La seducción de una hija Подписаться

shelly-cooper1553049801 Shelly Cooper

Cuando Charles adoptó a Andrea, supo de inmediato que no tardaría en caer ante sus encantos. Ahora que el tiempo ha pasado, el fuego entre los dos se hace más intenso. Sin embargo, para la guapa adolescente, no es la única tentación su padre. También está Lion, el mejor amigo de este; que es un arquitecto de renombre, nudista y soltero, con una gran pasión que puede darle a Andrea el sexo que ella tanto desea. Ambos amigos tienen mucho que ofrecer; pero al final el corazón de Andrea sólo estará para uno. ¿Cuál será? Encuentros eróticos, noches de pasión, dramas y lujurias se viven en esta historia de una hija que probará sus habilidades de seducción mientras busca el verdadero amor.


Эротика Всех возростов.

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Hola; vine aquí a publicar mis obras, y me encantaría recibir sus comentarios. Disfrútenlas :)


Capítulo 1

Yo no era tonta. Podía ver la sombra de sus pies debajo de la puerta. Entre el marco y la madera había una rendija lo suficientemente pequeña como para que alguien con el ojo avispado pudiera espiar. Dado que David tenía solamente doce años, era improbable que fuera él quien estuviera al otro lado.

No. Si se trataba de alguien, era de Charles, mi padrastro. Llevaba un año viviendo con él y con su esposa, Martha. Durante todo ese tiempo, entre él y yo había surgido una especie de comunicación corporal que podía traducirse como yo te coqueteo y tú te haces el tonto. Así pues, no había tenido ninguna clase de avance.

El hombre me gustaba. ¿Qué puedo decir? Soy lujuriosa, y para mi edad, eso ya es bastante normal.

Sacudí la espuma de la esponja y la pasé sobre mis esféricos senos. Me ubiqué frente a la puerta con aparente inocencia porque sabía que el hombre que había al otro lado estaba mirándome. Mis manos rodaron por la piel de mis pechos hasta los pezones, los cuales agarré hasta sentir que se ponían firmes bajo el influjo de mis dedos.

El agua caía sobre todo mi cuerpo. Mojaba mis muslos afeitados y mi sexo, tan liso como las losas que tapeaban el muro del cuarto de baño. Ocupé la regadera del soporte y deslicé el chorro de agua por toda mi elegante anatomía. Yo era linda, y así lo había constatado varias veces al verme al espejo: una chica de piernas largas, vientre firme y unas nalgas que había obtenido luego de matarme haciendo agachadillas todas las noches durante seis meses.

El agua estimuló mi carne. Separé las piernas, apoyando una en el borde de la bañera. La sensación del agua tibia golpeando contra mi clítoris hizo que jadeara un poco más fuerte de lo que había esperado. En consecuencia, mi voz hizo eco entre las paredes.

Los pies seguían fijos en su sitio. Traté de no mirar el marco de la puerta, donde sabía que estaban los ojos de mi padre. En su lugar, lamiéndome la boca, froté con la yema de mis dedos la entrada de mi vagina. Separé mis labios interiores para mostrar los tesoros escondidos y aumenté la fuerza del agua que salía de la regadera.

La masturbación era un sueño, especialmente cuando se practica mientras alguien te ve. Tragué saliva y sentí escalofríos al notar cómo mis dedos bañados se metían entre la apretada raja que dividía mi sexo. Imaginé que se trataba de Charles, de su virilidad. El hombre me ponía chiflada y yo no sabía cómo saciar esas terribles ganas de llevármelo a la cama, así fuera frente a su esposa.

Pobre de ellos al haber adoptado a una chica como yo, que había vivido en diferentes casas con padres cada uno de ellos más fastidioso que el otro. La mayoría de habían sido hombres que trataron de someterme con regaños, con reglas absurdas. Con cosas para las que yo no estaba lista.

Pero Charles era distinto. Él me vio en aquella celebración donde las familias iban a adoptar. Nadie solía llevarnos a nosotros, los adolescentes. Creían que ya no valíamos la pena porque nuestras mentes ya estaban maleadas. Éramos sinónimos de rebeldía y locura.

Mordí mis labios y palpé mis pechos con una mano. Cubrí uno por completo y tiré de la rígida punta para hacerlo saltar. Eso me arrancó una singular sonrisa que me orientó a seguir jugando con mi clítoris por más tiempo. Froté con renovadas fuerzas hasta sentir que mis dedos llegaban tan profundos que podía estimular yo misma el punto de más placer.

—Sí… —jadeé, y me atreví a soltar algo extra—. Sigue así, papá.

Los pies de Charles se movieron un poco. Aunque lo había dicho en voz baja, si él tenía un oído predilecto podría haber escuchado mis palabras. Eso sin duda lo pondría como loco.

El orgasmo se hizo conmigo. Tiré la regadera y apreté mi mano entre mis piernas. Mordí tanto mis labios que sentí una dolorosa presión a medida que la electricidad bajaba por mi columna. Mis rodillas temblaron y tuve que sentarme en la orilla de la bañera pare recuperar el equilibrio y no caerme.

Esta clase de coqueteos se habían ido repitiendo durante las últimas tres semanas. Cada vez yo era más descarada, tratando de hacer que Charles se fijara en mí sin tener que ser muy directa. Quería que fuera él quien tomara la iniciativa antes de que su esposa, que era una hija de perra adicta a las apuestas, se diera cuenta y lo convenciera de que me echara de la casa.

Pillé una toalla y me envolví con ella. Apenas me cubría la parte inferior de los pechos y dejaba una gran porción de mis largas piernas descubiertas. El agua bajaba por mis mejillas y se metía entre el canalito de mis apretadas carnes.

Los pies que estaban al otro lado de la puerta se movieron rápidamente justo antes de que yo abriera.

Sí. Se trataba de Charles, que estaba pegado a la pared. Tenía una apariencia perturbada, como si hubiera visto algo que no debía.

—¿Estás bien, papá? —Le pregunté, sosteniendo el nudo de la toalla y acercándome a él. Le acaricié la mejilla—. Parece que tienes un poco de fiebre.

—No tengo nada —Charles era un tipo alto y usaba anteojos. No era un playboy como los que salían en las revistas. Sin embargo, debajo de su camisa, había un cuerpo de infarto que me ponía acalorada.

—Oh. Ya veo. ¿Qué quieres cenar hoy? Yo te lo preparo.

—Pues… no sé cómo qué se me antoja.

Avancé un paso.

—Dime lo que quieras y yo lo haré. Estoy a tus órdenes.

—Eh…

Se quedó con esa cara de bobo.

De repente David salió de su cuarto. Vino corriendo hacia mí y me pegó una tremenda nalgada que me hizo sentir cosquillas por todo el cuerpo.

—¡Hijo de perra! —Grité, corriendo tras él.

No llegué a tiempo. David entró al cuarto de sus papás y me cerró la puerta en la cara.

—¡Abre, niño tonto! ¡A una chica no se le toca sin su permiso!

Miré por encima de mi hombro. Charles no paraba de reír.

Ofuscada y humillada, fruncí las cejas y me fui a mi habitación. ¡Maldito mocoso!

30 июня 2019 г. 14:16:12 0 Отчет Добавить 0
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