Rosas marchitas Подписаться

azale Sara García

Hannah Williams fue asesinada a sangre fría y pronto los medios de comunicación la bautizaron como «la joven de las flores marchitas», los propios periodistas se encargaron de entorpecer la labor de los agentes policiales, se había convertido en un caso tan mediático que era difícil encontrar al verdadero asesino.


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Aquella sonrisa

1943


Me gustaba analizar a las personas que caminaban tranquilamente por las calles de la ciudad, ignorando el peligro. Era fácil que se interpusieran en tu camino y decidieran arrebatarte la vida, saber que podrías hacerlo en cualquier momento te hacía sentir poderoso. Era tan fácil como apuntarlos con una pistola y disparar, contemplar cómo se desplomaban sobre el suelo hasta fallecer desangrados. Pensar en ello era placentero, hacía tiempo que soñaba con convertirme en lo que el resto de humanos denominarían como «dios», podía decidir si se merecían seguir con vida o no, concederles la oportunidad de que su corazón siguiera latiendo o que se descompusieran bajo tierra.

La noche hacía que las calles parecieran más hermosas, las luces de neón, el bullicio, los más jóvenes alzando la voz con euforia y los adultos bebiéndose una copa celebrando el fin de la jornada laboral. Llevaba cinco semanas recorriendo las aceras del centro, aquella sonrisa me llamó la atención desde el principio: una sonrisa hermosa decorada con carmín granate. Era una joven de piel pálida y ojos azules, de cabello azabache y ondulado, siempre con vestidos largos que llegaban hasta sus tobillos y de tonalidades oscuras. Una mujer bella y confiada que deambulaba por las calles y hablaba con desconocidos, que sólo quería divertirse, pero decidí que sería ella la elegida. Había sido un asesinato premeditado, desde el primer momento en el que contemplé aquella sonrisa supe que ella merecía morir.


Un día arranqué el coche y me acerqué como de costumbre a la ciudad, sabía que ella era una mujer ambiciosa a la que le gustaría llegar a ser una actriz famosa, también que era muy confiada, que ignoraba el peligro a su alrededor. Como de costumbre la divisé cerca de un local de ambiente, hablaba con otros jóvenes de su edad. Con seguridad bajé la ventanilla y halagué su belleza: ella sonrió y se me aceleró el corazón. Le dije que con aquella sonrisa podría llegar muy lejos, que parecía una joven talentosa, le prometí que podría ponerla en contacto con algunos amigos que se habían adentrado en el mundo de la cinematografía. Ella no cuestionó mis palabras, pero yo sabía que le estaba mintiendo. Pronto se introdujo en el coche y la llevé hacia mi casa, todo salía según lo previsto, charlamos un buen rato sobre dónde se veía en un futuro lejano: ella decía que quería ser actriz y protagonizar las mejores películas del país. Trataba de motivarla con continuos halagos sobre su belleza y personalidad, le ofrecí una copa pero se negó, y no me gustaba que rechazaran mis ofertas, me parecía una falta grave de educación. Sin embargo me tranquilicé y fingí una sonrisa, ella confiaba en mis intenciones, pero pronto sabría que no era quién creía. Más tarde la besé y ella me apartó con delicadeza, pero mi fuerza era mayor que la suya. Cuando me cansé de jugar con la joven ella ya se encontraba cansada y sin fuerzas, y aún así no permití que se fuera. Até sus muñecas y sus tobillos con una cuerda antes de golpearla con una barra de hierro numerosas veces hasta que quedó inconsciente, me sentía poderoso, y la sensación que me producía la adrenalina en aquel momento resultó ser adictiva. Dios no tenía piedad, pero yo tampoco.


La conduje hacia la bañera y la metí dentro como pude, un sudor frío me empapaba la frente, pero estaba satisfecho: era más divertido de lo que me podría imaginar. Abrí el grifo y lavé todo su cuerpo desnudo con una esponja: era preciosa. La enjaboné con la mayor delicadeza posible y dejé que flotaran sobre el agua numerosas rosas marchitas, decían que servía para limpiar el alma de una persona corrompida. La dejé reposando en el agua el tiempo necesario y después la cargué para llevarla hacia el sótano. La tumbé sobre una camilla de metal, todavía tenía las muñecas y los tobillos atados, y una vez allí empezó a recuperar la consciencia. La saludé con amabilidad y ella forcejeó para tratar de deshacerse de las cuerdas, pero le fue imposible. Gritó para tratar de pedir ayuda, pero nadie podía oírla. Agarré su mentón para que no se moviera y realicé con un bisturí un corte desde sus comisuras hacia las orejas, alargando su admirable sonrisa. Ella dejó salir un grito desgarrador debido al dolor, y pronto volvió a quedar inconsciente. Mutilé uno de sus senos y después corté con una sierra su cuerpo por la mitad a la altura del abdomen: murió desangrada, pero no me apenaba, la situación me resultaba placentera y excitante. Finalmente introduje una rosa marchita en el interior de su vagina.


Al día siguiente tiré las dos partes de su cuerpo en un campo cerca de la ciudad y al lado de una carretera por la que pasaban automóviles pero también peatones, lo hice a las cinco de la madrugada para evitar que alguien me descubriera. Cuando regresé estuve ocupado limpiando los restos de sangre del salón, el cuarto de baño, camilla e instrumentos. Cinco días después hallaron su cuerpo y había sido tal el impacto que no tardó en convertirse en noticia: «la joven de las rosas marchitas». Los periodistas fueron mis mayores aliados, estaban preocupados porque todos ellos querían ser los primeros en redactar nuevos datos sobre la muerte de la joven y avances de la policía en la investigación. Todos los días compraba diferentes periódicos para estar al tanto de la situación, me enorgullecía protagonizar las portadas, salir en la primera noticia de todas las cadenas de televisión. Los trabajadores de diferentes empresas de medios de comunicación se encargaban de destrozar las pruebas, a pesar de que la policía trató las primeras horas de que no cruzaran el precinto de la escena del crimen, muchos se saltaban las normas para poder describir lo mejor posible aquella horrorosa imagen. Me ayudaban a estar un paso por delante de la policía: sabía las teorías que barajaban y los pasos que llevarían a cabo a la hora de avanzar en la investigación. Así podría estar alerta. Se había convertido en un caso tan mediático que muchos periodistas dejaban a un lado la profesionalidad y se inventaban datos sobre la profesión de la joven y sus costumbres: eran demasiado sensacionalistas. Las siguientes semanas sólo se hablaba de aquella aspirante a actriz, todos querían saber quién había sido el asesino. Cincuenta y siete personas, tanto hombres como mujeres, llegaron a llamar a la comisaría confesando haber sido los autores del crimen, pero no era cierto: querían robarme el mérito y la fama, pero no lo consiguieron. Muchos otros ciudadanos querían contribuir en la resolución del crimen hasta el punto de ofrecer información que no era cierta. La policía lo tenía difícil, y que el caso fuera mediático sólo conseguía entorpecer todavía más su labor. La joven se llamaba Hannah Williams, decían que los forenses habían determinado que la causa de la muerte era la pérdida de sangre por las laceraciones del rostro sumado a una conmoción cerebral. En la escena del crimen tan sólo habían encontrado una huella de un zapato, pero no contaban con más pruebas: su cuerpo estaba completamente limpio. Empezaron a interrogar a las personas más cercanas de su entorno: familiares, amigos y compañeros de trabajo. El padre de Hannah Williams se convirtió en el principal sospechoso, sabían por otros familiares que no tenían una buena relación, y además, descubrieron que Hannah había motivado a su hermana a presentar una denuncia contra su padre por abusos sexuales.

Pasado un mes, parecía que los medios de comunicación tenían más dificultades a la hora de obtener nuevas noticias sobre la muerte de «la joven de las rosas marchitas». Me ponía nervioso no saber qué estaba pasando, por lo que decidí acercarme a una cabina de teléfono y llamar al editor del periódico La voz del pueblo.


—Buenas tardes, estás hablando con James, editor de La voz del pueblo, ¿en qué puedo ayudarle?


—Soy el asesino de Hannah Williams, estoy preocupado porque desde hace una semana que no hay noticias sobre los avances policiales en el caso —le expliqué con paciencia.


—Muy bien, veamos —parecía que no me tomaba en serio, seguramente porque muchos otros se habían auto-proclamado como autores del asesinato de Hannah—. Los agentes están tratando de ser más precavidos, son menos permisivos con nuestros periodistas.


—Os ofreceré objetos personales de Hannah Williams, así los agentes se verán obligados a mediar con vosotros —dije antes de colgar.


Al llegar a mi hogar agarré el bolso de Hannah y lo volqué para sacar sus pertenencias: certificado de nacimiento, fotografías, tarjetas y una agenda. Lo introduje en un sobre y al día siguiente lo envié de manera anónima a la sede de La voz del pueblo. Me encantaría poder presenciar la expresión incrédula del editor cuando se percatara de que había contactado con el verdadero asesino. Sonreí satisfecho cuando pronto los periódicos se inundaron con aquella nueva información: se publicaron las fotografías que Hannah guardaba en el bolso y también la portada de su agenda y algunas de las páginas. El director del periódico contactó con los agentes que se encargaban de llevar el caso, trataron de llegar a un acuerdo y finalmente volvieron a estar al tanto de los avances: que en realidad eran nulos. En la agenda de Hannah habían escritos nombres de personas con las que quedaba y sus números de teléfono, y pronto un hombre llamado Hans Kelsen se convirtió en un nuevo sospechoso. Al parecer había sido el último en verla con vida. Lo interrogaron a él y a otras personas que se mencionaban en aquella agenda, pero nada evidenciaba que fueran los autores del crimen. Hans Kelsen tenía una cuartada: había reservado una habitación en un hotel de la ciudad acompañado de su mujer, y esta última lo confirmó. Además, consiguió superar la prueba del polígrafo, por lo que pronto lo descartaron y volvieron a centrarse en el padre de la joven.


Envié varias cartas a la sede de La voz del pueblo, confesaba ser el asesino, pero nunca les proporcioné datos personales. Quería que supieran que seguía ahí, atento y alerta, que me enorgullecía de haber cometido aquel asesinato. Hannah se lo merecía porque había decidido arrebatarle la vida, se lo merecía por aquella belleza, por aquella sonrisa. Era difícil sospechar de alguien que nunca antes había tenido relación con aquella joven, que no tenía un móvil concreto que pudiera dar explicación a aquel terrorífico acto: me había convertido en un dios.



22 июня 2019 г. 20:55:04 5 Отчет Добавить 11
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paula  ortiz paula ortiz
que buena narrativa , excelente redacción felicitaciones

  • Sara García Sara García
    Gracias, me alegro de que te gustara :) 26 июня 2019 г. 16:27:21
Yazmin Gonzales Yazmin Gonzales
Hermosa forma de narrar 💙

Paola Stessens Paola Stessens
Escalofriante.
~

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