andres_dm Andrés D.

En 1977, el viaje de cuatro cazadores ingleses se tornó en una pesadilla terrible ante el presunto ataque de animales salvajes que le costó la vida a uno de ellos y dejó a otro herido y severamente trastornado. Esta es una historia abrumadora y demencial: su escritura ha sido particularmente angustiante... ¿Te atreves a leerla y descubrir qué reía en la oscuridad? Este relato ha sido ampliamente galardonado en otras plataformas para escritores. Cuento #16 de mi antología "31 cuentos de terror". © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS (OCTUBRE, 2019). No se reclama derecho alguno sobre la imagen original de la portada: ilustración de Alejandro PM.


Ужасы Монстро-литература 18+.

#terror #viaje #miedo #monstruos #lovecraft #cazadores #inktober #risas #animales #áfrica #salvaje #295 #cósmico #horrorcósmico #devorar #hienas
Короткий рассказ
11
4.7k ПРОСМОТРОВ
Завершено
reading time
AA Поделиться

Risas en la oscuridad


Dedicada a la obra de H. P. Lovecraft

Desde siempre han existido sucesos, en torno a aquello que llamamos «realidad», que escapan a todo intento de la comprensión humana; hechos que desafían nuestra lógica y nuestro entendimiento, y ante cuya presencia, directa o indirecta, el desconcierto que estos eventos producen no es sino causa de horror y locura.

Lo sé porque yo viví uno de esos sucesos. Recuerdo bien cada detalle de lo que aconteció aquella noche monstruosa. Lo que estoy por relatar se trata de algo ocurrido hace ya casi dos décadas, en el lejano 1967, durante un viaje que hice a la sabana africana con mis viejos amigos de aventuras: el señor William, el señor Conrad y el señor Travis. No pienso revelar sus apellidos pues, a saber, los muertos también merecen respeto.

Nosotros éramos un grupo de amigos acaudalados, hijos todos de familias pudientes y acomodadas en Inglaterra, más concretamente en Manchester. Crecimos juntos desde la infancia, entre ostentosas fiestas, viajes por el mundo, expediciones por sitios majestuosos; con el transcurso de las décadas, estudiamos en las mejores universidades y conseguimos éxito en nuestras respectivas empresas, de modo tal que cada uno poseía propiedades lujosas, adornadas con recuerdos de los viajes que seguíamos realizando. Por cierto que, más valga aclarar, los cuatro habíamos heredado de nuestros antecesores una exquisita afición por la caza de bestias salvajes; por este motivo, en nuestros salones contábamos ya con diversos especímenes de extrañas y fascinantes especies animales que logramos derrotar en viajes a distintas latitudes de todo el globo, desde la Patagonia hasta Groenlandia, y de Siberia hasta Australia.

Ese año en particular, ese fatídico 1967, el último en que los cuatro pudimos coincidir en una aventura, conseguimos financiarnos una expedición al inhóspito territorio africano, más concretamente en la zona más árida de Nigeria. Aclaro que no era este nuestro primer viaje al continente negro: habíamos ya recorrido el Sahara y visitado las milenarias pirámides de Giza, realizamos expediciones por las selvas del Congo y también navegamos las costas de Sudáfrica. No creímos necesario la contratación de un guía pues valga decir que, tanto el señor Travis como el señor William tenían suficientes conocimientos y habilidades de orientación debido a su vasta experiencia como exploradores en selvas de la India y de Brasil, así como, de igual modo, cada uno de nosotros contaba también ya con una larga trayectoria como cazadores. Por si fuera poco, llevábamos listas nuestras armas y municiones suficientes para acabar con una manada numerosa de leones.

El viaje no tuvo mayor complicación, llegamos primero a Kenia y desde ahí emprendimos el trayecto hasta el país vecino. Rentamos un jeep, nos hicimos con varios galones de combustible y partimos hacia la sabana, a cientos de kilómetros de distancia. Una vez encontramos una zona ideal, montamos un pequeño campamento donde nos resguardábamos tras nuestras largas jornadas de cacería. Pasamos así seis días y cinco noches enteras recorriendo los vastos páramos, atisbando la peculiar vida silvestre y, por supuesto, batiendo a ciertas criaturas dignas de los disparos de nuestros rifles ingleses.

Pasaron los días y llegamos a la sexta tarde de nuestra aventura, llenos de regocijo por haber conseguido algunos ejemplares formidables: entre ellos, un par de jóvenes leopardos, un bello antílope macho y además un enorme jabalí, cuya jugosa carne no pudimos resistirnos a consumir y terminamos cocinado al calor de nuestra fogata. Esa tarde, la tarde del sexto día, nos encontrábamos terminando con el festín mientras hablábamos de lo excitante de la visita y lo que haría cada quien con sus respectivos trofeos de vuelta a Inglaterra.

Después de la comida y algunas horas de charlas sobre nuestros negocios y empresas, acordamos los cuatro, aun pese a la mala actitud del señor Travis, que esa sería nuestra última noche, por lo que al día siguiente haríamos los preparativos para el viaje de vuelta.

Por su parte, el señor Travis seguía sintiéndose frustrado por no haber podido conseguir todavía un ejemplar de león macho: añoraba tener la cabeza de una de esas bestias para disecarla y colgarla en la elegante sala de su ostentoso hogar en Manchester. Cuando nos pidió a los demás que le concediésemos esa última tarde para encontrar a su codiciada presa, el señor William, el señor Conrad y un servidor, coincidimos en que aquello sería solo un desperdicio de tiempo y de energía para nuestro compañero, hecho que le señalamos de manera atenta. Empero, debido a su carácter obstinado, el señor Travis hizo caso omiso a nuestra advertencia, preparó arma y municiones, y se dispuso a marchar a pie en búsqueda de la criatura que tanto le fascinaba.

El señor Conrad, por su parte, se ofreció entonces amistosamente a seguirle, para asegurar que ambos volviesen a salvo; se puso su camisa tras haberse desnudado el torso por el calor de la sabana y acompañó a nuestro colega en su larga y ceñuda andanza.

Mientras tanto, el señor William y yo nos dispusimos a recoger nuestras pertenencias y subirlas al jeep para dejar todo listo e irnos al día siguiente. Los despedimos a ambos entre burlas y encargos sarcásticos y vimos a nuestros colegas partir, perdiéndose en la distancia al subir por la cuesta de una colina. Ambos eran hombres maduros, fuertes, sagaces y diestros para el manejo de armas. Creímos, ingenuamente, que todo saldría bien y aquello terminaría en una decepcionante tarde sin trofeos para nuestro viejo amigo, el señor Conrad.

¡Oh Dios santo! ¡Cuán errados estábamos…!

Qué terrible sorpresa nos depararía el destino apenas unas horas después de su partida. Ninguno de nosotros imaginaba lo que estaba por ocurrir.



Ya en el apogeo de la noche, casi tres horas después de su partida, el señor William y yo esperábamos en la fogata, junto a las tiendas de campaña, expectantes al regreso de nuestros compañeros; estábamos preocupados pero, en cierto modo, tranquilos por la destreza de esos hombres a los que conocíamos tan bien después de más de cuatro décadas de amistad. Cuando vimos la luz de una linterna brillando intermitentemente en la oscuridad de una colina cercana, nos percatamos de que ya venían de vuelta.

Recuerdo haber sentido calma al saber que mis estimados amigos ya estaban por llegar; sin embargo, el señor William me indicó su preocupación al notar que la distante silueta que sostenía esa lámpara parecía caminar de un lado a otro, descendiendo por esa pequeña cuesta con un paso más bien irregular, lleno de tropiezos. Ambos supimos en ese momento que algo no estaba bien.

El señor William y yo tomamos nuestras armas y nos aproximamos rápidamente; se trataba de Conrad, venía solo, y nosotros no pudimos sino exclamar gritos de espanto y terror al ver el estado en el que se encontraba: ese pobre hombre ¡estaba cubierto en sangre!

¡Dios! Siento de nuevo miedo al recordarlo…

Conrad se tambaleaba frente a nosotros con la mirada perdida, mostraba varias heridas sobre sus brazos y sobre su rostro. Corrimos hacia él justo antes de que se desplomara sobre el piso. Recogimos su lámpara y cargamos al hombre malherido entre ambos, pues apenas podía sostenerse por sí solo después de lo que habría sido una larguísima caminata desde Dios sabe dónde.

—¡Conrad! ¡Dios mío! ¡¿Qué demonios ha sucedido?! ¡¿Dónde está Travis?! —pregunté desesperado y nervioso, mientras nos dirigíamos de nuevo hacia el campamento. Él no respondió, estaba evidentemente en shock: no podía hablar.

Llegamos de vuelta a la hoguera y lo colocamos cuidadosamente cerca del fuego: las hemorragias no parecían severas ni sus heridas tan profundas, pero estaba helado y necesitaba recuperar energías. Le di algo de agua mientras el señor William limpiaba y suturaba cada laceración de su piel.

Tanto el señor William como yo nos percatamos, durante nuestras labores curativas, de un hecho extraño: los cortes en la carne del señor Conrad lucían limpios, muy distinto a lo que esperábamos de nuestras primeras hipótesis ante lo que creímos que habría sido el ataque de algún animal salvaje durante la desastrosa excursión.

Mientras lavábamos sus heridas, Conrad apenas reaccionaba o hacía gesto alguno. Parecía que no percibía el dolor de nuestras agujas atravesándole la piel ni el hilo que usamos para suturarlo: en cambio, mantenía esa terrible expresión en el rostro, esos ojos tan perdidos, como si algo le hubiese comido el alma.

—Travis… —dijo de repente, cuando el señor William y yo estábamos ya por terminar con las curaciones.

—Señor Conrad, estamos aquí con usted. Está fuera de peligro —dijo el señor William, con un tono sereno, mucho más calmado de lo que yo podría haber estado, tratando de mantenerse concentrado para traer de vuelta al momento presente a nuestro colega, mientras este asentía lacónicamente—. Por favor, cuéntenos lo que ha ocurrido.

Conrad permaneció en silencio durante algunos segundos más, lucía indeciso, confundido. Estuve a punto de ceder ante mi impaciencia para volver a insistir pero el señor William me detuvo. Le tomó dos minutos al hombre volver a hablar.

—Caminamos cerca de tres horas… —dijo lentamente, con la mirada clavada en las negras brasas que ardían y crujían al calor del fuego: en un inicio, su voz era cansada y su ritmo pausado—. Estábamos a algunos kilómetros de aquí. Habíamos llegado a una amplia planicie. No encontramos ningún león… No vimos a ningún animal durante horas… El ocaso estaba por comenzar e insistí al señor Travis que ya iba a oscurecer. Le dije que… que era hora de volver —Al escucharlo, tuve la sensación de estar oyendo el relato de una pesadilla, y temí que mi colega tuviese lagunas en su memoria. Conrad añadió—:

»Comenzamos a emprender la marcha de regreso. Pasaron solo unos minutos cuando empezamos a escuchar esos sonidos. Apenas eran inteligibles. Primero parecían distantes y no les dimos importancia. Pero… después avanzar el primer kilómetro de camino para acá esos… ruidos comenzaron a… parecernos más cercanos.

»Poco después, el sol comenzó a caer en el horizonte y advertí al señor Travis que debíamos usar nuestras linternas porque si no podríamos perdernos. Él insistió en que no eran necesarias, y me indicó además que, si las usábamos, algún animal salvaje podría acercarse a husmear. Lo noté tan seguro como siempre y no repuse nada. Seguimos andando sobre la hierba seca de la planicie.

Mi amigo hizo una pausa y miró hacia el cielo: sus ojos comenzaron a ponerse vidriosos. Estaba a punto de llorar. El señor William y yo lo veíamos atentamente. El señor Conrad bajó de nuevo su mirada al fuego.

—No oímos ningún ave, ningún insecto, ningún animal conocido durante todo el trayecto… hasta antes de oír esos ruidos.

»Tras varios minutos más, mientras caminábamos, escuchamos nuevamente esos sonidos: ahora estaban muy cerca, quizá a solo algunos cientos de metros detrás de nosotros. Le indiqué al señor Travis que debíamos apresurarnos. Así lo hicimos: comenzamos a caminar más rápido y mantuvimos el paso constante durante un cuarto de hora, mientras el sol terminaba de desaparecer y pintaba el cielo con sus oscuros colores para dar paso a la noche. Entonces nos detuvimos.

»El señor Travis me detuvo tocándome el hombro.

Conrad hizo otra pausa y el señor William intervino tranquilamente:

—Tómese su tiempo, señor Conrad, no hay prisa…

Nuestro herido colega respiró profundamente y dejó salir el aire muy despacio. Apretó los ojos con fuerza y pequeñas lágrimas rodaron sobre sus laceradas mejillas. Al abrirlos, prosiguió su relato.

—Nos detuvimos porque… escuchamos nuevamente ese ruido. Eran chillidos agudos pero esta vez venía de otra dirección. ¡Estaban frente a nosotros, quizá a cien metros de distancia!

»Travis puso su mano en mi hombro y me indicó, susurrando débilmente, que debíamos agacharnos para ocultarnos.

»Él tiene… tenía… más experiencia que yo en la caza. Yo solo obedecía sus indicaciones. Comencé a sentirme nervioso porque noté que él se había puesto mucho más serio. Apenas pude ver su rostro en la oscuridad de la planicie, pero vi sus ojos muy abiertos: miraba atentamente en derredor. Ambos nos recostamos pecho tierra entre la hierba y guardamos absoluto silencio.

»Después de unos segundos, volvimos a escuchar esos chillidos y, entonces, nos dimos cuenta de que sonaban como risas, ¡risas muy agudas! Eran al menos tres risas distintas. —Al decir esto, los ojos del señor Conrad comenzaron a dejar salir más pequeñas lágrimas: miré rápidamente al señor William, iluminado también por el fuego de la hoguera. Parecía consternado. Sabía que ambos habíamos pensando lo mismo, y nuestra hipótesis acerca de las criaturas que habrían estado siguiendo a nuestros amigos parecía ya esclarecida—. Esas risas… eran como… No lo sé. Siniestras. Sentí un miedo terrible al oírlas.

»Puedo decirles, amigos míos, que nunca había oído algo así en mi vida… Y si digo que se trataba de risas es porque solo a ese sonido puedo equipararlas.

»Mientras nos manteníamos agazapados, apenas podía ver la silueta de Travis a un costado mío, en la oscuridad, mientras en el cielo aparecían múltiples y numerosas estrellas que no había visto nunca en el cielo de Inglaterra ni en ninguna otra de mis expediciones. Algunas me parecieron demasiado… grandes, demasiado brillosas, como si...

»Creí oír algunos quejidos y entonces sentí una ola de nervios que me recorrió todo el cuerpo por debajo de la ropa, como si cada vello de mi piel se erizara por la angustia de estar siendo acechados. Traté de buscar mi linterna pero el señor Travis se dio cuenta de esto por los ligeros sonidos de la fricción de mi mano en mi bolsillo y me detuvo tocando nuevamente mi hombro. Creí ver la sombra de su cara moviéndose de un lado a otro para decirme “no”.

»Seguimos ocultándonos entre la hierba y escuchamos de vez en vez nuevamente aquellas risas… Eran muy agudas y, de verdad, les juro que había momentos en que sonaban demasiado cerca.

—¿Qué ocurrió después, señor Conrad? —pregunté un poco ansioso, esperando que ese hombre, mi amigo desde la infancia que ahora parecía tan extraño, me voltease a ver a los ojos. Pero él ni siquiera pareció notarlo.

—Escuchamos cómo la hierba se mecía con el frío viento nocturno… Parecía que la planicie nos estaba susurrando una extraña y silenciosa canción en los oídos. Conforme pasaban los segundo, comencé a respirar más rápido y noté que el señor Travis también lo hacía. Escuchamos esas risas nuevamente. Parecían ahora más distantes.

»Sentí un tenue y breve alivio pero… —el señor Conrad se detuvo y noté que sus labios comenzaron a temblar ligeramente—, entonces escuchamos otra risa más. Provenía desde otra dirección

»Y después oímos otra… ¡y luego otra más! Eran varias de esas cosas… Varias risas proviniendo de todas partes. ¡Estaban cada vez más cerca! —exclamó, levantando un poco su voz. Admito que sentí escalofríos al ver al señor Conrad comenzar llorar mientras narraba esta parte de su relato—. Se estaban aproximando a nosotros desde múltiples direcciones. ¡Estábamos rodeados, carajo! Oímos varias risas, todas ellas siniestras y escuchamos esas pisadas avanzando sobre la hierba… Pero, amigos míos, no sé cómo explicarles, ¡les juro que todavía parecían lo suficientemente distantes!

Apenas dijo esta frase, comenzó a llorar desconsolado y le tomó algunos segundos más recuperarse para continuar.

—El señor Travis alargó su mano para tomar mi mano. Creí que estaba a punto de indicarme que era hora de preparar las armas, de abrir fuego antes de salir huyendo pero entonces… ¡algo se lo llevó! —gritó, entre sollozos y rompió nuevamente a llorar como un niño pequeño y asustado, mientras el señor William y yo nos miramos mutuamente ante la sorpresa de lo que acababa de decir nuestro colega.

»¡Esas cosas llegaron de repente por todas partes! ¡Llegaron hasta nosotros y tomaron a Travis por la espalda! Se lo llevaron arrastrando, lejos de mí… ¡Oh, Cristo!

—¡Santo Dios! —dije, sintiendo un hueco en el estómago, pensando en lo que habría pasado con nuestro ahora desaparecido amigo.

—¿Qué pasó después, señor Conrad? —preguntó el señor William, todavía conservando la calma, pero con una mirada distinta: de sospecha.

—Escuché a Travis gritar de miedo y de dolor —explicó el herido—, mientras era llevado lejos de mi lado, entre la oscuridad, y yo gritaba su nombre por el pánico. Traté de tomar mi arma y mi linterna para ir detrás de él, pero entonces ¡algo me tomó de los brazos y me levantó del piso para arrojarme a unos metros de distancia! —Cuando el señor Conrad dijo esas palabras, el señor William y yo volteamos a vernos mutuamente, ahora extrañados acerca del relato de nuestro alterado amigo. Devolvimos la mirada a nuestro compañero, quien enseguida notó el cambio en nuestros semblantes.

»¿P-por qué me miran a-así? —nos dijo—. ¡¿Por qué me miran de esa manera?! —gritó enseguida—. ¿Acaso no me creen?, ¡¿Creen que estoy mintiendo?! ¡Malditos imbéciles! ¡Ustedes no estuvieron ahí!

—Señor Conrad, por favor, conserve la calma —dijo el señor William, todavía manteniéndose sereno—. Lo que está diciendo no tiene mucho sentido. Es obvio que usted ha quedado trastornado por lo que acaba de ocurrir, pero esas risas de las que habla no pueden ser otra cosa que hienas salvajes y ese tipo de animales no pudieron haberlo lanzado en el aire tal como nos lo acaba de describir.

En ese momento el señor Conrad se puso de pie y gritó frenéticamente:

—¡No eran hienas! ¡¿Me han oído?! —exclamó, con el rostro enrojecido por la cólera y el pánico—. ¡No eran malditas hienas!

Su respuesta me causó un escalofrío profundo y esta impresión se quedó marcada desde entonces en mi memoria.

—¿De qué diablos habla, Conrad? —preguntó entonces el señor William, quien comenzaba ya a perder la calma que había guardado tan estoicamente hasta ese momento.

Mientras tanto yo observaba en silencio a mis compañeros intercambiar palabras, pues en verdad no podía entender lo que el señor Conrad trataba de explicarnos.

—¡No fueron hienas, con un carajo! ¡Las cosas que Travis y yo escuchamos y que nos atacaron no eran malditas hienas! ¡¿Entienden?!

»¡Llegaron de repente y se lo llevaron con ellos! —gritó histéricamente—. ¡Pero no dejaban de reír! ¡Esas putas cosas no dejaban de reír! ¡Se burlaban de nosotros!

»¡A mí me sujetaron con fuerza y me quitaron el arma! ¡Y después esas cosas esculcaron en mis bolsillos y encontraron la lámpara! ¡Esas malditas cosas tomaron mi maldita lámpara!

—¡Conrad, baje la voz y siéntese! —solicitó el señor William en un tono severo.

—¡Váyase al diablo, señor William! —contestó frenético nuestro compañero mientras su relato se volvía, efectivamente, la narración de una pesadilla, una pesadilla vívida y atroz. Al escribir estas palabras, siento escalofríos nuevamente pues, recuerdo a la perfección lo que mi viejo amigo dijo en ese momento. El señor Conrad añadió—: ¡Yo vi lo que le hicieron! ¡Ellos me obligaron a verlo! ¡Me llevaron hasta el lugar donde lo tenían y entonces encendieron la lámpara para iluminar su cuerpo!

»Ahí estaba él… —dijo, con el rostro desencajado por la ira y la desesperación, por el miedo de recordar la traumática escena como si la viera nuevamente—. ¡Dios! ¡Ahí estaba él! ¡No tienen una maldita idea de todo lo que esos demonios le hicieron al pobre señor Travis! ¡Ustedes no lo oyeron gritando de dolor! ¡No lo vieron tratando de zafarse desesperadamente de sus largas garras mientras esas malditas bestias comenzaban a rasgar sus ropas y después su carne! —el señor William y yo tratamos de indicar a nuestro colega que se detuviera; este ni siquiera nos escuchó—. ¡Ustedes no lo vieron mientras esas criaturas lo devoraban vivo! ¡No vieron su cuerpo ser despedazado!

»Malditos imbéciles… —gruñó, colérico, para luego dar paso a sollozos—. ¡Les estoy diciendo la verdad!

—¡Basta ya, Conrad! —gritó el señor William—. ¡Lo que usted dice son solo estupideces! ¡Y no es necesario describir semejantes atrocidades! Sabemos muy bien lo que esos animales pueden…

—¡No eran animales! —interrumpió el traumatizado hombre una vez más, con ira. Yo sabía muy bien que aquello no era sino un reclamo por el horror vivido—. ¡Y lo que digo no son estupideces, amigo mío!

Hubo entonces una pausa tensa y bastante incómoda en la que todos nos quedamos callados, mientras el señor William y yo observábamos a nuestro viejo colega llorar y tratar de recuperar el aliento. Entonces, tratando de recuperar de nuevo la compostura, el señor Conrad dijo:

—Señor William… ¡Por favor! Sé que es difícil de entenderlo, pero esas cosas no eran animales. ¡Yo vi al señor Travis siendo víctima de cosas inimaginables…!

—¡Señor Conrad! —dije, interviniendo por primera vez después de mi prolongado silencio, consiguiendo la atención de mis dos compañeros—. Por favor… Ha sido algo horrible lo que usted ha experimentado. ¡El señor William y yo le hemos visto llegar malherido! Hemos curado sus heridas y limpiado cada corte de su piel. ¿Qué eran esas cosas?, ¿cómo eran? Dígamelo por favor, se lo suplico.

Conrad se mantuvo callado y me miró con una expresión pasmada, Se le veía claramente trastornado. Noté temblores en sus manos y en sus labios. Las llamas del fuego brillaban tintineantes sobre su rostro, dándole un aspecto aún más aterrador. El señor William y yo esperamos pacientemente a su respuesta y, tras varios segundos, comentó:

—Yo… quisiera… quisiera poder encontrar las palabras para explicarles lo que vi —dijo, mientras William y yo nos mantuvimos callados—. Las cosas que vi, lo que nos atacó, no pertenecían a ninguna clase de animal que hubiese visto o de la que haya sabido antes.

—Amigo Conrad —dije—, por favor, haga un intento. Se lo suplico…

—¡Está mintiendo! —espetó súbitamente el señor William—. Todo lo que ha dicho es solo una mentira porque el trauma de lo que ha pasado es demasiado para él. ¡Mire! Casualmente ahora no encuentra siquiera palabras para describir a las supuestas criaturas que mataron a nuestro amigo, el señor Travis. No tiene prueba alguna sobre lo sucedido. Ha sido víctima de un terrible ataque animal, pero la historia que nos cuenta es tan solo un invento absurdo —apenas concluyó, el señor William pareció de pronto arrepentido por sus crueles palabras.

Recuerdo haberme sentido confundido en ese instante y, francamente, no sabía a quién de mis colegas debía creer. No entendía si aquella historia era producto de una mente trastornada o si acaso...

De pronto, el malherido tomó un largo, largo respiro y dijo con voz cansada:

—Señor William… Le juro por Dios que quisiera, tanto como usted, poder reconocer que lo que ha pasado en verdad fue solo un trágico encuentro; quisiera poder decir que el señor Travis y yo fuimos sorprendidos por una jauría de hienas salvajes y que, efectivamente, su muerte tiene una causa más lógica, aunque igualmente grotesca; y quisiera que toda esta… absurda historia que les he contado y por la que usted ahora me reprocha, fuese tan solo una fachada, un invento de mi imaginación debido a la terrible impresión del trauma que acabo de vivir hace apenas algunas horas… —El señor William bajó la mirada por vergüenza.

»Pero… hay algo que, para mi desgracia, puede confirmarnos a todos que no estoy mintiendo y que, la maldita y terrible pesadilla que acabo de narrarles no ha sido ninguna puta mentira…

Dicho esto, nuestro colega comenzó a desabrocharse la camisa y a deshacerse de esta. Se dio media vuelta y nos mostró su espalda. Lo que pasó a continuación es algo que me ha dejado sumamente perturbado desde entonces, pues la sorpresa con que nos tomó a ambos en ese momento se convirtió en una imagen de la cual nunca pude desprenderme, aún pese a todos estos largos y cansinos años.

Sobre su piel, el señor Conrad tenía varias marcas que se extendía por cada centímetro de su torso y parecían formar extraños y complejos símbolos que ni el señor William ni yo pudimos reconocer, aun pese a nuestros amplios conocimientos antropológicos y a los muchos viajes a diversas ruinas de las más antiguas civilizaciones. Ambos lo vimos sorprendidos y aterrados: miré el rostro del hasta entonces escéptico señor William. Sus facciones habían cambiado: él también tenía miedo ahora… Ambos sabíamos perfectamente que el señor Conrad no poseía dichas marcas antes de partir a esa última y funesta expedición: carajo, ¡le habíamos visto el torso desnudo antes de partir! Él no habría podido realizarse tales cortes por su propia cuenta de ninguna manera, mucho menos con semejante destreza y detalle de los trazos sobre su carne.

Ni qué decir del señor Travis quien nunca se prestaría para semejante atrocidad, pues sabíamos que esos trazos eran vestigios de una tortura brutal...

—¿Cómo demonios es que…? —comencé a decir, pero fui interrumpido.

—Estas marcas están ya cicatrizadas —explicó lacónicamente el señor Conrad, dándose vuelta para mirarnos—. Pueden tocarlas si ustedes quieren… Ya no duelen, pero no he dejado de percibir el incómodo roce de estos grotescos relieves de mi piel bajo mis ropas.

»Solo déjenme decirles una cosa, amigos míos: esas criaturas nunca me desvistieron, tampoco rasgaron mis prendas, tan solo sentí la presión de una garra gigantesca que recorría mi espalda con un trazo único, un trazo que describió curvas complejas, imposibles de entender, y sinuosos movimientos sobre mi piel; y la garra se sentía en la carne de mi espalda como un hierro encendido, causándome un ardor infernal que me caló hasta los huesos.

»Y mientras tanto, escuché los gritos del señor Travis antes de morir despedazado en las fauces de esas criaturas desconocidas y voraces. Oí a esas cosas riendo, con esas risas agudas y chillidos salvajes… burlándose de nosotros… Sí. Sé que se burlaban de nosotros, con vileza. ¡Esas malditas risas!

»Hice todo lo que pude, se los juro por lo más sagrado: traté desesperadamente de librarme de esas criaturas para correr a auxiliarlo, pero entonces me desmayé por el terrible dolor.

»Cuando desperté, ya no había rastro de nuestro amigo ni de esas malditas bestias… —dijo el señor Conrad, concluyendo su relato, mirándonos exhausto, triste y agobiado—. Necesito ir a descansar. He perdido mucha sangre.

Acto seguido, tomó de nuevo su camisa y se fue directo a la tienda de acampar donde cayó rendido sobre algunas viejas mantas.

Por nuestra parte, tanto el señor William como yo, decidimos montar guardia para vigilar toda la noche. Platicamos muy poco acerca de todo lo que acababa de suceder y compartimos el hecho de sentirnos absolutamente, jodidamente aterrados.

Recuerdo haber contemplado cada tanto el oscuro cielo de la sabana africana durante esa noche, percibiendo una ominosa sensación de nerviosismo y paranoia. El fulgor de la fogata y las danzantes llamas apenas lograban distraerme de mi observación rigurosa de numerosas estrellas que, así como había indicado el maltrecho señor Conrad, también me parecían absolutamente desconocidas.

Juro que aquello se sentía como si en ese lugar, ese maldito lugar apartado de Dios, hubiesen macabras constelaciones estelares que vigilasen al salvaje continente. Y a nosotros, los insignificantes cazadores, los atemorizados mortales, desde el siniestro abismo sideral.

No pude dejar de pensar en el relato de mi colega, y traté de mil maneras distintas de hacerme una idea sobre el aspecto de los seres monstruosos que él había mencionado. Mientras me tocó hacer guardia y veía al señor William durmiendo a solo unos metros de mí, hubo momentos en que tuve miedo, casi al punto de sacudirme en espantosos escalofríos, y rogaba una y otra vez por no tener que escuchar aquellas malditas risas…

Al día siguiente, buscamos con el jeep el sitio donde Conrad, aún devastado pero más repuesto, nos explicó que había estado con el señor Travis. No encontramos ninguna de sus pertenencias ni resto alguno de su cuerpo. Tan solo vimos algunas manchas oscuras de lo que debía ser sangre seca sobre la hierba y la tierra de la planicie.

Ante la falta de dinero y recursos para seguir buscando, tuvimos que dar por terminado nuestro viaje y volvimos a casa.

Estábamos desolados. Apenas y mantuvimos contacto después del funeral que se realizó con la familia del señor Travis en un viejo cementerio inglés, junto a las tumbas de sus antepasados. En su tumba solo había un ataúd vacío que fue enterrado en una oscuridad tan ominosa como la de esa noche en que ese intrépido hombre falleció ante terribles y sangrientas circunstancias.



Algunos meses después de nuestro regreso de África, recibí una visita del señor William en mi domicilio en Liverpool. Fue muy breve en realidad. Mi casi siempre recatado amigo se encontraba ahora bastante ebrio, como nunca antes lo hubiera conocido. Había perdido toda compostura y, además, estaba sumamente consternado y molesto conmigo, consigo mismo y con todo el mundo.

Me explicó, llorando, que el señor Conrad había fallecido la tarde anterior. Fue un golpe devastador escuchar la explicación de su terrible muerte: se había pegado un tiro en la boca, dejando a su hermosa esposa viuda y dos niños huérfanos de padre. El ebrio señor William me explicó que se enteró por un familiar en común con quien solía mantener contacto frecuente, y este, a su vez, era muy cercano a aquel agobiado hombre. Este familiar le narró que, en sus pláticas con el señor Conrad antes de su suicidio, este le llegó a narrar que padecía de horripilantes pesadillas durante las noches; cada madrugada despertaba gritando haber soñado con criaturas extrañas e indescriptibles que se reían de él, burlándose con malicia desde la oscuridad, las veía una y otra vez, veía lo que aquellas bestias malvadas hacían el señor Travis.

El señor William me dijo que nuestro viejo amigo había quedado severamente deprimido y trastornado de sus nervios por la muerte del señor Travis. Probablemente había enloquecido en cierta medida y había estado repitiendo oníricamente la traumática escena, hasta que ya no pudo con el miedo, ese miedo crónico que destrozó su mente… y después su cabeza. Cuando se retiró, el último de mis antiguos colegas me dijo que hacer ese viaje a África fue el peor error que cometimos, y que estaba arrepentido por no haberle creído al señor Conrad.

Le vi partir, temiendo que hiciera alguna estupidez en su borrachera, pero afortunadamente no fue así. También perdimos contacto entre nosotros.

Por mi parte, todos estos años he pensado tanto en ellos, y en ese maldito viaje… Me he preguntado tantas ocasiones y tratado de hallar respuestas de lo sucedido en aquel entonces pero, insisto: la comprensión humana es limitada… La realidad es tan vasta y misteriosa que mi mente se ve impedida para hallar sosiego ante la incertidumbre de esa macabra noche en la intemperie africana.

El señor Conrad murió hace ya varios años y, junto con él, se perdió el último testigo de lo que ocurrió con el señor Travis en ese lejano lugar. Nadie más que él sabía qué eran esos terribles demonios que reían en la oscuridad.



Relato escogido de mi antología Noches de Octubre; Cuentos de Horror y Locura (2019), también disponible en Inkspired.




[Escrita el 27 de octubre de 2019. Última edición: enero 2021].


18 ноября 2019 г. 18:46:02 10 Отчет Добавить Подписаться
8
Конец

Об авторе

Andrés D. ¡Bienvenida/o a mi perfil! Aquí encontrarás historias de terror y género fantástico. Mis autores favoritos son Poe, Lovecraft, King, Pacheco, Rulfo, Dávila, Garro, Quiroga, Cortázar, entre otros.

Прокомментируйте

Отправить!
Fernando Lima Fernando Lima
Estimado, muy buen cuento! Se nota claramente la impronta lovecraftiana, no sólo por el estilo (afortunadamente sin tantos adjetivos como el maestro de Providence), sino también por la elección de un ambiente enigmático y un final abierto y posiblemente más aterrador que lo hasta acá narrado. Excelente!

  • Andrés D. Andrés D.
    Muchísimas gracias por haber leído mi historia y por tu comentario. Aprecio mucho la observación, y básicamente escribo desde la parte más monstruosa de mi imaginación, al borde del asiento y vertiendo las ideas más escabrosas en las páginas blancas, como esa foto que compartiste en el grupo :) March 13, 2020, 19:33
Matias Cevilan (Errante Dist) Matias Cevilan (Errante Dist)
¡Buenas y santas! A pesar de tener algunas complicaciones para descubrir el que año exactamente ocurre la trama presentada, me gustó bastante. ¡Felicidades!

  • Andrés D. Andrés D.
    Tomo muy en cuenta la observación. ¡Muchísimas gracias por haber leido mi historia! February 14, 2020, 01:32
Cuenta Borrrada Cuenta Borrrada
¡Un excelente relato, se torna muy intenso y te atrapa! Es una lectura recomendada para los amantes del horror, estaré leyendo tus próximas entregas.

  • Andrés D. Andrés D.
    Baltazar, es todo un honor recibir semejante comentario de un autor tan exitoso en esta plataforma. Sería un placer que leyeras alguna otra de mis historias y seguiré leyendo las tuyas. ¡Saludos desde México! February 10, 2020, 15:31
  • Cuenta Borrrada Cuenta Borrrada
    Claro, voy sumando lectoras a mi biblioteca y estoy interesado en seguir leyéndote. Si tienes algún amigo que escriba terror recomiéndale que comente su historia en el post de la comunidad para leerlo. Leernos es la mejor manera de crecer y aprender como escritores! February 10, 2020, 15:39
  • Andrés D. Andrés D.
    Claro, comunicaré mediante un anuncio para invitar a participar. Y muchas gracias por el interés en mi obra. February 10, 2020, 15:59