tadeoibarra Tadeo Ibarra

«El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaron que la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación, podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo.» Esta historia se publicó para participar en el reto de El Pequeño Largo Cuento de la Copa de Autores 2020.


Gizem/Gerilim 13 yaşın altındaki çocuklar için değil. © TADEO IBARRA 2020

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El final

Al principio la nube de polvo no me dejaba ver claramente a la muchedumbre, que para mi sorpresa se encontraba totalmente en silencio. El calor era sofocante y gruesas gotas de sudor nacían en mi frente y resbalaban por mis mejillas. Curiosamente no tenía sed, a pesar de que mi situación física me recordaba cuando hacía ejercicio en casa. Pensé que quizá para la gente que no me conocía y me observaba —si es que me podían ver bien entre tanto polvo—, esas gotas de sudor podían parecer lágrimas, pero mis conocidos sabían que yo no era de esas. Desde muy joven, me había entrenado a mi misma a no mostrar mis emociones; menos aún las que me podían hacer parecer vulnerable. Lo había aprendido en la escuela, cuando nos regía todavía el sistema anterior. El acoso escolar es una cosa seria; si un niño que lo sufre no recibe ayuda, podría sufrir consecuencias en su desarrollo. Yo no había ido a terapia, pero no consideraba que me hubiera desarrollado como un árbol chueco: a mi consideración, eso me había hecho más fuerte. Descubrí que con cada broma de la que era víctima, con cada travesura, yo mostraba mi vulnerabilidad; ya fuera llorando, enojándome o írselo a decir al director de la escuela. La clave era mantenerse ecuánime; sin reaccionar. Cosa que no aprendí hasta después y en estos momentos lo estaba poniendo en práctica.

Mis manos estaban atadas y encadenadas en mi espalda; y detrás de mí caminaban dos hombres altos y fuertes guiándome por el polvoriento camino. Los odiaba. En general no soportaba a la gente con actitud arrogante y aquellos dos hombres lo eran. Se creían héroes; pero el «servicio» que prestaban no tenía nada de heroico.

A pesar de las ganas de relajar el cuello y dejar que mis músculos de la cara descansaran, mantuve mi vista al frente; como una guerrera. Me dolía la mandíbula porque mi tensión emocional se manifestaba físicamente en esa parte. No busqué a mi familia entre el público, ni a mis amigos. No tenía caso. Las cosas habían cambiado hacía ya años; y ellos ahora eran parte del nuevo sistema.

Detrás de las dos odiosas personas que me custodiaban había algunos adolescentes —hijos de los altos mandos— a los cuales les habían permitido conservar sus teléfonos celulares e iban grabando todos mis movimientos. Riéndose. Eran unos gusanos. Me recordaron a aquellos que me hicieron la vida imposible en la escuela. En esos momentos me di cuenta que aquella experiencia me había dejado marcada. Pero una parte de mí se negaba a aceptar que quizá sí había crecido como un «árbol chueco», quizá sí debí haber pedido ayuda.

Es irónico, que las víctimas de acoso sean las que tienen que solicitar ayuda, pero a los acosadores incluso, en algunas ocasiones, se les alienta a que sigan con ese comportamiento tóxico. Es algo que me cuesta entender, pero supongo que así son las cosas.

Algo que tengo que admitir, es que con el nuevo sistema, ya no se escuchaban tantos casos de acoso escolar como antes. Supongo que todos tenían miedo de las consecuencias; además ninguno de nosotros sabíamos con certeza qué acciones La Organización consideraba delitos y cuáles no. Era un dolor de cabeza.

Las personas como yo nunca entendimos el porqué del cambio. Por más increíble que parezca. La iniciativa había surgido del pueblo; específicamente de la gente conservadora. De las personas tradicionalistas, que se resistían al cambio. Eran aquellas personas nostálgicas, que siempre consideran el pasado como algo mejor y lo añoran. Incluso había jóvenes que conocía, amigos míos, que tenían esa tendencia. Una aplicación se actualizaba en su celular, para ofrecer un diseño más eficaz y moderno y su primer comentario era: «Me gustaba más el anterior». Para mí no tenía sentido, pero en cuanto al sistema social, creo que fue una exageración retroceder tanto en la cuestión moral. De pasar de la era de las fotografías publicadas en las redes sociales y de los retos en internet; terminamos en lo que parecía una segunda inquisición. Las selfies desaparecieron por completo y teníamos prohibido incluso utilizar el término. Pasamos de los chismes, de hablar de tontería y media en los desayunos con amigos o familiares, a ir directamente al edificio de La Organización a acusar a alguien. La mayoría de las veces la gente denunciaba a unos de sus vecinos o conocido solamente porque esa persona no le agradaba; y tengo que reconocer nuevamente, que La Organización había hecho todo lo posible, hasta ahora, por detectar las acusaciones falsas y descartarlas; en cambio se mostraban impecables con los delitos graves. En mi caso, había sido doblemente acusada y lo peor de todo, es que era culpable al menos parcialmente.

La mañana en la cual cometí los crímenes, escuché el coche de mis padres arrancar. Más tarde me daría cuenta que haber hecho la suposición que rondó por mi cabeza había sido un error. Me apresuré a sacar mi celular de su escondite y me apresuré a teclear: «Ya se fueron. Puedes venir», y sin siquiera esperar una respuesta me metí a darme una ducha y a arreglarme. Mi cita no tardaría en llegar. Había sido una tontería; La Organización había sido muy clara: los jóvenes menores de veinte años, no tenían permitido participar en lo que ellos denominaban «rituales de cortejo». Hasta ese momento ya había cometido dos faltas: mi celular escondido y quedar con «mi novio» al que solo conocía de unos días. Debí saberlo mejor, pero en ese momento todos nos sentíamos tan sofocados por las nuevas reglas, que incluso un «novio de mentiras» se convertía en la perfecta válvula de escape. Una amiga me había dicho una vez que necesitaba un novio para relajarme. La consideré una tonta, por supuesto; e incluso la acusé de ser partidaria del nuevo sistema. La verdad era que si necesitaba una distracción; cuidarse las espaldas todo el tiempo, incluso cuando se está rodeado de personas de «confianza» le pone los pelos de punta a cualquiera. Además yo había inscrito más materias en este ciclo y estaba al borde del colapso. Ya no dormía lo suficiente, me sentía con energía, pero supongo que los círculos oscuros debajo de mis ojos, daban un mensaje muy diferente al mundo.

Eventualmente consideré que la opción que había sugerido mi amiga quizá era una alternativa viable. Aún tenía escondido un celular; el primero que me habían regalado mis padres. Siendo más joven, uno de mis pasatiempos era escribir fanfiction en un portal de internet, y era increíble el gran número de personas que uno puede conocer en línea. Aún tenía algunos contactos y así fue como me comuniqué con él.

Si el asunto hubiese parado ahí; una muchacha que se quedó de ver con alguien a escondidas en su casa y mantenía un teléfono celular oculto; mi castigo habría sido quedarme encerrada con otros jóvenes delincuentes por un mes entero; sin poder ver a mi familia y claro también había que tomar en cuenta las consecuencias sociales que eso traería consigo, definitivamente los más conservadores me tacharían de «impura» o algo parecido. Pero ni siquiera yo, la muchacha ecuánime y fuerte, estaba preparada para lo que sucedería después.

Estaba esperando impaciente a mi cita después de darme un baño; de pronto, mi impaciencia se calmó cuando recibí un mensaje en mi celular que decía «Ya estoy en la puerta», bajé rápidamente y le abrí. Era la primera vez que nos veíamos y el momento era muy emocionante para mí. Respiré hondo y giré el pomo de la puerta. Mi «novio» no era como la imaginé. Llevaba una capucha y vi que traía algo escondido debajo de esa sudadera.

Había sido una trampa; era un asalto o algo mucho peor. Sabía que se había formado un grupo de rebeldes que en lugar de tomar acciones contra el nuevo sistema, se desenfocaron y comenzaron a atacar a las personas. Pero eso sucedía en otras partes del país, y no sabía de ningún caso en mi ciudad. Todo había sucedido muy rápido. De la nada mi madre salió de la cocina, el que había arrancado el coche había sido papá; y me di cuenta de mi gran error: suponer que mis padres habían salido juntos de casa.

—¿Ya llegas..?

Mi madre no alcanzó a terminar la frase. Un balazo y luego el golpe de algo pesado caer al suelo.

El intruso se asustó —al parecer no planeaba disparar— y corrió hacia el fondo de la habitación buscando escapar. Por un momento se detuvo y parecía evaluar la escena que acababa de abandonar.

No podía creer lo que veía. Incluso ahora que voy a rendir cuentas, el recuerdo me pone la piel de gallina y me nubla la mente; igual que en aquellos momentos.

Recuerdo salir a pedir ayuda, pero los vecinos tenían miedo de que los inculparan de alguna forma. Eventualmente alguien llamó a la policía y me llevaron con ellos.

—El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaron que la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación, podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo —respondí a una mujer que esperaba junto a mí a que se la llevaran a pagar su deuda a la sociedad—.

—Si decías la verdad, te iban a «condenar» por traer un celular y verte con un chico. ¡Hubieses hablado a tiempo! Pero tu madre no murió ¿verdad?

—Murió por unos instantes. La bala no le dio, se desmayó por el susto y algo pasó en su cuerpo. Un vecino la reanimó.

Ella tenía razón, desde el suceso no pensé claramente y dejé pasar muchas oportunidades. Pero ya no hay vuelta atrás. El castigo por intento de homicidio eran latigazos.

Momentos antes de que me trajeran por este camino, me armé de valor y dije la verdad, pero nadie me creyó. Ahora camino hacia mi destino, hacia aquella figura que sostiene un látigo entre sus manos.

21 Ekim 2020 00:14:52 0 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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Son

Yazarla tanışın

Tadeo Ibarra Tadeo Ibarra es originario de Monterrey, Nuevo León al norte de México. Amante de los gatos, la música clásica e ingeniero químico de título encontró su vocación en la escritura de relatos cortos de misterio y suspenso.

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