martin-girona1583791253 Martin Girona

Una mujer desaparece en un crucero que atraviesa el océano, con más de cuatro mil pasajeros a bordo. El detective Gabriel Cogan investiga el caso, pero comete un grave error. Ahora tendrá que deshacerse de un cadáver.


Детектив Всех возростов.

#viaje #amor #asesinato #traición #policial #383 #crucero
Короткий рассказ
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Un arma muda

El mudo se acomodó en la silla y se rascó la cabeza. Parecía nervioso. Era comprensible.

La mesa estaba saturada por un panteón de objetos diversos, que sería muy difícil encontrar reunidos en otra situación.

El viejo que carraspeaba agregó su pequeña libreta y su lapicera a la colección exhibida sobre la madera pulida, que mostraba un brillo perfecto. Gabriel podía ver su reflejo y el de sus sombríos acompañantes entre los espacios vacíos, que eran pocos.

Una persona había llamado particularmente su atención. Una mujer larga y encorvada, que parecía un tallo muriendo. Su piel se veía seca como una lija y sus ojos estaban enterrados y rodeados por las cicatrices del insomnio. Su cuerpo temblaba y había pasado horas llorando en diferentes lugares. Gabriel había notado que le faltaban dos uñas y que tenía los brazos manchados por unos machucones que intentaba encubrir nerviosamente.

—Esto no nos ayuda para nada —exclamó el viejo que carraspeaba. Lo hizo con un tono seco y agitando la libreta frente a los ojos del mudo.

El mudo encogió los hombros y la espalda y pareció reducirse frente a los gestos que acompañaban los gritos.

La mujer de los machucones estalló en llantos, otra vez. Un sollozo trémulo y lastimoso, que se revolcaba con impertinencia en los vacíos. Un sonido que recorría las habitaciones del crucero, hasta diluirse más allá del límite de las barricadas levantadas en los pasillos.

Un hombre de traje marrón y camisa blanca manchada de sudor, el que se encontraba sentado más cerca de la mujer, se acercó titubeante hacia ella y bajó la mano hasta su hombro, pero no se atrevió a tocarla.

El mudo examinó la botella de whisky apoyada sobre la mesa. Constató que estaba vacía y hundió la cabeza entre las manos. Era comprensible que necesitara alcohol. Su esposa había desaparecido hacía tres noches, en un crucero con más de cuatro mil personas a bordo. Habían revisado toda aquella ciudad flotante sin encontrarla.

Gabriel también necesitaba alcohol. No era indispensable que su esposa desapareciera para eso. El aire escaseaba en aquel cuarto. Un hombre se sacaba restos de comida de entre los dientes sin mucha preocupación por disimular. Una niña dormía sobre el pecho de su padre, que al parecer se había cortado al afeitarse. El techo era cada vez más bajo y la luz incandescente le ardía en los ojos.

Se levantó de la silla y abandonó la habitación para salir al pasillo. El llanto lo siguió como una telaraña adherida a la ropa. Una alfombra azul con diseños geométricos se extendía entre las puertas simétricas e infinitas.

Mientras deambulaba en busca de uno de los bares, tuvo la sensación de que alguien lo estaba vigilando. Alguien escondido detrás de alguna puerta o en algún recodo de los pasillos. Las posibilidades eran muchas. Cuatro mil pasajeros y Gabriel no conocía a ninguno. La desolación de los pasillos y los focos redondos se tornaron inquietantes.

Se acercó a la ventana y el sol abrazó su cuerpo. Había algunas personas dispersas por el bar. Nadie detrás de la barra.

La rodeó, examinó las botellas, agarró una y salió del bar sin que nadie le dedicara una mirada ni un pensamiento. Un hombre lo había visto y había pensado algo con relación a sí mismo. Eso fue todo.

Cuando volvió a la habitación, la mujer ya no lloraba. Los quiebres de sus sollozos habían sido sustituidos por los ruidos de un jacuzzi. Alguien se había metido al jacuzzi en esa situación. Al otro lado de la pared estaba el mudo, cuya esposa había desaparecido a bordo. ¿Sería el asesino tan cínico como para darse un baño de espuma en ese momento? Se preguntó Gabriel durante un instante, pero su atención estaba fija en su principal sospechosa: la mujer alta y desgarrada estaba casi caída sobre la mesa, con la columna quebrada en pedazos y la cara llena de grietas.

Había llegado el momento de tener esa charla. Esperó a que se levantara de la silla. Esperó casi una hora. Cuando la mujer se alejó de la mesa se le acercó, le apoyó la mano en el antebrazo, le susurró que era policía y que necesitaban hablar.

Fueron al bar, agarraron una botella y se sentaron en la mesa más alejada.

—Voy a ser directo. La esposa del mudo desapareció y estamos a la deriva hasta que aparezca. Tienes unas cicatrices recientes, me parece razonable querer saber cómo te los hiciste y si tienen algo que ver con la desaparecida.

La mujer sacudió la cabeza, su pie derecho temblaba, también temblaban las comisuras de sus labios.

Todo puede ser falso en un testimonio, menos los detalles. Le había dicho alguien en algún lugar.

Gabriel presionó durante más de diez minutos, en aquel interrogatorio improvisado en el bar. En un momento, ella se quedó en silencio y mirándose las manos. Pasaron otros cinco minutos y los dos estaban borrachos. No borrachos festivos, solo borrachos.

La mujer rompió el silencio y le dijo:

—Fue el mudo.

—¿Qué?

—Fue el mudo. El mudo me hizo esto —señalaba sus heridas con la mirada alterada y la boca abierta como gritando, pero sin gritar —Está loco.

—¿Qué tan loco?

—Muy loco.

—¿Tan loco como para matar a su esposa?

—Si.

—¿Piensas que lo hizo él?

La mujer asintió. Su cara contraída estaba iluminada por las intensas luces del bar. Dos brazos robóticos servían tragos cerca de ellos, una incorporación reciente para reducir personal.

Mientras ella hablaba, Gabriel recordó el olor que había sentido cuando revisaron el cuarto del mudo. Un fuerte olor antiséptico. Se había dedicado recientemente a una limpieza a fondo.

La idea crecía y era cada vez más fuerte y más certera.

Volvieron al cuarto del mudo, trancaron la puerta desde adentro y lo examinaron a fondo. Buscaron durante más de media hora. Encontraron de todo: desde juguetes sexuales y pornografía hasta osos de peluche. Y un arma. Una pistola 9 mm. Era una de las pistolas de uso más extendido. Las balas eran baratas. No tanto como las de un 38, pero bastante más útil para alguien con poca puntería, o con pretensiones de disparar a más de un objetivo.

Eso era suficiente como para autorizar un interrogatorio. Pero en el crucero no necesitaba la autorización de nadie, no necesitaba una orden, ni una charla acaramelada con un juez.

Fueron a buscar al mudo. Fue fácil porque estaba sentado sólo, en una silla alejada sobre la cubierta. Tenía la barbilla hundida en el pecho y contemplaba la inmensidad con un dejo de estupidez. Sus ojos parecían colgar de su cara, hacia el espacio de agua convulsa que iban dejando atrás.

Lo llevaron a uno de los baños más cercano y Gabriel le preguntó por su esposa y por su pistola. El mudo enloqueció y tiró manotazos en todas direcciones. Entonces llevó su mano derecha debajo de la campera y Gabriel recordó que había encontrado otras balas, balas que no se correspondían con la pistola del cajón.

Tiene otra arma.

Ese pensamiento lo golpeó como un rayo.

Sacó su propia pistola y le disparó en el vientre.

La noche anterior, un hombre había tenido un ataque de pánico y trató de se saltar al océano. Al volver a su habitación, Gabriel había decidido ponerle un silenciador a su pistola, por las dudas.

Había poco espacio en el cubículo del baño. El mudo escupió sangre y cayó sobre ellos, la mujer gritó y se pegó contra la pared mientras se tapaba la cara con las manos.

Gabriel empujó al mudo y abrió la puerta. Después lo revisó, pero no encontró ningún arma. El mudo se movió en un espasmo y lo miró con ojos desgarrados y la boca llena de sangre. Por suerte para ellos, sus cuerdas vocales no emitían ningún sonido.

Gabriel agarró la mano derecha de la mujer, le abrió los dedos y le dio la pistola.

—Termina lo que empezamos.

Ella negó efusivamente. Su cuerpo temblaba como una rama sacudida por el viento. Entonces Gabriel le puso las manos sobre el palpitante cuello y empezó a presionar.

—Si no lo haces, voy a tener que matarlos a los dos —le susurró mientras el mudo se revolcaba en la sangre, y en la certeza inevitable de su muerte.

Pasaron unos segundos, los dedos se cernían con fuerza cortando su respiración. La mujer hundió el gatillo y el arma ocultó su estruendo en el silenciador. Un arma muda para matar a un mudo.

Dejó caer la pistola temblando y llorando y gritando. Los bramidos arañaban las paredes de su cráneo. Gabriel le gritó que se callara y ella gritó y lloró con más intensidad. Gabriel le apuntó a la cabeza y le gritó dos veces que se callara.

La mujer apretó los dientes y los puños. Los ojos le ardían y su garganta la asfixiaba.

Gabriel guardó el arma en una bolsa y agarró el cadáver por los pies.

—Ayudame a tirarlo por la borda y a limpiar —se prendió un cigarrillo y las ascuas crepitaron en la penumbra del baño. Le ofreció uno y ella aceptó. Se acomodó el vestido, se ató el pelo y agarró los brazos del mudo.

Lo levantaron y lo llevaron a través de cuatro habitaciones, incluyendo un sauna. Todas estaban desiertas porque se encontraban más allá de las barricadas. Atravesaron los vestuarios tratando de ser sigilosos, pero cuando salieron, la cabeza del cadáver golpeó una escoba que cayó junto con el balde, retumbando por la enorme cúpula que contenía las tres piscinas.

El cielo estaba estrellado. Era la primera noche sin lluvia y con cielo despejado. Un cielo negro que brillaba como ópalo. Tres piscinas oscuras y un cadáver.

De repente, un hombre emergió del agua, se sacó el pelo de la cara y empezó a salir de la piscina del medio. ¡No estaban vacías!

Estaba justo enfrente a ellos. Gabriel le hizo una seña a su cómplice y tiraron el cadáver al agua. El ruido y las salpicaduras sobresaltaron al hombre que salía de la piscina. Tenía alrededor de cuarenta años, el pelo largo con ondas y los pectorales marcados. Los saludó con la mano y ellos le correspondieron.

—No tendrías que estar acá —le dijo Gabriel —Para algo pusimos las barricadas.

—¿Y qué hacen ustedes acá? —les preguntó el hombre.

Gabriel le mostró la placa.

—Nadar me tranquiliza, las cosas se están poniendo muy... intranquilas —murmuró el desconocido —¿Pudieron averiguar algo? Todos estamos muy nerviosos y queremos salir de este crucero lo antes posible.

—Todavía nada. Los mantendremos informados, hasta entonces es importante que respeten los límites de las barricadas y las normas que pusimos para que todo esto se solucione lo antes posible, y podamos volver a nuestras casas.

El hombre los saludó y se alejó de ellos. Sus pasos sobre el piso mojado se extendieron por unos segundos, hasta desaparecer detrás de la puerta, por las escaleras que llevaban al vestuario.

La mujer lanzó un suspiro profundo y estaba a punto de volver a llorar. Gabriel chasqueó los dedos frente a su cara, la agarró de los hombros y le explicó que tenían que sacar el cuerpo de la piscina, algo indispensable para poder tirarlo por la borda y desaparecerlo en el océano.

Ella respiró hondo varias veces y exhaló con fuerza, como tratando de arrancarse del cuerpo el terror, la vergüenza, el asco.

Gabriel se metió a la piscina y sacó al muerto del fondo hasta las escaleras. Ella la agarró de las axilas y tiró con fuerza, sus ropas mojadas pesaban y la muerte había empezado a apestar. Se le cayó arriba y sintió el contacto con la carne empapada y fría. Gabriel la liberó de aquel peso y la ayudó a ponerse de pie.

Retomaron su tarea. Salieron a la cubierta y la noche estrellada los envolvió en su enjambre de luces, tejidas en la oscuridad, sobre las imponentes masas de agua que se diluían hasta fundirse con el cielo negro y macizo.

Contaron hasta tres y tiraron el cadáver del mudo, que cayó del crucero a través de casi cien metros, hasta desaparecer en silencio. Permanecieron de pie uno junto al otro, mientras el colosal barco se alejaba de la fosa anónima del mudo, a cuarenta kilómetros por hora.

Gabriel sacó un cigarro, se sentó contra la pared y se dedicó a mirar las estrellas. La primera noche sin lluvia y con cielo despejado.

La mujer se dejó caer a su lado, tan encorvada que la barbilla le rozaba las piernas flexionadas. Había tenido un romance con el mudo. Se habían conocido a bordo. Las cosas andaban muy mal entre el mudo y su esposa, aquel era un viaje desesperado por revivir algo de su matrimonio. Ella estaba sola y borracha cuando se vieron en el bar. El sexo clandestino y los encuentros silenciosos duraron una semana y terminaron con una pelea. El mudo quería alejarse y ella se sintió usada y sola, mucho más sola que antes.

Se había vuelto a golpear. La noche anterior, después de que ese hombre sufriera un ataque de pánico y tratara de saltar, ella había vuelto a su habitación y había arañado las paredes durante casi una hora, hasta que se durmió, con los dedos sangrando y el cuerpo lleno de machucones. Cuando Gabriel le preguntó por las heridas, entre la presión y los nervios, se le ocurrió acusar al mudo del homicidio de su esposa. Las palabras salieron de su boca como por un tobogán y de inmediato se arrepintió de pronunciarlas. Pero ya no podía volver atrás.

El crucero había sido muy caro, la visión de la noche era bella como una postal. Apenas se oía el sonido de los motores, que los desplazaban a través de aquellos desiertos oscuros, de aguas profundas y misteriosas.

Gabriel le ofreció otro cigarro y ella lo aceptó. Pasados unos minutos fueron a buscar alcohol y volvieron a la cubierta a emborracharse y a fumar en silencio. El cielo despejado y estrellado, la brisa fresca y salada, un vino caro y exquisito. El crucero desbordaba lujo, el viaje era largo y no tenían obligaciones ni apegos. Un noche digna de disfrutar, en compañía de un extraño.

9 марта 2020 г. 22:36:47 8 Отчет Добавить Подписаться
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Menyaldis Quenalu Menyaldis Quenalu
Pobre mudo :( Está tan bien redactado que prácticamente fui trasladada al crucero y presenciar todo.

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Menyaldis! Gracias por tu comentario, me alegro que te haya gustado. Disculpa la demora en la respuesta. Saludos desde Uruguay! May 16, 2020, 16:13
EsMa LostStars EsMa LostStars
Está muy bien escrito, me ha encantado. Los detalles están tan bien redactados que realmente te hace sentir de cerca a los personajes. Ha sido genial :).

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola! Muchas gracias por leerlo y por dejar un comentario tan motivador! Si te gusta el género, te comento que estoy sacando una novela policial por capítulos que se llama "Una tumba para un brazo sin cuerpo". https://getinkspired.com/es/story/93575/una-tumba-para-un-brazo-sin-cuerpo/ Saludos desde Uruguay! March 30, 2020, 01:15
Andrés Díaz Andrés Díaz
Es un relato excelente que parece escrito con esmero, que transporta hasta el sombrío crucero lujoso con cuatro mil pasajeros y un par de infortunados asesinos a bordo. Hace pensar que lo escribió un profesional. Muy bueno. Hay algunas comas y puntos que parecen mal ubicados durante la lectura, además de una palabra sobrante. Por lo demás, felicidades! Nos seguimos leyendo!

  • Martin Girona Martin Girona
    Saludos Andrés! Muchas gracias por otra excelente devolución! Estuve leyendo tus cuentos y me gustaron mucho los dos que me recomendaste! Si te gusta este género te linkeo una novela policial que estoy publicando por capítulos https://getinkspired.com/es/story/93575/una-tumba-para-un-brazo-sin-cuerpo/ March 30, 2020, 01:45
Vanessa Di Fiori Vanessa Di Fiori
Muy bueno!

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