Короткий рассказ
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Trapecistas

Él es plenamente feliz, es cierto. Sabe que muchos quisieran lo que él tiene, lo que él vive, y ni siquiera podrían soñar con alcanzarlo. Sabe que es afortunado, muy afortunado, sí, pero es inevitable que algunas sombras de vez en cuando le oculten un poco el sol, sombras de nubes cargadas de nostalgia, de cuando era trapecista de alma, y era grande, importante para muchos, siendo el más humilde de su pueblo. Muchos le decían que llegaría a mucho y cuando lo veían caminar por la cuerda decidido, esa cuerda atada a pulmón entre dos árboles o dos estacas, apostaban por él y aplaudían de corazón porque les parecía que tenía un gran futuro. Pero él no alardeaba, no era vanidoso, solo le gustaba sentir eso, ese placer al ver la alegría en los rostros, la emoción sincera. Sabía, por supuesto, que era obra de él, que él les inspiraba todas esas sensaciones hermosas. Sus padres también apostaban a que tendría un futuro grande de trapecios mundiales, aunque nunca pudieron costearle estudios que le perfeccionaran la pasión desbordada y casi siempre lo sobrecargaban con asuntos de labores cotidianas y tareas del hogar, ya que no podían evitar pensar, al verlo tanto tiempo en la cuerda y en sus vuelos, que todo eso podría resultar un mero pasatiempo ocioso y muy poco rentable.

Cuando conoció a la chica, supo que era su destino amarla. Ella le correspondió y empezaron un camino juntos. Ella también era trapecista, pero de alto vuelo, de profesión. Sus padres, sí habían podido brindarle la oportunidad de que mejorara y aprendiera. Ahora ella, incluso cuando estaba desganada, era excelente en lo que hacía. No era alma lo que se veía en sus saltos, sino arte, prolijidad y disciplina. Era inevitable que el amor se encendiera: en los dos había la misma pasión, el mismo anhelo. Sin embargo, para irse con ella tuvo que dejar su gente, su familia incluso. Y entonces, junto con el amor infinito, vinieron muchos días de escenarios, esos con los que él tanto había soñado, de público y sensaciones maravillosas, solo que ella volaba allá arriba mientras él se repetía en cada ocasión, sentado, inmóvil en la butaca. Y allí, en ese circo espectacular donde tenía su mundo (adonde él la había seguido sin condiciones), todos hablaban de ella, la aplaudían y se emocionaban al contemplar la belleza de su arte. Por eso alguna vez se animó, ató la cuerda a dos árboles y caminó un rato, pero ellos lo miraron extrañados y hasta un poco celosos. Ese no era ni sería nunca su escenario, sino el de ella; esa gente, la suya. Como era de esperar, después de caminar por esa cuerda improvisada a pulmón por él mismo, nadie le preguntó nada, nadie en la ciudad lo felicitó, nadie le dijo que tenía futuro ni derramó lágrimas emocionadas. No había nadie en la ciudad para percibir, no el arte pulido, sino el alma volando libre. Eso sí, cada día que lo veían por ahí (conocedores del amor entre ellos) le preguntaban por ella, por sus funciones, por sus espectáculos increíbles de trapecio en las alturas. Mientras él, invariablemente, acomodado en la butaca, muy quieto, se resignaba y le transmitía a su amada los mejores vuelos que atesoraba su corazón, añoranzas de vuelos enormes y anónimos que nunca más perseguiría, porque a pesar de todas sus nostalgias, el mejor y más alto de todos sus vuelos sería para siempre el amor de ella.

31 марта 2019 г. 15:43:13 2 Отчет Добавить 1
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Omar Castro Omar Castro
O.o Muy buena redacción.
1 апреля 2019 г. 16:04:39

  • H Hamlett
    Muchas gracias por el comentario! 3 апреля 2019 г. 18:14:46
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