De Repente Tú Подписаться

mariacosta85 María Acosta

Jaime tiene dos reglas de oro: nada de relaciones serias y nada de romances en el trabajo. Sin embargo, cuando conoce a Raúl, su nuevo jefe, las reglas que creía irrompibles comenzarán a resquebrajarse. Raúl es un hombre tranquilo, que combina su trabajo con una existencia anodina, mientras se enfrenta a los estragos de su divorcio y a sus problemas de autoestima. Sentirse atraído por Jaime era lo último que podía esperar. Ninguno de los dos estaba preparado para una nueva relación, ¿pero estarán preparados el uno para el otro?



LGBT+ 18+.

#romance #gay #m-m #romance-urbano #romance-contemporáneo
1
322 ПРОСМОТРОВ
В процессе - Новая глава Каждый вторник
reading time
AA Поделиться

Capítulo I

El edificio <<Nova Casona>> hacía honor a su nombre. Ubicado en la calle Bosh y Gimpera, en el acaudalado barrio de Pedralbes, su arquitectura combinaba la distinción y simetría del estilo Neoclásico — fachada de piedra clara, tejado de pizarra a dos aguas coronando sus seis plantas de altura y balcones rematados con elegantes barandillas de hierro forjado — con los avances de la arquitectura moderna: doble vidrio aislante en las ventanas, un garaje añadido al edificio durante la restauración y una puerta de acero galvanizado con portero automático, que era el único toque moderno en el centenario muro de piedra que rodeaba la propiedad.

En 1817, cuando la casona se construyó, estaba destinada a ser la flamante residencia de los Giner-Belloch, ilustres miembros de la alta burguesía y del gremio de banqueros catalanes. Casi dos siglos después, la casona había sido restaurada y modernizada, quedando convertida en un edificio de apartamentos de lujo. Ahora compartía espacio con antiguas mansiones y elegantes chalets, inmaculadas calles salpicadas de jardines y zonas verdes, y varios edificios de apartamentos de construcción moderna: hechos de cristal y ladrillo, en vez de piedra y madera.

El joven detuvo sus pasos al llegar a la entrada de la finca y pulsó el botón del vídeo-portero para anunciar su presencia. Durante los pocos segundos que tardó en obtener respuesta, sus ojos verdes admiraron desde lejos la arquitectura de la casa. Así como la pulcra alfombra de césped que se extendía hasta la entrada del edificio, al cuál se accedía siguiendo un camino ancho de baldosas de piedra. De su última visita — cuando acudió para realizar la entrevista de trabajo — el joven recordaba el arco serliano, que había sido reformado para acoger la rústica puerta principal de madera de roble, añadiéndole un bonito adorno acristalado en lo más alto y dos ventanas alargadas a ambos lados. Éstas otorgaban una visión sesgada del gran patio tradicional, el cuál había sido conservado durante la reforma y reconvertido en Solárium.

La puerta de acero se abrió para darle paso y el joven sonrió mientras echaba a andar, cargado con su equipaje. Estaba muy contento de haber conseguido aquel trabajo: hasta la fecha, llevaba varios meses en el paro y con la crisis no era fácil para nadie encontrar empleo, ni siquiera en una ciudad tan grande como Barcelona... Desde luego no era cosa de todos los días dar con un puesto como aquel, con alojamiento incluido y un salario que superaba los mil euros. Por supuesto, eso implicaba que la jornada laboral sería larga y no siempre terminaría al acabar oficialmente su turno, ya que formaba parte de sus obligaciones el atender cualquier imprevisto o necesidad extra que les surgiese a los vecinos.

Respecto a su vivienda, estaba exenta de alquiler o hipoteca, lo que le dejaba suficiente dinero para las facturas, la comida y quizás también para darse algún caprichillo de vez en cuando. Tal vez pudiese comprarse por fin el coche, dejar la bicicleta a un lado y no tener que volver a pedirle prestado el Ford Ka a su hermana cada vez que le hacía falta.

Desde luego no tenía motivos para quejarse. Un empleo como aquel era un caramelo para cualquiera y con solo dos años de experiencia en la administración de fincas — los otros tres correspondían a su paso por la Recepción de distintos hoteles — podía considerarse afortunado de haber sido escogido entre un buen número de candidatos. Y sabía que debía dar las gracias por ello a su antiguo empleador, cuyas referencias habían terminado por inclinar la balanza a su favor.

Cuando el joven alcanzó la puerta principal, el portero — Don Marcos, recientemente jubilado — lo estaba esperando. Era un hombre bajito y ligeramente rechoncho. A sus sesenta y cinco años, se estaba quedando calvo y el poco cabello que le quedaba ya había encanecido, volviéndose de un gris ceniciento. Él había sido el encargado de hacer las entrevistas para el puesto y con aquel muchacho en concreto se había establecido una corriente instantánea de simpatía. El propio joven asumía que aquella afinidad se debía, por su parte, a que en muchos aspectos el anciano le recordaba a su padre.

Cuando se detuvo ante él, los marrones ojos del portero miraron con afabilidad a su rubio y esbelto sucesor:

—¿Buenos días, Jaime? ¿Listo para empezar?

—Listo, Don Marcos. Cuando usted quiera.

—¿Lo has traído todo? —inquirió, echando un vistazo a su equipaje: una mochila para el portátil, una bolsa de viaje y una gran maleta con ruedas, en cuya cima viajaba bien atada una bicicleta plegable de color rojo.

—Todo lo que tengo. —Asintió, esbozando una sonrisa—. Estoy preparado para instalarme y comenzar a trabajar.

—Así me gusta. Sígueme. Empiezas en menos de una hora, así que más vale que nos demos prisa.

Echaron a andar por el patio, dejando atrás la bella fuente central de mármol. Jaime no pudo dejar de admirar las enredaderas que coloreaban de verde las paredes y los elegantes muebles de jardín, hechos de ratán. Una cristalera cerraba el patio por arriba, convirtiendo el lugar en un refugio cálido en invierno y fresco en verano, totalmente a salvo de los elementos: era el sitio perfecto para cenar con los amigos, o relajarse leyendo o tomando algo durante el día.

Los dos hombres cruzaron la gran puerta que daba acceso al interior y de pronto se encontraron en una estancia de estilo moderno: tonos neutros en las paredes y suelo de mármol, con sencillos cuadros y algunas plantas de interior colocadas estratégicamente. Un chaise longue de color malva y una mesita de café acristalada cerca de la entrada completaban la decoración.

—Esto es la Recepción, como ya sabes —dijo Don Marcos y repasó rápidamente la distribución—: Ahí está el mostrador, a la izquierda los buzones de correo y al fondo la Portería, donde vas a vivir; A la derecha están los ascensores y el almacén de la limpieza: tienen llaves especiales, por si pasa algo. Están en una caja de seguridad bajo el mostrador. La llave blanca es la del tercer ascensor, el último de la derecha: es el que lleva al ático, donde vive el señor Giner... Antes era la buhardilla de la casa. Solo él y ocasionalmente tú, o alguno de sus invitados, vais a usar ese ascensor, por lo que solo hay dos llaves: la del cajetín y la que tiene el propietario. —Le hizo un gesto para que lo acompañara y juntos caminaron hasta el mostrador. El anciano se hizo con un listado que había junto a los monitores de vigilancia y se lo entregó a Jaime—. Este es el registro con los nombres, el número de vivienda y la extensión telefónica de los inquilinos. En las últimas páginas hay una relación de todos los profesionales y empresas con las que trabajamos, desde el supermercado hasta la compañía de limpieza. —Jaime le echó una ojeada a la información que contenía el documento y asintió, conforme. Don Marcos se colocó entonces a su lado y le señaló el pasillo que se perdía al fondo a la derecha, donde se hallaban los ascensores—. A la vuelta de esa esquina están los dos apartamentos de esta planta. Son los únicos que tienen acceso directo al Solárium: es su terraza. Los demás tienen que pasar por aquí o usar la escalera de la primera planta, que baja hasta el patio.

—¡Qué afortunados! El Solárium es fantástico para disfrutarlo.

—La verdad es que si —admitió. Un segundo después, continuó—: La puerta que está justo enfrente de la del patio da al jardín de atrás. Ambas puertas deben permanecer abiertas durante el día, a no ser que llueva mucho y haya que cerrarlas para que no entre el agua. Y debes asegurarte de que están cerradas cuando acabes tu turno a las ocho, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Bien, sigamos: hay cuatro apartamentos por cada planta, exceptuando esta y el ático, que está ocupado enteramente por el Penthouse y la terraza.

—¿Es una terraza común o pertenece al ático?

—Es privada: el señor Giner escogió el espacio que quiso para sí, cuando reformó la antigua casona. La finca ha pertenecido a su familia durante generaciones —desveló—. Trajeron a un arquitecto de Tarragona para la reforma y tardaron tres años en terminarla... Eso fue en 2004, unos meses antes de que me contratasen.

—No sé como estaría la finca antes —afirmó, mirando a su alrededor—. Pero a mí me parece que han hecho un trabajo excelente.

—Y qué lo digas. —Asintió. A continuación, suspiró—. Bueno, Jaime, ya te he explicado todo lo que había que explicar. ¿Tienes alguna duda o pregunta? —El joven negó con la cabeza—. De acuerdo, entonces... —Le tendió la mano como gesto de despedida y Jaime se la estrechó—. Ha sido un placer tratar contigo. Estoy seguro de que la finca se queda en buenas manos.

—Gracias, Don Marcos. Pienso dar lo mejor de mí en este trabajo.

—No lo pongo en duda. ¿Sabes? —añadió, cuando el apretón de manos concluyó—. El señor Ribelles me habló maravillas de ti, cuando lo llamé para comprobar tus referencias. Se lamentaba de no poder llevarte con él a Francia.

—Yo también lo sentí, pero el puesto en la finca de Perpiñán ya estaba ocupado. —Se encogió de hombros, esbozando una sonrisa—. Çe la vie.

—Bueno, nosotros somos lo que salimos ganando —manifestó, correspondiendo al gesto del joven—. Y ahora, vamos, te dejaré en la Portería para que te instales. Mi hija llegará en cualquier momento para recogerme.

Se pusieron en marcha, bordeando el mostrador y alcanzando enseguida la Portería, que estaba situada unos pocos metros más allá. Don Marcos abrió con su llave y entraron juntos. Se encontraron de lleno en el recibidor, que no era más que un pasillo con puertas a ambos lados que conducían a la cocina, el salón, los dos dormitorios y el baño al fondo. La decoración era muy sencilla, con algún cuadro o planta aquí y allá. Por lo que se podía vislumbrar desde el corredor, el mobiliario era mayormente funcional y austero.

—Toma. —El anciano le entregó la llave a Jaime—. Yo ya me he llevado todas mis cosas y los pocos muebles que necesitaba. Mi hija tiene de todo en casa y hasta me ha comprado un dormitorio nuevo, ¿¡te lo puedes creer!? En fin. —Suspiró y miró alrededor, de repente abatido.

Jaime se dio cuenta en ese momento de que el traspaso de poderes acababa de ser realizado y que aquel era el final del camino para Don Marcos. Sintió un poco de pena por él: estaba a punto de abandonar el que había sido su hogar y su trabajo durante más de diez años. Por experiencia sabía que, a su edad, esas cosas no eran fáciles.

—Te dejo la casa en orden, Jaime, es toda tuya. Espero que la disfrutes y que sea un hogar para ti, como lo ha sido todos estos años para mí.

—La cuidaré bien. —Prometió, tendiéndole la mano para estrechársela por última vez—. Espero que le vaya muy bien con su hija, Don Marcos. Ha sido un placer conocerle.

—Gracias, hijo, lo mismo digo. El jefe vuelve dentro de tres días —añadió, al cabo de un momento—. Está en Marbella, supervisando las obras del nuevo edificio. Si surge cualquier cosa, ponte en contacto con él: su número personal está en el registro.

—De acuerdo, así lo haré.

El silencio se instaló entre ellos y permanecieron algunos segundos más en el pasillo, hasta que oyeron sonar el telefonillo en la Recepción: alguien acababa de llamar al vídeo-portero de la finca y, tal y como sospechaban, se trataba de la hija de Don Marcos.

El joven y el anciano se dijeron adiós una vez más y, de pie en el umbral de su nueva casa, Jaime observó como el antiguo portero se alejaba. Poco después de perderlo de vista, sacó el teléfono móvil y consultó la hora:

Las ocho y media. Tenía treinta minutos exactos para prepararse, antes de dar comienzo a su primer día de trabajo.




A las siete de la tarde del jueves, Raúl Giner entró en su habitación del hotel. Había sido un día largo, que se había pasado supervisando las obras y hablando con los arquitectos y con el inspector del Ayuntamiento.

Lo único que le apetecía en esos momentos era quitarse los zapatos, tirarse en la cama y tal vez más tarde acudir al restaurante del hotel para tomar una cena rápida antes de acostarse. Su avión salía mañana temprano para Barcelona...

En el bolsillo de su pantalón, el teléfono móvil comenzó a sonar. Suspiró.

<<Por favor, que no sea otra vez el técnico de Urbanismo>> pensó, cerrando los ojos entre el cansancio y la súplica.

Sacó el teléfono y vio en la pantalla un número conocido, acompañado de la foto de una mujer vestida con un elegante vestido azul. La prenda hacía juego con sus ojos y resaltaba el bonito tono cobrizo de su melena. Aunque ya había alcanzado los sesenta, nadie diría por su aspecto que tenía más de cincuenta.

—Mamá —contestó a la llamada, mientras se desprendía de los zapatos y trataba de llegar hasta la cama.

—Hola, hijo, ¿cómo estás?

—Bien. —Tomó asiento con un suspiro cansado a los pies del lecho—. Ya he terminado por aquí. Las obras del nuevo edificio van viento en popa.

—¿Estará listo a tiempo?

—Si tenemos suerte, puede que incluso antes —valoró, aunque no quería hacerse demasiadas ilusiones.

—¡Eso sería maravilloso! —declaró, entusiasmada—. Y, dime, ¿qué te ha parecido Marbella?

—Muy bonita. Aunque es un poco solitaria, yo la esperaba más concurrida.

La mujer se echó a reír.

—Hijo, estamos en enero. La jet set no acude en masa hasta el verano... Esa será una estupenda fecha para inaugurar tu nuevo edificio —vaticinó.

—Lo sé: mediados o finales junio es la fecha prevista.

—Será un éxito, ya lo verás. ¿Cuándo vuelves a Barcelona?

—Mañana por la mañana.

—¿Llegarás a tiempo para almorzar con nosotros? Van a venir Olga y Esteban. Y seguro que a tu padre le encantará conocer las novedades del proyecto.

—Si, claro. —Intentó que su tono no sonase demasiado escéptico. Su padre era un hombre inteligente y un buen conversador, pero charlar de negocios con él era como entrenar con un marine: fueran los que fueran los logros conseguidos, para Joan Giner siempre había una meta más por conquistar, como si nunca fuese suficiente—. ¿Está por ahí?

—¿Tú qué crees?

—Creo que eso que suena de fondo es el <<Vals del minuto>> de Chopin. Así que, si, debe de estar ahí.

—¿Quieres qué te lo pase?

—No, no te preocupes: si está sentado al piano ya sabes que no hay que molestarlo.

—A menos que quieras que te enseñe a tocar —bromeó su madre y aquello le provocó una mueca, trayéndole a la mente aquellas tardes de su infancia pasadas sentado al piano junto a su padre, después de hacer los deberes y antes de la cena. Era uno de los pocos momentos que recordaba haber pasado a su lado sin sentir que fallaba en algo...

—Mamá, tengo que colgar —declaró, sintiéndose de pronto desanimado—. Estoy cansado y quiero acostarme pronto. Creo que voy a pedir la cena al Servicio de Habitaciones.

—Cómo quieras. Pero nada de dulces, Raúl, que te conozco —advirtió la mujer, usando un tono tajante para la última frase.

—¡Mamá! —Su censura provocó la queja e hizo que se sonrojara, como si lo hubiese sorprendido in fraganti en alguna fechoría.

—Lo digo por tu bien: siempre has sido muy goloso y eso no es bueno... Mucho menos ahora, que has subido tanto de peso. ¿Es qué quieres terminar diabético u obeso?

—No.

—Pues ya lo sabes.

Bajó la cabeza y sus ojos azules se encontraron de lleno con la cintura de sus pantalones, sobre la cual su vientre ya comenzaba a desbordarse. Pequeños rollos de grasa se exhibían ante él, pegándose lánguidamente a la tela de su camisa blanca, como un recordatorio constante y desagradable. ¿Por qué no podían ser las cosas como antes? Hacía menos de dos años su cuerpo era el de un atleta y ahora...

<<Las cosas han cambiado>> dijo una voz insidiosa en su cabeza, la que siempre aparecía para atormentarlo. <<Nada es como hace dos años, ¿cierto? Nunca volverá a serlo>>.

Su rostro se contrajo, intentando detener el avance de los malos recuerdos: lo que había sido en el pasado y lo que era en el presente, hasta que punto las cosas se habían trastocado...

—Mamá, lo siento, tengo que colgar.

—De acuerdo. Cuídate, hijo. Nos vemos mañana. Adéu, ciel meu.

Adéu, mare.

Colgó y suspiró, abatido. Miró la pantalla del teléfono y comprobó que solo eran las siete y cuarto. ¿Qué hacer? Estaba el plan de la ducha caliente y la cena en el restaurante del hotel, por supuesto. Y quería acostarse temprano...

<<A la mierda>> pensó y se levantó para acudir al teléfono que había sobre la mesilla. Irritado, marcó el número del Servicio de Habitaciones.

10 сентября 2019 г. 4:58:08 0 Отчет Добавить 0
Прочтите следующую главу Capítulo II

Прокомментируйте

Отправить!
Нет комментариев. Будьте первым!
~

Вы наслаждаетесь чтением?

У вас все ещё остались 4 главы в этой истории.
Чтобы продолжить, пожалуйста, зарегистрируйтесь или войдите. Бесплатно!

Войти через Facebook Войти через Twitter

или используйте обычную регистрационную форму

Похожие истории