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lihuen Paola Stessens

Rey, un curioso pez, esta entre aceptar su vida rutinaria del arrecife o salir al vasto océano a cumplir su sueño de explorador; pero ¿que hacer cuando todos le dicen que salir es una locura?; la oportunidad de decidir llega cuando se escuchan rumores de que algo muy extraño esta pasando con el monte más gigantesco del océano...


Короткий рассказ Всех возростов.

#origen #aventura
Короткий рассказ
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CURIOSIDAD

Desde pequeño, Rey se había caracterizado por ser inquisitivo y arriesgado en sus andanzas. A muy corta edad, había descubierto que más allá del arrecife existía un mundo más diverso, y por esa razón más excitante que la tediosa seguridad que le daba su pequeño hogar, donde todos los habitantes se conocían demasiado bien y actuaban de forma predecible, por no decir repetitiva.

Los depredadores usaba siempre los mismos camuflajes, y se ocultaban en los mismos lugares, aunque al parecer con buenos resultados, pues siempre había algún distraído o desmemoriado al que se le olvidaba el pasaje que atravesaba en el que se ocultaba el pez piedra, o las piedras huecas de las que brotaban las anguilas.

No obstante, él estaba mejor preparado. De pequeño su padre le había enseñado a observar lo que para muchos, en espacial lo visitantes nuevos, era imperceptible.

− Si te fijas bien, − le decía mientras recorrían los corales, − verás que aquella roca no es una roca y que esa planta más que planta es una cazadora y ni hablemos aquel bosque de burbujas semi-trasparentes, cuyos movimientos serenos son solo una fachada que esconde su verdadera esencia mortífera.

Fue así como poco a poco, cada detalle minúsculo, cada cambio sutil o leve movimiento se convertían en señales que le iban marcando las idas y venidas de su pequeño mundo que se fue convirtiendo un nido seguro y por ende un poco tedioso.

El vasto y profundo océano, sin embargo, se habría ante él como una flor misteriosa, de infinidad de pétalos, que seguramente ocultaba los secretos más fascinantes de aquel universo.

La sola idea de ver criaturas y plantas diferentes, o de descubrir algo jamás visto ni pensado, lo mantenía despierto hilando todo tipo de conjeturas, y cuando finalmente se dormía, rugidos provenientes de lo desconocido, hacían volar su imaginación a lugares de excitante belleza e innumerables peligros.

Los deseos y añoranzas premeditadas son la base de las locuras. Se piensa primero, se rechaza después, y luego cuando menos se espera, los pensamientos distractores vuelven aparecer. Su padre le había dicho una vez que los sueños eran el sustento de la vida, y los miedos, en cambio, era la base del fracaso. Era una reflexión que le había quedado grabada en su mente, aunque ahora que su padre ya no estaba, le daba curiosidad saber cuáles habrían sido sus sueños; pero ya era tarde para preguntar. Él ya se había ido.

Por otro lado, las pocas amistades que tenía reaccionaron de forma brusca y burlona cuando él se animó a poner en palabras lo que asediaba su mente.

− ¿Estás loco amigo?, −exclamaron al unísono abriendo bien grande sus ojos saltones, y luego vinieron los consejos: −Porque en vez de hacer algo tan estúpido, no te buscas una buena esposa y agregas tu granito de vida a esta bella comunidad que te ha dado tanto.

Rey pensó que quizá tuviera razón. Unos cuantos pequeñines que cuidar lo mantendrían tan ocupado que ya no pensaría en tantas locuras. Y ni hablar cuando tendría que enseñarles a detectar los peligros del arrecife; el pasaje de las anguilas, el bosque de medusas, la guarida del pez piedra... al rememorarlos, se le escapó un bostezo. ¿Cómo habría hecho su padre para mantener el entusiasmo durante las lecciones?, se preguntó. Lo recordaba siempre bien dispuesto y con un aire solemne. Sus gestos, algo exagerados, y sus palabras de tono grave, habían acompañado cada demostración haciéndolas más interesantes; aun recordaba su paciencia cuando él o sus hermanitos se equivocaban, su paciencia en volver a repetir, en volver a reafirmar y si no era suficiente, no dudaba en retomar desde el principio.

Así había sido su padre, un verdadero modelo a seguir. Sin embargo, cuando alguno de ellos le preguntaba por el vasto océano, ese que se extendía al más allá, entonces, algo en sus forma de expresarse cambiaba. Era una transformación casi imperceptible y duraba tan solo unos segundos. Podía manifestarse en una pausa silenciosa, un balbuceo o incluso traslucirse en una mirada vacía. Algo muy fugaz, que era borrado rápidamente por las estrategias propias de un adulto (ahora lo sabía, pero no en ese entonces), tales como un súbito cambio de tema, o el típico se acuerdan que …., o me olvidaba de contarle algo sobre…., que les parece si vamos a ….. . Cualquier distracción bien llevada era suficiente para que el asunto quedara enterrado bajo nuevos interrogantes; para sus hermanos, claro. Para él, en cambio quedaba el vacío y la desilusión. Un espacio trasparente. Una interrogante sin responder.

Lo mismo le pasaría a él si tuviera un Rey en la prole. Y entonces ¿qué haría? Ensayó una sonrisa falsa, un cambio de tema, una pequeña broma, pero el peso del vacío pudo más y cada intento terminó en fracaso. Definitivamente, él no era su padre. Y jamás lo sería. Por esa razón, quizá, debía seguir sus consejos. Debía vencer sus miedos y perseguir sus propios sueños.

Y ese día llegó; y fue tan escandaloso como es el avistaje de las gigantescas ballenas en el horizonte y tan aterrador, para algunos, como la sombra de un tiburón.

Para él, en cambio, fue como experimentar un huracán de sensaciones. La mejor bebida para su alma y la mejor sinfonía que oyeran sus oídos.

Se trataba de un extraño y catastrófico suceso que estaba sacudiendo los diez puntos cardinales del vasto mundo azul. Los más exagerados, decían que algo terrorífico estaba ocurriendo en todo el océano, y cuando daban detalles, hablaban de explosiones y terremotos que sacudían las algunas sin una razón aparente. Estos rumores imprecisos tuvieron un gran efecto en la comunidad, sumiendo a las mentes de los habitantes en una terrible paranoia. Lo de siempre, cuando algo desconocido ataca a una pequeña población acostumbrada a las pequeñas rutinas propia de un mundo pequeño.

Afortunadamente, con la llegada de nuevos mensajeros el panorama se fue aclarando. Ya no se trataba de explosiones y catástrofes en todas partes, sino que el lugar del suceso tenía un solo nombre; era el monte Amarat, o más conocido como la formación rocosa más prominente de todo el océano.

Nadie sabía bien que estaba aconteciendo, pero según lo testificado por unos pocos sobrevivientes, el monte Amarat estaba siendo sacudido por innumerables terremotos y erupciones volcánicas, convirtiéndolo en una revuelta de lava y lodo que nadie sabía bien a donde iba a terminar.

En un comienzo, cuando las novedades son fresquitas, todos y cada uno de los habitantes se empeñaban en agrandar cada detalle hasta el punto que los interlocutores inflaban los ojos como dos enormes burbujas, o abrían la boca como si quisieran tragarse al océano completo.

Comentarios como “ríos de lava”, se transformaban en “huracanes o ciclones de fuego”, los cuales se intensificaban incluso más cuando los cardúmenes especialistas en drama y actuación, narraban los sucesos creando las escenas a través de la sincronización de sus cuerpos.

Entre tanto, a Rey le daba nostalgia que los legendarios montes de Amarat se hubieran destruido antes que él pudiera explorarlos. Le daba rabia haber sido tan lento en sus decisiones; Amarat era el encabezado de su lista, y ahora que ya no estaba, la motivación a salir ya no era la misma.

Cabizbajo, Rey escuchaba como los alpinistas que habían osado cruza los picos de la ya inexistente muralla, se habían vuelto los seres más aclamados en el océano. Los peces del arrecife no hablaban de otras cosas, y eso a Rey le dolía, pues de haber sido más valiente, él podría haber sido famoso como el pez vela, considerado el más veloz del océano, o el delfín, una raza inteligente.

En cambio los peces payaso de cola amarilla como él, ¿en que se destacaban? En nada. Solo eran pequeños habitantes de arrecife cuyo nombre se perdía en la pequeñez de una comunidad tan parecida a otras; además de aburrida.

Al tiempo, la oportunidad esperada, volvió a irrumpir en la puerta de su anémona porque esta vez los andariegos delfines, trajeron novedades más interesantes.

Según decían estos gigantes, la gran muralla, aquella que había separado las aguas por tanto tiempo, se estaba transformado en una gran superficie que al parecer sobresalía bastante de la superficie, como jamás se había visto antes, ni se creía que podría suceder. Estos informes provenían de algunos mamíferos ávidos de fama que habían osado acercarse al lugar, motivados quizá por la recompensa prometida por los gobiernos de las diez regiones.

A Rey, estos relatos le resultaron fascinantes. Trataban de algo novedoso, sin precedente, y muy peligroso; en otras palabras, la aventura que había estado esperado toda su vida. Cada línea que leía o reportaje que escuchaba sobre estos extraños sucesos, fueron cautivando su mente y empujándolo para ponerse en acción.

En poco tiempo, ya se encontraba atravesando las aguas, algunas veces entremezclado en algún cardumen, y en otras, iba en ancas sobre algún gigante que, conmovido por sus anhelos de explorador, se ofrecía a llevarlo un tramo, a cambio de que algún día hiciera público sus descubrimientos.

−Te harás famoso− le expresó una ballena transportadora −, hasta ahora eres el único con intenciones de ir a quedarse por esos lados; y si lo logras, esperaré ansiosa lo que tengas para revelarnos acerca de esa rara inmensidad.

Pasaron varios días hasta que nuestro amiguito por fin pudo arribar al lugar de los hechos. A medida que se acercaba, el agua todavía turbia y llena de residuos le fue nublando la vista y boqueándole las branquias. Entre tanto, alguna que otra alma deambularte le fue advirtiendo que se mantuviera a una distancia prudente, pues la catástrofe había transformado las aguas en una inmundicia obscura, salpicada de partículas que dificultaban el nado y golpeaban a los transeúntes. Rey, escuchó las advertencias con solemnidad, pero sus deseos de saber más, lo impulsaron a adentrarse en aquel territorio caótico y dando pequeños saltitos, fue espiando desde la superficie a la hermosa aparición amarronada y rocosa que se expandía en forma irregular, cubriendo una vasta porción de agua.

De tanta alegría y satisfacción de ver algo tan extraordinario, no supo cuánto tiempo pasó rondando la enorme extensión, pero si se dio cuenta que en cierto punto, durante ese etapa, las aguas se fueron aclararon y numerosas multitudes de curiosos fueron apareciendo, haciéndole compañía en sus vigilias y desvelos. Sin embargo, la presencia de aquellos extraños era siempre casual y breve, pues ni bien se advertían que nada raro sucedía, volvían a sumergirse en las aguas, buscando algo más entretenido que hacer. Rey, por su parte, seguía fiel a su misión exploradora, no sin darse cuenta que aparentemente, él era el único que detectaba aquel cambio de realidades, lo cual implicaba, para bien o para mal, el surgimiento de un mundo nuevo que se estaba transformando en algo más, aunque todavía no sabía bien en qué.

Un día, como tantos otros, un extraño, venido de no sé dónde y cómo tantos a husmear, se le acercó para averiguar acerca de aquel fenómeno.

−Hermosa visión. ¿Tiene algún nombre?−preguntó la desconocida

−La han bautizado la tierra−le contestó él sin prestarle demasiada atención.

−Tierra, valla que linda denominación-dijo la dulce voz con asombro− El nombre perfecto para algo sencillo pero firme.

A Rey le encantó aquella observación y por eso comenzó a prestarle un poco más de atención, que el que acostumbraba a darle a otros curiosos.

−Tienes razón –contestó Rey entre suspiros, expresando así su adoración por aquella masa curvilínea que ya se iba tornando de color verdosa—. Si la hubieras visto antes, te sorprenderías lo cambiada que esta.

−Pero podrías contarme −dijo su acompañante, estirando la cabeza lo que más podía−, me encantaría saber más de ella.

El comenzó a dar rienda suelta a todo lo que sabía sobre la misteriosa tierra y era tanto el entusiasmo de ella en escucharlo y el de él en contarle que ninguno se dio cuenta de cómo fue pasando el tiempo hasta que se hizo muy oscuro y ya no podían ver más que las estrellas.

−Es mejor que vayamos a descansar−sugirió Rey a su compañera que no tardó en dormirse acomodada en la hoja de una alga.

Rey, por su lado, tardó más en conciliar el sueño. Siempre le pasaba cuando estaba ansioso o algo lo sorprendía; así que se dedicó a observar a la intrépida pececita; era una hermosa, de color dorado y mejillas azul centelleante. La pequeña se mecía a su lado pesadamente, quizá por el agotamiento del día.

<<No durará mucho>> pensó Rey mientras cerraba los ojos, seguramente se irá en uno o dos días, como lo hacían casi todos cuando se aburrían o les dolía el cuerpo de tanto saltar fuera del agua.

Pasaron más de siete lunas y por alguna razón inexplicable, el cuerpecito azul dorado permanecía en su posición sin perder el entusiasmo ni la motivación del primer día. Era una verdadera compañía para Rey, pues con ella podía dar rienda suelta a sus especulaciones, de lo que podría o no haber entre el espeso follaje que crecía día a día y que se balanceaba con cada brisa matutina.

− ¿Crees que así como han crecido esos bosques de algas terrestres, también existan otro tipo de criaturas? –comenzó a deducir la pececita mientras hacía malabarismos para mantener el cuerpo erguido.

−Claro que lo pienso; mira todo ese espacio para que nadie lo habite, sería un desperdicio −afirmó él dando pequeños saltitos.

−Como me gustaría poder comprobarlo, pero es tan difícil desde donde estamos.

−Podríamos nadar hasta el borde de la tierra−propuso Rey.

−Me encanta la idea−manifestó ella−. Aunque, podríamos nadar solo hasta donde están los acantilados, allí se vuelve profundo cuando la marea esta alta.

−Podríamos. Solo que deberíamos estar atentos a la marea, para no quedar atrapados.

Empujados por las olas les fue fácil llegar hasta la orilla del escarpado. Y cuando se acercaron al borde comenzaron a chapotear, levantando la parte superior para visualizar algo de aquel mundo desconocido.

Descubrieron así que algunas de las algas gigantes estaban en flor. Aun de donde estaban, podían sentir el aroma, que venía como en oleadas hacia ellos.

−Jamás había sentido algo así −dijo Rey, aspirando el aire con todas sus fuerzas−; es tan dulce, tan embriagador.

−Así es −dijo su compañera−, ya tenemos algo nuevo para contar, aunque seguramente nadie nos va a creer.

De pronto el viento sacudió las ramas, y una lluvia de pétalos comenzó a caer, lentamente, danzando en la brisa, mientras que para su deleite, algunos llegaron a ellos, traídos por la briza.

−Que suave son −dijo la pequeña dorada, atrapando una con la boca.

−¿Que otras maravillas habrá en este nuevo mundo?−se preguntó Rey, fijando la vista en algo de color turquesa que se movía de flor en flor, pero no por el viento−. ¿Vez aquello de color azul?−dijo tocando a su compañera−parece tener vida propia…

La pececita estiró el cuello, pero no pudo visualizar lo que Rey señalaba.

−No lo veo, no lo veo−dijo estirando su cuerpo con mayor esfuerzo.

−Ven saltemos −la animó, Rey− contaré hasta tres, y lo haremos juntos.

Lo intentaron varias veces, pero sin resultado.

−Vamos un último salto y regresamos- la persuadió Rey, cuando a su pequeña amiga ya le faltaba la energía –lo haremos con todas nuestras fuerzas, vamos, uno, dos, ¡ya!

Ya en el aire, juntos, balanceando la cola e inclinando la parte superior hacia el bosque terrestre, sintieron de pronto, como una fuerte oleada de aire abrazó sus livianos cuerpecitos, y envolviéndolos enteramente, los lanzó fuertemente hacia las faldas de una superficie húmeda y pastosa.

<<Al parecer, solo se necesita un soplo de aire para traspasar la barrera entre ambos mundos>>, pensó Rey mientras se recuperaba de la caída y trataba de moverse en aquella base blanduzca, en la que se hallaba semi sumergido. Sintió el cuerpo pesado y estático, como si algo lo tirara para abajo. A su lado su pequeña amiga dorada se debatía furiosamente, arrastrándose entre aleteo y coletazos.

−Debemos regresar al mar−dijo su amiga, retorciendo su cuerpo que comenzaba a secarse por el sol.

− ¿Crees que será posible?−dudo Rey−esa ráfaga de viento nos ha arrastrado kilómetros. Si miras, hay rocas altas que nos impedirán el paso.

−¡Oh Rey! Entonces este es el final−dijo la fatigada pececita, derramando algunas lágrimas−esto nos pasó por mi culpa, yo te incité a venir hasta aquí.

−No es así, yo añoraba hacerlo tanto como tú −replico él para calmarla.

Pero ella continuó sollozando desconsolada.

Rey se estremeció al verla en ese estado. Meneó la cola para desplazarse hasta llegar a su lado. Con su pequeña aleta cubrió aquel cuerpito reseco, entendiendo en ese momento cuanto amaba y necesitaba a su bella compañera, de la cual no sabía casi nada, ni siquiera su nombre.

La sensación de amor y el deseo de protegerla le alertaron lo llevaron a calmarse para poder analizar la situación. Necesitaba un plan de supervivencia. Primero, pensó, debían cubrirse con lodo para que no afiebrarse. Segundo, debían permanecer ocultos hasta asegurarse que no hubiera depredadores como los tiburones del océano, que desearan darse un banquete con ellos. Y tercero, debían buscar algo comestible que los mantuviera con vida. Por suerte, después de pasar tanto tiempo observando fuera de la superficie, los había acostumbrado al aire.

Poco a poco, con ingenio y gran esfuerzo, Rey y su compañera fueron construyendo un nido de amor en aquella zona gelatinosa, a la que llamaron el pantanal. Por suerte, las sombras de las algas terrestres de copa ancha, los protegían del sol y del viento, y mantenían fresco el lugar.

Los días pasaban sin prisa, y a pesar de no hallar algas comestibles, descubrieron unas diminutas criaturas aladas a las que llamaron insectos que sabían muy bien. Además de esto, las hermosas flores que antes habían cubierto las copas de las plantas, fueron tomando forma de bolitas de colores, que una vez maduras, comenzaron a llover sobre el pantano ofreciéndoles el manjar más sabroso que hubiera probaran jamás.

Todo lucía tan diferente a la que fuera su antigua morada, donde millones de seres, de todos tamaños, colores y formas, abundaban en las aguas, mientras que en su nuevo hogar su única compañía eran las plantas y los pequeños insectos. No había más criatura que ellos dos, empantanados uno al lado del otro, completamente enlodados, como verdaderos hijos de la madre tierra.

Pero un día muy cercano ya, ambos sabían que aquella silenciosa paz finalizaría. Cuando se terminasen de gestar los miles de huevitos que su compañera había puesto, entonces ellos ya no serían más los únicos habitantes de la tierra, aunque no por ello dejarían de ser los primeros; título que solo obtienen, los que poseen una irrefrenable sed de saciar la curiosidad.

10 августа 2019 г. 2:52:29 1 Отчет Добавить 1
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Об авторе

Paola Stessens Me gusta escribir novelas de misterio, fantas�a y ciencia ficci�n tambi�n me encanta escribir cuentos. Leo todo tipo de g�neros. Me fascinan los cuentos de misterio y terror.

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Jackie Inkspired Blogger Jackie Inkspired Blogger
¡Hola! Tu historia ha entrado en el proceso de verificación. Sin embargo, la hemos dejado en estado de En Revisión, ya que presenta ciertos errores ortográficos (básicamente en la descripción de la historia) que creemos que puedes corregir. Una vez lo hagas, puedes dejarnos un comentario en este mismo post y procederemos a verificarla. Ánimo y feliz escritura. :)
12 августа 2019 г. 3:28:44
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