Areli, las grietas de una mente adolescente Подписаться

gabrielrodriguezo Gabriel Rodríguez

Basada en hechos reales, esta novela retrata a Areli, una joven de escasos recursos económicos que vive en un barrio de clase media en el México de finales del siglo pasado. Su caótica y disfuncional familia, así como una serie de hechos desafortunados, la convierten lenta pero inexorablemente en una mujer depresiva, desubicada y con una mente al borde del desequilibrio. A muy temprana edad descubrió los terrores del abandono, el abuso sexual, el hambre y la miseria. Buscando siempre un modo de fugarse de su realidad, se enreda en situaciones que la llevan a cometer frecuentes equivocaciones, mismas que ella, en su mente, convierte en hechos sin importancia o incluso en aciertos y victorias. La historia es narrada por la protagonista en tiempo presente, lo que permite al lector vivir con ella a la par sus dolencias, dudas, temores, conflictos y anhelos, como el de encontrar en esta vida a alguien que la quiera, se ocupe de ella, le brinde atenciones y sea su caballero: un príncipe para la princesa que ve en sí misma. "Areli, las grietas de una mente adolescente", es la primera parte de una trilogía que nos llevará desde la incipiente amistad entre dos jóvenes hasta una forzada decisión al final: o novios o nada. La segunda y tercera partes tocarán otros aspectos de sus vidas. Y si el lector se pregunta hasta dónde es realidad o ficción esta historia, baste decir que la proporción es impactante; solo una pequeña parte es fantasía. Sí: Areli existe, y aún tiene muchas cosas por contarnos.


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Capítulo 1 - Familia disfuncional

“Nadie me escucha, nadie me entiende, nadie me atiende… ¿para qué seguir viviendo? Ojalá no hubiera nacido.”

Un día de octubre de 1996, 3:00 pm.


Mi padre debió haber venido la semana pasada. Hubo meses de restricción económica para poder tener el dinero suficiente y pagar las cuentas de una gran fiesta: la celebración de mis quince años.

No vino.

En el fondo yo sabía que no vendría. Nunca cumple sus promesas. De hecho, nunca cumple ni siquiera con sus obligaciones elementales de techo, vestido y sustento, ¿cómo pude ser tan ilusa de creerle una vez más? Ni siquiera una reunión informal… ni una visita de ese hombre ausente por días y días de un hogar malhadado. Ni una llamada de felicitación. Nada.

Ahora a la realidad, a la escuela, a ver la cara de mis compañeras y soportar sus burlas y bromas pesadas. “¡Linda tu fiesta, Areli!”, dirá Claudia. “Hermoso tu vestido, amiga”, comentará Verónica. “Pobre de mi amiguita”, exclamará Adela.

Desciendo del transporte público a pocos metros de la puerta de la escuela en la que estudio. Camino cortando el viento con cada paso, altiva, triunfal, segura de mí. Enmascarada.

La mirada retadora que heredé del poco hombre que se dice mi padre, la sonrisa socarrona y prepotente de mi remedo de madre; mi escudo, mi defensa del mundo: una hosca actitud que aleja a las personas.

“La altanera de Areli”.

Franqueo la entrada entre miradas furtivas, burlonas, conmiseradas. No me interesa escuchar a nadie. No me siento bien, quizá sea por el coraje, el odio a mi suerte, a mi propia vida, o tal vez sea que, de nuevo, no hubo qué comer en casa y las miserables galletas con leche no son suficientes luego de ocho horas de vigilia; el caso es que me siento mareada, confundida. Quiero llorar, pero no puedo. No debo.

La vida simple de los demás me agobia. Se abrazan, juegan, se besan, charlan, se conglomeran y se frotan los unos contra las otras. Se mezclan, se confunden. Se pierden en naderías y yo… sólo me pierdo.

Aquí viene Manuel. Alto, delgado, porte atractivo e irreverente; maleducado, mujeriego y pretencioso. Es mi novio. No siento nada por él, pero es de los pocos que se atreven a hablarme de “amor”. Le dije que sí y aún no estoy segura de por qué lo hice. Algo me hace falta. Algo que no he sabido cómo llenar. Me sonríe y correspondo. Me besa en la boca (que asco) y ¿correspondo? Lo aparto suavemente luego de unos segundos, siento su abrazo alrededor de mi cintura, sus manos como tenazas ardientes sobre mi cuerpo frío e inerte.

-Al final ni me visitó, ni me llamó… ni nada -le digo quedamente-. Es un miserable.

-Pero es tu padre -dice un poco desganadamente y luego cambia el tema de manera muy poco cortés-. En fin, adultos. Oye, ¿vamos a la parte trasera del gimnasio?

Callo. Siempre callo.

Me lleva de la mano, “dulce” pero firmemente, a “nuestro rincón escondido”. Entre parloteos sobre cosas intrascendentes y frases que apenas escucho, llegamos y me arrincona contra la pared. No nota (o no le interesa) mi mutismo. Mientras habla, sus manos se deslizan por mi espalda, desabrochan mi sostén por debajo de la blusa y pasan al frente a jugar con mis pechos. Suspiro.

Se calla sólo para seguirme besando con su lengua asquerosa. Me excito a pesar de todo. Respiro apresuradamente. Me mojo incluso un poco cuando mete una de sus manos debajo de mi falda, jugueteando con el resorte de mi ropa interior en la entrepierna. Se pega a mí y siento sus ganas, su deseo, su lujuria contra mi cadera.

Alguien pasa corriendo y nos apartamos un poco. Molesta, abrocho mi ropa y me marcho al salón de clases, metiendo los pulgares debajo de los tirantes de la mochila, sobre mis hombros. Manuel grita algo a mis espaldas, divertido creo, pero ya no lo escucho. Nunca lo escucho. Es mi novio.

-Areli, es un poco tarde -dice mi profesor mientras su vista se posa en mis muslos. Pasan unos segundos de silencio y siento las miradas de mis compañeros mientras espero, de pie, la sentencia del hombre aquél-. Adelante, tome asiento.

Camino al fondo del aula. Los muchachos fijan discretamente su atención en mi escote, en mis piernas, en mis nalgas, en mi abdomen que asoma bajo la blusa, en mis labios, en mis ojos. Incluso alguno roza “sin querer” mi cadera con su codo al pasar al lado de su asiento.

Y la lección sigue, como la vida: sin sentido aparente, sin una clara finalidad.

Verónica me da una notita en un papel arrugado: “Tu vestido me fascinó”. La odio.

Volteo al frente y la mirada de Adela me grita en silencio: “pobre de mi amiguita”.

Aprieto el “mensajito” y lo arrojo con fuerza contra el piso. Tomo nota. Tomo aliento.

-Areli, ¿sabe usted la respuesta? -inquiere el profesor.

¿Cuál respuesta? ¿Qué preguntó? No me interesa. Muevo la cabeza negando y sentenciándome a lo que sé que vendrá.

-La espero a las ocho veinte en mi oficina.

Discurre la clase. Se habla de filosofía: René Descartes y su “pienso, luego existo”. ¿Existo? Y de ser así ¿con qué fin? Desearía no pensar y así, tener el derecho a la no existencia.

Cuando mi padre se fue del hogar el año pasado, por enésima ocasión, le dijo a mi madre que sería por unos meses, que incluso no mandaría dinero para poder ahorrar y pagar mi fiesta. Ella aceptó sin cuestionar, como siempre, lo que él dijo y continuó trabajando para seguir dándonos la pésima vida que podía como asalariada del gobierno.

Un vaso de leche al despertar, un vaso de leche antes de dormir, un paquete de galletas “Marías” para repartir entre mi hermano mayor y yo y la escueta comida antes de ir a la escuela por la tarde. Meses de esperar lo que no llegó. Pero no había mucha diferencia entre esos días y el resto de mi vida pasada: un papá ausente la mayor parte del tiempo y una madre más preocupada por conservar o recuperar a su macho que por sus hijos. Patético.

A temprana edad germinó en mí el deseo incontenible de largarme de mi casa y demostrarles, demostrarme, que podía vivirse mejor en este mundo. Pero no hay muchas maneras de llevar a cabo eso, no cuando se es una mujer de quince años con recursos económicos muy por debajo de los pobres. Los pobres por lo menos llegan a comer tres veces al día. Nosotros somos jodidos.

-Entonces la veo a las ocho treinta en punto, Areli.

No bien se marcha el profesor, Adela se acerca a mí. Aquí viene el discursillo de toda la vida. Me quiere tanto.

-¡Ay, Areli! No es posible, no es posible, no-es-po-si-ble que tu padre te haya hecho esto. Dejarte con la gente invitada, con la fecha puesta, con todos los preparativos listos…

-¿Cuáles preparativos? -la interrumpo-, si el muy ingrato nunca mandó ni para el vestido, ni para apartar el salón, ni para el coreógrafo, ni para un carajo.

-Pero ya nos habías dado fecha a todos, ya nos habías invitado.

-Pues sí… pero ya ves cómo es ese señor.

-Yo en tu lugar lo ponía parejito: “A ver papá; no es justo que nos hayas tenido meses y meses bien mediditas de dinero y que me salgas con esto…”.

-¡Uy, claro! -la interrumpo-, y luego nomás le pongo la mejilla para que me meta un cachetadón por irrespetuosa.

-¿Y qué respeto puede exigir quien no te respeta?

-El respeto que se le debe a un padre.

-Y además de embarazar a tu mamá, ¿de verdad ha sido un padre?

-Eso dice mi acta de nacimiento: que les pertenezco hasta los dieciocho años por el simple hecho de que fornicaron para que yo naciera.

Silencio. Y una mirada de reprobación de mi amiga. En fin.

8:20 pm

Acudo puntual a la oficina del hombrezuelo que me citó.

Se encuentra en un piso del edificio administrativo, entre un conjunto de cuartitos separados por paredes de un metro veinte de altura y cristal hasta el techo. Su cubículo, al que él gusta de llamar “oficina”, está decorado con todo tipo de objetos que lucen interesantes, pero al observarlos atentamente, uno nota que en realidad son baratijas: alebrijes, ¿amuletos?, libros viejos y estatuillas de todo tipo por doquier.

El profesor levanta la vista de su escritorio a mi rostro. Milagrosamente no pasa por las piernas, el ombligo y el escote como de costumbre. ¡Ah! Claro… es que primero me observa, luego mira furtivamente alrededor para asegurarse que vengo sola y, sí, ahora sí: la mirada baja y sube a placer “discretamente” mientras se dirige a mí con tono severo.

-No es la primera vez en este bimestre que la cito, Areli.

-Ni será la última, imagino.

-Más respeto.

-Lo mismo pido.

Me observa, con su sonrisa socarrona y mirada retadora. Mide sus palabras y regresa al ataque.

-He notado que llega tarde cada vez que tiene clase conmigo.

-Es mi primera materia los martes y jueves. El tráfico es variable y casi siempre me retrasa un poco.

-Es variable, pero no impredecible Areli. Mi sugerencia es que -mirada a las piernas- salga más temprano de su casa para que llegue a tiempo -mirada al vientre-. Se lo he dicho en ocasiones anteriores -mirada al escote- y seguimos en la necedad de salir tarde -mirada a mi rostro.

-Profesor, no tengo tiempo ni ánimo de continuar con esta charla de siempre -mirada lujuriosa a mis labios-, ¿le molesta si me retiro? Le aseguro que haré lo posible por no llegar tarde a la escuela.

-O temprano, a tiempo, pero sin visitas a la parte trasera del edificio del gimnasio.

-¿Acaso me está espiando? -le pregunto molesta.

-Señorita Areli: toda la escuela conoce sus amoríos con Manuel. Y toda la escuela conoce a Manuel. Si le digo que cuando entro detrás de usted y la veo encaminarse a su “nidito de amor” ya sé a lo que va, ¿qué podría responderme?

Me sonrojo. Él aprovecha el momento para pasear de nuevo su obscena mirada por mi cuerpo. Lo veo de soslayo mientras entreabre los labios en una clara señal de excitación. Además de dar rienda suelta a su lujuria, disfruta su triunfo dialéctico.

-Eso supuse -comenta ante mi silencio-. Ándese con pies de plomo Areli. Es muy joven y atractiva como para apostar a la ingenuidad, o jugar a la oveja. Hay muchos lobos hambrientos -me pregunto si no se habrá mordido la lengua al decirlo-, y es una espiral que inicia con besos, toqueteos y termina en embarazos no deseados, abortos...

-¡Basta! No le voy a permitir que me hable en esos términos.

-¿Cuáles? ¿Le disgusta que la orienten? ¿O le enfada más que la sorprendan? No trate de pasarse de lista Areli. La escuela no es un centro recreativo ni un lugar para confraternizar o buscar pareja; a la escuela se viene a es-tu-diar. Más le valdría ir aprendiendo eso por las buenas antes que la vida se lo haga saber por las malas. Por lo demás, está reprobada en mi materia.

-¿Cómo? -pregunto sorprendida-. Pero si le he entregado hasta el último resumen; he presentado todos los exámenes, los he aprobado con buenas calificaciones y no he faltado nunca.

-Para mí, un alumno que llega tarde amerita una falta. Cada falta es un punto menos, y así las cosas Areli, usted no alcanza ni el seis. Es más, con tantos retrasos, hasta me queda a deber. Y cuando se debe algo, hay que pagarlo.

-¿Me dará oportunidad de subir mi calificación? -pregunto temerosa.

-Depende de usted, Areli.

-¿Algún trabajo para nivelarme? ¿Algún examen adicional?

Me mira por unos segundos, serio, pensativo, calculador.

-¿Qué le parece si lo arreglamos en la cafetería del centro comercial?

Era de esperarse… y depende de mi respuesta y de mi comportamiento el resultado del arreglo. Odio a los hombres.

-Pues… sí, está bien -respondo-. Dígame cuándo y a qué hora.

-¿Qué le parece mañana antes de la entrada? A la una treinta de la tarde sería excelente.

Me retiro una vez acordada la “cita”, intentando ocultar mi desprecio lo mejor que puedo. Siento la mirada del cínico profesor quemando mi espalda baja. Pinche vida de mierda.

15 мая 2019 г. 23:25:11 3 Отчет Добавить 5
Прочтите следующую главу Capítulo 2 - Abuso sexual infantil

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Ana Isabel Andrés Velasco Ana Isabel Andrés Velasco
Areli ,no confíes en nadie 💪💪 se fuerte tu sola , que pena de padre, no sirve ni para padre ....me encanta está historia

  • Gabriel Rodríguez Gabriel Rodríguez
    Gracias por tu comentario. Espero te siga gustando la historia :) Ya casi sale la segunda parte de Areli: Las fracturas de una personalidad. 5 июня 2019 г. 11:55:44
~

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