Extraña poción de amor Подписаться

vladstrange01 Vlad Strange

Sophia vive en una pequeña cabaña en los Pirineos, trabaja en un legendario negocio familiar haciendo pociones y medicinas naturales que curan el cuerpo, el alma y, también, el amor. El sagrado conocimiento de la hechicería fue aprendido por su madre, quien lo aprendió de su abuela y, según la tradición, ella debe encontrar a su alma gemela para engendrar a su heredera antes de que pasen los años y la sabiduría se pierda. Siguiendo las pautas de las parejas de las hechiceras, donde dice que debe ser un humano con corazón puro y una fascinación por la espiritualidad, y que llegue por su propio pié a la cabaña, Edwin Monchant, un joven, nieto de una cliente frecuente, aparece en la vida de Sophia. Del otro lado de la colina, una lúgubre mansión se asoma imponente, en ella vive uno de los hechiceros más tenebrosos y malvados del mundo mágico… … y a él no le cae nada bien Edwin.


Любовные романы паранормальный Всех возростов.

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Capítulo 1


El vecino de Sophia tenía un modo muy peculiar de avisar que se encontraba a la puerta de la pequeña cabaña escondida entre la oscura vegetación de los Pirineos. El cielo se oscurecía, el viento golpeaba con fuerza y los animalitos silvestres buscaban refugio. Y luego, cuando él pisaba fuerte sobre el tapete de la entrada, un relámpago caía exactamente en el patio delantero, creando y recreando un mismo círculo de pasto quemado.

Era entonces cuando ella, después de pegar un brinquito por el susto, asomaba la nariz entre las cortinas y soltaba un profundo suspiro.

La joven vivía sola en aquella cabaña solitaria en la que habían habitado todas sus antecesoras: su madre, su abuela, sus tías abuelas, su bisabuela, tatarabuela… Aunque claro, siempre se iba renovando la humilde construcción cuando pasaba de mano en mano, no es que la misma casita de madera hubiese sobrevivido cientos de años por puro acto de magia.

Cada dueña tendía a convertir aquel lugar en un espacio especial y único, algo que reflejaba su interior sin ningún tipo de filtro.

Sophía, al recibir la batuta de Clarisse, su madre, comenzó a coleccionar libros y publicaciones de todo tipo, desde historias románticas de humanos, hasta gruesos tomos de magia y alquimia aplicada. Y en su jardín, bajo unas condiciones antinaturales para la región, había una gran gama de plantas, flores, verduras, árboles frutales y hierbas salvajes que le servían a la perfección para llevar a cabo su misión.

Ella se creía una joven moderna, siempre dispuesta a utilizar las nuevas tecnologías para sus técnicas de hechicería. Aparte de tener otras ideas que diferían mucho con la forma de pensar que el resto de su familia.

Entonces, con su vecino más próximo a la puerta, secó sus manos en un viejo trapo y abrió solo una rendijita en la que se asomaban sus ojos castaños, una mejilla llena de pecas y una boca de labios color melón.

—¿Se te ofrece algo? —le preguntó, levantando una ceja para verse un poco más altanera.

El hombre, enfundado en un traje oscuro, como si viniese de un velorio, y un porte elegante rozando con exagerado, esbozó una sonrisa confiada y contestó: —¿Por qué más estaría aquí si no?

Sophia entrecerró los ojos y apretó la puerta entre sus dedos.

—¿Me permitirás pasar? Me parece que está por llover —dijo el hombre, mirando con inocencia fingida al cielo.

—Puedes mojarte, no te sucederá nada. Yo que sepa, a los magos tenebrosos no les afecta ni el agua. —Mantuvo la mirada por dos segundos mientras tamboreaba la puerta con los dedos—. Bueno. Buena suerte en tu camino de regreso.

—¡Oh, vamos! —Golpeó el piso con un pie y perdió toda la compostura de rigidez—. ¿Sigues molesta por lo de la otra noche?

Ella bufó, rodando los ojos y casi azota la puerta en el rostro de su visitante, pero él fue más rápido y la detuvo a unos centímetros de su prominente nariz.

El hombre se enojó a sobremanera, y es que nadie, en todos sus años de vida, había tenido el valor de tratarlo con tanto desdén como Sophía. Todos le temían al gran mago oscuro, le otorgaban sus deseos por simple miedo o conveniencia… pero esta simple bruja nerd nunca había dado su brazo a torcer.

—Necesito unos ingredientes para… algo y tú eres la única hechicera de la región. ¿Serías tan amable de dejar a un lado nuestras diferencias y aceptar un trueque?

La joven soltó su cuerpo en señal de rendición y lo dejó pasar, caminó hacia la mesa y recargándose en ella, cruzó los brazos.

—Perfecto. Sabía que eras una brujita razonable. —Sonrió fanfarrón y casi hace que lo echen de la cabaña otra vez, pero en cuanto vio la mirada asesina que le lanzaron, inmediatamente se cuadró y rebuscó en su saco un papelito—. Necesito surtir esta lista.

«Una rama de canela, dos flores de lavanda, miel…» Sophia leyó de una caligrafía bastante creativa y rara.

—¿Qué pretendes, Karim? —le preguntó, casi temerosa.

—Es solo una poción inofensiva. No es de su incumbencia, señorita.

«… cinco espinas de espino y menta».

—Si no te conociera, pensaría que planeas hacer una poción de am…

Una carcajada irrumpió la pequeña casita y tres relámpagos sucedieron. —¡Estás mal, niña! ¡Muy mal! ¡Increíblemente equivocada! ¿Por qué yo, señor Karim, Gran Mago Oscuro, querría hacer una poción de ese… calibre?

Sophia no dijo nada más.

Karim tenía razón: no era de su incumbencia.

Bajó los frascos a la barra y colocó, con mucho cuidado, las cantidades requeridas en pequeños sobres de papel.

—Hablaste de un trueque… —dijo antes de entregarle el pedido.

—¡Oh, sí! ¡Muy cierto! —Metió la mano en el saco y sacó un libro con pasta de cuero con inscripciones en gaélico—. Es una antología de leyendas escocesas, bastante antiguo por lo que veo. No es nada místico, pero es justo lo que vale esto… —Acercó lentamente la mano a los sobrecitos y los atrajo con la misma lentitud, como quien le quita un hueso a un perro.

Y en cuanto Sophia estuvo por tomar el libro, alguien llamó a la puerta.

Nerviosa, miró a Karim suplicante y él entendió el mensaje: Nadie podía verlo ahí. No era buena idea que la Bruja blanca de los Pirineos se llevara bien con el Mago Oscuro que tenía por vecino.

En realidad, las únicas visitas que ella tenía era de clientes que la buscaban por dolencias, enfermedades y mal de amores. No sabían que ella era una bruja o que el señor Karim fuese un hechicero, solo intuían cosas… como que ella debía ser una bruja y que el señor Karim no era un buen hombre.

Entonces, sin tener la oportunidad de retirarse, únicamente se ocultó en la habitación de la joven.

—¡Señorita Talbot! ¡Qué gusto me da encontrarla en casa! Como he venido sin avisar, temí que mi viaje fuese en vano —. Una mujer adulta, realmente vieja, pero que ocultaba su edad en una constitución activa y enérgica, entró a la cabaña como si fuese su propia casa—. Hijo, por favor, cierra la sombrilla y déjala a un lado del tapete, ¿quieres, cariño? —Pidió a un joven bien parecido que la acompañaba—. Perfecto, ahí mismo.

—Es un placer su visita, señora Montchant, ¿en qué le puedo servir?

La actitud de Sophia era muy diferente con estos humanos, y Karim lo notó, haciéndolo sentir un poco celoso y ligeramente rabioso. Él la conocía desde antes de que todos esos mortales la frecuentaran, ¿por qué debía ser siempre tan distante con él?

¿No era merecedor ni de un poquito de su amabilidad y cortesía?

—Verá que he ido al médico porque mi insomnio ha empeorado, ¿se acuerda que le conté? Pues me ha dado unas gotas para dormir, pero me hacen tanto mal… Me dan nauseas, dolor de cabeza, pesadez… ¡Es horrible! —La mujer tomó asiento rápidamente en la mesa, colocando una canasta grande sobre ella y ordenó con la mirada al joven que hiciera lo mismo—. ¿Tendrá algo que sustituya a esas terribles gotas farmacéuticas?

—Quizá tengo algo que le ayude a dormir, pero creo que debería solucionar aquel problema que no la deja dormir —contestó, caminando hacia el estante donde tenía todos los viales con pociones listas para usar y tomó un frasquito con gotero del que colgaba una extraña florecita morada—. Tengo esto. Cada noche, antes de acostarse, prepare una taza de té de tila con leche caliente y, justo cuando lo vaya a beber, añada tres gotas y mezcle bien.

—¿Solo tres gotas?

—Solo tres gotas. No más. —Sonrió amablemente.

La mujer guardó el frasco en su bolso y acercó la canasta hacia Sophia: —Horneamos galletas de jengibre y recordé que le gustaban mucho. También le traje nuestras mejores piezas de pan salidito del horno. ¿Es suficiente pago? Porque puedo enviar al muchacho por lo que necesite…

—No, no, no. Esto es más que suficiente, muchísimas gracias por las galletas y el pan.

La señora Montchant se despidió tan rápido como llegó, pero no sin antes presentar a su silencioso nieto, Edwin Montchant.

Y Sophia, quien apenas había reparado en el muchacho, fue presa de una extraña sensación en cuanto sus miradas se cruzaron. Era un joven alto, moreno y con ojos color miel, sonrisa tímida y bonachona. Un sujeto agradable.

La puerta se cerró, dejando a la joven bruja en una especie de trance, y no fue hasta que el mago oscuro Karim salió de la habitación, que ella volvió en sí.

—Así que… —Sus dedos hurgaron en la servilleta de tela que cubría la canasta y tomaron una galletita—. También aceptas galletas como pago. De haber sabido, ya te hubiera horneado unos bocadillos con forma de criaturitas de la noche. Te morirías de la ternura al ver unos murcielaguitos con sabor a chocolate con ajo y…

—Mi moneda contigo sigue siendo la misma, Karim —dijo ella, intentando reprimir una mueca de asco ante la mención del chocolate con ajo—, aunque espero que te busques un nuevo dealer para tus fechorías.

—¡¿Fechorías yo?! —Se hizo el ofendido, pero luego soltó una carcajada malévola—. Ten, tu paga—. Dejó el libro sobre la mesa y checó una vez más que llevara todos los ingredientes que necesitaba—. Hasta la próxima lluvia, brujita.

Y, sin siquiera usar la puerta, desapareció de la cabaña.


4 мая 2019 г. 1:28:51 2 Отчет Добавить 16
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Huelo a trío amoroso, espero no equivocarme.
F. Ciamar F. Ciamar
Parece una historia interesante, a ver como sigue... :)
~

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