LA CONSPIRACIÓN DEL ESPIRAL - Libro 4 de la Saga del Círculo - VOL. 2 Подписаться

adriana-wiegand1544364809 Adriana Wiegand

¿Quién está detrás del terrible suceso de Cryma? ¿Qué intenciones secretas tiene? Tiempos desfasados, recuerdos alterados, y una red de engaños y traiciones harán casi imposible la resolución de este misterio. ¿Podrá Lug desentrañar esta maraña de mentiras y llegar a la verdad? O más importante, ¿querrá efectivamente descubrir quién es el responsable de la conspiración? LA CONSPIRACIÓN DEL ESPIRAL es el cuarto libro de la Saga del Círculo. Se recomienda leer el Libro I: LA PROFECÍA DE LA LLEGADA, el Libro II: LA PROFECÍA DEL REGRESO, y el Libro III: LA PROFECÍA ROTA, antes de leer este, para poder comprender la historia. HISTORIA REGISTRADA. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. PROHIBIDA SU COPIA.


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SEXTA PARTE: USURPADORES - CAPÍTULO 91

ADVERTENCIA: ESTA ES LA CONTINUACIÓN DE:

LA CONSPIRACIÓN DEL ESPIRAL - Libro 4 de la Saga del Círculo - VOL. 1

Para comprender la historia, sírvanse leer la parte anterior primero. ¡Gracias y feliz lectura!

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—Aunque tu visita es inesperada, me conforta mucho, Helga —dijo Tiresias, sirviéndole más vino.

Estaban en el enorme comedor principal del austero castillo de Tiresias. El lugar era oscuro para el gusto de Helga. Las antorchas no eran suficientes para tan gran recinto, y las paredes grises y desnudas acentuaban el ambiente de tristeza. La única decoración del salón era un retrato de Madeleine colgado sobre la chimenea. Helga notó que era exactamente el mismo que Vianney había traído de su reunión en Colportor. Seguramente, había sido copiado de éste.

Vianney le había comentado a Helga lo perturbado que estaba Tiresias, y ella lo convenció de permitirle hacer el viaje hasta el castillo a orillas del Igram con la idea de confortar a Tiresias y tratar de convencerlo de los motivos ulteriores de Dresden. Vianney se lamentó de no poder acompañarla, pero ella le aseguró que con una mínima escolta, estaría más que protegida. Vianney no estuvo muy convencido de dejarla ir así, pero accedió cuando ella le explicó que después del horror del suceso con el fomore, necesitaba alejarse unos días del castillo de su esposo y distraerse un poco.

—Lamento no traer noticias de Madeleine, Tiresias. Sé lo angustiado que estás por su desaparición —dijo ella, tomando un sorbo de vino.

Tiresias solo observó su plato a medio terminar en silencio. Al llegar Helga al castillo, Tiresias la había recibido con un gran almuerzo y con los ojos llenos de esperanza. Pero la ausencia de noticias de su hija lo había sumido nuevamente en la inapetencia, y solo Helga había podido disfrutar los exquisitos platos y postres.

—Tu esposo es el único lo suficientemente amable como para al menos interesarse en buscarla.

—Estoy segura de que todos están muy consternados en el Concejo y que hacen lo mejor que pueden para poder hallarla, Tiresias.

Tiresias rió amargamente:

—Estoy viejo, pero no soy estúpido, Helga. A los nobles solo les interesa el tema de la invasión del norte. Mi pobre Madeleine no les importa…

—Vianney dice que lo de la invasión es todo una farsa de Dresden para acumular un gran ejército y desproteger a los nobles.

—¿Tu marido no cree en los mapas del espía?

—Piensa que la existencia del espía es otra fantasía más.

—Oh, el espía es real, Helga, muy real.

—¿Cómo puedes estar seguro? ¿Tú lo has visto? Vianney dice que Dresden no permite que nadie lo vea. Yo pienso que eso es muy sospechoso, ¿no crees?

Tiresias tuvo un acceso de tos tan espantoso que los sirvientes entraron corriendo a auxiliarlo. Pero el duque los ahuyentó con un movimiento brusco de sus brazos, y los sirvientes se mantuvieron a una distancia prudencial mientras Tiresias se calmaba. El duque bebió de un gran trago el resto del vino en su copa e hizo un gesto a los sirvientes para que salieran del comedor y los dejaran solos.

—¿Por qué te perturba tanto el tema del espía, Tiresias? —inquirió Helga.

—¿Sabes lo que siempre me gustó de ti, Helga? Que no eres una de esas esposas trofeo de decoración —trató de sonreír Tiresias—. Vianney te eligió bien: eres muy inteligente además de hermosa. Los que cuestionan tu origen y tu falta de linaje noble no saben lo que dicen. Eres más valiosa que cualquiera de esas mujeres huecas criadas en los palacios nobles.

—¿Qué te hace pensar que no fui yo la que lo eligió a Vianney? —sonrió Helga.

—¡Muy cierto! Es Vianney el que tuvo suerte de que lo eligieras, entonces —rió Tiresias, levantando su copa de vino vacía como para hacer un brindis. Helga se apresuró a llenársela, y luego levantó la de ella, chocándola con la de él.

—¿Entonces? ¿Qué hay del espía? —insistió Helga.

Tiresias lanzó un largo suspiro:

—Hay cosas que no puedo decirte, querida Helga.

—¿Dresden te tiene amenazado?

—Overkin.

—¿Qué poder puede tener un mero consejero personal sobre un poderoso duque?

—Todos temen a Dresden por su explosivo temperamento, pero…

—El verdadero poder lo tiene el que lo acompaña desde las sombras —completó Helga.

—Así es.

—Me pregunto por qué mi esposo no me ha comentado de esto.

—Overkin es muy cuidadoso. No creo que Vianney sepa nada de cuáles son las condiciones reales de poder en la corte de Dresden. Ni yo mismo sospechaba nada de esto hasta… —Tiresias calló de pronto.

—¿Hasta lo del espía? Está aquí, ¿no es así?

Tiresias se revolvió inquieto sin contestar.

—Tu silencio es más elocuente que tu respuesta afirmativa, Tiresias. No olvides que no estás tratando con una esposa decorativa.

Tiresias lanzó otro profundo suspiro.

—El espía está aquí, en mis mazmorras —admitió al fin.

Helga asintió en silencio. Hasta ahora, la historia de Humberto era cierta: el muchacho estaba aquí.

—¿Por qué? ¿No sería más práctico tenerlo en el palacio de Dresden en Colportor?

—Overkin me dijo que necesitaba tenerlo alejado de Dresden, para protegerlo. Dijo que el carácter explosivo de Dresden ya había arruinado a otro prisionero antes, y no quería que pasara lo mismo con este.

Helga supuso que el otro prisionero había sido Lug, a quién Dresden había arrancado los ojos y dejado sin memoria antes de que Overkin tuviera la oportunidad de interrogarlo.

—Aunque después de ver la cruel tortura que le aplicaron… —continuó Tiresias— comencé a dudar de los motivos de protección de Overkin.

Helga tomó otro sorbo de vino y sonrió para sus adentros. Tiresias le estaba facilitando en extremo la tarea que había venido a realizar.

—¿Crees que haya otro motivo para retenerlo además de su peligrosidad y utilidad?

—A estas alturas, no sé qué pensar. Yo estuve con él, Helga. El muchacho no es el espía despiadado y peligroso que Overkin pinta. Es solo un pobre muchacho asustado de muerte, quebrado por una tortura innecesaria. Tiene el alma sensible de un artista, no la frialdad desapasionada de un espía. Cuando supe que había dibujado esos mapas, se me ocurrió ir a hablar con él para pedirle que hiciera los retratos de mi Madeleine. Le llevé ese mismo cuadro —señaló el retrato colgado sobre la chimenea—. La historia de la desaparición de mi hija lo conmovió mucho y no tuvo ningún problema en hacer todos los retratos que yo le pedí. No los hizo bajo presión, ni siquiera trató de negociar algo a cambio, lo hizo por pura compasión, Helga. Ese muchacho no es un espía.

—¿Por qué vino al sur si no fue para espiarnos?

—Dice que no vino por su propia voluntad, dice que fue secuestrado y traído aquí a la fuerza.

—¿Sabe quién lo secuestró?

—Overkin.

—¿Me estás diciendo que Overkin se tomó el trabajo de cruzar la cordillera hacia el norte para traer un muchacho que le hiciera unos mapas?

—Eso es lo más extraño de todo, Helga. Overkin estaba muy sorprendido de que el muchacho pudiera dibujar mapas con tanta precisión.

—¿Y cómo sabía Overkin que esos mapas eran precisos?

—Siempre haces las preguntas correctas, Helga —sonrió Tiresias—. Akir dice que conoce a Overkin desde hace muchos años, que su primer contacto con él fue cuando era un pequeño bebé.

—¿Akir?

—Es el nombre del muchacho.

—Si lo que dice es cierto, suena más como que Overkin es un espía y no Akir.

Tiresias asintió en acuerdo.

—Aquí hay algo más, Tiresias. Suena como que Akir ha sido el blanco de Overkin desde hace mucho tiempo…

—Pero, ¿por qué?

—Si me permites verlo, Tiresias, puedo averiguarlo —se ofreció Helga inocentemente.

—Eso no es posible —negó Tiresias, vehemente—. Ya me metí en problemas cuando Overkin descubrió que había estado en contacto con el muchacho.

—No lo entiendo, Tiresias. ¿Por qué accediste a tener al muchacho aquí en primer lugar, sabiendo que solo sería un trastorno?

—Overkin prometió encontrar a Madeleine en retribución —explicó Tiresias.

—Lo cual no ha hecho —le retrucó Helga.

—Sé que me está usando, Helga, pero es un poco tarde para echarme atrás.

—¿Qué tal si hubiera una conexión? —murmuró Helga como para sí.

—¿Conexión? —repitió Tiresias sin comprender.

—Entre la desaparición de Madeleine y la llegada de Akir —aclaró ella.

—Ciertamente, ocurrieron al mismo tiempo… —reflexionó Tiresias—. ¿Crees que Overkin está involucrado? —dijo, abriendo los ojos, incrédulo.

—Déjame hablar con el muchacho —pidió ella de nuevo—. Overkin no tiene por qué enterarse, y tal vez podamos desentrañar dos misterios en uno —ofreció, mirando fijamente a Tiresias a los ojos.

Tiresias suspiró una vez más. Se levantó con dificultad de su silla y se dirigió a la chimenea. Abrió un compartimiento escondido en la repisa de la chimenea y extrajo una pequeña botellita de vidrio que contenía un líquido verde. Luego se acercó nuevamente a la mesa y se la entregó a Helga. Ante la mirada interrogante de ella, él respondió:

—Para echar en el vino de los guardias que Overkin tiene apostados en el exterior de la celda de Akir. Los sumirá en un sueño profundo.

Helga sonrió de oreja a oreja y se puso de pie.

—Una cosa más —le advirtió Tiresias—, el muchacho solo te ayudará si vas con la verdad.

22 ноября 2019 г. 9:56:57 0 Отчет Добавить 2
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