De juicios y desamores Подписаться

ferjolras Fernanda Bravo

Virgil es un abogado honesto. Lo más honesto que puede llegar a ser un abogado, al menos: miente solo cuando es necesario, no realiza trabajos con diablos o almas ni se entromete en la vida personal de sus clientes. Lamentablemente para él, está a punto de romper con todas esas pequeñas reglas que traen orden a su vida.


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La historia de Virgil

Cuando Virgil salió de la oficina, Ada, la esposa de su hermano, lo estaba esperando con la cara hinchada, la nariz roja y los ojos húmedos. Llevaba un vestido negro, tenía entre manos una chaqueta de militar. Se le acercó corriendo y lo abrazó por la cintura, gritando palabras que no entraban en su cerebro, pues eran completamente innecesarias. Ya había comprendido lo que acababa de pasar. Los puños de la chaqueta todavía estaban manchados de sangre seca y hollín.


Realizó unos arreglos con un viejo cliente suyo, un anciano de dientes amarillos y patas retorcidas al que habían tratado de quitarle su negocio funerario, con quien, convenientemente, el abogado había hecho buenas migas y desarrollado una amistad basada en nunca hacer preguntas acerca del trabajo ni las extremidades del otro. La chaqueta se convirtió en cenizas y las cenizas pasaron a formar parte del basto mar. Lo único que no se había fundido al cremarla habían sido los botones; el calor descascaró la pintura dorada y reveló que los originales habían sido reemplazados por unos de hueso.


Descubrir que su hermano había poseído huesos de diablo en secreto era devastador, pero no podía dejarse abatir por las noticias. Para resguardar la salud mental de la viuda, Virgil jamás le contó de este descubrimiento, le ayudó a salir adelante durante los primeros días y, finalmente, la convenció de vender la estancia en la que había vivido con su esposo y mudarse con él, donde estaría más segura y menos sola. Charlaban todas las tardes, cuando Virgil llegaba del trabajo.


—¿Qué hiciste hoy? —le preguntaba a Ada mientras que compartían una taza de té y bocaditos de vainilla.


—Escribí cartas y fui al centro a comprarme un par de guantes nuevos. ¿Usted?


—Trabajé con un cliente que desea que defienda a un asesino.


—¡Qué horroroso!


Y así la misma conversación se iba repitiendo todos los días: ella escribía cartas, él trabajaba. De vez en cuando, se realizaban regalos. En otras ocasiones, discutían hasta que uno de los dos desaparecía dentro de su cuarto, cerrando la puerta con un portazo. El tiempo fue borrando su pena y las noches de insomnio y llanto fueron cada vez menos frecuentes. Fueron muchos los que esperaban que el hombre le pidiera matrimonio, pero ninguno de los dos mostró nunca interés en casarse.


Los años pasaron. La guerra fue perdida y la muerte de su hermano fue en vano, suceso que destrozó tanto a Virgil como a Ada. La nación entera se sumió en una depresión generalizada que alcanzó su clímax cuando la reina fue encontrada en los patios del palacio, sobre un charco de su propia sangre y con el cuerpo quebrado. Había saltado desde la ventana de su habitación. El abogado se llegó a enterar del tétrico rumor en una reunión con un cliente cercano a La Corona. Marianne había sido una líder amada por todos, por lo que su muerte marcaba el momento en el que todos los habitantes de Sealtmere tocaron fondo. A partir de allí, no podían sino recuperarse.


Esta fue una suposición errónea.


Una mañana, dos hombres de altura extraordinaria estaban esperando a Virgil afuera de su oficina. Lo tomaron de los hombros y lo arrastraron hasta una cafetería cercana, donde le pidieron un café sin preguntarle qué era lo que quería. Uno de los dos tenía garras en lugar de uñas.


—No trabajo en recuperación de almas —aclaró rápidamente el abogado, tratando de sonar valiente. Sin embargo, las gotas de sudor frío que le caían por la frente no lo ayudaban a parecer más firme.


—No es por eso que estamos aquí —habló el que no tenía garras. Su voz era gutural y le dio un escalofrío a Virgil. ¿Qué había hecho para meterse en líos con dos agentes del Infierno?—. Tenemos trabajo para ti. Nuestro jefe quiere verte mañana por la mañana.


—¿Su jefe?


—Sí —habló el de las garras, quien, de hecho, tenía una voz de lo más corriente y olvidable—. Un carruaje pasará a recogerte cuando salga el sol. Deberás estar listo y llevar todo lo que necesites para trabajar.


—Otro carruaje te llevará de vuelta a tu hogar antes de que el sol se oculte. Todos los martes y viernes vendremos a recogerte a tu casa para que vayas a trabajar donde nuestro jefe te llama.


—¿Y si me negara? —preguntó desafiante Virgil.


Uno de los hombres diabólicos sacó una bolsa de sus bolsillos y la posó frente al abogado. Al mismo tiempo, un joven garzón dejó su café sobre la mesa y desapareció, seguramente sospechando que lo que allí ocurría no debía ser interrumpido y que le convenía mantener su nariz alejada. "Un muchacho sabio", pensó el abogado mientras que abría la bolsa. Sus manos temblaron, su mandíbula perdió fuerzas y se dejó caer, sorprendida, y sus ojos buscaron frenéticamente la mirada de quienes lo estaban contratando.


—Esto es solo un adelanto —respondieron ambos, al mismo tiempo.


Virgil guardó la bolsa de rubíes dentro de su chaqueta. El hombre de garras sonrió. Sus dientes eran afilados, como navajas.


—Qué bueno que aceptaste. Nos vemos mañana.


— ¡Ah! Un último detalle —la voz inhumana del segundo hombre se alzó mientras que ambos se alistaban para retirarse—. No le cuentes a nadie de lo que se trata el trabajo. Si alguien pregunta, di que...


—Di cualquier cosa, la primera mentira que se te venga a la cabeza.


Los dos extraños se calzaron unos sombreros de copa, le dejaron unas monedas para que pagara su bebida y se despidieron de Virgil, quien los miró confundido, seguro de que nunca, hasta ese momento, habían traído puestos sombreros de copa. Salieron por la puerta y lo dejaron solo con sus pensamientos, sus piedras preciosas y su café. El hombre alzó la mano educadamente, llamando la atención del mismo garzón de antes.


—¿Cómo está su café, señor?


—Tráigame un té, por favor. No me gusta el café.












2 января 2020 г. 20:59:47 6 Отчет Добавить 5
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Mt Marcela trujillo
esta muy interesante la historia.

  • Fernanda Bravo Fernanda Bravo
    Ay, muchas gracias, ¡me alegra que te parezca interesante! February 22, 2020, 00:00
Prince Gómez Prince Gómez
Wow! Quede impactado con la historia! Se ve bastante interesante y cautivadora!😍😍😍

Federico Villalonga Federico Villalonga
Se ve muy interesante c:

~

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