german335 German Martinez

La vida de Miguel no será igual cuando se encuentre con este ser sobrenatural, emisario de la maldad y la calamidad. Una historia para reflexionar, con un final bastante lúgubre, digno de esta navidad. Historia elaborada para el concurso "Navidad en Inkspired" en la "Categoría imaginaria"


Fantastik 13 yaşın altındaki çocuklar için değil.

#horror #inkspired #343 #347 #341 #NavidadEnInkspired #Categoriaimaginaria
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Las noches de navidad

11 de diciembre


Los ladridos de Goliat me despertaron, en ese momento me pareció bastante curioso, justo me acababan de dar mis vacaciones de navidad y al condenado perro le daba por empezar a molestar. Cuando me tocaba trabajar y tenía que madrugar el animal no molestaba, pero ahora… Parecía que lo hacía a propósito. Lo peor era que no me sentía de humor, la situación se me había hecho pesada a lo largo de la última semana, por un error administrativo de mi parte me vi en la necesidad de despedir a más de treinta empleados de los almacenes de OEC Innovation´s, lugar donde yo laboraba.


No incluí a esos hombres en las nóminas de pago correspondientes y cuando llegaran los pagos del mes se quedarían sin cobrar, cosa que sumada a mis errores pasados me hubiera traído como consecuencia, sin duda, el despido. Tampoco pensaba dejarlos sin pago, en enero cuando recibiera la nueva partida podría arreglar algo, pero claro, llevaría tiempo y dudaba que pudiera pagarles todo. Sé que mis actos no fueron los más honestos, también sabía que con seguridad esas familias pasarían una pésima temporada decembrina, pero era mi empleo el que estaba en juego y no pensaba perderlo.


—¡Maldición! —musité al notar que Goliat no guardaba silencio.


Intenté ignorarlo por un rato, incluso metí mi cabeza debajo de una de las almohadas, en un vano intento por reducir el volumen con el que percibía sus aullidos y gruñidos, pero todo fue en vano.


—Querido… ¿Qué le pasa a Goliat? —masculló mi esposa que acababa de despertar gracias a ese escándalo.


—Está bastante necio, no deja de molestar, es una fortuna que no tengamos muchos vecinos o ya los hubiera despertado a todos…


—Deberías bajar a ver qué le sucede, ese perro se suele portar bien —dijo ella con voz somnolienta.


—Son las 2:00am, me acosté a media noche montando el fregado árbol de navidad… ¿No podrías ir tú?


—¿Es en serio? —preguntó como si no creyera lo que decía—. A mí me tocó ir al supermercado hoy a hacer las compras de la semana, por no decir que tuve que aguantar las malcriadeces de Peter, te toca a ti salir.


—Está bien, iré a ver, aunque tal vez solo quiera entrar. Pasar toda la noche amarrado afuera no debe ser muy agradable, menos con este frío.


—Muy bien, Miguel, si ese es el caso mete al perro, pero lo que haga adentro lo vas a limpiar por la mañana.


De mala gana me levanté. Salí de la habitación y por unos instantes me detuve en el umbral de la habitación de nuestro hijo, Peter. El pequeño dormía sin inmutarse, parecía no ser capaz de escuchar los ladridos de Goliat. Una secuencia nueva de aullidos me recordó el motivo que me llevó a levantarme, así que bajé las escaleras y llegué a la entrada principal.


—¿Goliat, qué demonios te pasa? —grité tras abrir los vidrios de la ventana.


Usualmente uno de mis gritos era más que suficiente para hacerlo guardar silencio, pero en este caso no fue así, sus ladridos no hacían más que acentuarse.


—Condenado perro… Va a seguir con esto toda la jodida noche —musité mientras abría la puerta para salir.


Cuando el perro notó mi presencia se calmó un poco. Goliat era un Pitbull color canela bastante grande, poseía un ladrido potente y una mandíbula mucho peor, pero era sumamente inteligente y manso con los integrantes de la familia y los visitantes.


Cuando me le acerqué y acaricié su cabeza se relajó un poco, después se sentó a mi lado mientras menaba su cola.


—¡Déjame dormir, muchacho! —susurré con gentileza sin dejar de sobarle la cabeza.


Mientras la helada brisa nocturna me golpeaba y refrescaba pensé en regresar adentro y dejarlo afuera, pero algo me dijo que lo metiera a la casa. Solo cuando alcé la mirada y detallé una arboleda que se encontraba más allá de las casas que tenía al frente entendí que esa era la mejor opción. Las viviendas al igual que la mía eran nuevas, por eso ninguna estaba cercada, pero en algunas se podían notar las emergentes paredes de ladrillos que pronto se alzarían a su alrededor. No obstante, esos muros aùn eran lo suficientemente pequeños como para permitirme ver una extraña sombra al final de un sendero de tierra con numerosos árboles cerca.


Allí, a poco más de treinta metros pude ver una silueta oscura y encorvada, por la distancia me era difícil detallarla con precisión, pero sin duda pertenecía a un hombre bastante alto, quien manteniéndose oculto bajo las sombras protectoras que proveían los pinos, setos y naranjos que había en la zona, parecía mirar de frente hacia mi casa. Yo ya estaba poniéndome algo nervioso, aquella visión era extraña, pero para mí alivio, al cabo de unos segundos la figura pareció diluirse en la oscuridad de la arboleda.


Luego de ese hecho desamarré a Goliat y tomando la cadena que lo sostenía le hice ingresar a la vivienda conmigo. El resto de la noche fue tranquila.

16 de diciembre



Las noches siguientes fueron calmadas, Goliat había vuelto a dormir afuera y se estuvo comportando bien en todo momento.


—¿Ya terminaste tu carta, cielo? —le preguntó mi esposa a Peter cuando este, tras acabar de comer y lavarse los dientes, regresó a la mesa del comedor con una hoja de papel, un lápiz de grafito y unos creyones de colores.


—¡Ya casi, mami! —exclamó el niño sonriendo.


Peter estaba ilusionado, era la primera navidad en la que hacía una lista de regalos para Santa Claus, afortunadamente para nuestra economía ya mi esposa se había encargado de darle una pequeña charla con la cual procuró hacer que el chico no se excediera en la cantidad de juguetes que pedía.


La excusa fue sencilla: «No puedes pedir tantas cosas, Santa Claus debe llevarle regalos a los demás niños y no sería justo que tú te quedes con todos».


Yo estaba en contra de esa práctica, prefería ser franco con los niños, pero Peter solo tenía cuatro años y yo estaba cansado, había pasado todo el día pintando y colgando luces navideñas en las ventanas. Así que decidí dejar ese tema para otro día, ya luego le diría la verdad acerca del viejo que bajaba por la chimenea y dejaba regalos debajo del árbol.


Nos fuimos a dormir como de costumbre, pero pareciendo coincidir con mi jornada pesada de labores domésticas algo sucedió. Goliat empezó a ladrar de nuevo. Sus alaridos eran en efecto inquietantes, al punto que pensé que algo o alguien podría estarlo molestando. Esa vez decidí salir más preparado, así que tomé la Beretta Centaurus de mi padre y tras cargarla y amartillarla bajé las escaleras, me posicioné cerca de la ventana y procedí a inspeccionar la zona lo mejor que pude. Aunque no pude notar nada raro.


Al abrir la puerta comprobé que Goliat estaba bastante inquieto, se encontraba desesperado por entrar a la casa, tenía el rabo entre las patas y no paraba de lanzar débiles chillidos cuando lo tocaba. Yo miré a los alrededores, pero no vi nada que me pareciera sospechoso.


Cuando entré con el perro cerré la puerta a mis espaldas, después el animal se apresuró a subir escaleras arriba a una velocidad que me impresionó. Yo estaba por ascender rumbo a mi habitación cuando sentí un inmenso golpe en la puerta principal, algo la había impactado con una gran fuerza, las paredes se estremecieron, incluso algunos de los vidrios de la ventana se parieron. No solo eso, varios cuadros y adornos en las repisas de los muros se precipitaron hacia el suelo.


En el momento en el que volví a salir alcé mi arma e hice un barrido de la zona. En el suelo estaban los restos de una pared de bloques, tras contarlos me di cuenta de que un conjunto de seis ladrillos de concreto, los cuales estuvieron pegados en uno de los muros en construcción de un vecino, habían sido arrojados contra mi casa.

—¿Qué diablos está pasando aquí? —musité al levantar un fragmento de esa inacabada pared.

Enseguida mi vista se dirigió a la arboleda, al lugar donde noches atrás pude ver esa silueta que llamó mi atención, pero fue poco lo que pude distinguir allí, estaba aún más oscuro de lo que había estado esa noche, si tan solo hubiera habido alumbrado público me hubiera adentrado a esa zona, pero en esa oscuridad no me parecía lo más sabio. Por lo que esa noche no hice nada, solo regresé adentro e intenté dormir.


17 de diciembre



Lo que había pasado la noche anterior me dejó perplejo, cuando levanté los ladrillos a la mañana siguiente me di cuenta de que estos no eran tan pesados, no obstante, era imposible arrojarlos juntos desde la distancia que fue necesaria para impactar contra mi puerta y huir sin que yo lo hubiese notado.


—¿Estás seguro de que no viste nada? —me preguntó Alonso, el vecino cuyo muro en construcción había sido quebrado para ser arrojado a las puertas de mi vivienda.


—¡Totalmente, compañero! —contesté mientras lo ayudaba a llevar los ladrillos hasta su casa.


—Es inexplicable esto… no comprendo qué sucedió anoche. Escuché el estruendo en la madrugada, pero no puedo creerlo. Fue una suerte que ya estuvieras adentro cuando arrojaron esto.


—No lo sé, me parece que esperaron a que entrara, de querer hacerme daño creo que lo hubieran hecho —añadí.


—Pues… es algo macabro, pero puede que tengas razón. Aunque la fuerza que tuvieron que tener para arrojar este muro… Joder, me da miedo.


Yo tampoco comprendía lo que sucedió esa noche, no obstante, nada podíamos hacer para averiguarlo, tampoco había encontrado a un potencial sospechoso. Esas cosas me llevaron a pensar que se trató de algún sin oficio, con seguridad al que había visto noches atrás en la arboleda. Seguramente ese tipo era algún enfermo metal o algo por el estilo, era mejor tener cuidado cuando saliera de ahora en adelante.


No estaba dispuesto a dejar a Goliat afuera, no quería arriesgarme a que algún mal nacido le arrojara algo a mitad de la noche y le hiciera daño o lo matara, fue por eso que pensé en dejarlo quedarse adentro. Supuse que eso me brindaría cierta paz, no obstante, las cosas no sucedieron así.


Cuando el reloj marcó las dos de la mañana el perro empezó a ladrar, enseguida busqué de nuevo el arma de mi padre y bajé las escaleras a toda prisa, antes de abrir la puerta me asomé por entre los vidrios de la ventana. Goliat estaba adentro, pero seguía alterado, algo sin duda lo estaba incomodando y mucho.


—Todo esto parece un maldito Deja vu —musité.


Pronto entendí lo que pasaba. Cuando mi vista se enfocó en el patio pude notar a la misma figura alta y encorvada que había visto días atrás. Pero ahora se encontraba en medio de la calle, mirando directamente hacia mi casa.


Gracias a la luz del poste pude verle con mayor claridad, sus ropas alternaban entre el negro y el rojo, pero no sabía si llamarlas ropas era adecuado, eran más bien despojos y harapos de un ya muy gastado traje de Santa Claus. Por un instante me sentí tentado a abandonar la vivienda y vaciarle el cargador del arma a ese maldito acosador, pero no quería arriesgarme y tampoco era lo más sabio, como hijo de un policía sabía las implicaciones que eso me traería.


Además, el condenado sujeto media más de dos metros y podría estar armado, por no mencionar que desde el ángulo en el que me encontraba no podía ver todo lo que rodeaba la vivienda, existía la posibilidad de que hubiera más personas al acecho, esperando que yo saliera para intentar algo en mi contra, por lo que me limité a llamar a la policía y explicarles lo que estaba pasando. Luego alerté a mi esposa.


—¿De dónde salió ese cretino? —preguntó ella sin dejar de mirar al individuo que una hora después, seguía viéndonos desde la mitad de la calle.


—No tengo idea —contesté negando con la cabeza mientras, estando sentado en uno de los muebles de la sala más próximo al árbol de navidad, me dedicaba a sobar la cabeza de Goliat, el cual por cierto al vernos cerca suyo parecía haberse calmado un poco.


—¡Miguel, mira esto! —indicó mi esposa sin despegar sus ojos de la ventana.


En el momento en el que me asomé pude ver como la figura que por más de una hora nos estuvo incomodando, se daba la vuelta y caminaba de vuelta a la arboleda, eso fue lo último que pasó esa madrugada, la policía nunca atendió nuestro llamado.



21 de diciembre



—¡No! —exclamé muy molesto mientras hablaba por teléfono a la central de policía—. ¡Con un maldito demonio! No me pienso calmar. Ese maldito tiene casi una semana parándose en medio de la calle a mitad de la noche, se queda mirando a mi casa y cada vez se acerca más, hace unos días estaba en medio de la calle, pero ahora se encuentra pisando mi jardín. Ayer corrió hasta la puerta de entrada y se regresó al medio de la calle riendo como un desquiciado.


—¿Cómo es el sospechoso, señor? —me preguntó la voz femenina de la oficial que estaba tomando mi denuncia.


—Creo que ya se lo he descrito una docena de veces, señorita…


—Señor, si no me ayuda no podre apoyarlo, necesito que se calme y responda mis preguntas.


—¡Vale, está bien! Es un sujeto de unos dos metros de alto, tal vez más, no sabría decirlo con exactitud porque se encuentra algo encorvado, siempre está así. No deja de mirar mi casa y cada vez se acerca más. Lleva puesto lo que parece ser un traje de navidad desecho, no podría describir su rostro ya que se encuentra cubierto por esos harapos.


—¿Puede decirme cuál es el color de piel del sospechoso?


—No es una respuesta fácil, incluso a veces dudo que esa cosa sea un maldito ser humano normal, debe tener alguna enfermedad ya que su piel alterna entre un blanco pálido muy enfermizo y el marrón. Es muy extraña, parece tener marcas dejadas por múltiples quemaduras.


—Muy bien señor, mantenga la calma, estoy enviando una patrulla a su dirección, no se retire. ¿Está usted armado?


—Sí, estoy armado —contesté.


—En ese caso le sugiero que no haga nada precipitado a menos que la situación lo requiera. No accione su arma a menos que su integridad física o la de su familia se vea amenazada.


Al cabo de unos quince minutos pudimos escuchar la sirena de una patrulla acercándose, en ese momento, ese ser se dio la vuelta y se retiró rumbo a la arboleda. Pero antes de eso ocurrió algo que me heló la sangre.


—¡Ultima oportunidad! —gritó ese individuo con una voz ronca que, estando acompañada de un eco, me hizo estremecer.


Cuando el coche de la policía arribó, salí inmediatamente de la vivienda para hablar con los oficiales.


—¡Hacia la arboleda! —exclamé señalando el sendero de tierra que llevaba hacia el bosque.


Afortunadamente para mí, los policías alcanzaron a ver como la figura de ese hombre encorvado se perdía entre los árboles.


—¡Central, hemos hecho contacto visual con el sospechoso! —dijo uno de los oficiales hablando por un radio transmisor que extrajo de su correaje, al tiempo que corría hacia la arboleda—. Inspeccionaremos el área, enviar refuerzos… Cambio y fuera.


—¡Usted y su familia quédense adentro! Nosotros iremos tras ese individuo, no salgan hasta que volvamos —me advirtió otro de los policías desenfundando su arma y cerrando la puerta de la patrulla para acompañar a su compañero rumbo al bosque.



24 de diciembre



Los oficiales de policía no dieron con el sospechoso, pero para nuestro alivio, las cosas empezaron a normalizarse luego de que lo persiguieran. No obstante, decidí dejar a Goliat dormir adentro unos días más, solo por precaución, aunque como dije, todo se veía tranquilo. Seguramente se trataba de algún enfermo mental o un cretino que al ver a la policía agarró su escarmiento.


Sin darnos cuenta llegó noche buena, eran las ocho de la noche y me encontraba haciendo unas compras de última hora para la cena navideña. Como era de esperarse, las tiendas estaban abarrotadas y había que hacer filas interminables de personas que al igual que yo, tuvieron la brillante idea de dejar todo para última hora.


Los regalos para Peter y mi esposa ya estaban en el auto, al igual que la mayoría de las cosas que comeríamos en la cena de navidad, solo me faltaban las gaseosas. Porque la navidad se trata de eso… Comer cosas que te ayudaran a engordar para luego sentirte culpable a inicios del próximo año.


—Hola, señor Miguel… ¿Cómo está? —dijo un hombre, quien con una voz tenue me habló desde mi lado derecho cuando salí del supermercado.


Me costó algo de trabajo reconocerlo, pero tras hacer memoria pude recordarlo, se trataba de Rodolfo, un hombre obeso de abundante bigote y que, tras haber entrado en sus cuarenta años, ya daba señas de estarse quedando calvo.


Rodolfo era uno de los trabajadores del almacén que me había visto obligado a despedir para salvar mi puesto, todo gracias a la omisión enorme que tuve en la nominas de pago.


—Rodolfo… ¿Cómo está todo? —pregunté viéndolo de arriba abajo, aunque solo con mirar el estado de deterioro de su calzado y ropa supe que no estaba en su mejor momento económico.


—Pues, algo desanimado, la compañía no nos pagó y bueno… la verdad es que contaba con ese dinero, pero nos estamos apañando como podemos.


—He hablado tu caso… el de todos, pero llevará tiempo arreglar algunas cosas —le dije para intentar calmarlo un poco.


—Pues gracias, señor Miguel, pero el hambre no espera —dijo Rodolfo con una sonrisa que a leguas buscaba esconder su apatía—. Pero no se preocupe, sé que usted hace lo que puede. Lo dejo ahora, me esperan en casa.


—¡Feliz navidad, Rodolfo! —exclamé antes de que él se fuera.


Aquel hombre no replicó nada, simplemente me miró y tras fingir una sonrisa me hizo una leve reverencia con la cabeza, luego se marchó.


Tras despedirme de Rodolfo regresé al auto y emprendí mi regreso a casa, eran casi la 8:33p.m., en el momento en el que acabé de hablar con mi esposa para avisarle que en veinte minutos llegaría. Desafortunadamente, las cosas no salieron como pensaba, sé que esto puede ser algo común y esperable en la vida, pero lo mío fue algo totalmente diferente.


—¡Maldita sea! —exclamé cuando una figura apareció frente a mí, al principio no lo reconocí, pero luego me quedó claro quién era.


Fue esa maldita cosa, ese hombre encorvado y sumamente alto que había visto antes, como siempre iba vestido con esos harapos negros y rojos. Fue él, se me acababa de atravesar en la vía, posiblemente seguro de que me movería para evadirlo. El lugar en el que se me apareció era una zona semi boscosa de la carretera, poco había a mis alrededores que no fueran árboles y arbustos, por lo que no es difícil suponer que colisioné contra uno de esos frondosos árboles.


Al abrir los ojos no tenía idea de cuánto tiempo transcurrió, solo cuando escuché mi teléfono repicar fue que noté que eran ya casi las once de la noche. Al ver que mi esposa me llamaba me alteré. Por lo que, sintiendo un horrible malestar en mi cabeza y un hilo de sangre cayendo por mi frente, atendí.


—Amor… tuve un accidente, estoy… —empecé a decir cuando la voz de mi esposa me interrumpió.


—Miguel… ¡Ayúdanos por favor, él está aquí!


—¿Qué? —pregunté perplejo sin entender aun lo que pasaba.


—Esa cosa… el acosador está aquí, yo estoy con Peter encerrada en nuestra habitación, pero él… ¡No para de golpear la puerta de la casa!


—¡Llama a los vecinos o a la policía!


—Los vecinos no me contestan, parece que todos se fueron. La policía… no sé qué pasa, pero tampoco me responden, el teléfono no hace sino repicar…


Mi esposa enmudeció y lanzó un grito ahogado cuando un estruendo, el cual yo también pude escuchar, se oyó por toda la casa.


—¡Miguel... Ya entró! —sollozó ella—, creo que rompió la puerta principal.


—¿Dónde está el perro? —pregunté—. Tal vez si lo sueltas…


—El perro estaba afuera, pero esa cosa… de un solo golpe en la cabeza lo derribó, creo que lo mató. ¡Dios mío! ¡Miguel, ya está aquí! Se encuentra golpeando la puerta de la habitación.


—¿Qué dices? —cuestioné con un temblor en mi voz que me fue imposible ocultar.


En esos momentos salí del auto y empecé a caminar rumbo a mi casa. A pie me tomaría más de una hora llegar, pero no se me ocurría más nada. No pasaban más vehículos que pudieran ayudarme y el desespero que sentía mi esposa me tenía muy nervioso.


—¡Mantén la calma y dile que tienes a la policía al teléfono, dile que vienen en camino y que pronto llegará una unidad completa! Tal vez eso lo asuste y se vaya.


—¡Será mejor que se vaya de aquí! —dijo mi esposa alzando la voz.


No podía verla, pero era fácil imaginarme por el temblor de su voz y la forma en la que sus palabras se cortaban que un sin número de las lágrimas corrían por su rostro, todo mientras escuchaba su respiración acelerada.


—¡La policía ya viene en camino, debe irse de aquí!


Un estruendo, similar al que escuché antes me puso en alerta, pero este fue distinto, el ruido fue mucho más intenso y fuerte que antes, cosa que me hizo suponer lo que mi esposa, con sus últimas palabras me hizo saber.


—¡Dios mío, Miguel! —gritó ella—. ¡Ya entró!


Al decirme eso la llamada finalizó. Una parte de mi alma se quedó en la oscuridad de la noche. Un sentimiento de impotencia se apoderó de mi ser mientras corría por esa carretera abandonada por Dios. Solo deseaba llegar a mi casa rápido.


Por más que intenté no pude volver a contactar con mi esposa, no importaron el numero de veces que llamé. Mientras me movía pude notar unos mensajes que ella me envió luego del accidente. En los primeros se veía preocupada por mí, pero en los siguientes pude ver como se mostraba alterada porque ese maldito había aparecido en el jardín de la casa, eso fue alrededor de las diez de la noche.


Media hora después mi llamada fue atendida por la policía. Les expliqué lo mejor que pude la situación y ellos acordaron ir a mi casa a ver qué sucedía.


Cuando llegué a mi hogar tres patrullas se encontraban en el lugar, ya habían acordonado la zona y varios oficiales se encontraban hablando. Como dijo mi esposa, no había señales de los vecinos, aunque al ser una urbanización nueva no había muchos aún. Imaginé que se habían ido a pasar navidad con sus familiares. En ese momento pensé que todo parecía haberse alienado para que no hubiera nadie en casa o cerca que pudiera proteger a mi familia.


Un rápido vistazo al techo de la vivienda me bastó para encontrar a Goliat, la cabeza del animal sobresalía del tejado. Verlo allá arriba me llenó de rabia, miedo y dolor. Por lo que me apresuré.


—¡No puede entrar! —dijo uno de los oficiales de policía, quien al verme acercarme me flanqueó la entrada.


—¡Esta es mi casa, yo fui quien los llamó!


—Señor, debe calmarse, no debe entrar. Tenemos que proteger el lugar de los sucesos.


—¡No me pida que me calme!


—Señor, espere un momento.


—¡Necesito saber dónde están mi esposa y mi hijo!


—No lo sabemos señor, su esposa y su hijo no están en la casa, en su lugar encontramos una nota en las paredes de la habitación principal. Pero por ahora es necesario que nos acompañe.


—¿Para qué mierda los voy a acompañar?


—Tenemos muchas preguntas y…


—Yo fui quien los llamó, ¿no me escuchó?


—Señor… han pasado muchas cosas en esta noche, creemos que…


—A mi no me interesa nada… ¿Dónde está mi familia?


—Usted está muy alterado, amigo —comentó otro policía acercándose—. ¿Por qué viene en ese estado? ¿Dónde estaba?


—Tuve un maldito accidente en la carretera, quedé inconsciente y me despertó la llamada de mi esposa, estoy seguro de que el departamento de criminalística podrá comprobar las llamadas y los mensajes que recibí, mensajes en los que ella me pedía ayuda.


—Señor como le dije, hemos visto cosas que nos hacen creer que… —empezó a decir el primer policía antes de que yo lo interrumpiera.


—¿Insinúa que yo hice esto? ¿No entiende que no tengo ni la más remota idea de donde está mi familia?


Sin hacer caso al oficial que tenía al frente entré a mi casa, los policías cercanos a la entrada no tardaron en seguirme, pero no me detuve. Lo primero que noté fue la forma en la que la puerta principal fue desprendida, algo de enorme fuerza había destrozado la cerradura y la golpeó con tal energía que desprendió las bisagras.


Después subí a toda prisa las escaleras y llegué a la habitación principal, la puerta de madera estaba abierta de par en par, se veían restos metálicos de la cerradura en el piso. La cama tenía restos de una sustancia rojiza que me hizo suponer lo peor, fue en ese momento cuando giré a mi derecha y pude contemplar la pared, allí, noté un texto redactado con un líquido verdoso muy denso y brillante.


«No volverás a tener una navidad en paz, pues desde hoy en adelante, todas las noches buenas que te quedan por experimentar a Krampus pertenecerán. A muchos robaste la navidad y ahora yo me quedo con tu felicidad»


Los años pasaron sin mirar atrás, el tiempo transcurrió y mi familia nunca fue hallada, mi vida cayó en desgracia, desde entonces no pude evitar pensar que tal vez, de alguna forma que aún no logro explicar, la cosa que se llevó a mi familia me castigó por mi actuar, por ser un indolente ante el dolor de esos hombres a quienes por mi irresponsabilidad dejé sin navidad.

07 Aralık 2020 12:04:45 1 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
8
Son

Yazarla tanışın

German Martinez Saludos, me llamo German Martinez y me gusta crear historias de fantasía y ciencia ficción. Espero que disfruten los escritos en este espacio, de la misma manera que yo disfruto haciéndolos. Saludos y nos leemos pronto.

Yorum yap

İleti!
N.V. Scuderi N.V. Scuderi
Te ganaste unos puntos extras porque la historia inicia en mi cumpleaños 😎 jajaja pero realmente estuvo genial, Germán, supiste mantener la intriga alrededor de este monstruo con el que al final empatizás un poco, aunque igual me siento un poco mal por la familia de Miguel 😂 ¡Muy bueno!
December 07, 2020, 19:32
~
Universo Heraldo
Universo Heraldo

En el marco de una guerra ancestral que se libra entre las fuerzas de oscuridad y los seres de luz, los humanos se han visto obligados a combatir a los demonios que desde hace milenios intentan destrozar este mundo y todo lo que contiene. Es por esto que la orden de los heraldos nació, para frenar a los reyes demoníacos en sus intentos de transformar el planeta en un lugar donde imperen la ruina y la desgracia. Hakkında daha fazlasını okuyun Universo Heraldo.