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Primer día.

La estación King's Cross estaba abarrotada, cientos de muggles iban de aqui allá corriendo entre los andenes para coger los trenes que avisaban, con un estruendoso pitido, iban a partir. Era increíble el estrés con el que vivían los muggles, siempre llegando con la hora justa o tarde a todos sitios, atados por sus trabajos, viviendo para ellos. Sus vidas agetreadas no eran vidas, eran prisiones. El sistema económico y social no-magico era eso, una prisión.


Echó un vistazo a su reloj, aún tenía tiempo suficiente. Astarthea empujaba su carrito por la estación en dirección a su primer día de escuela. Su madre caminaba a su lado revisando la lista de útiles que debía llevar, la leía en alto a la par que Astarthea respondia con un claro Sí. Su lechuza, Delta, se agitó en su jaula cuando pasaron por un pequeño bache y en carrito botó.

—... a primera hora hora de la mañana —decía su madre.

—Mamá, tranquila —le dijo sonriente—. Lo tengo todo, no falta nada.


Kristal asintió aún intranquila y siguieron caminando.

Ella también estaba nerviosa, claro que sí, al fin le había llegado su carta de Hogwarts y, al fin, ingresaría en la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts. Su madre había estudiado allí, había sido de las primeras en su promoción, e incluso se había llevado premios por su posición de cazadora en el equipo de Quidditch. Le esperaba un mundo nuevo, pasaría meses sin ver a su madre, aprendería los entresijos de la magia, se haría más fuerte y poderosa. Estaba deseando llegar, lo ansiaba.


Se detuvieron frente a la columna entre el andén 9 y el 10, su madre apretó tiernamente su hombro y juntas cruzaron para aparecer en el famoso andén 9¾, el andén para los alumnos de Hogwarts. Había muchísima gente, todos se despedían entre abrazos y lágrimas. Alumnos de primer año, del último... todos subiendo al imponente Hogwarts Express. Empujó su carrito y después su madre se encargó de llevarlo al lugar correcto. Esperó a que volviese impaciente por subirse al tren, sin embargo, también sentía que no quería marcharse. Era una mezcla de emociones, un caos en su cabeza. Respiró hondo y sonrió a su madre cuando regresó.

—Bueno cariño —dijo Kristal inclinándose y acariciando sus hombros—. Llegó el momento —sonrió orgullosa—, tu primer día te espera. Se prudente, estudia y mejora. No te pido que seas la mejor, pero esfuérzate de verdad y no te metas en líos. Acuérdate de mí cuando vayas a hacer alguna locura y piensa si yo lo haría. Recuerda que si sales de allí adecuadamente, con los suficientes conocimientos y poder, tendrás tu recompensa. Y-


—Mamá —la interrumpió—. Estaré bien, relájate. Si no dejas de hablar, perderé el tren.


Kristal asintió y la abrazó con fuerza.

—Disfruta, cariño —dijo frotando su espalda—. Escríbeme, ¿vale? —sujetó el rostro de su hija entre sus manos, mirándola emocionada—. Te quiero, cielo.

—Te quiero, mamá.

Su madre la llenó de besos y abrazos y, cuando el tren anunció su salida inminente, se separó de ella y se subió al expreso agitando su mano y gritando Adiós. El viaje se le hizo eterno, había encontrado asiento en un vagón junto con otros dos chicos con los que mantuvo una conversación amena. Ella arrugaba y alisaba la falda de su uniforme nerviosa cuanto menos quedaba para llegar a Hogwarts.

Cuando al fin el tren se detuvo, una marea de alumnos descendió del transporte; los de segundo año en adelante se fueron hacia otro lado tomando la entrada habitual hacia la escuela, mientras que los de primero se dirigían hacia las barcas. La entrada del primer año era preciosa, inolvidable. De las barcas colgaban pequeños faroles que se reflejaban sobre el agua iluminándola mágicamente. Un enorme hombre con espesa barba y tupido cabello se presentó como Hagrid y les dirigió hacia el imponente castillo que, poco después, se alzaba ante sus ojos. Hogwarts era enorme, gigantesco, solemne. Sus pupilas se iluminaron ansiosa por entrar, y cuando así fue, la emoción se elevó.


Una bruja de sombrero picudo, túnica verde y gafas les esperaba en lo alto de las escaleras, frente a la puerta del comedor. Les explicó que ahora tendría lugar la ceremonia de selección y un par de cosas más antes de entrar. Las enormes puertas de abrieron y la marabunta de alumnos de primer año ingresó ante el escrutinio de los alumnos veteranos. El techo del comedor, tan alto que parecía no tener fin, reflejaba un cielo nocturno despejado. Cientos de velas prendidas flotaban en el aire a varios metros de altura.

Ya llegaba la hora, era el momento en que se decidiría su destino: Slytherin, la casa a la cual habían pertenecido su madre y toda su familia; Ravenclaw, Hufflepuff o Gryffindor. Suspiró cuando el sombrero raído y recosido posado sobre un taburete apareció ante sus ojos, el famoso Sombrero Seleccionador. Ahora le asaltaban los nervios, no quería acabar en otro lado que no fuese la casa Slytherin, no quería. Y cuando llego su turno sintió que le flaqueaban las piernas.

—Astarthea Blackwell —anunció la profesora McGonagall.


Por aquellos entonces, aún llevaba el apellido de soltera de su madre. Subió abriendo y cerrando las manos y se sentó en el taburete. El sombrero se posó sobre su rubia cabellera y, sorprendentemente, enseguida eligió su destino.

—Slytherin —gritó.

La casa Slytherin aplaudió estruendosamente y la acogieron con una gran sonrisa. Estaba aliviada, estaba en la casa que quería, todo iría bien a partir de ese momento.

12 июня 2019 г. 19:05:33 0 Отчет Добавить 1
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