khbaker K.H Baker

Audrey Caitlin Morrison vive su vida atada a los negocios ilegales de su novio. Perseguida por el engaño y los chantajes, tendrá que hacer acopio de toda su valentía cuando llegue a la ciudad un antiguo socio de Bemett con la única intención de sacarla del país. Dejando atrás una miserable vida llena de torturas y humillaciones, Audrey decide marcharse del lado del hombre que dice amarla, haciendo frente a la larga lista de peligros que la llevarán hasta el borde del precipicio cuando Bemett, un hombre sin escrúpulos, jure que el pago por su traición será peor que la muerte. Red de infortunios retrata los problemas que se desencadenan a raíz de las decisiones de Audrey, reflejando su único deseo de alejarse de su pasado y mantenerse con vida. {Primera entrega de la saga Komplott}


Драма 18+.

#romance #venganza #violencia
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Capítulo 1

Se había enfadado otra vez, y de nuevo, por algo que Audrey desconocía. Ella sospechaba que Bemett ya estaba de mal humor cuando llegó a casa y que había pagado con ella la frustración que arrastraba durante todo el día ya que, nada más traspasar el umbral de la puerta, dio un portazo ensordecedor que logró estremecerla a pesar de que ella se encontraba en el lado opuesto de la vivienda. Los gritos que aquel hombre profería dejaban clara su postura, estaba buscando a Audrey y no precisamente para dirigirle una muestra de afecto.

Cuando escuchó la puerta cerrarse con semejante furia acababa de salir de la ducha, sabía que lo que le esperaba no sería agradable, no era la primera vez que Bemett había tenido un mal día en el trabajo y lo había pagado con ella, así lo reflejaban los moratones que, de forma indecorosa, se extendían a lo largo de su cuerpo. Audrey siempre intentaba cumplir con todos los deseos de su novio para no volver a saborear el desagradable sabor metálico de la sangre en sus labios; pero aquel día en concreto sabía que no iba a poder evitar sus golpes.

Audrey sabía que el trabajo de Bemett podía ser demasiado estresante por lo que salió a su encuentro esperando que ese gesto calmara su estado iracundo; sin embargo, un pitido la detuvo justo cuando sus miradas se cruzaron en mitad del pasillo, entonces Audrey miró hacia su despacho temiéndose lo peor: no había apagado el ordenador. Bemett la apartó de un empujón y su espalda se encontró con la pared que, con un estrépito sordo, le hizo esbozar una mueca que oscilaba entre el dolor por la presión sobre sus moratones y el miedo que sentía hacia su propio novio. A menudo Audrey se preguntaba por qué no le dejaba, por qué no abandonaba aquella tortura para ser libre y feliz según sus propias normas; pero la respuesta siempre era la misma: sabía de lo que Bemett era capaz y el miedo que le tenía le impedía abandonar aquella cárcel en la que llevaba viviendo tanto tiempo.

El sonido hueco del plástico al impactar contra el suelo le dio a Audrey los detalles suficientes para adivinar algo que ya sospechaba desde que vio a Bemett entrando en la habitación que ella solía usar como despacho. El tenue repiqueteo de las pequeñas piezas del interior del ratón saltaron en todas las direcciones posibles, algunas incluso se deslizaron por el suelo hasta que el rodapié del pasillo las detuvo. Audrey reaccionó al ver como las piezas rebotaban en la pared del pasillo antes de caer al suelo; con miedo, se levantó del suelo y entró en la habitación justo cuando Bemett se disponía a desenchufar el teclado del ordenador.

—¡Estoy hasta los huevos de este trasto! —dijo Bemett con la voz grave, arrastrando alguna que otra sílaba, como si esperase así dar más miedo.

—Trabajo con él, no puedes tirarlo sin más —respondió ella al adivinar sus intenciones. No era la primera vez que vendía alguna de las cosas de Audrey; por poco dinero que sacara, era mejor que dejar que ella se entretuviese, sin embargo, era diferente con aquel ordenador. Audrey pasaba mucho tiempo delante de la pantalla estudiando y trabajando en sus propios proyectos y Bemett, por alguna extraña razón derivada directamente de sus propias paranoias, había llegado a odiar realmente aquel aparato.

Cuando Audrey todavía estaba estudiando la carrera de informática, se buscó un empleo como ayudante de un tatuador, no quería que sus padres asumiesen todo el pago de la universidad y pensó que lo correcto para ayudarles era hacerse cargo de las cuotas de sus propios estudios; al fin y al cabo, era ella la que estaba asistiendo a las clases.

Había dos cosas que Audrey amaba por encima de todo: una era la tecnología; fantaseaba con poder tener algún día un equipo informático que fuese más moderno y potente que el que ya tenía, para poder realizar búsquedas más rápidas en bases de datos ajenas. El otro amor de Audrey era el arte: amaba los cuadros; las pinturas; los dibujos de cualquier clase pero, por encima de todo, amaba la sensación de poder plasmar sus creativas ideas sobre un lienzo humano. Aquel fue el empujón necesario que le hizo falta para coger el empleo cuando vio un cartel colgado que precisaba de un ayudante sin experiencia obligatoria en la cristalera de un salón de tatuajes, el mismo por el que pasaba cada mañana al dirigirse hacia la universidad. Por aquel entonces, ella todavía no llevaba ni un solo tatuaje.

A medida que el tiempo avanzaba, el trabajo se convirtió en su pasión; pasó del trabajo ocasional a encerrarse durante horas en su despacho creando sus propios bocetos. El arte ocupaba la mayor parte de sus noches; a veces incluso decidía quedarse estudiando en casa en lugar de ir a la universidad al día siguiente a causa de la falta de sueño.

Con el tiempo, se compró su propio equipo de tatuadora: sus propias agujas, separadas perfectamente en su gran maletín; tintas de todos los colores posibles; cables y pedales; sin embargo, cuando se mudó a vivir con Bemett y él comenzó a ver en qué gastaba su tiempo y su dinero en lugar de dedicarlo a sus propias satisfacciones y caprichos, se le cruzaron los cables y comenzó a vender todo lo que encontraba, fuese de valor o no.

«Esta vez no ocurrirá lo mismo», pensó Audrey mientras le miraba fijamente con los labios apretados.

—¿Tienes algo que decir? —preguntó Bemett, mirándola con los ojos entrecerrados, entonces, ella suspiró y negó con la cabeza.

—No —respondió Audrey. Era mejor agachar la cabeza que discutir con él, porque sabía que después de las palabrotas, las humillaciones y la agresión verbal, Bemett acabaría golpeándola como culminación de su demostración de hombría y poder.

Audrey se agachó para, una a una, recoger las piezas del ratón que habían salido despedidas. Encontrar un ratón similar al que ella tenía no iba a ser ni difícil ni caro, aun así, sintió como si una parte de ella se quebrara por dentro; aquel ordenador no era un simple aparato más, sino que era el primero que había tenido y el cual su padre le regaló al cumplir los dieciséis años. Era la razón por la que la tecnología se volvió tan importante para ella.

Bemett tomó aquello como un desafío, pues su acto había sido un intento de que ella comenzase a prestarle más atención pero, al contrario de lo que intentaba, ella prefirió seguir brindándole sus cuidados a la máquina y eso le enfureció todavía más. Aprovechando que Audrey se encontraba de rodillas rescatando las piezas que, sin cuidado alguno, habían encontrado un fatídico destino, él la miró y le pisó la mano. Un quejido agudo resonó desde lo más profundo de la garganta de Audrey; sin embargo, intentó reprimirlo con todas sus fuerzas, pues sabía que no debía gritar si no quería que Bemett descargara toda su furia contra ella.

—¡Vamos! —exclamó Bemett antes de enredar su mano en el cabello azul, todavía húmedo, de Audrey y arrastrarla en dirección a la cocina. Ella movió sus piernas intentando encontrar un punto de apoyo mientras que, con sus manos, agarraba los dedos del hombre en un intento inútil de que la soltara.

La luz blanca de la cocina parpadeó varias veces antes de que su intensidad se quedara fija, consiguiendo nublar la vista de Audrey, quien intentaba controlar sus emociones para que no se le saltaran las lágrimas. Cuando sus pies consiguieron posarse sobre el suelo resbaladizo, Bemett la soltó con brusquedad contra los baldosines y su cabeza encontró consuelo al aterrizar sobre el frío gres blanco que, poco a poco, adquirió una ligera tonalidad carmesí a causa de la brecha que se abría paso en una de sus cejas. Una parte de ella deseaba levantarse del suelo, coger lo primero que encontrase y darle un golpe en la cabeza a Bemett; sin embargo, otra parte de ella, tal vez más profunda que la primera, se había acostumbrado a aquel estilo de vida.

La parte inferior del albornoz se abrió, dejando a la vista sus muslos teñidos parcialmente por marcas amoratadas, algunas más recientes que otras. Bemett dejó escapar un grito cargado de rabia y golpeó la encimera de mármol con uno de sus puños.

—Llego cansado del trabajo y lo único que pido es tener la puta cena hecha pero, ¡¿qué es lo que me encuentro?! Con ese jodido ordenador encendido porque, al parecer, es mucho más importante que yo. ¿Verdad que sí? —dijo, aumentando su tono de voz con cada palabra. Audrey sabía que aquella pregunta era una trampa, por lo que se encogió de hombros mientras se incorporaba lentamente con la mirada clavada en el suelo—. ¡Responde! —añadió Bemett, dando otro golpe sobre la encimera.

—No… no es más importante que tú… —susurró Audrey con la voz quebrada y los labios temblorosos.

—¡¿Qué no es más importante?! ¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Qué me lo estoy inventando?! Si no es más importante dime, ¡¿por qué no está la puta cena hecha ya?! —Tras el grito de Bemett, un sonido sordo cargado de ira se abrió paso antes de que las manos de Audrey se apoyaran con firmeza en el suelo para que su cabeza no llegara a tocar los baldosines de nuevo. Un dolor punzante comenzó a palpitar en su nuca y no le hizo falta preguntar para saber que Bemett había descargado sobre ella toda la fuerza de su puño.

Un sollozo le desgarró el pecho, las primeras lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas antes de estrellarse contra las baldosas del suelo, mezclándose con la sangre.

Tenía que ser rápida, no quería que él la viese llorando, así que, se las limpió con la manga del albornoz. Por un momento, Audrey se quedó con la mirada clavada en el suelo hasta que, al escuchar el ruido de los armarios cuando Bemett comenzó a rebuscar en ellos, levantó la vista. A pesar de no comprender lo que buscaba, no se atrevió a levantarse del suelo y mucho menos a preguntar.

Audrey había pensado muchas veces en dejarle, pero debía ser realista, no tenía a donde ir. Había cometido el error de distanciarse de su familia poco después de irse a vivir con Bemett, había cogido su parte de la herencia antes de tiempo por orden de su novio y dudaba que sus padres la quisieran de vuelta en casa después de haberles traicionado de aquel modo. Poco a poco, Audrey fue perdiéndolo todo: sus amigos, incluyendo su mejor amiga Ridley, a quién prometió que nada ni nadie las separaría; su familia; sus cosas; incluso estaba comenzando a perderse a sí misma. Cada vez estaba más cerca de la conclusión de que aquel estilo de vida tampoco estaba tan mal, sus pensamientos se habían vuelto masoquistas e imprecisos, imponiendo el bienestar de Bemett al suyo propio.

Al hecho de no poder volver a casa de sus padres debía sumarle que Bemett no iba a permitir que se fuese. Llevaban mucho tiempo juntos, habían sido muchos los negocios ilegales que Audrey había presenciado y muchos más los que había realizado para él. Bemett sabía que, si obligaba a Audrey a participar en sus negocios, ella sería tan culpable como él y delatarle jamás sería una opción.

Cuando al fin encontró lo que estaba buscando, Bemett cogió la sartén más grande que encontró y la tiró de malas maneras contra las rodillas de Audrey. El metal resonó cuando golpeó sus huesos para después caer con un estrépito en el suelo. Ella se mordió los labios para no gritar y se pasó las manos por la marca enrojecida que, poco a poco, iría cambiando de color hasta adoptar un morado intenso.

—Haz algo decente antes de que salga de la ducha —le ordenó Bemett—. ¿Has comprado cervezas?

Audrey había salido del trabajo cuando las tiendas comenzaban a cerrar y los dependientes le negaban el acceso para así poder cuadrar la caja cuanto antes y volver a su casa; sin embargo, ella asintió a la pregunta de Bemett y rezó para sus adentros. Si no quedaba ninguna cerveza en la nevera, tendría que prepararse en cuerpo y alma para soportar más golpes.

Cuando Bemett salió de la cocina, ella se acercó gateando a la nevera, intentando no apoyar demasiado la rodilla izquierda, que ya había comenzado a hincharse, dejando escapar un suspiro de alivio al ver que todavía quedaban tres cervezas. En cierto modo era un alivio porque Bemett no solía beber más de dos cervezas con la cena; así pues, después de llenarse el estómago, se sentaba en su sillón y echaba mano a una botella de Devil’s Springs, de la que nunca conseguía beber más de un chupito antes de quedarse dormido.


♠ ♠ ♠


La hora de la cena se echó encima, Audrey estaba terminando de poner la mesa cuando Bemett abrió de nuevo la puerta del baño, dejando escapar el vaho que, poco a poco, se extendió por el pasillo hasta desaparecer por completo. Los pasos de Bemett la tensaron mientras ponía los cubiertos sobre la mesa y su presencia consiguió estremecerla cuando sintió la palma de su mano impactando contra su trasero.

—Huele muy bien —dijo Bemett antes de rodearle la cintura con un brazo y besarla. Audrey, como siempre, soportó su aliento a tabaco con una sonrisa, intentando que él no notara como le temblaban los labios.

Cuando Bemett se sentó frente a la mesa, ella volvió a la cocina disimulando la cojera que le acompañaría durante los próximos días. El ruido del ventilador del ordenador se escuchaba de fondo pero, muy a su pesar, sabía que con Bemett allí no podría tener tiempo para sí misma.

Hacía alrededor de medio año que Audrey había recibido la llamada del abogado de la familia informándola de que su padre había enfermado rápida y drásticamente. Los médicos decían que Ethan padecía insuficiencia cardíaca; pero Audrey estaba convencida de que la enfermedad de su padre derivaba del estrés, así como del aumento del tabaco y del alcohol. Ethan no había podido soportar el duro golpe que suponía que su hija se largara con un maltratador y se llevase con ella parte de la herencia que, estaba totalmente seguro, no iba a ser para ella. Como consecuencia de la enfermedad de su padre, Audrey había aceptado el trabajo de contable en el banco que su padre dirigía desde que ella tenía memoria, los abogados insistían en que debía ocupar el gran sillón de piel de su padre y hacerse cargo del River Bank, pero ella no quería la presión de aquel puesto.

Cuando Audrey regresó al salón con los platos de la cena en ambas manos, Bemett ya tenía el tenedor en la mano y, rápidamente, dirigió la mirada hacia el manjar que ella transportaba.

Tras rebuscar por los armarios y ver que no había demasiado donde elegir, Audrey había decidido preparar algo sencillo para cenar, un poco de pasta con unos huevos era suficiente para que Bemett saciase su apetito, y aunque cocinar no era su pasión, no le quedaba otra opción.

El aroma que desprendía la comida era delicioso y, a pesar de que Audrey tenía un nudo en el estómago que le impedía probar bocado, se sentó en la silla que quedaba libre después de poner los platos sobre la mesa. No podía negarse a cenar porque a Bemett nunca le había gustado comer solo por lo que, intentando controlar las ganas de vomitar que sentía en esos momentos, Audrey comenzó a comer, moviendo de vez en cuando la comida de un lado a otro del plato.

—¿Está bueno? —se atrevió a preguntarle casi en un susurro afónico.

—No está mal, pero he probado platos mejores —Bemett la despreció como de costumbre—. Deberías pedirle consejo a Layla, la cocinera del bar de la esquina.

No era la primera vez que Audrey escuchaba hablar de Layla y estaba segura de que, si no fuera porque aquella mujer rondaba los cincuenta, Bemett ya se habría acostado con ella. Si había algo que le caracterizara, aparte de su mal humor, era su obsesión por las mujeres jóvenes.

—Lo tendré en cuenta, lo siento —se excusó ella encogiéndose de hombros.

—No lo harás, no mientas otra vez —respondió él, dejando el cubierto de mala manera encima del plato, antes de abrir la segunda lata de cerveza que reposaba sobre la mesa—. Recoge todo esto, yo te espero en la cama. No tardes.

Audrey sabía exactamente qué era lo que significaban aquellas palabras: después de los insultos; los golpes y el alcohol; a Bemett siempre le apetecía un poco de calor humano. Ella pensaba que todo aquello le ponía cachondo y, en cierto modo, no se equivocaba; a Bemett le satisfacía ver como ella acataba todas sus normas.

Mientras recogía la mesa, Audrey comenzó a pensar en todas aquellas veces que había acabado sangrando después de acostarse con Bemett. Tras las primeras siete veces, Audrey había encontrado una forma de no acabar de aquella forma: su órgano más fuerte era el cerebro; sabía que tenía la capacidad suficiente como para poder soportar las embestidas de Bemett sin que su cuerpo acabara entumecido y sangrando pero, simplemente, en aquellos momentos no sentía la fuerza necesaria para trasladar su subconsciente a aquella pequeña pradera de paz y soledad que lograba que sus músculos se relajasen.

Audrey se detuvo a fregar los platos, quería retrasar el momento de ir a la habitación todo lo que pudiese. Cuanto más lo pensaba menos lo entendía, le tenía miedo y eso era un hecho; pero lo peor no eran los golpes ni las humillaciones, ni siquiera meterse en problemas por culpa de los negocios de Bemett, lo peor era que por mucho que se repitiese que debía apartarse de él, no podía hacerlo.

Para su consuelo, cuando Audrey acabó de limpiarlo todo, Bemett ya estaba dormido, desnudo y roncando con la boca abierta. Ella suspiró aliviada y salió de la habitación sin hacer ruido. Al principio, había pensado usar sus horas de tranquilidad para sumergirse de lleno en la pantalla del ordenador y así poder seguir estudiando hasta que los párpados le pesaran; pero que Bemett le hubiera roto el ratón había cambiado drásticamente sus planes de aquella noche. Muy a su pesar, se bebería un par de chupitos de vodka mientras observaba las estrellas desde la ventana del salón, volvería a la habitación y daría vueltas en la cama hasta quedarse dormida.

No había sido una de las mejores noches; pero la semana tan solo acababa de comenzar y ella sabía que cuando las cosas iban mal, siempre podían ir a peor…

28 января 2020 г. 14:51:37 9 Отчет Добавить Подписаться
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Cris Torrez Cris Torrez
interesante quiero saber como sigue
RF Raquel Figueroa
Me gusta esta interesante

  • K.H Baker K.H Baker
    Me alegra mucho que te guste ^^ April 15, 2020, 14:20
cristina peralta cristina peralta
Este inicio me gustó mucho.

  • K.H Baker K.H Baker
    ¡Es genia! Espero que te animes a leer las siguientes partes y que te gusten de igual modo ^^ April 15, 2020, 14:21
Gravity Zero Gravity Zero
Pobre Audrey espero que pueda salir de ese tipo de vida :c
Oveja Gris Oveja Gris
Muy bien narrada!

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