Un Particular Libro Del Génesis Подписаться

RicardoPerezMenchaca Ricardo Perez Menchaca

Es el comienzo del fin. Solamente una persona, sin siquiera ser consciente de ello puede asegurar la supervivencia de la raza humana, por lo que tendrá aliados que la guiarán en su camino, pero habrá otros seres que se opondrán a su destino.


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LOS DIAS NEGROS

Veintisiete días antes, una joven de 16 años tomó el Diamante Negro escondido en una caverna ubicada en una isla lejana, el mismo día en que el Planeta Trentta tembló como si de alguna forma fuera a estallar desde su interior y mismos días que el planeta no ha recibido la luz de la estrella mayor. Ya solamente se percibe el murmurante reflejo que recibía en la obscuridad de sus dos lunas. Se escuchan gritos desconsolados de hombres y mujeres en las villas pertenecientes a Brazza, un reino que desde que comenzó a ser dirigido por el Rey Prento, parecía condenado y estarse acostumbrando a vivir desgracia tras desgracia, en la miseria.

Golpeada por el viento, la crin plateada de un caballo blanco galopando velozmente por la avenida principal, brilla con la luz de los arbotantes situados a los costados de ésta. El caballo es dirigido por una silueta cubierta con un manto negro, casi imperceptible en la obscuridad. Los hombres y mujeres que lloran y gritan afuera de sus casas de piedra, callan al ver pasar este caballo, el cual es diferente a los siete caballos negros que pasaron anteriormente y que son la causa de su desconsuelo. Al salir de la Aldea de Las Flores, el caballo abandona la avenida y se introduce al campo, desapareciendo en la total obscuridad.

A algunos campos de distancia hacia el sur de la Aldea de Las Flores, duerme tranquilamente la Aldea de Los Frutos. Fue una larga jornada de discusiones en la que los agricultores, a falta de respuesta de Brazza, tratan de resolver el futuro al igual que lo hacen todas las aldeas del campo, pues sin luz natural, su principal fuente de intercambio se ve afectada. Esa noche mientras la comunidad se entregaba a sus horas de sueño no se escuchaba ni siquiera el murmullo de los insectos. Todo era tranquilidad, pues en el sueño se olvidan las preocupaciones y se tiene la esperanza de que al siguiente día por fin el sol vuelva a iluminar.

De pronto las personas se empiezan a despertar preguntándose de dónde proviene el ruido que los hizo recobrar el sentido. La mayoría de las personas se queda sentada sobre sus camas, inmóviles, pues el temor se apodera de ellos. Solamente algunos de los más ancianos tienen el valor de asomarse, tal vez porque su curiosidad se hace más evidente con los años, o tal vez porque a su edad ya no tienen mucho por perder. Lo que vieron los ancianos fue un caballo blanco con una silueta negra sobre este.

El caballo se dirigió a galope firme hasta la casa de Fítama, una campesina que criaba sola a sus hijos. La silueta descendió del caballo que se quedó parado firmemente frente a la puerta principal, y tras subir el pequeño escalón, destrozó de un tirón la cerradura de la puerta. Entró en la casa y encontró reunidos en una habitación a Fítama abrazada de sus tres hijos: un varón de quince años al cual hace nueve inviernos su mente quedó atrapada en la mente de un niño de seis años, una jovencita de 14 años y la menor de los 3, una bebé de bellos ojos color miel y espeso cabello castaño con apenas tres meses de nacida.

La silueta de la capa negra extendió apresuradamente sus brazos para arrebatarles a la menor de los hermanos.

-No temas Fítama, tu hija estará bien- dijo con una voz hipnotizante, suave y profunda, haciendo que la mujer confiara en sus palabras. -Antes de morir, Barro nos contó sobre su hija.

Diciendo esto descubrió un caparazón en forma de elipse ajustado sobre su torso, introdujo a la bebé en posición fetal y volvió a cubrir el caparazón con su capa. La silueta se dirigió a la puerta de entrada velozmente y se subió de un salto al caballo, el cual emprendió su camino velozmente dejando atrás a la familia de la pequeña niña fijando su vista en la silueta que desaparecía en la obscuridad. Casi al instante Fítama y sus dos hijos escucharon gritos desgarradores del lado contrario del camino. Hombres y mujeres gritaban, se escuchaban cascos de caballos por todas partes. Fítama volvió su mirada hacia donde se había perdido el caballo blanco y de inmediato se metió a su casa con sus dos hijos. Luego de unos segundos otra silueta con capa negra se metió a su casa bruscamente y miró a los tres ocupantes fijamente para después salir a montar su caballo y hacer una señal a una de las dos carrozas situadas sobre la avenida a unas casas de ahí. Los siete caballeros negros siguieron su camino con una de las carrozas siguiéndoles mientras la otra se dirigía en el sentido contrario.


Esa misma noche, a muchos campos y bosques de distancia hacia el norte, dentro de la alcoba real del Palacio de Mastrettos resuena un grito de terror. Casi de inmediato entra a las habitaciones reales una hermosa joven de piel blanca, cabello negro y ojos color violeta con una espada en una mano y un candil en la otra seguida de una docena de guardias. Lo primero que ve Afrodissa, la joven Princesa, es a una joven de exacta apariencia y edad, 14 años. Afrodissa se dirige lentamente hacia su hermana Lexanddra mirando de reojo, iluminados por los candiles sobre las mesas de noche, a sus padres postrados sobre la cama. Los cuerpos habían cambiado su color de piel por uno color verdoso que remarcaba gran cantidad de las venas que recorren todo el cuerpo. De sus ojos, abiertos fijamente, se borró el color de iris y pupilas. Los labios agrietados de los Reyes estaban abiertos como si hubieran emitido un último grito de dolor a través del cual ambos cuerpos expulsaran todo signo de vida.

Olavo de Mastrettos, hermano mayor de Lexanddra y Afrodissa, entró poco después a la habitación. Afrodissa derramaba lágrimas sin emitir un solo sonido y Lexanddra observaba fijamente los cuerpos sin vida de sus padres mientras Mika, la sirvienta de confianza de la Familia Real abrazaba a las dos jóvenes.

-Retírense todos -Ordenó seriamente Olavo a los guardias y la servidumbre- Mika, lleva a mis hermanas a la habitación de Lexanddra y asegúrate que se duerman.

Mika le sugirió a Olavo buscar inmediatamente al culpable, pero la mirada que él le dirigió le impidió terminar la propuesta.


Al este de Mastrettos, en el Palacio de Lombartha ubicado en un Reino próspero cruzando el Gran Canal, Olín, un joven y apuesto Príncipe, de ojos color azul cielo y cabellos castaños rizados, se encontraba dentro de sus habitaciones un poco preocupado, cansado de tratar de encontrar alguna solución a sus problemas. Olín quiere olvidarse de todo por un momento y la única solución instantánea es el sueño de la noche, así que comienza a desvestirse dirigiéndose a su cama. De pronto escucha una puerta y él se queda inmóvil, cubriendo sus genitales con los pantaloncillos interiores que aún no colocaba dentro del baúl al pie de su cama, cierra el baúl y se sienta sobre este con una mirada de asombro al ver entrar un cuerpo femenino desabrochándose las vestimentas nocturnas, una mujer de cabellera larga y rubia, de edad madura pero que era dueña de un cuerpo envidiablemente firme y jovial. La mujer deja caer al suelo la bata mientras se dirige al desconcertado joven que la ve directamente a los ojos. De pronto el joven reacciona envolviendo su propio cuerpo desnudo con el cubrepiés que estaba sobre su cama y dándole la espalda a la mujer dice nerviosamente:

- Madre? Qué haces?

Emeral, la Reina de Lombartha no pierde su calma y caminando hacia él le dice:

- He llegado a la conclusión de que las degeneraciones de tu padre fueron cobradas por las siete arpías y tuvieron consecuencias en ti, pobre hijo mío, pues los castigos siempre caen sobre el más débil. El reino habla, y lo que se escucha por todos los rincones no es nada agradable acerca de tu persona. Todo porque tu difunta esposa tuvo la estúpida idea de contarle a su sirvienta que aún no tenía descendencia porque tú todavía no cumplías con tus obligaciones carnales, porque no podías. Desafortunadamente las dos pobres desgraciadas ahora están muertas y no pueden retirar sus palabras, así que vengo a ver cuál es el problema.

-Por favor madre, sal de aquí! No entiendo que está pasando- decía Olín dirigiéndose a una ventana completamente consternado e indignado.

Emeral tomó su vestimenta del piso y cubriendo su firme cuerpo le dijo:

-Muy bien, solamente te anuncio que he arreglado tu próximo matrimonio, espero que no lo eches a perder, porque eso me costaría una fortuna, y el pueblo no creería que por obra del Magno otra de tus esposas simplemente renunció a su vida.


Trentta durmió poco esa noche obscura. Obscura no por el color característico de la noche, sino por los acontecimientos ocurridos en los Reinos vecinos, y en lugares más lejanos.


Los Reinos aún dormían, cuando de pronto se comenzó a escuchar una fuerte tormenta de viento procedente del oeste. Toda la población se despertó alarmada, cerrando las puertas y ventanas de madera y hierro que las corrientes de viento abrían, escuchando crujidos y golpes afuera de las casas, como si el viento estuviera arrancando árboles y arrojándolos lejos de sus raíces. Así pasó aproximadamente una hora, cuando ya no se escuchó nada, todo parecía haberse calmado cuando por las aberturas de las puertas y ventanas comenzó a penetrar la luz. En ese momento no hubo quien permaneciera dentro de sus casas. Hasta las personas que regularmente no salían a la calle, ahora lo hicieron, para ver algo tan simple como la luz de un nuevo día.


En el comedor privado del Palacio de Mastrettos, Mika y dos sirvientas más servían los alimentos a los tres recién huérfanos hermanos para después salir de la habitación, porque como es costumbre, a la hora de los alimentos las familias no hablan hasta que la servidumbre se retira después de disponer todo en la mesa.

-Les anuncio que los funerales de nuestros padres comenzarán el día de hoy - dijo Olavo mirando a sus dos hermanas mientras jugaba con la cuchara en su plato de cereales y frutas. Las dos Princesas lo miraron sin decir nada, y él continuó:

-Yo aún soy muy joven para hacerme responsable por ustedes dos y además tener que gobernar Mastrettos, que últimamente ha tenido malos tiempos; así que he decidido que por el bien de nuestra casa y por su propio bien, terminando los funerales de nuestros padres, ustedes serán desposadas.


Afrodissa no pudo evitar abrir más los ojos demostrando asombro, mientras que Lexanddra la miró vagamente y miró a su hermano de vuelta.

-Pero aún no quiero casarme! -Fue lo único que pudo salir de la temblorosa voz de Afrodissa.

-Es por tu bien mi querida hermana -Le dijo Olavo -Ya verás que todo saldrá bien, y nuestras familias crecerán.

-No podemos! - Continuó Afrodissa mirando fijamente a Lexanddra.

-Y quienes planeas que sean nuestros futuros esposos? - Preguntó Lexanddra a Olavo.

-No se preocupen, he seleccionado a los dos mejores partidos que alguien pueda seleccionar, y ellos han aceptado - respondió Olavo tomando un trozo de carne seca y llevándolo a su boca para arrancar un bocado.

- Pero en qué momento acordaste nuestros matrimonios? Eso toma algo de tiempo - Decía Afrodissa aún desconcertada. Lexanddra quien miraba a su hermana mientras decía esto, volteó los ojos hacia Olavo.

- Para ti Afrodissa he seleccionado al Heredero al Trono del segundo Reino más poderoso de Trentta, el Príncipe Olín de Lombartha. Es joven y atractivo para las damas, aunque no veo por qué tanto entusiasmo.

Al decir esto, Lexanddra y Afrodissa se le quedan viendo haciendo una mueca con su boca dirigida hacia el lado izquierdo. Olavo se dio cuenta de que habló un poco de más y continuó:

-Y para ti Lexanddra, he acordado casarte con Leónides, Rey de Coronna.

Lexanddra, dibujó una sonrisa en el lado izquierdo de su boca, pero Afrodissa inmediatamente protestó:

-Pero él es un hombre muy viejo!

-Pero! Pero! Pero! -interrumpió Olavo molesto - Qué no ves que solamente estoy buscando lo mejor para ustedes?...

-Gracias por preocuparte por mí, hermana, pero no lo hagas - le dijo Lexanddra sin perder la calma - La ventaja de su senectud, es que no falta mucho tiempo para su muerte, y para ese entonces seré la Reina de Coronna, el lugar más importante sobre Trentta.

-Y para ese entonces, cuando sean las Reinas más poderosas sobre el planeta, las dos me lo agradecerán.

Dicho esto, Lexanddra se levanta de un brinco de su silla y se dirige hacia Olavo, quien permanece sentado, para darle un beso en la frente. Después se dirige hacia Afrodissa y la toma de la mano para llevarla corriendo fuera del comedor. Antes de cerrar la puerta, Afrodissa voltea sobre su hombro para mirar, sin expresión alguna, a los ojos de Olavo.


No era de sorprenderse que Olavo hubiera escogido al Rey Leónides como esposo de Lexanddra pues ella siempre fue su hermana predilecta ya que tenía el mismo toque de astucia que él, o como él le llamaba: malicia.


A las afueras de Brazza, en un bosque cerca del Mar del Oeste, se escuchan los cascos de siete caballos galopar velozmente que persiguen desesperados las huellas de otro caballo aún más veloz que el de ellos, un caballo blanco, con crin plateada, y un jinete de capa negra montado sobre este.


El caballo blanco pareciera que sabe lo que hace sin necesidad de ser guiado por su jinete. Se comporta como si fuera parte de un plan de emergencia. El caballo blanco pasa cerca de una depresión en el bosque y en ese instante la figura que va sobre el caballo salta hacia la depresión para caer sobre sus pies, pero por la inclinación del terreno casi inmediatamente toca el suelo con su cuerpo dispuesto en posición fetal para seguir rodando. El caballo blanco sigue su camino, y los Caballeros de la Noche, luciendo sus armaduras y capas completamente negras, siguen dirigiendo a sus caballos hacia las huellas pintadas sobre el camino.


La figura de la capa se pone de pie y una mano la jala del brazo y le quita la capucha de la capa negra.

-Dulcelinna, la tienes?- Dijo un hombre cubierto en una capa verde antes que ella pudiera reaccionar.

-Si -respondió Dulcelinna descubriendo el extraño caparazón ajustado a su torso - La Elegida está a salvo.


Donnis, el hombre de la capa verde sonríe al mirar por unos segundos a los ojos de Dulcelinna, ojos rasgados, con un toque de inocencia, seducción y misterio al mismo tiempo. Su piel parecía porcelana brillando a la luz del día, ella también le sonrió. Su rostro no representaba edad alguna, al verla pensabas en la eternidad. Un poco de viento movió su rubia cabellera y Donnis salió de su pequeño trance.

-Perfecto!, tenemos que ir hacia la playa. Ya nos esperan. -Le dijo él cubriéndole su cabeza con la capucha y tomándola de una mano para guiar su camino.


De pronto salta sobre ellos un Caballero de la Noche derribándolos y tratando de arrancarle a Dulcelinna el caparazón que trae ajustado a su torso, dentro del cual se encuentra dormida profudamente la hija de Barro y Fítama. Donnis se abalanza sobre el Caballero y lo tumba sobre su espalda. "Corre!" le grita Donnis a Dulcelinna, y ella lo hace sin mirar atrás. Donnis se queda peleando con el Caballero, y  pierden de vista a Dulcelinna. El Caballero empuña una daga y se la entierra a Donnis en un costado. Llega el resto de esa Compañía de la Noche y sacando la daga del cuerpo de Donnis, el Caballero Negro les señala a sus compañeros el rumbo por el que Dulcelinna huyó. Todos los jinetes dan la orden a sus caballos y emprenden la persecución.


Dulcelinna está llegando a la extensa playa y adentrado en el mar, a lo lejos se ve un hermoso navío blanco. Los jinetes siguen galopando hasta que los caballos se percatan de la presencia del agua y se detienen bruscamente. Los jinetes saltan del caballo y estiran los brazos mientras corren para alcanzar a Dulcelinna quien los esquiva, ella toca el mar con sus pies, siente que ya no puede evitarlos más. Uno de ellos salta en dirección a ella y le alcanza a tomar el tobillo bajo el agua derribándola. De pronto, nadando por debajo del agua, el jinete ve viniendo del mar una especie de mano que estira a Dulcelinna mar adentro y otros dos seres hermosos que lo toman firmemente y comienzan a devorarlo vivo. Una enorme ola se forma dirigiéndose hacia la arena y los otros jinetes se apresuran hacia sus aterrorizados caballos. Tres de ellos fueron tragados por el mar, arrastrados por algunos seres marinos. Tres Caballeros de la Noche lograron escapar. 


Tras ser apoyada por los tres seres marinos, uno de ellos con cola de pez de la cintura para abajo, Dulcelinna sube al barco apoyada por las otras dos Hedas de los océanos, muy parecidas a ella en muchos aspectos, solo que con las manos y ciertas partes del cuerpo y las piernas escamadas. Un ser alto, de cabello amarillo blanquecino, con piel porcelanizada se dirige hacia ellas. "Ovrik, lo hemos logrado" dice Dulcelinna agitada y sentándose sobre sus rodillas para desajustarse la extraña cápsula en forma de caparazón y abrirla. Ahí estaba, sana y salva, la hija de Barro abriendo los ojos con dificultad al percibir la repentina luz.

-Bienvenidas. Esperemos que el espíritu del Magnoverzo nos acompañe hasta Zelestto.

-Crees que realmente lo logremos?

-Logremos qué?

-Que esta criatura llegue a convertirse en lo que tenemos planeado.

-Nunca lo dudes -Finalizó Ovrik.


Tras despedirse de una de las Hedas del mar, esta saltó del barco para desaparecer con su compañera que la esperaba en el agua. La otra Heda marina se quedó con ellos en el barco para dirigirse hacia donde ellos iban.


Con el barco adentrándose al océano Dulcelinna, con la niña en brazos y sin poder ocultar su incertidumbre, miró sonriendo a Ovrik, luego miró hacia la playa preguntándose si Donnis se encontraría bien, para después observar mar adentro, buscando en la distancia alguna esperanza.

31 июля 2016 г. 18:25:40 0 Отчет Добавить 1
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