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jackievivianv Jacky Vargas La herida es el lugar por donde entra la luz. -Rumi

#todaysmantra
AA Paylaş

Tu motivo es tu historia

Odiaba mi cuerpo. Lo odiaba intensamente. Me desagradaba tanto como quien desaprueba algo que le ha hecho daño. Esa era mi única verdad. No sé exactamente desde qué momento de mi adolescencia este sentimiento se llegó a volver tan trascendental, pero lo era, y todo lo referente a él me empujaba a sentirme menos que cualquier otra mujer. Me pensaba diferente, en desventaja, enclaustrada en un exterior que creía que nadie nunca apreciaría, en un cuerpo que no lucía bien la ropa, o que no cumplía con los estándares de belleza femenina. Y entonces, a los 18, cuando se supone que ya eres mayor de edad y empiezas a tener una vida más responsable, llegué a evitar todo lo que tenía que ver con nutrir mi cuerpo, pero principalmente mi alma. Incluso empecé a odiar la comida. Ella era tan mala conmigo que me "engordaba", que hacía que mi cuerpo no fuese el perfecto. Que me convertía en una imagen de mí que no era la que yo esperaba tener. Era tan tóxica que envolvía a todos los que estaban a mi alrededor. Los manipulaba de tal forma que me obligaban a comer. Y entonces todos se transformaban en sus cómplices. Sus cómplices encubiertos a quienes llegué a evitar también.


Me distancié y me encerré en mí misma y en la percepción de no ser lo suficientemente suficiente. Siempre quise ser alguien más y mejor. Alguien más atractiva, con mejor cuerpo, con otros ojos, otro color de pelo, otros padres, otros amigos, otra forma de mi vida. Pero no solo eso. Nunca estuve a gusto con lo que tenía ni con quién era, ni siquiera internamente. Y creo que nadie que haya pasado por algo similar podría comprenderlo, pues estoy consciente que no hace mucho sentido. En esos momentos la mente se vuelve tan astuta que te hace creerlo como si fuese la verdad absoluta y no un invento del ego. Entonces, mi única solución fue hacerme daño.


Conforme fui creciendo esos pensamientos se fueron saliendo de control. Especialmente cuando algo los alimentaba. Como cuando a alguien no le agradaba mi personalidad y me lo decía, o cuando notaba cómo no le gustaba a ningún chico, o cuando finalmente tuve un novio y este me dejó por mi mejor amiga. Todo eso, desde que era pequeña, plantó una gran semilla de auto-rechazo. Y a los 18, la bomba explotó reflejándolo en la forma de tratarme.


Recuerdo tanto momentos que me marcaron, como aquellos de cenar en grupo: mientras todos anhelaban lanzarse sobre la comida, yo detestaba ese preciso instante y lo sentía incómodo, sin sentido, amenazante. A veces, incluso, sentía los ojos de todos depositados en mí, o en su incapacidad para ocultar lo que se preguntaban.


Mis amigas fueron las primeras en romper el hielo y en darse cuenta de que estaba teniendo alguna clase de problema, pues cuando salíamos nunca quería comer. Mi peso fue disminuyendo cada vez más, hasta volverse débil y escuálido. Mi percepción, en cambio, fue engordando a tal punto, que pese a que la balanza me indicaba 41 kilos, y yo medía 1.65, me veía gorda. Cada crueldad en mi cabeza le decía a mi cuerpo que era feo. Que genéticamente no estaba bien hecho. Que parecía hombre. Que mis amigas tenían un cuerpo más bello. Que siempre había alguien mejor. Me llegué a inventar que tenía que tener el físico perfecto para poder ser guapa y para que se puedan fijar en mí. Y me llenaba de rabia cada vez que alguien me insistía en que comiera. No entendía por qué la gente quería que comiera si eso solo me engordaba. Deseaban verme gorda, seguro. Gorda y fea.


Cada vez que alguien me decía que había adelgazado mucho, pese a que no lo creía al 100%, lo sentía como una especie de cumplido. Eso ensalzaba mi día... momentáneamente. Mi mundo giraba entorno a la alimentación, en pensar en qué comía y que no, y en mirarme todos los días al espejo. Le entregué mi poder, como quien entrega su alma. Y me deprimía tanto que hasta mis muñecas llevaban la marca de ello.... Me hacía mucho daño, bebía mucho, fumaba y tenia pensamientos suicidas. Pensamientos que llegaban a hacerme creer que la gente estaría mejor sin mí.


Hasta que conocí a mi segundo padre, a quien no solo le debo mi lenta recuperación, sino mi corazón. Polo, mi psiquiatra, ha sido una bendición para mí. Él y mis padres, por supuesto, quienes encontraron el camino adecuado para sacarme de aquél hueco, porque pese a que un doctor les rebeló mi enfermedad de la forma más directa y cruel, ellos supieron exactamente qué hacer y sobretodo, que NO.


Me apoyaron cuando no quise seguir la dieta de un nutricionista que me prescribió unas cantidades abismales de comida como si fuese broma; me compraban las cosas que quería; mi madre se sentaban conmigo a cenar, a estar, a verme, porque pese a nuestros conflictos nunca ha existido nadie más comprensivo que ella para mi. Me compraba los antidepresivos, me veía regresar a casa a veces borracha, pero siempre estaba pendiente de mis avances con Polo.


Todo eso contribuyó a mi mejoría. Pero requirió de tiempo, años, y de varias recaídas. Había días mejores y otros peores. Días en los que comía con menos remordimiento, y otros que nuevamente pasaba casi un día sin hacerlo. No me gustaba comer delante de nadie. Ni que me obligaran a hacerlo, prefería que surja de mi propia motivación. Me preocupaba en demasía por este tema, en qué era lo que estaba consumiendo o cuántas calorías posibles podía tener. Leía libros, revistas y artículos de internet relacionados a esto, y mi mundo giraba entorno al mismo problema.


Al poco tiempo empecé a ejercer mi carrera de periodista, y eso ayudó un poco más a mi progreso. Me sentía más productiva y mejor conmigo misma cada vez que alguien reconocía mi trabajo y mi forma de escribir. Luego volví a enamorarme y ese alguien también se enamoró de mí. Eso no solo elevó mi autoestima, sino que me hizo sentir viva. Sin embargo, el fondo del problema aún no estaba resuelto. El concepto que tenía de mí seguía ahí adentro... en el interior de ese corazón que yo sola me rompí. El apego empezó a regir mi vida. Se que todos tenemos alguna clase de apego a algo o alguien, pero el mío siempre fue hacia mis distintas parejas. Quizás, y solo quizás, porque no me creía lo suficiente para nadie, y cuando se mostraban interesados, pensaba que nunca encontraría algo igual. Entonces empecé a conformarme con menos, a atraer a los hombres incorrectos y a sentir que no pertenecía a ciertos grupos o personas.


Así me fui encontrando con diferentes etapas de mi enfermedad, pero cuando empecé a recuperarme también fui despertando, creciendo y a la vez descubriéndome. Me di cuenta del verdadero fondo de las cosas, y si bien muchas personas me ayudaron con solo estar, yo misma tuve que decidir salir de allí y tener la fortaleza suficiente como para no recaer, como para amarme un poco más cada día, como para dejar el pasado donde está... atrás.


Así fue como el deporte se convirtió en mi razón. En mi motivo. El deporte hizo todo en mí. Si bien quizás al principio lo hacía por estética y sin alimentarme realmente bien, luego me di cuenta de que era el lugar al que pertenecía y siempre perteneceré. Era lo único que me hacía sentir fuerte, cuando por dentro me percibía débil. Era lo que me encendía cuando la oscuridad me apagaba. Era lo que me exigía comer bien, sanarme, llenarme de energía. Era lo que despertó en mí esa pasión, ganas, esperanza y vida que creía olvidada. Era y es lo único que me hace estar en el momento presente y ser quien realmente soy.


Poco a poco fui descubriéndome en esto. Practiqué distintos deportes, pero puedo decir que las acrobacias aéreas y el atletismo han sacado lo mejor de mí. Después de 10 años de haber caído en aquél problema, puedo decir que ambas disciplinas me salvaron y aún me salvan todos los días.


Es por ello que decidí estudiar lo que estudié: Entrenamiento, y ser lo que busco ser: Entrenadora. No solo deportiva, sino de vida. Es por ello lo que escribo y lo que soy. Es por ello mi pasado y mi historia. No hay nada de lo cual me arrepienta, porque por esa razón ahora esta es mi misión. Porque así como yo he vivido una especie de infierno dentro de mí misma, se que muchas personas también. Y no hay secretos. No hay razones más o menos válidas para sentir lo que sientes, solo las que son, y la única forma de darles valor es convirtiéndolas en tu razón para iluminarte y así iluminar a otros. Al fin y al cabo, tu motivo es tu historia, y tu historia puede salvar vidas.

05 Mayıs 2019 22:32:55 0 Rapor Yerleştirmek 1

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