No time for regrets Подписаться

khbaker K.H Baker

Las cosas no son siempre como nos gustarían, pero en nuestra mano está aprender de nuestros errores y disfrutar las experiencias que nos brindan.


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No time for regrets

Las ruedas chirriaron contra el asfalto de la pista, el avión traqueteó provocando que mi corazón diera un vuelco, mis ojos se abrieron de repente y la primera reacción que tuve fue palpar mi cuerpo para cerciorarme de que seguía con vida. Por muchos viajes que hiciera, por muchas veces que subiera a aquellos pájaros metálicos, jamás me acostumbraría a ellos.

Esperé religiosamente hasta que los demás pasajeros desalojaran el infernal pasillo que se calentaba cada vez más. Habían apagado el aire acondicionado, ya no soplaba la brisa gélida que me había estado congelando durante las dos horas y media que había durado el vuelo. En aquel momento deseaba que terminara y ahora, con los motores apagados, deseaba que volviese a soplar para mí.

De forma distraída, sin prisa alguna –de todos modos, salir era una misión imposible–, saqué de mi bolso el billete del tren que debía coger para llegar a la ciudad. Hora correcta, fecha correcta. ¿El único problema? El tren salía en media hora y todavía estaba allí metida, enfrascada como un pepinillo en un bote imposible de abrir.

La ansiedad comenzó a apoderarse de mí, ¿qué iba a hacer si perdía ese tren? ¿Tendría que esperar al siguiente? ¿Serviría mi billete o tendría que comprar otro? Y en ese caso, ¿me reembolsarían el dinero que ya había pagado? Todas aquellas preguntas no hacían más que acelerar mi corazón y pausar mi respiración. Las sienes comenzaban a palpitarme y un incipiente dolor de cabeza se instaló en mis sienes impidiéndome pensar con claridad.

—Tengo que irme —susurré entre bocanadas de aire bastante sonoras, que no hicieron más que conseguir que los demás pasajeros se giraran para mirarme.

—¿Estás bien? —Una amable señora sentada en el primer asiento al otro lado del estrecho pasillo captó mi atención.

Asentí sin demasiado convencimiento y me abaniqué con el billete de tren mientras me levantaba de mi asiento, golpeándome sin querer la cabeza con los cajones donde estaban las maletas guardadas.

Sin duda alguna, mi entrada al país no había sido de las mejores.

—Solo necesito salir de aquí —respondí, al ver que la mujer no apartaba su vista de mí—. No me gustan los espacios cerrados.

Di gracias al cielo porque aquella mujer hablara mi idioma, no me veía capaz de hablar con desconocidos en otro idioma, incluso ya me costaba hacerlo en el mío propio.

Como si fuera un regalo caído del cielo, aquella mujer de avanzada edad se puso en pie e hizo el amago de salir de su pequeño espacio, para ocupar el pasillo. Ante su intención, la gente se apartó para dejarla salir y ella, en su infinita bondad, dio un paso hacia atrás.

—¿Puedes sacarme la maleta? —me preguntó con una afable sonrisa y, sin duda, entendí su mensaje.

Salí de mi pequeño espacio y casi di las gracias al poder incorporarme del todo. Abrí el portaequipajes, saqué la pequeña mochila granate que la mujer me había señalado y se la entregué antes de abrir el portaequipajes contiguo para sacar mi propia maleta.

Era pequeña, pero ideal para llevar lo necesario para cuatro días en el extranjero.

Me giré hacia la anciana y le dediqué una amable sonrisa. Entreabrí mis labios para agradecérselo, pero ella se me adelantó y dijo que no era necesario. Entonces salí de allí como alma que lleva el diablo, todavía llevando el billete en mi mano, arrugado por tanto ajetreo.

El golpe de aire fresco fue como una bendición para mis pulmones. Bajé las escalerillas del avión y cuando al fin tuve ambos pies en suelo belga, sonreí.

Las instrucciones de los encargados de aviación eran sencillas, seguir la línea amarilla que nos dirigiría a todos hasta el interior del aeropuerto. Mis piernas se negaron a colaborar en un primer momento, tuve que mirar de nuevo el billete de tren para convencerme de que no tenía tiempo, de que aquello no era una pesadilla, sino que era una situación totalmente real y verídica.

Logré llegar a la zona de trenes del aeropuerto, nunca podré explicarme como lo hice, pero lo hice. Tan solo intenté no desviarme ni distraerme con las luces de mi alrededor, con la cantidad de gente que pululaba por allí impidiendo que casi pudiera moverme a mis anchas.

El panel rezaba las horas, las ciudades y las plataformas. Volví a mirar mi billete una vez más, plataforma cuatro, vagón diez, asiento 13B. Con las manos a punto de romper a sudar, logré poner los pies en el tren antes de que las puertas se cerraran. Busqué con la mirada algún cartel que indicara el número de los vagones que yacían a mis lados. Torcí a la derecha, el vagón más próximo al que me dirigía.

Cada paso que daba se hundía en la moqueta, el vagón estaba totalmente en silencio y prácticamente vacío por lo que pasear por allí era como estar caminando entre nubes. El vagón siguiente estaba igual o más vacío que el anterior, busqué mi asiento y me acomodé antes de sacar los auriculares para volver a perderme en las canciones que guardaba en mi reproductor de música, al igual que había hecho durante el trayecto en avión.

El asiento era cómodo y espacioso, nada que ver con los otros que había tenido que experimentar. En el respaldo del asiento delantero colgaba una bandeja plegable la cual extendí para apoyar el reproductor, antes de echar mano a mi bolso para sacar un cuaderno. Aprovechaba cualquier minuto de tranquilidad para escribir y allí iba a tener más de media hora para poder hacerlo.

La paz se apoderó de mí, mis labios se movían vocalizando letras que mi voz no llegaba a exteriorizar y mis dedos se aferraban con firmeza al lapicero mientras la mina del mismo se movía de un lado a otro del papel, esbozando letras, palabras, frases, historias…

En la última estrofa de mi canción favorita conseguí poner el punto y final de mi primera historia. Ni por asomo estaba lista, debía dejar que se enfriara antes de volver a leerla y entonces estaría lista para comenzar las correcciones.

Pasé la página, no podía detenerme cuando el paisaje que las ventanas me ofrecían era tan hermoso. Comencé a escribir de nuevo, un relato corto esta vez, uno que surgía directamente de mis pesadillas más profundas. La angustia se apoderó de mí con cada palabra sin embargo, sonreí. No sentía miedo y sabía que la angustia tan solo era el síntoma claro de la inspiración, la misma angustia que podía sentir alguien que ve por primera vez una película de terror.

Una suave presión en mi hombro me sobresaltó, ladeé la mirada y una mujer vestida de azul esperaba por algo que desconocía. Me quité un auricular y le sonreí.

—Su billete, por favor —clamó en un inglés poco claro. Yo asentí con vehemencia y volví a sacarlo del interior de la libreta en la que estaba escribiendo, y de donde lo había guardado. Naturalmente y, tal y como procedía, le entregué mi billete, a lo que ella respondió mirándome con un gesto interrogante en su semblante—. Usted no puede estar aquí.

—¿Por qué? ¿Hay algún problema? —pregunté mientras mi corazón se aceleraba y las palabras se enredaban en mi lengua.

—Este billete es de clase turista y usted está en primera clase —me informó con mucha amabilidad, aunque su semblante parecía cabreado por alguna razón y el desconocimiento de si era por mi culpa o por algo ajeno a mi persona, consiguió estremecerme.

—Oh…

—Además —prosiguió—, este billete tiene destino en Bruselas.

—Sí, es hacia donde me dirijo —afirmé.

—No. Este tren va hacia Halle.

El ánimo que había reunido al haber conseguido subir al tren a tiempo, se me cayó hasta los pies al verme en el tren equivocado. De las experiencias se aprende, me dije, los buenos escritores necesitan experiencias para crecer.

—Tiene que dirigirse hacia clase turista, por favor —me instó una vez más, debido a que, sin quererlo, me había quedado inmóvil y con cara de tonta.

Tras recoger todas mis cosas, volver a guardarlas en mi bolso y ponerme en pie, comencé mi traslado hasta la clase turista. ¿Por qué debía marcharme cuando el vagón estaba prácticamente vacío? Además, ante la noticia de que estaba en el tren equivocado, debía y quería bajarme en la próxima parada.

Entendía perfectamente la razón, aún así, aquella cuestión cruzó varias veces por mi mente, creándome severas dudas y haciendo que me enfadara por alguna razón que desconocía, pero que en el fondo no era más que mi propia torpeza revelándose y recordándome lo patosa que era.

Al pasar el umbral donde se encontraba el pequeño descansillo que separaba primera clase de la clase turista, a través del cristal de la última puerta podía observarse como allí era todo distinto. Todos y cada uno de los asientos estaban ocupados, y cuando abrí la puerta para adentrarme en aquella jauría de gritos que no cesaban ante nada, el dolor de cabeza volvió a apoderarse de mí.

Sentía como decenas de ojos se clavaban en mi persona, llevábamos ya quince minutos de trayecto y yo acababa de entrar allí para ocupar mi lugar. El pasillo de esa zona era mucho más estrecho, tal vez no tanto como el del avión, pero si mucho más que el perteneciente a primera clase.

Cuando al fin encontré mi asiento, me di cuenta de que no había espacio disponible para colocar mi maleta, por lo que solo me quedaban dos opciones, tenerla sobre mí todo lo que quedaba de trayecto hasta aquel pueblo perdido o dejarla en un espacio que había reservado para maletas demasiado grandes para los cubículos. Sin duda, y teniendo en cuenta que en el espacio del asiento apenas me cabían las piernas, lo mejor era dejarla al principio del vagón y quedarme de pie para evitar que alguien se llevara mi maleta.

De nuevo tuve que enfrentarme a la idea de que los ojos de aquellas personas se posaran directamente en mí, aquello era peor que tener que soportar los gritos de los adolescentes que, después de un día de instituto, volvían a sus casas.

El espacio reservado para maletas demasiado grandes tampoco es que fuera un lujo, estaba lleno de maletas sin nombre y sin nadie cerca que vigilara las pertenencias.

—Sin duda, aquí confían mucho los unos en los otros —susurré mientras negaba con la cabeza e intentaba meter mi maleta a la fuerza en un minúsculo espacio que quedaba disponible.

Hice esfuerzos titánicos para abrirle un espacio, y justo cuando conseguí encajarla y una gota de sudor comenzaba a surgir en el nacimiento de mi cabello, el tren se detuvo haciendo chirriar sus ruedas contra los raíles y provocando que el interior de la cabina se agitara ligeramente, obligando a que me sujetara a lo primero que encontré a mi paso, lo cual fue el asiento de un señor trajeado que escribía a toda prisa en el teclado de su móvil.

—¿Estás de coña? —susurré de nuevo, volviendo a girarme hacia donde estaba mi maleta para desencajarla de un tirón. No quería perder tiempo ni que el tren volviera a ponerse en marcha conmigo todavía en su interior.

No dudaba de las aventuras que se narraban en los libros o las películas, pero aquello era la vida real y yo no quería ser noticia en los telediarios al aparecer medio muerta –o muerta del todo–, en algún lugar dejado de la mano de Dios.

Accioné la manilla que abría la puerta del vagón y salí tropezando con todo lo que había en mi camino, sin duda fruto de la desesperación, los nervios y el miedo. Un brebaje increíble para comenzar un viaje, ¿verdad?

Bajé del tren apresurada, con el móvil en la mano, intentando que el GPS ubicara mi posición para buscar una ruta corta y barata para volver porque, sin duda, debía comprar otro billete de tren.

Un cartel rectangular reposaba en lo alto de dos barras de hierro, situadas al otro lado de las vías. “Anderlecht” rezaba el cartel con letras mayúsculas. Ni siquiera aparecía en el mapa del GPS.

A mi alrededor tan solo se veía una mezcla de verde y marrón; campos y maleza se extendían en el horizonte, ocupando todo el campo de visión. Tan solo una gasolinera aguardaba en un costado a que alguien, quizá alguien en mi misma situación pero motorizado, se quedara sin combustible y parara a repostar.

La estación de tren dejaba mucho que desear, ni siquiera tenía un mostrador donde poder preguntar, aunque tratándose de mí, y con la peculiaridad que me caracterizaba, lo agradecí. Para mi fortuna, había una máquina sucia que me serviría para sacar un nuevo billete.

Tras dar unas vueltas por el menú táctil de aquel aparato, conseguí acceder al mismo en inglés y moverme por las diferentes pestañas, buscando un billete que me llevara directamente al centro de Bruselas. No fue fácil, teniendo en cuenta los nervios y que no paraba de mirar cada dos por tres el cartel luminoso que iba anunciando la cuenta atrás, que acabaría con un nuevo tren deteniéndose frente a mí.

Al fin encontré lo que buscaba, saqué el dinero –que me pareció barato, dicho sea de paso– y seguidamente una pequeña tarjeta cayó en un pequeño cubículo hacia el que tuve que agacharme para poder hacerme con ella.

Ya no me quedaba nada por hacer allí, tan solo sentarme en uno de los bancos medio roídos por la humedad y esperar a que el tren llegara y me sacara de aquel lugar. No parecía un mal sitio, todo rodeado de naturaleza, y seguramente todo el mundo allí sería la típica gente de pueblo, los cuales se conocían entre ellos y eran amables los unos con los otros, pero en mi situación y tras haber pasado por todo aquello, no podía ver la parte buena de la situación. Mi mente saltaba entre pensamientos, ofreciéndome imágenes hipotéticas sobre lo que debía hacer en caso de secuestro, violación o intento de asesinato.

Sabía que no podía hacer ninguno de los movimientos que realizaba en mi mente, pero me consolaba la idea de tener una escapatoria y perder el tiempo en aquello era mejor que pensar que iba a morir a manos de algún desconocido y que no iba a poder hacer nada por evitarlo.

Tal y como esperaba, el tren hizo su aparición antes de que lo hiciera algún maníaco y, como si el asiento en el que estaba sentada hubiera comenzado a arder, me puse en pie y subí al tren en cuanto abrió sus puertas. Me había asegurado un par de veces de que el nombre del lugar al que se dirigía fuera Bruselas, por lo que estaba un poco más tranquila, y tal tranquilidad se expandió como un chicle adhiriéndose a mi interior cuando descubrí que el vagón estaba medio vacío.

Procuré sentarme al principio del mismo, no quería tener que recorrerlo entero si resultaba que me había equivocado de nuevo de vagón y tenía que volver a marchar hacia otro lugar, pero para mi sorpresa, el revisor de aquel tren no llegó a pasar, al menos no mientras yo permanecía allí sentada, con la maleta entre las piernas y repiqueteando con mis uñas en el asa de plástico de la misma.

No me atreví a distraerme, ni siquiera a ponerme música para hacer más ameno el viaje, tenía miedo de pasarme la parada o de bajarme en la que no era, por lo que mantuve mi mirada fija en la ventanilla, admirando todo aquellos bellos parajes por donde pasábamos, hasta que el tren entró en un túnel que duró unos minutos hasta que finalmente se detuvo en su destino, el lugar al que tanto ansiaba llegar.

Las personas que pululaban por la estación no eran menos que las que andaban por el aeropuerto, sin embargo, allí tenía tiempo para perderlo donde quisiera, para quedarme admirando los puestos de pasteles vistosos o simplemente para intentar hallar en mi móvil la dirección que debía tomar para llegar al hotel. Me moví por la estación, obnubilada por todo lo que me rodeaba, en un intento de que mi cobertura fuese propicia para comenzar a trazar el camino hacia el hotel que había reservado para mi viaje. Había escogido uno que no estuviese demasiado lejos de allí para no tener problemas para trasladarme, pero después de lo que había vivido, cualquier cosa me parecería fácil, por lo que no me alteré lo mas mínimo.

Todo se volvió más fácil entonces, cuando ya no sentía la presión de estar totalmente perdida en un lugar que no formaba parte de mis planes ni de mi itinerario. Mi móvil emitió una serie de pitidos cuando la señal del GPS trianguló mi posición y una sonrisa cruzó mi rostro antes de dirigirme hacia el restaurante más cercano para comprar algo para comer. Ya sabía dónde estaba, ya sabía donde debía dirigirme, ya no tenía prisa alguna y estaba ansiosa por comenzar a disfrutar plenamente de mi viaje. Al fin y al cabo, para eso había salido de la comodidad de mi propia ciudad, para disfrutar y eliminar el estrés acumulado a lo largo de todo el año.

Aún con ese pensamiento, y mientras me sentaba en un restaurante de comida rápida, mi mente me aclaró que, aún sintiendo que quería vivir aventuras y experiencias inigualables, por nada del mundo quería volver a pasar por una semejante como la que había tenido lugar hacía apenas unos minutos.

Era, soy y siempre seré una persona a la que le guste viajar, alguien que adora la aventura y vivir experiencias únicas, pero siempre y cuando dichas aventuras formen parte de un plan bien ejecutado y redactado con anterioridad.

Sin embargo, jamás podrá borrarse de mi mente el recuerdo de aquel día cuando, entre sudores y temores, mi mente creó infinitos escenarios que posteriormente me inspirarían para crear diversos escenarios que podrían considerarse a la hora de formar parte de un libro.

4 мая 2019 г. 20:45:02 6 Отчет Добавить 13
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K.H Baker Escritora, melómana, amante del terror y de los retos en general. Hago lo que esté en mi mano para cumplir mis objetivos y si es con una buena historia y un buen café, mucho mejor ^^ Instagram: @khbaker_writer

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Chiara Bottino Chiara Bottino
👏🏻👏🏻 Muy bueno!! Pasé unas situaciones similares así que me sentí muy identificada. Está muy bien redactado y se hace ágil la lectura. 👍🏻 Y espero que las aventuras te sorprendan y te saquen de lo planeado, en lo posible siempre de manera favorable.
YR Ysabel Ruiz
Jajaja me encantó 👋. Y si es verdad todo lo que uno siente piensa y pasa en los momentos cuándo uno viaja.
YR Ysabel Ruiz
Jajaja me encantó 👋. Y si es verdad todo lo que uno siente piensa y pasa en los momentos cuándo uno viaja.
Tania A. S. Ferro Tania A. S. Ferro
Me encanta el estilo con el que escribes.

  • K.H Baker K.H Baker
    Muchísimas gracias, significa mucho para mí ^^ 8 мая 2019 г. 3:13:27
Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Brava, niña que quiere comerse el mundo.
~