Té en el Somme Подписаться

yasnaiapoliana Yasnaia Poliana

La Primera Guerra Mundial ya se cobró dos años y muchas vidas. Es 1916, y en una arriesgada e infructifera estrategia, el gobierno británico inicia una nueva batalla junto al río Somme en Francia. En un hospital de campaña atestado, el doctor Turner conocerá a muchas enfermeras pero a ninguna como Mannion. Esta es una historia que surgió como un fanfic de la serie inglesa Call The Midwife. serie ambientada en la posguerra. En este caso trasladé los personajes hacia la Primera Guerra Mundial.


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Capitulo 1

Somme, Francia. –Julio 1916



Hacía tiempo que las tierras que dormían junto al río Somme habían dejado de ser verdes y frescas para ser sólo un agujero quemado por el sol y el fuego, sofocado con interminables lluvias que daban paso a nuevos e infernales días de calor. El río que cortaba esas tierras era caudaloso, pero muchas veces sus aguas se teñían color sangre, sangre joven e inocente.

Desde la puerta, Patrick Turner contemplaba aquel páramo durante una tarde que moría, cuando vio que un contingente de la Cruz Roja llegaba al hospital de campaña. No era la primera vez que venían enfermeras, de hecho hacía tiempo que él pedía más personal, pero era la primera vez que junto con las enfermeras también llegaban monjas. El médico resopló fastidiado, esto no es lo que había pedido. Lo que menos quería era escuchar discursos sobre paraísos eternos y rezos constantes. Era ridículo prometer recompensas a hombres literalmente destrozados. Justamente, debido a eso, el mes anterior había echado a los gritos y mandado a otro hospital a un vicario recién llegado.

A esas alturas ya no tenía paciencia. Y menos con mujeres.

Sin embargo, dos horas después de las presentaciones de rigor, su idea acerca de la función de las monjas y de las mujeres comenzó a cambiar. Esperó que lo único que hicieran fuera estar sentadas estorbando, pero una tal Hermana Evangelina que tenía una voz que tapaba cualquier cañonazo y que daba órdenes a diestra y siniestra, no había parado un segundo de desinfectar y vendar heridas, dar de comer, y limpiar el lugar. Otra monja a la que llamaban Julienne trabajaba de la misma manera pero sin gritar tanto, aunque no perdía de vista a ninguna de las jóvenes enfermeras.

–¿Qué mira? –preguntó la hermana Evangelina al encontrarlo perdido en sus pensamientos–Como jefe de este lugar supongo que trabaja y no se queda ahí parado mirando a la nada.

–Lo siento, sólo estaba observando su trabajo.

–Mientras mire eso y no otra cosa, como las chicas, estaré agradecida. Este lugar es un desastre.

–Lo sé. No damos abasto.

–Y, si usted se queda ahí parado es lógico que no den abasto. ¿Qué quiere, Mannion? –Evangelina miró a la pequeña enfermera que estaba a su lado y que parecía aterrorizada de hablarle. Turner también la miró, y por un momento se preguntó qué hacía una niña allí.

–Creo que...necesitamos refuerzos, es imposible que nos hagamos cargo de todos estos hombres, conté unos diez médicos y apenas cincuenta enfermeras y hay más de ochocientos soldados internados.

–Recién llegamos, no podemos estar pidiendo refuerzos. Nos arreglaremos. Primero que nada, dele un té al doctor, creo que lo necesita.

Mannion asintió y se fue corriendo. Evangelina continuó gritando y dando eficientes órdenes y él miró su lista: tenía que ver a dos soldados que la noche anterior habían sido amputados. Eso era lo que más espanto le causaba, los cuerpos destrozados pero no muertos. No le encontraba sentido a salvar una vida si era para vivirla así. Si pudiera detonaría todo aquel hospital, en lo posible con él adentro.

–Doctor, su té.

Salió de su ensimismamiento y vio a la niña-enfermera, como ya la estaba llamando. El primer sorbo de té lo reconfortó pese a que hacía bastante calor en el lugar.

–Gracias, está muy bueno. –le sonrió, y era la primera vez en semanas que lo hacía. Viéndola bien, no era una niña, sólo que era muy pequeña de cuerpo al lado de las demás mujeres del hospital. Llevaba gafas y pudo ver que detrás de ellas tenía unos imponentes ojos azules llenos de vida. Seguramente estaba entusiasmada cuando salió de su casa y en dos horas todavía no había visto la realidad que tendría que enfrentar.

–¿Puedo ayudarlo en algo? –ella preguntó con vacilación, apenas mirándolo. Se retorcía los dedos con nerviosismo y daba pequeños respingos cada vez que escuchaba la voz de Evangelina.

–Sí, despierte y lléveles té a estos dos soldados. –Turner marcó en su lista los dos nombres, ella se acercó un poco más, ajustando sus gafas con los dedos–Tengo que decirles que fueron amputados y con un té las cosas irán aunque sea un poco mejor.

Mannion frunció el ceño y bajó la vista. Él la encontró visiblemente molesta, o preocupada, o quizás asustada, pero en definitiva su expresión había cambiado su rostro de hacía apenas unos segundos atrás.

–Enseguida, doctor.

*******

Cuando la vio nuevamente estaba junto a los dos soldados; uno tenia las manos demasiado temblorosas como para tomar por sí solo su té así que ella lo ayudaba sosteniendo su taza y acercándole la cucharilla a la boca; el otro tomaba por sí solo pero no dejaba de preguntar qué estaba sucediendo con sus piernas.

–Gracias, eres muy bonita. –dijo el de las manos temblorosas alejando la taza de té. Ella no dijo nada, sólo le dio una sonrisa brillante.

–Enfermera, ya puede irse. –dijo Turner.

Ella levantó la vista, lo miró con tristeza y asintió. Tomó las tazas de ambos soldados y se fue caminando con lentitud, sin volver a mirarlos.

********

Los días continuaron llenos de sangre y del tableteo de las ametralladoras. Turner podía decir que se había equivocado completamente cuando vio por primera vez a las monjas. Una semana le bastó para saber que no podía vivir sin ellas y su organizada atención que hacía que todo marchara bien pese a que el número de soldados que llegaban no paraba de aumentar y tenían tres enfermeras menos que habían mandado a Londres debido a que tenían una extraña enfermedad. Sospechó que podía ser la gripe española, pero no se condecían todos los síntomas. De todos modos, ante esa enfermedad había que actuar rápido así que enseguida pidió que las trasladaran. La ausencia de tres enfermeras se notaba muchísimo, pero el resto hacía todo lo que tenían en sus manos para que a los soldados no les faltara nada.

Con tanto trabajo, era imposible hacer algo tan básico como dormir, y cuando Turner tenía el tiempo, su mente no lo dejaba descansar. Sin embargo su cuerpo solía rebelarse haciéndolo dormir en cualquier parte.

–Doctor.

Asustado, abrió los ojos, intentando enfocar la vista hasta que vio los ojos de Mannion detrás sus gafas de marco dorado.

–Lo siento, me dormí. –dijo incorporándose rápidamente de la incómoda silla en la que estaba. Su cuerpo se quejó, pero no le hizo caso.

–No lo culpo, doctor. ¿Té? –ella le tendió una taza humeante.

–Gracias, eres un encanto.

La chica se sonrojó y miró hacia otro lado.

–¿Cómo te llamas?

–Mannion. –respondió confundida.

–Dije cómo te llamas, no tu apellido.

–Shelagh.

–Nunca escuché ese nombre, parece...

–...escocés. –completó ella–Soy de Aberdeen.

–Con razón eres testaruda, te he visto discutiendo más de una vez con la hermana Evangelina.

Ella reprimió una sonrisa tapándose la boca con una mano.

–Debería ofenderme por lo de testaruda pero tiene razón. Y la hermana Evangelina también tiene razón, así que debo aprender a obedecer.

–¿Para ser una mejor enfermera?

–No, para entrar al convento.

Se quedó pasmado. ¿Cómo una chica tan joven y bonita podía entrar a un convento? ¿Qué razones tendría para hacerlo? Seguramente algún desengaño amoroso, ¿pero qué hombre podría hacerle eso? De pronto se sintió muy estúpido por pensar algo así. A él no debía importarle.

–Suena raro, lo sé. –dijo ella ante su silencio, mirando el suelo.

–No, si es lo que te gusta, adelante.

Ella sonrió apenas otra vez pero sin mirarlo.

–Debo irme, hay mucho trabajo para hacer.

23 октября 2019 г. 0:05:50 0 Отчет Добавить 0
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