escritoralolapop Escritora Lola Pop

Este libro es el final de la trilogía. Empieza por “PÍDEME TIEMPO (1)” Y “DESPIERTA TUS SENTIDOS (2)”. Descubrí que el destino, por más que lo quieran manipular, ya está escrito desde que naces hasta el fin de tus días. Y ese destino debía ser nuestro. Solo nuestro. Porque cuando hablan de romance como un cuento de hadas, no te cuentan las malas lenguas que los villanos entorpecen que los enamorados puedan ser felices al retomar aquel beso que dejaron a medias la primera vez. La felicidad depende del esfuerzo por conseguir ser felices. OBRA REGISTRADA EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL. LA NO MENCIÓN DE LA AUTORA O, EL PLAGIO, SERÁ JUDICIALIZADO.


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CAPÍTULO 27

Martes por la noche. Madrid. Hospital central…

― Narra Mario ―


― Mario… Mario…. ― pestañeo seguido, molesto por la luz artificial. Siento más fuerte el zarandeo de mi cuerpo ―. Mario… Despierta… Mario…

Abro los ojos lentamente y, aunque es borroso todo lo que tengo delante, intuyo la figura de una mujer.

― ¿Qué pasa…? Qué… ― al intentar moverme, escapo un gruñido al notar un pinchazo en la parte baja de mi espalda ―. ¿Qué pasa?

Doy con Cristina, la enfermera de noche.

― No te muevas. Tranquilo.

― Cristina, ¿qué me pasa?

― No seas brusco o te harás daño. Llevas horas estirado. Calma ― frena mis ganas de incorporarme de la cama.

― ¿Qué…? ¿Qué hora es…? ¿Qué…?

― Las diez de la noche.

― ¿Las…? ― contengo la respiración al notar otro pinchazo en la lumbar ―. Las diez.

― Has estado todo el día durmiendo, Mario. Es normal que te sientas así. Deja que tu cuerpo se acostumbre ― responde apresuradamente al ver que intento volver a incorporarme de la cama ―. Te desperté porque tienes que tomarte la pastilla y porque…

― ¿Las diez? La última vez que miré el reloj era primera hora de la mañana ― niego con la cabeza, intentando asimilar las palabras de Cristina ―. ¿Cuándo me dormí?

― El doctor te dio…

― ¿Puedes darme agua, por favor? Necesito… ― trago con dificultad. Siento la garganta seca.

Cristina estira su brazo para alcanzar la botella de agua que está a mi lado.

― No has comido, ni cenado. Es normal que te sientas sin fuerzas. Chico, es que no han conseguido despertarte después de la medicación que te dio el doctor García ― me ofrece la botella mientras espera que mis brazos dejen de moverse torpemente. Bebo un trago largo. Otro trago. Y otro, con desesperación. El agua gotea por mi mentón, pero sigo bebiendo a la desesperada ―. Tenías sed, ¿verdad? ― Cristina sonríe, viendo como acabo con toda botella ―. Chico, vas a transformarte en un dromedario. Respira. Respira.

― ¿Lola está bien? ― suelto a la desesperada al volver a tomar aire por la boca.

― Pues precisamente he venido a despertarte para…

― ¿Le ha dicho algo a mi madre?

― Mario, tienes que ver esto. Te va a encantar. Lo hizo mientras dormías.

Se aparta de la cama y señala la sábana que me tapa de medio cuerpo. Entonces, veo que estoy cubierto por muchos papeles de colores, pegados a la tela blanca que me arropa.

Cristina sigue mostrándome la habitación y señala la ventana que tengo a mi derecha. El cristal está lleno de papeles de colores.

― ¿Ha sido ella?

Me doy por vencido y reposo sobre el colchón, tomando conciencia de lo mucho que Lola se esfuerza por demostrarme que está a mi lado.

Esto solo lo ha podido hacer la persona a la que amo.

― Así es, Mario ― le sale en un hilo de voz al pensar en lo que ha hecho la dueña de todas esas notas ―. Hoy no podía estar contigo porque debías estar en observación, pero me suplicó solo cinco minutos para dejar todas estas notas. No pude decirle que no. Traía una carita, la pobre…

Miro toda esa cantidad de colores que cubren parte de la fría habitación.

Es su vitalidad. Es su forma de pintar el mundo. Amo su cabeza llena de confeti.

― Lo hizo a escondidas. La dejé pasar a la despensa de los medicamentos para que tuviese tiempo de escribir todo esto ― y al encararla, sorprendido, sonríe con la escena de la rubia de la que estoy completamente enamorado ―. Para no despertarte, las puso con mucho cuidado sobre tus piernas. Yo vigilé la puerta para nadie supiese que estaba aquí, ¿eh? Hoy no está de guardia el doctor Salas, que eres su paciente favorito.

― ¿Dónde está ahora?

― Se marchó hace un par de horas. Pero tranquilo, le expliqué lo que te había ocurrido.

― ¿Sabe lo de mi madre?

― No. Sabe que te alteraste hasta el punto de volver a tener la tensión por las nubes, incluidas taquicardias absolutamente descontroladas ― gruñe, a modo de riña por ponerme en ese estado ―. La pobre chica creía que lo que te había pasado era por su culpa.

― ¿Su culpa? ― me quita la botella de las manos y la deja en la mesita de noche, encogiéndose de hombros ―. No lo entiendo.

― Solo hacía que preguntar por tu corazón, por tu pulso, por tu respiración… Llegó con la maleta, un envase lleno comida, el bolso, sus auriculares, un libro… y correteaba por el pasillo, desesperada por ver al doctor Salas. Le atendió el doctor Menéndez y le dijo que estabas en reposo, pero no era grave. Forma parte del proceso. Te contó que te había dado unos calmantes de elefante y, obvio que te quedaste dormido. La pobre chica no dijo nada más. Muda, se fue al office, a paso lento, arrastrando sus pies y, se sentó a comer, con la vista perdida, mientras masticaba sin ganas. Me senté con ella y, entonces, me di cuenta de que estaba asimilando lo ocurrido. Le dije que te había visto dormir como nunca, después de su visita de ayer ― sonríe con ternura. Asiento, reconociendo esa sensación de la que habla. Me desperté que me comía el mundo ―. Fue cuando me pidió el favor de hacer lo que ves a tu alrededor ― mira la sábana, la ventana y, vuelve a encararme a mí ―. Chico, de verdad que esa niña te quiere una barbaridad.

― Lola es… ― suspiro, alucinado por la explosión de colores que me cubre ―. Lola es tan Lola.

― Es increíble su capacidad de asumir que tu recuperación va antes que sus deseos. Y no estoy muy acostumbrada a lidiar con eso. No todos los familiares son tan obedientes como ella ― suspira, emocionada por todo lo que ha logrado la chica que olía a fresas y me escribía notas sin parar ―. En fin… Qué te voy a decir, si lo ves por ti mismo. ¡Creo que ha gastado todo el papel que llevaba en ese enorme bolso! ― escapa una risa mientras observa de nuevo la habitación.

Aun sintiendo dolor en las lumbares, me incorporo con ayuda de la cama automatizada. Intento alcanzar una de las notas que queda a la altura de mis piernas. Una de las de color rosa chicle.

Es una frase escrita de su puño y letra: «Dime HAZLO y lo haré, Mario».

Releo una y otra vez esa frase. La misma que pronuncié el día de la presentación de campaña, sentados en la mesa, esquivando las conversaciones de los demás, incluida Helena.

Y es la misma frase que hubiese querido decirle hace muchos años, cuando solo era un crío.

― ¿Más despierto?

― Cristina, ¿te puedo pedir un favor?

― Oh, claro. Espera, que te coloco bien la almohada ― se apresura a ponerla a la altura de mi nuca.

― No. No es eso ― deja de golpear la almohada y me encara, desconcertada ―. ¿Puedes acercarme el teléfono que está en el cajón de la mesita de noche? Y mis gafas, por favor.

Asiente.

Decidida, abre el cajón y busca mi teléfono.

― Aquí tienes, Mario ― se apresura a darme ambas cosas.

― Gracias.

― Volveré en unos minutos, Mario. Así te alcanzo las notas de la ventana. Aún no debes levantarte de la cama hasta que tu cabeza se acabe de despertar del todo.

― Cristina, esto… Yo… Gracias por ayudar a Lola.

― No me las des ― chasquea la lengua en el paladar, con fastidio ―. Esa chica tiene algo especial ― asiento, convencido de ello desde el día que la conocí ―. Habla con ella con tranquilidad. Haré la ronda por la planta y dejo tu habitación la última, ¿de acuerdo? ― me deja mi espacio de intimidad para hablar con Lola.

Mientras cierra la puerta de la habitación, ya suena el primer tono de llamada.

Dos tonos.

Tres tonos.

― ¿Mario? ¿Eres tú? ¿Mario? ¿Estás bien?

― Lola, hazlo ― miro la nota que aún tengo en mis manos.

Mario…― suspira al otro lado del teléfono. Aliviada al darse cuenta de que estoy bien.

― Sea lo que sea que hayas pensado al escribir la nota, hazlo.

― Ahora más que nunca sé que siempre quisiste eso, adonis.

Vuelvo a mirar la nota de color rosa chicle mientras pienso en todo lo que me gustaría hacer al salir de este hospital.

― ¿Cómo te encuentras? Estabas muy dormido cuando entré en la habitación.

Su voz es muestra evidente de su cansancio. Aunque es melosa al dirigirse a mí, sé que está agotada. Se está matando por venir aquí, todos los días, solo por estar conmigo unos minutos y saber que estoy bien antes de volver a Barcelona.

No sé cómo merecí algo así.

― Alucinando. Jamás desperté así, Lola. ¿Esta es la vida que tendremos en Barcelona?

Tomo otra de las notas que tengo al alcance. La de color azul.

Leo lo que ha escrito de su puño y letra.

― Es la que quiero.

La nota azul tiene escrito «Estamos a tiempo de cumplir nuestra promesa».

― Aunque me he despertado bastante desconcertado, tu sorpresa me ha abierto del todo los ojos.

― Quiero que escribamos notas por toda la casa. Quiero que pintemos las paredes del color que nos guste, que tengamos tazas de colores para desayunar, que haya flores en el balcón, en el salón y en la cocina, que tengamos marcos de colores para nuestras fotos… ¡Quiero tantas cosas que pongan color a nuestra vida! ― miro la ventana, cubierta por todos esos papeles que tapan parte de las vistas que dan a la periférica Madrid ―. Mario, estoy aquí. En casa. En nuestra cama.

― ¿Sigues en Madrid? ― me incorporo, desesperado, pero un dolor en la lumbar frena mi ímpetu y, por no dejar escapar un gruñido de dolor, contengo la respiración.

― ¿Mario?

― Sí. Sí ― contesto con el aire contenido. Vuelvo a dejarme caer lentamente en el colchón, sintiendo que el dolor en las lumbares va desapareciendo poco a poco.

― Si me dejasen pasar, iría a verte ahora mismo sabiendo que estás despierto.

― Pero tu voz me dice que estás cansada y que estás haciendo demasiado. No sé cómo compensarte que…

― No estoy cansada de ti, sino de no tener nunca respuestas o, de que la gente se meta sin saber ― me interrumpe, muy decidida ―. Creo que quiero ser enfermera ― y sin ningún esfuerzo, consigue que sonría, me relaje en esta incómoda cama y la sienta cerca solo con escuchar su risa al otro lado ―. Mario, ¿quieres que te cuente qué estaba leyendo para no pensar cosas negativas? Alexia me tiene muy bien educada.

― Dime. Necesito pensar en otra cosa que no sea este hospital.

Creo que te sonará de algo, dueño de esa voz de locutor de radio ― escapa una risa burlona.

― Me acabo de despertar y…

― Me gusta esa voz ronca, Bello durmiente ― interrumpe, modulando su voz a una más sensual. La suya cuando estamos a solas, en casa ―. Suele durarte gran parte de la mañana de los sábados y los domingos. Y me gusta muchísimo escuchar ese tono de voz mientras hablamos durante el desayuno, aunque no te lo haya dicho antes.

― ¿Por eso me haces tantas preguntas?

― No, soy preguntona de por sí ― se ríe de su batería de preguntas mientras leo el periódico. A veces no le contesto expresamente, para que acabe asomándose por encima del periódico y pueda robarle un beso tras otro mientras me pregunta sobre las noticias ―. Sé que tu voz no es el mismo nivel sexy de que cuando me levanto con los ojos como un mapache por haberme desmaquillado rápido, pero… ― se ríe de esa imagen.

Me gusta cuando se despierta con ojos brillosos y una sombra de maquillaje en su párpado inferior. Su moño despeinado, con algunos mechones que escapan por su cara. Y sus bostezos mezclados con sonrisas tímidas.

― ¿Qué lees, entonces?

Tengo entre manos el libro que me leíste la primera noche que me quedé a dormir en casa. No es que me entere de mucho, pero estaba acordándome de tu pronunciación y reconozco que me he puesto un poco tonta al acordarme de esa noche.

― ¿Tonta?

― Muy tonta, a decir verdad. Cada vez que pienso en esa noche… ― sé que sonríe. A mí también se me escapa una sonrisa al pensar en esa noche. Me levanté tantas veces para ir a por ella a la habitación, que, a la cuarta o quinta vez, tuve que distraerme con lo primero que encontré de vuelta al sofá-cama. Y fue ese libro que tenía a medias ―. ¿Quieres que te lea un párrafo del libro?

― Sí.

― De acuerdo ― escucho como trastea con el libro y el teléfono ―. ¿Preparado?

― Preparado.

― Bien. Allá voy… Il detective ha evitato lo sguardo del sospetto. Voleva conoscere tutta la verità sul colpevole del sangue che copriva il corpo di Margaret, la vittima innocente dei debiti di quei magnati. ¿Qué tal lo hice? ― escapa una sonora carcajada, sabiendo ya el resultado de su pronunciación.

― Margaret no es tan inocente cuando la narras tú.

Solo entendí algo de la sangre de Margaret y que estaba con un magnate ― pero vuelve a carcajearse pensando en su exagerada pronunciación ―. ¿Magnati es magnate? A ver si va a ser un false friend como en inglés.

― Con ese tono de voz que has usado, has cambiado la historia. Ya no es policiaca.

― Margaret aveva le prove del crimine nascoste nella borsa.

― Definitivamente no hay crimen en tu forma de narrar.

― ¿Quieres que mañana te traiga el libro y te leo un poquito en italiano?

― Me alegra escuchar eso.

― ¿Mi pronunciación? ― toma grandes bocanadas de aire mientras se carcajea otra vez. Cierro los ojos y disfruto el efecto que causa en mí. Ella es casa ―. Espagueti, boloñesa, prosciutto, raviolis, provolone… ¡Gnocchi! ― exagera el acento italiano, hasta que su risa vuelve a ser parte de la llamada ―. ¿Lo hago tan bien como tú esa noche, adonis?

― Esa noche lo hiciste de maravilla, Lola. Increíblemente bien.

― Me refería a la lectura, bobo.

― Pero yo no.

― ¿Ya no estás tan dormido, adonis? ― se burla de mi pronto despertar.

Lo que más me gusta de ella es que cuando entra por la puerta de esta habitación, no me trata como a un enfermo de cama de hospital, mirándome con pena o con desilusión. Incluso a pesar de verme llorar, sigue mirándome como si el mundo tuviese todo el sentido en este espacio tan frío.

En esta llamada, no está hablando con el Mario que no puede levantarse de la cama sin ayuda o, que se descontrola y vuelve a sus recaídas, sino con el Mario con el que pasea por la ciudad, disfruta en un buen restaurante o, disfruta del placer en la cama.

Es como si el Mario que ve todo el mundo, ella lo apartase durante unas horas, para hacerme sentir que todo es demasiado pasajero como para ver mi estado de forma triste.

No me hace sentir que estoy enfermo, aunque sé que sabe que lo estoy. Me hace sentir que sigo siendo el mismo, pero con otros cuidados.

― ¿Cómo sé si estás tan despierto o, eres un bot que me dice lo que quiero escuchar?

― Porque es imposible que no te sienta intensamente, una y otra vez, al pensar en recuerdo de esa noche en la que no dormimos. Ni las siguientes. Ni las que seguro que vendrán.

De forma impulsiva, la invité al sofá-cama.

Y es cierto que cuando se estiró junto a mí y me abrazó por la cintura, me di miedo a mí mismo. Estaba seguro de que iba a romper mi promesa. Le tenía tantas ganas, la deseaba de forma tan incontrolable, que tuve que concentrarme en el libro, por no lanzarme a por ella, como un animal. En cuanto empezó a colar su mano por debajo de mi pantalón, sentí tanto placer, que hasta las letras de ese libro se me nublaron y me inventé la pronunciación.

¿Sabes una cosa? Estoy harta de hablar de médicos y de medicamentos.

― Yo también. Necesito dejar de pensar que estoy aquí metido.

No sé si es por los largos días que estamos teniendo, por el estrés de llegar al hospital, pero juro que necesito que disfrutemos de una conversación sobre nosotros y esta cama. ¿Quieres? Esto se nos da muy bien. Pasar de todo y de todos. Ser nosotros y punto.

― No es el lugar el que te hace sentir vivo. Me lo dijiste tú.

― Pues hagamos que, de lo peor, pase siempre algo mejor ― y me gusta demasiado ese tono de voz cargado de deseo. Lo ha ido haciendo suyo a medida que hemos ido conociéndonos con más intensidad ―. Y aunque no lo creas, me está viniendo bien tener mi espacio y tiempo a solas conmigo misma, después de verte. Relajarme después de un día duro, regalándome minutos de oro. Con papá y mamá al otro lado de la puerta, una cama de 90 en la que no puedo darme la vuelta y, el estómago lleno de los platos que me sirven, no puedo sentirme a mí misma de igual modo. Ahora que sé qué se siente al darme placer sin que nadie me escuche, más que yo misma o el chico que tengo al otro lado del teléfono, creo que amo relajarme en esta cama que tantas veces hemos compartido ― escucho el roce de la sábana. Gime levemente mientras se recoloca en el colchón ―. La cama en la que follamos de maravilla, dormimos de maravilla, nos despertamos de maravilla y, a solas, me masturbo de maravilla ― se ríe con descaro después de citar su lista de maravillas.

La última de su lista sé que para ella está siendo brutal después de todo ese bloqueo que vivió durante meses. La primera vez que la vi tocarse, sentirse, jugando con ella misma, mientras estaba sentado en la butaca de la habitación, no podía pestañear. Hizo que no me sintiese un extraño, un mirón. Yo formaba parte de esa escena.

Esa Lola no se avergonzaba. Le gustaba tenerme ahí, como espectador. Y eso no lo conseguí con ninguna mujer antes, a pesar de sus intentos. Me hacían sentir sucio e incómodo, a pesar de ser excitante.

― Quiero que nos la llevemos a Barcelona ― gime, satisfecha con su propia idea. Cada vez esconde menos ese sonido placentero. La primera vez que la vi, la escuché y la sentí, se avergonzaba de sus orgasmos.

― Nos la llevaremos.

― ¿Sabes que me pongo tu ropa para dormir? Aunque me traigo mi pijama, nunca lo uso. Me gusta el olor de tu ropa. Huele a Jean Paul Gaultier ― suelta una risa traviesa que me saca una estúpida sonrisa. Los fines de semana siempre curiosea mi armario para buscar la ropa más ancha que tenga y, poder dormir con ella ―. Luego me abrazo fuerte a la almohada. Muy fuerte, muy fuerte, muy fuerte… Como si fueses tú ― su voz suena hueca. Intuyo que está escondiendo su cara en la almohada ―. Y antes de apagar la luz, miro tus trajes, colgados en el armario. Me despiertan aún más el deseo de tenerte aquí conmigo, entre mis piernas… ― cada palabra que pronuncia aún está más cargada de tensión sexual ―. ¿Quieres que te confiese algo o, aún estás aún algo adormecido? Dime que pare, si no te encuentras con fuerzas.

― Esta conversación es lo que más me gusta de ti, como para parar ahora. Aunque mi cuerpo no responda del mismo modo que mi cabeza, dime, ¿cuál es esa confesión? Quiero que hables de lo mismo que hablarías conmigo si no estuviese aquí en el hospital.

― Pues… No me quito tu camisa mientras uso el dildo. Y muerdo una de tus corbatas mientras siento que me pierdo entre pensamientos ― se vuelve a carcajear, algo afónica del cansancio acumulado.

― ¿Esa corbata?

Sí, con la que me vendaste los ojos en el despacho. Con la que me diste ese bombón que sabía a tantas cosas... Y ¿quieres saber más, adonis?

Esa corbata estaba en el lugar más inocente que se me ocurrió en ese momento. Mi mente maquinaba escenas que me daban una confianza sobre ella, que ni siquiera pudo intuir.

Juro que acababa encima de la mesa comunal, respondiendo a mis tirones bruscos de corbata y, escuchándola disfrutar de un sexo bruto, cargado de demasiada necesidad.

Pero cuando la impulsé sobre mis piernas y sentí que era el momento de dejarme llevar de verdad, las interrupciones la devolvieron al lugar en el que cumplir sus fieles promesas.

Ahora ya sabe que ese Mario mantenía demasiado las distancias, a pesar de la poca fuerza de voluntad que le quedaba.

― Quiero saber más.

― Confieso que desde el domingo no cierro la puerta del armario ropero, expresamente. Porque ahora busco esos trajes antes de irme a dormir y mirarlos mientras disfruto de mis manos y de Hulk ― gime mientras el roce de las sábanas me da evidencias de que está recolocándose de nuevo en la cama ―. Porque el sexo puede ser maravilloso al final del día, después de tantas cosas que me alteran durante horas. ¿Qué tienes, Mario? ¿Eh? ¿Por qué me vuelves loca? Es que no puedo controlar esto…

― Ya somos dos.

― Hoy te vi, dormido en la cama, y solo podía mirarte con otros ojos a lo que te miran esos médicos ― gime con algo más de fuerza que hace unos segundos ―. Y pensé en cómo te quedarán esos trajes con esa barba de días que te queda tan bien. Joder... Y con ese pelo revuelto, desaliñado...

Y el sonido de finalización de batería llega en el peor momento. Aunque mi cuerpo no responde del mismo modo que el suyo, entumecido, quisiera escucharla eternamente mientras disfruta de darse placer a ella misma.

― Me estoy quedando sin batería ― miro el 1% que queda en mi teléfono y, vuelvo rápidamente a la conversación ―. ¿Lola?

Mañana estoy allí contigo y te cuento más sobre ese Mario que veo cuando llego al hospital.

― Lola, espera que busco la...

― Pase lo que pase, tomaré ese tren camino a Madrid. Para verte y pensarte en casa ― un risa traviesa y el roce de la sábana me dice que está teniendo ese idilio con los trajes de chaqueta que cuelgan de mi armario.

Maldita batería… ― doy manotazos a la mesita de noche, intentando alcanzar el cable para conectar el teléfono.

― Mario, digan lo que digan, iré al hospital. No hagas caso a nadie sobre lo que yo haga o quiera hacer, ¿de acuerdo? No me conocen. No les hagas… ― mi teléfono se apaga sin dejarme tregua para escucharla un rato más.

Dejo caer el teléfono sobre mis piernas, pensando en esa chica que duerme en la cama en la que me gustaría estar ahora mismo.

Suspiro con fuerza y uno de los papeles de color verde llama mi atención al moverse sobre la sábana. Alcanzo el papel de mi color favorito y miro la frase que ha escrito Lola.

― Una casa en la playa, un perro llamado Popeye y dos bicicletas de paseo, es todo lo quise para ser feliz ― leo en voz alta.

Algo extrañado, releo la frase otra vez.

― ¿Aún se acuerda de esos planes que hicimos cuando éramos unos críos?

22 Kasım 2020 18:38:17 1 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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Sonraki bölümü okuyun CAPÍTULO 28

Yorum yap

İleti!
RA Rusari Arias
Me encanta esa manera tan bonita y especial que tiene Lola en hacerle saber a Mario que está ahí con él, aunque no la dejen verlo
January 03, 2021, 12:07
~

Okumaktan zevk alıyor musun?

Hey! Hala var 17 bu hikayede kalan bölümler.
Okumaya devam etmek için lütfen kaydolun veya giriş yapın. Bedava!

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