La Verdad Absoluta © Подписаться

sagareverso Edwin Diaz

Los legadores y los humanos han logrado cimentar su dominio en la galaxia de Lôgos, a pesar de que la frontera con El Anillo de Cauldrom se vuelve más inestable con el paso de los ciclos. En medio de todo, Romulus Gunnman, el soldado más famoso de la Legión Suprema, es conocido y apreciado en toda la galaxia por los ciudadanos de la Federación Legadora Intergaláctica. Sin embargo, pocos conocen los demonios internos que le persiguen desde el final de la rebelión de El Tridente de Argos, ocurrida hace poco más de diez ciclos. En su búsqueda por encontrar a un hermano perdido que nunca conoció, Romulus ha estado esperando el momento adecuado para asestar un golpe fatal a aquellos que le separaron de su única familia, y de ese modo hacer las paces consigo mismo. Luego de tanto tiempo, el momento ha llegado, pero su mundo entero será sacudido por fuerzas mayores que gobiernan el destino de un multiverso a punto de revelar su existencia de una vez por todas.


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Cambio de planes

En la cima de una colina de roca serrada, detrás de una imbatible barrera de iones, se apostaba un francotirador kheatag disparando fuego de supresión hacia el terreno bajo. Los proyectiles de plasma esculpían una piedra laja, plana e inclinada con forma de rampa, detrás de la cual Romulus Gunnman recargaba su cañón laser de mano con munición thermos.

En ese momento, el pretor de la Legión Suprema no llevaba protección adicional, más que su uniforme casual de entrenamiento de rutina; una franela de sintex negra, un mono de patrones grises y bermejos, botas de cuerlino gruesas y un cinturón de municiones hecho de fibras de carbonio. En dicho cinturón colgaba la funda de un revólver hadrium de doble cañón, su fiel compañero de batallas más antiguo, capaz de disparar proyectiles de partículas hadrio; energía resultante de una fisión radiactiva tan potente como peligrosa.

Romulus era un sujeto que inspiraba respeto y ostentaba una constitución corporal imponente, aunque también era mucho más ágil de lo que aparentaba. Su carrera militar comenzó a tan temprana edad que aceleró su desarrollo físico y mental a niveles asombrosos. Las marcas en su rostro de piel oscura daban buena idea de su experiencia en el servicio. Algunas de las cicatrices de su cuerpo rememoraban aquellas grandes victorias en el campo de batalla, y aunque también había rastros de derrota, estas últimas se mantenían en secreto para mantener su mítica reputación.

La colina entera albergaba poco más de una docena de cadáveres caídos en una batalla que se acercaba a su fin. La cobertura de Gunnman le ponía en desventaja frente al buen parapeto del francotirador alienígena. Cada vez que el plasma impactaba contra las rocas, se alzaba una nube de polvo que luego se disipaba en la dirección que soplaba el viento, hacia el este.

Tras escuchar un nuevo disparo mellando la punta más alta de la piedra, Gunnman se levantó de su cobertura, y dio tres saltos largos haciendo uso de la baja gravedad hasta alcanzar la única columna íntegra de un arco rocoso cercano. Él ya había avistado con anterioridad una pequeña trinchera que, potencialmente, le podía proveer de una mejor cobertura. Sin embargo, el camino directo hacia allí le exponía a la mirada perspicaz del francotirador, quien esperaba el momento preciso para volarle la sien.

Cada vez que el denso polvo de roca le envolvía la cara, Gunnman sacudía sus brazos intentando despejar su campo de visión; un tedioso ritual que terminó dándole una idea poco convencional. Tras accionar la palanca de armado de los rotores de ignición de su cañón láser de mano, Gunnman disparó e improvisó un camino de agujeros, desde el arco hasta la trinchera objetivo, vaciando su cargador thermos sobre el suelo de tierra rojiza. La gran nube de polvo y partículas de cristal que cubrió el terreno, le proporcionó una pantalla tras la cual ocultarse mientras cambiaba de posición.

El intercambio de disparos a través de la niebla se intensificó, pero cuando el polvo se esfumó, no había señales de Gunnman por ninguna parte. Desconcertado, el francotirador keathag se levantó sobre sus dos piernas arqueadas hacia atrás, dejando entrever las protuberancias alargadas de su cabeza, y echó un vistazo al perímetro a través de la mira teleholográfica de su rifle.

Mientras el keathag intentaba develar su nuevo escondite, el micro-acelerador de partículas de hadrio, alojado en el tambor del revólver de Gunnman, se encendió. Precedido por un cadáver haciendo las veces de escudo, el pretor se impulsó a través de la cuesta, dispuesto a asaltar la colina como un torinocornudo salvaje cargando contra un cazador furtivo. El kheatag, por su parte, disparó todas las veces que pudo. A medida que avanzaba, el plasma desintegraba gran parte del fiambre que Romulus usaba como cobertura móvil. Cuando por fin alcanzó la cima, éste se abalanzó sobre el kheatag disparando el revólver un par de veces. Un alarido le hizo saber que había dado en el blanco mientras tiraba los restos de su desgastado escudo desmembrado a un lado.

La tierra rojiza se pintó de verde con la espesa sangre del alienígena. Gunnman observó aquellos ojos asustados, grandes glándulas blanquecinas que se abrían y cerraban con languidez, alrededor de un par de orbes azules y vidriosos. Mientras las membranas laterales de la boca del kheatag soltaban rugidos incomprensibles, ninguna emoción pasaba por la mente de Gunnman. Ninguna intención personal. Aquel alienígena era solo una casualidad que tuvo la mala suerte de cruzarse con él. Entonces, los rugidos cesaron con un último disparo del revólver de hadrio, cuya potencia de fuego era devastadora. Luego de un rato de relativo silencio, el silbido del viento fue interrumpido por el sonar de unos aplausos.

Una figura con traje formal negro apareció en medio del extenso desierto. Su presencia era tan inquietante como un segador acudiendo al llamado de la muerte. Sin embargo, resultaba ser sólo un hombre, cuyo rostro experimentado de cabellos blancos y ojos cansados observaba a Romulus fijamente. La pierna izquierda le tambaleaba a causa de una vieja herida de guerra que nunca sanó por completo. Se trataba de Naevius T'buhana, un veterano de la guerra de Pompeya, y cónsul de la federación.

–Aún no aprendes a dudar –dijo Naevius con la voz ronca, erosionada por el tiempo y la adicción al tabaco krythoriano.

–Aún no aprendes a caminar –contestó Romulus enfundando su revólver.

–Te aseguro que mi forma de caminar es la más idónea para un anciano.

Gunnman miró fijamente al cónsul intentando descifrar sus intenciones, y este simplemente le devolvió una sonrisa amigable.

–Sigues siendo el mejor soldado de la legión –dijo Naevius, mirando de reojo los cadáveres de las víctimas que habían quedado desperdigadas por el campo de batalla.

–Tengo que serlo – reafirmó Romulus, luego de bajar la colina de un salto. La baja gravedad artificial aún le favorecía.

Estando frente a frente, ambos se admiraron por un rato, como se admiraban a los héroes de los viejos imperios y repúblicas. Mientras tanto, el paisaje comenzaba a desvanecerse. La colina, las rocas, los cadáveres y los restos de la batalla. Cada grano de arena se convertía en un pixel de código que desaparecía y daba paso a una estancia de blancura infinita. No parecía haber nada debajo de ellos, porque la luz que emitían las paredes y el suelo no dejaba lugar a sombras. Aquel espectáculo formaba parte de una recámara de proyección de realidad alterna. La simulación de combate había finalizado.

–¿Cómo estás, viejo amigo? –preguntó Romulus, recogiendo el rifle de prácticas que había dejado tirado en la arena antes de que la misma desapareciera.

–En condiciones aceptables para mi edad –contestó Naevius con tono jovial.

–El traje te luce.

–¡Tonterías! Me obligan a llevar estas baratijas–una carcajada hizo eco en la recámara por unos segundos.

De pronto, un portal se abrió en medio de la nada, delatando donde se encontraba uno de los límites de aquella estancia. Atravesando el umbral, alcanzaron una habitación con estantes de armas y equipamiento de primera. Gunnman almacenó su rifle de prácticas en uno de los estantes, como era costumbre, y se acercó a una terminal holográfica para revisar los datos registrados en su excursión.

–Si no te conociera, diría que eres el mismísimo Arthurus Hollistic –dijo Romulus–, solo que no eres dueño de media galaxia.

–No soy dueño ni de mi propia casa –bromeó Naevius–. No tengo la suerte de ser una gran celebridad, como tú.

–Imagino que no has venido solo de visita. ¿Que ha pasado? –Gunnman apagó la terminal holográfica, y fijó la mirada en Naevius.

–Ha habido un cambio de planes.

Las palabras de Naevius no auguraban nada bueno, lo delataba su voz sosegada y una sensación preocupada que le tapizaba las arrugas del rostro.

–¿Me van a ascender? –preguntó Gunnman.

–Aún no, pero no regresarás a la frontera -dijo Naevius,mientras atravesaban otra puerta hacia un vestíbulo muy bien amueblado.

La noticia le enfrió la sien como un gran trago de vrosskel. Gunnman hubiera preferido un cambio de brigada, o un ascenso a custodio, cosa que hubiera detestado con ganas, y no que le alejaran de la frontera con El Anillo de Cauldrom. Siendo el lugar más peligroso, la frontera era un desafío para todo el regimiento asignado a patrullarla y defenderla. Mientras el resto del espacio gozaba de una relativa paz, una guerra silenciosa se libraba en los rincones donde se cruzaban las dos galaxias espirales que conformaban El Syntix.

Gunnman se sentía allí en su ambiente ideal, rodeado de conflicto y en constante movimiento. Una rutina que ni siquiera le daba tiempo para pensar, puesto que, pensar demasiado, era precisamente lo que quería evitar. Holgazanear mientras cientos de cruentas batallas se libraban en los confines del gran vacío, era tarea para políticos y corporativos, no para Gunnman.

–Vaya sitio –dijo Naevius con un silbido de sorpresa, echando un vistazo a una pecera gigante empotrada en la pared del fondo del vestíbulo, cuyas luces reflejaban las ondas del agua en el techo blanco de ceramármol–. Con suerte, dentro de un ciclo podré comprar una de esas, pero del tamaño de un balón de gravitek.

Ambos soltaron una carcajada que mezclaba aprobación y pena. Era incómodo para Romulus lidiar con los anhelos ocultos de un anciano de 167 ciclos que, a pesar de haber servido durante tanto tiempo en la legión, nunca había obtenido tantos beneficios como él con apenas 42 ciclos de edad.

–Dejaré que te prepares. Búscame en el hangar cuando estés listo –afirmó Naevius, atravesando la entrada del vestíbulo y emprendiendo el camino hacia el hangar; la pierna izquierda le tambaleaba más que nunca. Gunnman recordó que, después de tanto tiempo de conocerse, el anciano nunca le había contado cómo se había provocado aquella herida, o, mejor aún, porque simplemente no corrigió su condición, puesto que la medicina moderna era capaz de dejarle caminando como un jovenete recién salido de la academia.

Los aposentos de Gunnman no tenían nada que envidiarle a las residencias más lujosas de Imperia, la famosa metrópolis donde vivía la más alta sociedad de la federación. No tenía nada por lo cual quejarse, aunque le diera igual vivir en una barraca compartida con tres compañeros de armas. Aunque no pasara mucho tiempo en sus aposentos, sólo en los periodos de descanso obligatorio, no tenía que preocuparse por pagar tales lujos y excesos, porque su fama era la moneda que pagaba sus facturas. Claro que, no siempre fue así.

...

Luego de enlistarse en la legión, un joven Romulus tenía ambos, un expediente y una biografía prácticamente en blanco. Según su expediente oficial, había crecido en los pasajes suburbanos de Galatia, el tercer planeta capital, formando parte de una organización criminal de poca monta. Su nombre, Romulus, era lo único que sabía sobre sí mismo, y ni siquiera estaba seguro de que fuera su verdadero nombre, pero ya estaba acostumbrado a que le llamaran así. No tenía muchos recuerdos acerca de su familia, tampoco parecía tener algún nombre patrónico registrado. Parecía un espectro proveniente de ninguna parte que solo se tenía a si mismo para sobrevivir. Sin embargo, al enlistarse, se borraron sus antecedentes penales y se le asignó un nombre sustituto; Gunnman. Fue entonces cuando Romulus Gunnman se convirtió oficialmente en ciudadano de la federación y recluta de la Legión Suprema.

El ascenso de Gunnman en las filas militares fue abrumadoramente rápido. Poseía habilidades extraordinarias para el combate táctico y la implementación de estrategias de campo, lo que llamó la atención de Naevius T'buhana, quien para ese entonces era pretor. Bajo su tutela, Gunnman incrementó su rendimiento de forma exponencial, lo que abrió la posibilidad para que formara parte de un equipo de operaciones especiales llamado Firewall, bajo las órdenes de la experimentadaprimus pilus, Tiberia Khan; quien más adelante extrañamente se convertiría en su subordinada.

Cuando estalló la última guerra civil, la Insurrección del Tridente de Argos, sucedida poco más de diez ciclos atrás, Gunnman demostró su potencial en las misiones llevadas a cabo más allá de la frontera. Planes de sabotaje, infiltración y recolección de datos de inteligencia, formaron parte de su día a día como comando operativo mientras su reputación crecía a pasos agigantados, y la rebelión se desmoronaba gradualmente.

A pesar de que los rebeldes tenían una derrota asegurada, en un intento desesperado por cambiar las tornas de la guerra, el grueso de la flota guerrillera del Tridente de Argos se dispuso a capturar al Verdad Absoluta, el crucero insignia de la junta de gobierno de la federación. El crucero se encontraba en su paso por la provincia de Traciat, un terreno neutral de gran importancia estratégica, llevando a cabo una misión diplomática para asegurar el apoyo de la región y el anexo de un nuevo territorio; lo cual aseguraba una relativa victoria frente a los rebeldes. El ataque sorpresa causó conmoción en toda la galaxia. Para cuando se descubrió que el acuerdo diplomático era una trampa, la guerrilla ya había logrado capturar a los representantes de la junta de gobierno, tras una cruenta batalla librada en la órbita de Galatos Fern, un pequeño planeta habitado por comarcas mineras.

Durante un tiempo, ninguno de los bandos se atrevió a movilizar tropas contra el otro. Los rebeldes presentaban una ventaja al tener bajo custodia al organismo gubernamental más poderoso de la Federación Legadora Intergaláctica. Sin embargo, su fuerza militar había mermado por la falta de recursos, y necesitaban tiempo para reagruparse e intentar nuevas incursiones. Por otra parte, la Legión Suprema no podía arriesgar un ataque directo, pues la muerte de algún miembro del poder ejecutivo desestabilizaría el orden político y social que sostenía a la federación, y daría pie a una rebelión aún mayor. La pausa duró varios meses del cuadragésimo ciclo galáctico del sigma del galeno, promoviendo el miedo entre aquellos que sabían que el volcán de tensiones podía hacer erupción en cualquier instante.

En alto secreto, la legión organizó una misión de rescate que solo podía ser asignada a los mejores agentes. Esta vez, tomaría el mando el mismísimo Naevius T'buhana, quien, tras un par de meses de preparación, lideró al comando Firewall en una nave de sigilo Goliath, modificada con propulsores gamma-4capaces de realizar un viaje ultra-espacial, desde Esparta, el planeta cuartel de la legión, hacia la provincia de Traciat.

Como era de esperarse, El Tridente de Argos había establecido una colonia marcial en Galatos Fern, y un bastión de defensa alrededor del crucero Verdad Absoluta. Solo existían testimonios hablados de lo que sucedió allí. La versión más conocida fue la que difundieron los medios, en la que Romulus Gunnman abatió al líder del tridente, Darius Baker, tras un enfrentamiento en el puente del crucero. Incidente que dispersó a las fuerzas rebeldes, permitió el rescate de los miembros de la junta de gobierno, y propició la disolución de la rebelión de una vez por todas.

La historia de la batalla de Galatos Fern atravesó los confines de las dos galaxias con extrema rapidez; le otorgó a Romulus una fama sin precedentes, un ascenso directo a pretor de la legión, y el mando del ahora legendario pelotón Firewall. Además, por órdenes del consejo, se le confirió el título de Guardián de la Verdad, en un acto honorífico al cual se rehusó a asistir hasta que Naevius se lo pidió en persona.

Una década cíclica había sacudido el universo desde entonces, y aunque Gunnman había envejecido un poco, aún era el mejor soldado de la legión; un activo valioso para algunos, y peligroso para el resto.

6 ноября 2019 г. 0:05:26 0 Отчет Добавить 1
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