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baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Unos seres extraños aparecieron de repente en la ciudad devorando a todos aquellos que caen en sus garras, con la piel oscura y sin rostro, siembran el terror por doquier. Gustav e Irina, luego de conocerse por la casualidad, enfrentan esta locura por caminos deparados, mientras intentan resolver sus propios dilemas...


Ужасы Монстро-литература Всех возростов.

#horror #monstruos #locura #apocalipsis #sobrevivencia #accion
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Caos en la urbe

Gustav había tomado el camino más largo para ir a la oficina, no es que deseara llegar tarde, pero tampoco le preocupaba hacerlo. Se encontraba a la mitad de un divorcio, sumar a eso una carta de recursos humanos recordándole la importancia de respetar el tiempo de los demás, le era poca cosa. Pasó por un café y una rosquilla, con los auriculares a todo lo que daban, caminaba sin prisas ni pausas, obviando su entorno, ensimismado.

«No recuerdo haberme sentido así antes», pensó al doblar la esquina de Lincoln y Rose.

La ciudad era grande, los rascacielos se imponían en el paisaje y el asfalto lo cubría todo. Era una urbe en el apogeo de su desarrollo.

Irina, al otro lado de la metrópoli. Alistaba el informe que debía entregar a la aseguradora que llevaba su caso, ya había tardado más de la cuenta intentando imprimir su declaración y ahora no sabía si llegaría a tiempo. Si el seguro no se hacía cargo de su accidente laboral tendría que declararse en bancarrota. Volver a depender económicamente de sus padres no era una opción.

«Si vuelvo a escuchar a mi papá decir, ¡te lo dije!, dudo mucho tener las fuerzas necesarias para comenzar de nuevo», decía entre dientes al cerrar la puerta de su apartamento. Un sonido llamó su atención, fue como un grito profundo y lejano que, por alguna razón, eco dentro de su pecho, quedando silencio unos segundos para intentar escucharlo de nuevo sin respuesta a su pausa. Obviando aquello, corrió por el pasillo hacia el ascensor.

Gustav andaba a esas alturas por el parque central, que era en sí el objetivo de desviarse unos minutos. Aire puro, lo necesitaba. Tomando asiento en un banco vacío, terminó el café que aún se mantenía caliente, mientras suspiraba.

—¿Qué hicimos mal, Laura? —dijo al viento con un gesto de tristeza en su rostro.

Esos momentos de autoflagelación eran cotidianos desde que descubrió a su esposa saliendo con un muchacho en los veinte y tantos. Duro golpe para alguien que rozaba los cuarenta. Una sonrisa irónica se asomó de repente en su rostro, «antes que firme los papeles, ese mocoso se habrá olvidado de ella... ¡Menudas ideas estúpidas las que se me cruzan por la cabeza!» Apenado de sus maquinaciones sin sentido, lamentó ya no tener café en su vaso, disponiendo de él en un basurero cercano, luego, notó a lo lejos a un grupo de gente corriendo, imaginó que se trataban de algunos deportistas haciendo lo suyo. El parque tenía muchas visitas, lo que era habitual los sábados, andaban de un lado a otro, Gustav subió el volumen a sus audífonos.

Irina, con los brazos cruzados, esperaba en la acera al coche blanco que la llevaría al otro lado de la ciudad, no recordaba la marca, cosa que de todas formas no le serviría de nada ya que tampoco lograría identificarlo. Había enviado varios textos a Carlos, el chofer de la unidad, sin respuesta alguna. Golpeaba el suelo con sus talones, nerviosa, pasaban las siete de la mañana y no había señales de vida de Carlos y su auto blanco. El tráfico era terrible, poco usual para esa zona de la ciudad. Podía escuchar sirenas al fondo, probablemente de la avenida, sin embargo, no les prestó atención.

«Si no aparece en cinco minutos me iré caminando».

Un par de ambulancias despejaron la calle, acompañadas de patrullas.

—¿Será un accidente? —susurró.

Pasados cinco minutos, luego otros cinco más. Sin respuesta favorable a su paciencia, empezó a andar. Cruzaría por el parque central, acortando distancias, todavía le quedaban al menos treinta minutos para acudir a la cita. Caminaba en zigzag, evitando chocar con los demás transeúntes, rápido pero sin detenerse. Era una habilidad que adquirió cuando trabajaba entregando paquetes antes de casarse. «No debí usar zapatos de tacón hoy...», refunfuñaba en sus adentros mientras caminaba a prisa. En la zona comercial, en las noticias parecían hablar de disturbios en las calles, lamentó no poder quedarse a ver lo que sucedía, el parque se vislumbraba a lo lejos.

Gustav había caído en cuenta que aquellas personas que corrían parecían venir de la avenida Roosevelt; aunque no comprendía lo que pasaba con ellas. Yendo a un kiosco a unos metros de donde estaba, compró otro café, encaminándose hacia la rotonda al centro del parque que quedaba en un altillo. Absorto en lo que veía, más no en lo que escuchaba debido a sus auriculares, no prestó atención a la advertencia de Irina, quien venía casi corriendo, golpeándola, sin querer. La muchacha cayó al suelo.

—¡Cuanto lo lamento! —dijo Gustav, la cara se le había puesto roja.

—Descuida, no es mi día, definitivamente algo así debía pasar tarde o temprano.

El café, desparramado por el suelo, no alcanzó a quemar a la señorita gracias a una oportuna reacción de Gustav, cosa que ella notó.

—Aun así, me disculpo. No es correcto que ande por ahí sin prestar oído a mi entorno...

Gritos, lejanos y huecos, interrumpieron a Gustav justo antes de volver a disculparse.

—¿Qué fue eso?

—No tengo ni idea, parecía provenir de la avenida Roosevelt.

—¡Ajá! ¡Eso explica porqué nunca llegó el coche que pedí! Dijo que venía por la avenida la última vez que me escribió.

Con la ayuda de Gustav, Irina pudo ponerse de pie, con precaución, no quería explicar otro accidente a la aseguradora. ¡La aseguradora!

—¿De verdad que estás bien?

—Si, no te preocupes. Perdón, debo irme, se me hace tarde... Toma —dijo Irina, buscando algo en su bolso—, por el café, ¡ten más cuidado para próxima!

Antes de echarse a correr, dejó un dólar en manos de Gustav.

—¡El café valía tres! —gritó en vano.

De vuelta a lo que había llamado su atención antes de ser embestido por una desconocida, subió a la rotonda, teniendo entonces un mayor alcance, comenzó a sospechar que las gente que corría, en realidad huían de algo. La entrada al parque por esa zona estaba cerrado hasta eso del mediodía, así que debían pasar de largo por la calle que lo circundaba.

—Eso explica porqué no vienen hacia aquí —masculló—, ¿que sucede en la avenida?

Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo.

Bajó de la rotonda y se encaminó a la misma dirección por la que Irina se fue corriendo hacía unos instantes. De forma inconsciente, sus pasos empezaron a ser más largos, deseaba alejarse de aquello que hacía huir a los demás. Las sirenas de los servicios de seguridad terminaron de empeorar el ambiente, algo sucedía, no había duda.

Varios metros adelante, observó a la joven de antes, por alguna razón se había detenido, pese a que mencionó ir tarde. Estaba parada a la orilla de unas gradas que daban a un pequeño anfiteatro. Alcanzándola luego de un corto sprint, se colocó a su lado.

—¿Oye, te pasa algo? Pensé que tenías prisa...

La muchacha extendió su mano hacia el anfiteatro, mientras con la otra tapaba su boca en un intento por no hacer ruido. Lo que señalaba había pasado desapercibido por Gustav, cuando éste inclinó la cabeza hacia donde Irina indicaba, su reacción fue inmediata.

—¡Carajo!

Unos seres delgados, con una coloración negruzca en su piel, devoraban a unas personas, la escena era grotesca. Aquellos monstruos no tenían un rostro reconocible, lo cual solo resaltaba aún más el hocico del cual salían hileras de colmillos desproporcionales a sus cuerpos. Altos y con extremidades largas y retorcidas. Los sonidos que emitían al descuartizar a sus víctimas, era guturales y hacían reverberación en el pecho de los dos testigos que veían aquello con horror.

Por instinto, Gustav se arrojó al suelo, llevándose consigo a Irina.

«Si esas cosas nos ven, estamos perdidos»

A rastras, se alejaron del lugar, regresando a la rotonda.

—¡Ellos estaban siendo devorados! —dijo Irina, aguantando las náuseas.

Gustav tomó su teléfono, sabía que lo más seguro es que las líneas de emergencia estuvieran saturadas, sin embargo, no perdía nada intentarlo.

—No contestan, ni policía ni bomberos... Esas cosas de piel negra, parecen monstruos.

—¿Qué hacemos?

Irina se acurrucó, estaba conmocionada.

—Debemos huir, imagino que venían desde la avenida, eso significa que llegaron por la carretera sesenta y seis...

—Esa carretera pasa justo por en medio del bosque —agregó Irina.

—Es verdad. Podríamos ir por el subterráneo, saldríamos en la calle Nixon, luego a la carretera cincuenta para salir de la ciudad —Gustav señalaba en dirección noroeste.

Gustav también se agachó, tomó su teléfono y realizó una llamada. Irina temblaba, se abrazaba a sí misma, la imagen de sus padres invadió su mente y, con ello, la última vez que habló con ellos, esa tarde cuando hubo gritos y dijeron cosas que no sentían. Se sintió avergonzada.

—Solo quiero ir a casa, mis padres viven yendo por allá —dijo señalando en la dirección contraria a la de Gustav— quiero estar con ellos, aunque no puedo hablarles por teléfono, cortamos comunicación desde hace mucho.

—Aunque no fuera así —resopló—, la señal ha muerto, antes de lo que habría imaginado, fue una suerte que ella tomara la llamada.

—Las cosas se ponen de mal en peor —dijo Irina entre lágrimas—, me siento mareada.

A lo lejos, los seres oscuros, subían por las escaleras del anfiteatro; desde la rotonda era posible verlos. Sus movimientos eran erráticos, letárgicos, Gustav los observó un momento, buscar un patrón en su actuar, algo que los delatara o que le sirviera para escapar, notando algo: No tenían ojos, probablemente eran ciegos. Fue Irina quien lo sacó de su estado de observación.

—¡Ellos vienen hacia aquí!

—¡Lo sé, maldición! Salgamos del parque, podemos ir recto por el bulevar y poner distancia entre nosotros. Andando...

Otras personas del parque se habían percatado de la presencia de los seres oscuros, corriendo en estampida del lugar. Gustav tomó del brazo a la muchacha quien no se recuperaba del asombro inicial. Dando tumbos con los demás, apenas si lograron salir a tiempo, antes que las puertas se vieran abarrotadas por el tumulto caótico de personas queriendo salir al mismo tiempo.

Gustav, sin detenerse, obvió a algunos que necesitaban ayuda, habían quedado atrapadas dentro de un auto.

«No tengo tiempo para ayudar a nadie más», pensó. Llegando con Irina al bulevar, ella se soltó de su agarre, cansada ir a rastras. Gustav observó en el rostro de la muchacha un gesto de reproche, cosa que le hizo apartar la mirada.

—Los del coche, pudimos haberlas ayudado —reclamó la muchacha.

—¿Sí? Créeme, algo muy grande está sucediendo, no puedes ir por ahí salvando a todos. Esas cosas, no sé cuantas sean, si quieres sobrevivir, tendrás que tomar decisiones de este tipo.

—No me gusta la manera como piensas, ¿qué pasa contigo?

Gustav había tratado de mantener la compostura, pero escuchar la voz de Helena luego de tanto tiempo, lo descolocó.

—Mi esposa, hablé con ella por teléfono, está atrapada, vive en un apartamento al final de la avenida Roosevelt, dice que las cosas se pusieron feas de repente y no pudo salir del edificio.

—¿No vives con ella?

—Estamos por firmar los papeles...

El silencio se instaló entre ellos un par de segundos, los gritos de fondo parecían acercarse.

—Puedes ir hacia allá —señaló hacia el sudeste—, llegarías donde tus padres en media hora si no te detienes. Mantente atenta, creo que esas cosas son ciegas, piensa en ello al momento de actuar. Yo iré por el subterráneo, por debajo del parque y luego por la avenida, debo ir a ayudarla.

—No creo poder hacerlo sola...

Gustav, cabizbajo, solo encogió los brazos. Colocó su mano en el hombro de la joven, ambos temblaban.

—Luego de reunirme con Helena, iré por la carretera cincuenta, salir de la ciudad es la mejor idea que se me ocurre, tal vez nos encontremos.

—Entiendo... Haré lo necesario para sobrevivir.

Gustav tomó la mano de Irina, quien la estrechó con fuerza.

—Me llamo Gustav Martins.

—Irina Ivanov, gracias por sacarme del parque.

—Solo hice lo correcto. Escucha, tengo un muy mal presentimiento sobre esto, huye en cuanto puedas.

—Solo quiero asegurarme que mis padres estén bien... Saldré de la ciudad tras encontrarlos.

Deseaban alargar el saludo un poco, pero, el caos se venía hacia ellos.

Al soltarse, dieron media vuelta, Irina cubrió su rostro. Gustav, evitó voltear a ver atrás. Ambos aguantaron las ganas de decir más, se encontraban en una situación donde debían ser egoístas, por mucho que eso incomodara a Irina.

Caminando en direcciones opuestas, se perdieron entre la multitud.

6 февраля 2020 г. 21:26:50 5 Отчет Добавить Подписаться
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Zaycko Joria Zaycko Joria
Leo amor a primera vista. Un amor entre sangre desmembramientos y vísceras. ¿Quién no sueña con un romance así? Ahora las mujeres son ultrafrágiles :v

Ana Jiménez Ana Jiménez
Un buen inicio, Gusta e Irina son personajes cotidianos, se siente mucha empatía con ellos. Todo ese ambiente apocalíptico agrega el toque perfecto a sus tramas. Cómo siempre una trama bien trabajada, personajes interesantes y complejos, y sobretodo mucho, mucho que esperar de la historia. Sigo con el próximo capítulo.
Luca Domina Luca Domina
Muy bueno!! Saludos!
Flor Aquileia Flor Aquileia
apasionante!!!! me dejò intrigadisima!!!
~

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