Misterio en el CA1 Подписаться

LuisAnibalNz Luis Aníbal Núñez

¿Te ha pasado de quedarte dormido en el bus y despertar en un sitio que no reconoces? ¿Imaginas quedarte dormido en la ciudad y despertar en medio de la nada? Los pasajeros de un CA1 se quedaron dormidos mientras viajaban en el bus. Nada volverá nunca a ser igual cuando despierten.


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Camino a casa

Es un once de mayo de dos mil nueve a las veintiuna horas.


Un CA1 transita por la avenida Dieciocho de Julio camino a Tres Cruces. Es uno de los últimos coches que saldrán hoy, tal vez sea en verdad el último. Una veintena de personas viajan en este transporte urbano capitalino, Carlos es uno de ellos. Es un policía del grupo GEO, fuerzas de choque enviadas a Ciudad Vieja a controlar una manifestación. No logró arrestar a nadie, ni identificar agresores, ni controlar a nadie. Al menos un millar de activistas destrozaron todo a su paso. Fue una manifestación para repudiar el maltrato animal, a raíz de experimentos recientes llevados a cabo por empresas privadas, establecidas en el país gracias a generosos beneficios fiscales.


Ha sido un día duro para Carlos pero está aliviado, pues ya está camino a casa. Como miembro de esta fuerza policial, Carlos descendió del camión tanque junto a otros efectivos. De inmediato, con armas y escudos acudieron a la zona de conflicto, estaban preparados para aplacar a las masas, pero la orden de sus superiores nunca llegó. La hermana de Carlos solía asistir a protestas de ese tipo; afortunadamente no la vio allí, aunque ella sí estuvo presente entre la multitud. Hace meses que no ve a su hermana, ni la extraña tampoco. Pero de haberla visto allí le hubiera provocado sentimientos encontrados. No está de acuerdo con que ella participe en eso, considera que no se logra nada.


Su desaparecido padre le hubiera prohibido a su hermana participar de eso, la hubiera convencido de cualquier modo, pero Carlos no es así, no tiene tiempo, ni paciencia, ni ganas. Intenta dejar atrás lo ocurrido hoy. Ahora que está calmado, sentado en el asiento del medio de la última fila del CA1, los párpados le empiezan a pesar. Éstos se le caen sobre los ojos, la cabeza se le va hacia delante; entonces reacciona. Más adelante ocurre de nuevo, el sueño profundo gana terreno. Cabecea, siente un sueño tan insistente que ya no puede reaccionar enseguida como antes. Se sumerge en un sueño curioso donde desastrosos, confusos eventos lo quitan de contexto, le provocan dolor físico, real.


Entonces despierta. Se encuentra aún sentado en su asiento, pero el pasillo del CA1 está congestionado de gente nerviosa. Abre los ojos con lentitud. La sorpresa al ver tanta gente alborotada lo alarma, aunque no se incorpora de inmediato. Deja que sus oídos escuchen primero. Oye llantos, gritos, pero nada de los ruidosos sonidos urbanos de Montevideo. Aún es de noche fuera del vehículo; no logra ver mucho a través de la ventanilla. Se escuchan sonidos de audaces pájaros, ranas y grillos. Hace más calor que antes. Carlos transpira. Se incorpora por fin del asiento. Mira aún más por diferentes ventanillas, confirma que evidentemente el bus ya no se encuentra en la ciudad.


No tiene idea dónde se encuentra, pues allí fuera no parece haber luces, ni casas, ni nada. Parecen estar en medio del campo por la noche, ese es el único indicio que dan las mismas luces aún encendidas del CA1. Casi todos los pasajeros están aún dentro del vehículo. Carlos los observa, los ve confundidos, asustados, en algunos casos incluso nerviosos y aterrorizados. La mayoría de la gente está fuera del bus, hablan, discuten, gritan. A izquierda y derecha del bus todo es campo y más campo, Carlos vuelve a corroborarlo bajo la incesante mirada de todos quienes están dentro del transporte. Los pasajeros que están fuera suben el tono de las discusiones. Todos intentan deducir lo que ocurre.


Nadie tiene claro cómo han llegado hasta ese sitio, ni siquiera el chofer. Carlos lo escucha discutir fuera con otros pasajeros, argumenta que él también se durmió cuando el CA1 estaba detenido en el semáforo de Boulevard Artigas y Avenida Italia, a tan sólo una vuelta de la plaza para llegar al destino.


──Oficial, ¿tiene idea de lo que pasa? ──Le pregunta un hombre abrazado a su hija pequeña.

──Estoy tan confundido como usted.

──Trate de tomar el control, ponga orden porque esos de ahí fuera están asustando a las mujeres y los niños que están acá dentro. ──Carlos desciende los escalones de la puerta trasera y sale del vehículo sin mediar palabra.

Enseguida queda a dos pasos de la animosa y acalorada charla que un grupo de cinco hombres y una señora mantiene bajo cielo estrellado y luces del bus.

──Buenas noches, soy el oficial Narvaja. ¿Alguien tiene idea de lo que pasa?

──Al fin la autoridad. ──suelta un tipo en tono burlón.

──¿Quién es el chofer de este móvil?

──Soy yo, oficial, Cliver Olivera. ──El chofer tiene camisa celeste abierta hasta mitad del pecho, jeans y mocasines sin medias. Los lentes de sol los dejó en la cabina. Se dan la mano con el policía.

──¿Usted manejaba el ómnibus?

──Lo manejaba. Recuerdo perfecto todo hasta Boulevard y Avenida Italia, después nada hasta despertar acá. Yo no me acuerdo haberme dormido, pero yo que sé. ──cuenta el hombre con sincera confusión, antes de rascarse la cabeza de canosos cabellos con calvicie incipiente.

──¿Alguno de ustedes recuerda algo? ¿Alguien recuerda haber cruzado Avenida Italia con otro chofer o lo que sea? ──indaga el policía, pero nadie parece mirarlo con buenos ojos.

──Nadie recuerda nada, oficial. Usted recién despierta, pero hace como una hora que estamos discutiendo justamente eso. Nadie se acuerda nada hasta ese cruce. Incluso algunos no recuerdan nada desde antes, desde el obelisco o Dieciocho.

──Bien, les voy a tomar declaración a todos los pasajeros y a usted. A todos. ──Escucha los quejidos de algunos que lo rodean y también de otros que están dentro del CA1──. Antes voy a intentar llamar al nueve once.

──Intente si quiere, pero va a perder el tiempo. No andan los teléfonos, ya probamos. ──Le advierte otro hombre de mal aspecto.


Carlos escucha esto pero no hace caso. Desenfunda su teléfono e intenta llamar. Cuando confirma que no hay señal y la llamada no se efectúa, intenta conectar por internet. No hay conexión en el Wifi del CA1, ni tampoco tiene señal de sus datos móviles. Se encuentran incomunicados. Mientras él hace estos intentos, los demás retoman por un rato las discusiones estériles que llevaban a cabo desde antes.


──Tiene que haber una explicación para esto y nadie se va a ir a ninguna parte hasta que les tome declaración a todos.

──Pero oficial… ¿No tendríamos que buscar…?

──Es de noche, no sabemos dónde estamos y no tenemos comunicación. Acá hay niños. Por la hora de mi celular es de madrugada, así que hace horas que quedamos dormidos. Para lo que queda de la noche vamos a pasar ahí adentro ──señala el CA1──. Mañana ni bien amanezca vemos de encontrar una carretera, una casa, algo para salir de acá. ──Les dice a toda esa gente, pues todos lo escuchan ahora.

──Si vamos a hacer eso, más vale que sea rápido. ──Le sugiere Clíver──. Los niños tienen que descansar.

──Hagámoslo ya. ──apresura Carlos.


Tras sus palabras se reintroduce en el bus seguido de uno o dos hombres. Clíver se queda abajo. Pretende liarse un cigarro con tabaco suelto. La señora se queda con él. Muchas declaraciones hay por tomar en lo que queda de la madrugada.


Desconocen todos que el alba sólo traerá aún más desgracias.

29 марта 2019 г. 1:35:57 0 Отчет Добавить 1
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Об авторе

Luis Aníbal Núñez Nací un cinco de mayo en Hospital Italiano de Montevideo, Uruguay. Por mi sangre corre fuerte influencia artística heredada de mis abuelos. Comencé a escribir a temprana edad, cuando redacté un pequeño relato para la escuela. El nombre del cuento fue: Caramelo masticable. El primer relato que publiqué se tituló: La computadora, publicado por el periódico El país de Montevideo, ciudad donde aún resido. Soy autor de poemas, cuentos, novelas y la saga Señor del inframundo.

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