jhonmoralesm Jhon Morales

Tras extraviarse en el monte, Absalón poco sabía acerca del problema que le corría pierna arriba. Tan solo aquellos experimentados y, con años hasta para obsequiar, conocen la encarnación de la justicia que la Madre de Todos ha concebido para mantener a raya el progreso del Hombre. La leyenda del Hojarasquín del Monte. [Adaptado al dialecto campesino colombiano]


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Centinela entre la maleza


—¡Manuel!

Pasaron como cuatro horas desde que el primo y yo nos embolatamos a mitad de ese monte. Yo me estaba quedando afónico de la llamadera.

—¡Manuel, conteste!

Sin respuesta. Vea, sabía que entramos al monte enchichaos, pero no tanto como para perder el camino así. El huevón ese me dejó ahí votado pa’ rendir labor. Chuchito sea mi testigo que así fue. Una horita más y se me iba la luz, ¿Dónde andaba?

—¡Manuel, aparézcase! ¡Ya no va a conseguir seca esa leña!

Preferí coger de nuevo por la trocha del arroyito, que de pronto me llevaba por el camino principal, pero resulta que no era ese. Extrañado, me acordé que por otro camino llegaba también allá; imagínese cuál fue mi sorpresa que, agarrando por ahí, puro monte y la vía por ningún lado. Vea, le juro que no sabía pa’ dónde coger; una vaina pero rarísima. Y me dio pues por volver a berrear, a ver si el Manuel paraba bolas.

Nada. Del primo ni noticias. Resulta entonces que lo alcancé a distinguir detrás de unos chamizos. Oiga, me le fui para allá todo emberracado y si no fuera porque se me quedó con la rula, lo levantaba a planazo, no importaba que fuera más grande.

—¡Quiubo, Manuel! ¡Gran guaimarón, todo el día! ¿A usted cómo se le ocurre dejarme tirado, pues? —Le gritaba mientras a mano limpia echaba los chamizos a un lado.

No me crea si no quiere, usted verá. Del primo lo que encontré fue la camisa. Yo echando rabieta porque ése tenía la costumbre de trabajar con la franela. Pero la camisa tenía los botones arrancados.

—Ve, qué vaina tan rara —me dije.

Media horita pa’ que anochezca. Yo cagado. Me puse a mirar con cuidado el caminito a ver las huellas de los animales. Pa’ que vea que estaban de unos cascos, como de venado. A mí el abuelo me decía que por aquí el venado se cruzaba la vía principal de casi a la noche y bueno, arranque yo a seguir las huellas; al otro que se lo comiera el tigre. Vea, como quince minutos siguiendo la sendita y doble, y doble, y doble, hasta que: ¡No! Volví al mismo pedazo de siempre. Pa’ qué le cuento, yo estaba que me chillaba. Una camisa ajena en la mano y ya casi oscuro, figuró amanecerse ahí, si no me moría del frío.

¡Oiga! Como si el palo tuviera pa’ más cuchara. Yo ahí parado y como que me sonaba a alguien hablando por ahí. Sonaba pasito pero no sabía pa’ dónde coger; qué va, yo no me movía de ahí. Que el otro viniera y ojalá que fuera el primo. Nada. Me puse dizque a ponerle atención y no lo podía creer.

—Absalón Peña —Se puso dizque a mentarme el tipo, como si me fuera a espantar.

—Absalón Peña —Pero vea, lo decía todo como todo arrastrado. Y esa vaina sonaba como veinte personas.

Si el Manuel me quería era vacilar. Uno ya estaba todo tarde y la patrona venga a echar cantaleta. La cantaleta que se nos venía.

—¡Absalón Peña! —Entonces sonó durísimo, parecía un trueno.

Yo me santiguaba. Me hice como todo el rosario ahí mismito.

—¡Dios Bendito, Padre Creador Bondadoso! ¡Me le encomiendo! ¡Aléjese en nombre de Diosito! ¡Manifiéstese y quédese lejitos!

Si no me cree, vecino, le juro que no volvió a sonar. ¿Le digo qué pasó después? Yo no supe cómo fue eso, pero no oscurecía. Todos esos días a las seis y media anochecía. ¡Siete y cuarto de la noche! Y todo claritico. De parte de Dios o del Diablo, la persona esa tenía que ver. Me pegué al murito de piedra de esos que hay naturales, los resguardo de los indios. Ahí me santigüé otro poquito y a echar el Credo como veinte veces.

Me dio por recostar la mano en el murito y qué espanto. Palpaba y se sentía como una cara la que estaba ahí. Fría como muerto. Se me ocurrió mirar y ¡Eh, Ave María! La cara esa salía de la misma piedra, toda tullida de musgo. Botaba candela por los ojos, me pareció. Las piernas, tiesas. Me quedé atolondrado con aquella presencia. Y vea que me echó la mirada.

—Absalón Peña —hablaba el diablo como atembao’, pero retumbaba—. Ustedes dos se metieron muy profundo en el monte.

—Vea señor… —como pude me eché los santos y le contesté—, nosotros nos perdimos como hace un montón de horas y yo no doy pa’ salir. Si las tierras estas son suyas no más diga dónde está el camino, que yo me zampo lejos de aquí.

—Ustedes están perdidos mientras yo diga que lo están —No parecía brava la cara.

—¿Y Manuel, mi primo? ¿Sabe dónde está?

—Más perdido todavía.

La vaina esa se quedó callada un rato, pero no alcancé a hablar de primero.

—Vinieron a quitar. Ya quitaron bastante haciendo sus caminos. Vinieron a hacer más caminos. El otro venía con acero y haciendo trocha sin permiso.

—¡No señor! ¿Cómo cree? No más vinimos a buscar leña, pa’ la noche. El primo iba a repicar algún palo caído, señor.

Y como si sacar la cara de una piedra no fuera cosa ya bastante maluca, el diablo aquél empezó a salir del murito. Se llevaba consigo las piedras y toda la maleza que había ahí, como arropado. Yo écheme pa’ un ladito, que si no me sepultaba.

—Y no vino nada más por leña.

—¡Virgen Santísima! Nada más era pa’ eso. Vea, yo no hice nada. Yo no más me quiero ir de aquí, pa’ la casita con la mujer.

Eso no era más que una pila de hojarasca y quién sabe qué vainas más, como de cinco metros. El hombre era un gigante, todo flacucho; se iba arropado con toda la maleza. Tenía el pescuezo largo como las jirafas, esas que el niño mío tiene en la cartilla del colegio. Las patas largas y los brazos también.

Eso caminaba lento y se oía que rezongaba, bramaba como los bueyes. Le colgaba una barba que eso parecía puro bejuco, ¿O era el bigote? Ni idea. Tenía una cornamenta, tullida de flores; tenía flores por todos lados, había flores pa' veinte silletas. Cuando mostró las manos casito llegaban al suelo. El señor no proteja de un manotazo del diablo ése. Por donde pisaba se le pegaban raíces, y de las mismas patas le salían otras como de ciervo. A mí me sonaba que el abuelo me contó de un espanto así.

Yo ahí, quietecito. Me dio por correr pa’l otro lado y cuando le llevaba como cien metros, me estrello con la ruana de yerba que traía encima. Volví al mismo pedacito. Casi me lloraba, creí que me iba a comer o nada más matar ahí.

—¿De qué culpas corre, Absalón Peña? —El tipo seguía todo calmado, yo creo que apenas me sintió— Párese, que está dañando más la hierba con tanta prisa.

—Señor diablo, es que yo no sé qué quiere hacer conmigo. Mire, si me deja ir le juro que no vuelvo a entrar en estos matorrales. Por el abuelo mío, ánima bendita que Dios lo tenga en su Gloria, que no vuelve a saber de mí.

El hombre no me respondió. Yo lo vi todo embelesado, mirando pa’l horizonte todo el ocaso bonito, que además el sol no se ponía. ¿Se imagina usted semejante barbaridad?

Entonces al ratico volteó pa’ donde yo estaba y me habló.

—Yo lo dejaba aquí enterrado, si tuviera deudas pendientes conmigo. Antes estoy esperando que se largue, Absalón. Y en lo que respecta a su promesa, más vale que la cumpla, sea por sus ancestros o por su dios.

Vea, yo nunca en la vida me sentí tan lleno de júbilo ese día. La había sacado barata, pues si se puede decir eso. Ni cuenta de las gracias que le echaba a Diosito por sacarme de semejante apuro y de paso también al diablo verde, que tuvo la buena voluntad. Es que siempre es bueno vivir la vida como el Señor manda ¿Sí o no?

—Venga, señor diablo, ¿Por dónde cojo, pues?

—Siga el camino del ciervo. Ahí están las marcas.

—Pero… si por ahí agarré y mire usted qué recoveco. Por favor, ¿Segurito que es ése?

—Tiene que tomarlo por el sentido contrario a la huellas, o de lo contrario lo van a llevar a mí siempre. Y sepa que cuando lo vuelva a ver…

Muy agradecido estaba yo.

—Y… ¿Dónde está el primo? Mi primo, Manuel.

—Por él ya no pregunte, Absalón. Váyase antes que cambie de idea. Pero primero, siéntase afortunado; porque su pariente venía con otras ideas, no solo cortar leña. Uno no escoge a su familia. Yo ni siquiera estaba en la obligación de intervenir, si no fuera por el acero que traía. Ya bastante han quitado, no iba a tolerarle ésta. Váyase Absalón. Me debe la vida con lo poco que significa para mí.

—¿Cómo va ser…?

—¡Hasta nunca!

Y casi corro todo raudo por donde me señaló el hombre. No me fui todavía, pero me quedé calladito para que no se emberracara el otro y me fuera a matar en serio. Ah, pero él sí se marchó, todo lento y arrastrando la sábana de hojarasca. Pero lo que vino después ni me lo va a creer. Ahí, medio viéndolo salían dos piernas a rastras; poquito a poco se iba cayendo la hierba y se le veía la cara al pobre difunto, si estaba difunto, que llevaba el diablo. Cómo va a ser que resultó ser el primo. Vea, me llené de un pesar. Yo había crecido con él desde chiquito; y yo sé que me cogió rabia desde hace un rato, pero así como para atentar contra mí como dijo el otro, yo no sé.

Lo que sí es la puritita verdad, vecino, es que para allá no volví ni encañonado. Allá el monte se comió al primo Manuel, la rula que al otro diablo no le gustaba tuvo que haberse podrido ya, así que ni pista de dónde quedó. Nadie me creía que la noche se demoró ese día, porque dizque nadie notó eso. Que me parta un rayo aquí mismito si lo que me pasó no fue verdad.

Póngame cuidado. Si piensa meterse pa’l monte, téngale miedo al Hojarasquín y ande con la conciencia tranquila.





23 октября 2019 г. 23:15:15 1 Отчет Добавить Подписаться
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Об авторе

Jhon Morales Un simple aficionado con delirios de dios lovecraftiano que nunca se conforma con lo que ya había escrito y de vez en cuando libera a la luz algo decente. Amante de la ciencia ficción y la fantasía; de vez en cuando policíaco y ávido seguidor del horror. Soy un procrastinador empedernido, pero me encuentro resolviendo eso. Tal vez una poca de presión baste. Entre los autores que me han motivado a seguir la noble senda de la escritura están Verne, Poe, Wilde y por supuesto Lovecraft.

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Félix Acosta Fitipaldi Félix Acosta Fitipaldi
Excelente relato, de esos que uno lee con atención y placer. Gracias.
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