbación es hacer el amor con alguien a quien yo amo”.

Carcajada aún más fuerte por parte de ella y yo.

–¡Aaaaah, sí, ahora entiendo! ¡Muy bueno!

–Pues como te dije, lo de mi rollo lésbico con Marie-Thérèse, lo contaré yo en un relato erótico, con mis palabras y mi punto de vista. Ya verás, cariño, os va a gustar. Además, con unas cosillas que tuve con otras un tiempo atrás. La primera, fue por una confusión de película de Jaimito, pero me gustó y seguí probando. Os va a sorprender.

–Eso seguro, ya llevo sorprendidísima una hora seguida contigo, cielo. Primero me dices que también te gustan las chicas, luego que quieres tener un trío con una pareja lésbica de mis libros, y al final, aquella chica francesa que me gustaba, al final te la follaste tú. Pareces la versión bisex de una telenovela turca.

“Y no te culpo, Joana. Has sido valiente y has sabido probar cosas nuevas. Las lesbianas necesitamos a chicas como tú por que nos comprendéis de verdad, y mira, seguro que tú y yo hubiéramos sido buena pareja, aunque sé que te gustan más los chicos, y más si tienes a Nico, que es un amor. Espero leer pronto tu libro sobre tu ligue con la chica aquella. Y seguro que Georgina y yo nos haremos un Woody Allen cuando lo leamos.

–Querrás decir haceros una Martina Navratilova, Zenobia –le aclaré con humor.

–Ah, es verdad.

–Digo Martina Navratilova por que le tengo muchísima admiración, fue valiente, fue de las primeras lesbianas famosas en reconocer su orientación sexual sin esconderse. Ahora es normal, puedes ver a Elena Anaya por la calle con su novia, o a Anabel Alonso con su esposa. Y han tenido hijos por inseminación in vitro.

–Sí, son dos grandes.

–Y si no, también están las mujeres futbolistas, que muchas de ellas tienen novia, o se han casado, y son respetadas. Sus compañeros masculinos, todavía están muertos de miedo cuando tienen que confesar que fueran homos.

–Genial, y eso que yo odio el fútbol, ya lo sabes, reina. Y tú, que si tocan a tu Barça, te enfadas.

Un segundo de pausa, y Zenobia vuelve a insistir:

–¿No te podré convencer para que me cuentes algo de lo tuyo con Marie-Claire?

–Marie-Thérèse. Marie-Claire es una revista.

Y seguí diciendo, imitando la voz ronca de Don Vito Corleone en El Padrino:

–No te puedo decir más. Es una oferta que no podrás rechazar. Yo me preocupo por el bienestar de la Familia…

Reímos la broma. Luego dije:

–Bien, pues tengo trabajo que hacer, cielo. Un placer haber hablado contigo, siempre aprendo mucho, sobre todo leyendo tus libros. Un beso a ti y a Georgina.

–También a ti, cariño. Buenas tardes.

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12 Şubat 2021 11:33:34 0 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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