La Fortuna del Estudiante Подписаться

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Publicada junto con "Cántico de Navidad", este pequeño cuento es una muestra más del talento de Charles Dickens. "Aunque se ha hablado mucho de la sobriedad de los estómagos lacedemonios, de seguro que no hubieran podido resistir el sistema de alimentacion á que nos sujetaba el respetable doctor Glumpler en su colegio; de seguro que se hubieran insurreccionado..."


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I

Aunque se ha hablado mucho de la sobriedad de los estómagos lacedemonios, de seguro que no hubieran podido resistir el sistema de alimentación a que nos sujetaba el respetable doctor Glumpler en su colegio; de seguro que se hubieran insurreccionado.

Los vencedores de los persas requerían una comida, algo más nutritiva que los residuos de grasa que se desprendían de los huesos de ternera con que nos obsequiaba el doctor; y por otra parte, si Jerges se hubiera limitado á alimentar á sus innumerables huestes con un poco de arroz hervido, como nos sucedía a nosotros, los vasallos que en sus extensos dominios contaba, no lo hubieran ensalzado hasta considerarle como un Dios.

Sin embargo, importa decir que bajo este punto de vista el colegio del doctor Glumper no se diferenciaba de otros muchos colegios, en donde los escolares de mi tiempo, hijos todos de muy buenas casas, seguían sus estudios, pero muriéndose de hambre. Es verdad que con lo que nos daban teníamos, a no dudarlo, lo suficiente para vivir, mas en comerlo estaba la dificultad. La comida, que nada tenía de buena al comienzo de la semana, al final de ésta se hacia irresistible; de modo que cuando llegaba el domingo, nos parecíamos a un grupo de jóvenes viajeros perdidos en las soledades del mar a quienes salva de una muerte próxima el feliz encuentro de un buque cargado de rosbeaf y de pudding: este buque era para nosotros lo que llamábamos la banasta de Hannah.

Hannah nos lavaba la ropa, y el sábado por la tarde, después de la entrega de las prendas, iba invariablemente al jardín y allí, descubriendo su providencial banasta, sacaba a la luz una infinidad de golosinas que nos parecían excelentes; por su calidad y por lo módico de su precio.

Entonces no se había llegado, como ahora, a tanta elegancia ni a tanto refinamiento en el servicio de las mesas. Un alumno que se hubiese permitido el uso de un tenedor de plata, hubiera sido considerado como un ser estrambótico, y en cuanto a la cuchara y seis servilletas que según los reglamentos del colegio Glumper debían formar parte inexcusable de una buena educación clásica, la primera quedaba almacenada en una especie de depósito, donde la señora Glumper tenia todos los despojos de sus imberbes colegiales, así como juguetes prohibidos, libros confiscados y demás, y las servilletas iban destinadas al servicio de todos sin distinción, en aquella república comunista, hasta que no quedaba de ellas nada: en definitiva no teníamos por qué hablar contra la tenedores de hierro, pues de otra manera hubiera sido imposible hacer presa la carne con otro metal menos duro.

La comida de los lunes se reducía a un guisado de ternera, a pedazo por persona, y aunque no estaba prohibido pedir otro, esta solicitud era acogida con tan mal disimulada contrariedad, que nos llegamos a contentar con uno solo. Como justa compensación de nuestra discreta conducta, recibíamos al siguiente día, los trozos que habían sobrado en el anterior, pero fríos y contraídos, ligeramente recubiertos de sangre y bajo una montaña de coles mal cortadas, aunque sobremanera interesantes para hacer un estudio de insectos, en vista de las muchas orugas que, en ordenadas filas mostraban sus cadáveres color verde claro en círculo de los platos.

Tres veces por semana se nos servia arroz hervido, alimento que por una reunión de infelices coincidencia, no he podido tragar desde mis primeros años. Mas no era esto solo. La gran mortificación de nuestros estómagos se quedaba para el sábado, cuando nos ponían delante lo que fastuosa y calumniosamente llamaban pastel de beefsteack.

Un alma bien atravesada debía ser la del buey que se vanagloriase de reclamar como de su pertenencia aquel producto. En mi concepto, la composición de aquel comistrajo, tenia tanta carne de buey, como de unicornio el puré de guisantes. Respecto al verdadero origen de aquella carne, corrían las noticias más singulares, lo cual demostraba lo difícil y peliagudo de la adquisición. Según los recuerdos y memorias antiguas del colegio, en el consabido pastel se habían encontrado elementos más inconexos y más absurdos, así es que los discípulos, amedrentados, apartaban de sí aquellas sustancias que por su aspecto y su sabor no tenían ninguna relación con la raza bovina, prefiriendo ¡tan poco mérito les concedían! pasar hambre que comer el pastel.

Más prescindiendo del elemento principal y constitutivo del plato, había otros con respecto a los cuales sabíamos a qué atenernos, por más que no formaran parte de ninguna receta culinaria.

Sholto Shillito, por ejemplo, que era un tragón de primer orden, embauló un día valientemente la parte que le había tocado, pero tuvo que separar antes con mucha pulcritud tres dedo y un pedazo de pulgar de guante viejo.

Durante las primeras semanas de cada semestre, esto es, mientras nos duraba el dinero recogido en nuestras casas, podíamos, merced a la banasta de Hannag, remediarlos en algo; pero en cuanto se acababa el dinero, el hambre se enseñoreaba de nosotros.

Los jóvenes actuales preguntarán, a no dudarlo, por qué no nos atrevíamos a formular una reclamación respetuosa, pero ya he dicho que los tiempos eran muy otros, y además los jóvenes del día no han conocido a la señora Glumper, que si bien estaba lejos de ser una fiera y que no se portaba de un modo que contradijese los usos de la civilización, era una mujer fría, soberbia, penetrada de su portier, como un elefante que se recrease en hollar con suavidad el terreno, con sus anchas patas, en demostración de lo fácil que le seria aniquilaros bajo sus plantas.

Nada tengo que manifestar contra el doctor. Ya en aquel tiempo comprendía yo que era un excelente maestro, y aun ahora, al recordar su carácter, estoy convencido de que era uno de los mejores que se han visto. A la ciencia del sabio unía la sencillez del niño, y mediante ésta se pudo explicar bien el por qué de su matrimonio, según el público; motivo del todo inocente, porque siendo la señora Glumper, Miss Kittie Winkle, directora de una escuela elemental, el buen doctor, por pura compasión hacia las desventuradas víctimas del yugo tiránico de la miss, se decidió a tomar la escuela a su cuidado, merced a lo que ésta se convirtió en un gran establecimiento de setenta alumnos donde sólo las más niños estaban al cuidado de la señora Glumper.

Llegó un medio semestre en que las cosas se presentaron muy mal para nosotros. Nunca como entonces vimos escasear el dinero, y aunque existía la banasta de Hannah, como ella era demasiado lista para cambiar golosinas por prendas, no nos servia.

Nos reunimos en consejo, y como para tales casos nos juntábamos en el prado donde paseaba la vaca del doctor, mansa y reposadamente, la vimos y a su aspecto la indignación se apoderó de todos.

—¡Robémosle el pienso! gritó una voz chillona, salida de los últimos bancos.

—El distinguido tunante que se halla en los últimos escaños, puede darse por feliz con no estar al alcance de mi mano, dijo Jacobo Rogers que nos presidía y a quien agradaba imprimir una gran importancia y solemnidad a estos consejos. El pienso indicado sólo debe servir para la señora Glimper que podrá dividirlo con su marido, y… no digo más. Por esto la Asamblea deliberante no puede tomar en consideración el consejo de ese digno ladrón, y creo que debe ser rechazado con el más profundo desprecio.

Aprobado lo dicho por el presidente, todos quedaron en libertad de exponer sus opiniones.

Augusto Halfaere hizo presente que las plumas quemadas son comestibles, y se le olvidó decir que agradables al gusto.

Pongo mi bota izquierda a disposición de ustedes, dijo Franck Lightfoot, porque la derecha tiene un enorme clavo en la suela, cosa que advierto de paso, a fin de que se sepa, pues la reservo para la última extremidad.

—Si nos comemos los zapatos será como comernos el pastel de beefsteak; pero no estamos para bromas. ¿Quién propone algo?

—Aun tenemos a mano a Murell Robinson, dijo Shillito con aire tan feroz, que el aludido, niño de ocho años, novato y por lo mismo sonrosado y gordo aún, se llenó de terror.

—Sí, sí, dijo el presidente reflexionando; sería un gran golpe político. Si la señora Glumper perdiese uno o dos discípulos, por lo que acaba de indicar el ilustre orador de pantalón manchado de tinta, tal vez le entrase la compasión. Con todo, lo propuesto por mi estimable colega, me ha inspirado una idea que nos puede producir el mismo resultado sin las dificultades que envuelve: que se escape uno de nosotros y propale las causas.

La proposición fue aceptada; pero ¿quién sería el fugitivo? Porque de serlo furtivamente era como renunciar a la causa paterna. Todos se miraron: ninguno se ofreció al sacrificio.

El presidente los miró con severidad. —Todos sabéis, exceptuando los nuevos, que en la antigüedad muchos se sacrificaron por el bienestar público generosamente. ¿Faltará un corazón magnánimo entre setenta estómagos desfallecidos? Me parece que Shillito, hambriento como se halla, no titubeará.

El interpelado, llamando encarecidamente al cielo en su ayuda, protestó contra la elección.

—Percival Pobjoy, continuó el presidente, la fortuna no os sonríe, sois un pobrete sin un cuarto ni medio. Estáis empeñado lo menos para un mes; en el peor predicamento con la señora Glumper, y sin afición de ninguna clase al arroz ni a la col. Percival, ilustre joven; tres egregias mujeres cuyos nombres figuran en vuestro diccionario histórico, os enseñan que debéis rendir este servicio a la república.

Pobjoy, protestando de su cortesía hacia dichas señoras cuyo nombre era inútil saber, repuso que tenía una abuela a quien adoraba más que a aquéllas, y que por eso no podía tomar sobre sí el honor con que se le brindaba.

—Entonces, añadió el presidente con aire de satisfacción, cual si hubiese encontrado lo que deseaba, me dirijo al distinguido miembro que se halla sobre el maceton; él, vencedor del hijo del hortelano, es el señalado: a Joles le toca.

Pero Joles, no encontrando relación alguna entre su victoria y su fuga, contestó que sólo estando loco adoptaría semejante determinación.

Otros padres conscriptos a quienes se habló, alegaron razones tan poco demostrativas como las anteriores, y ya se vio claro que no había más que acudir a la suerte, y así se hizo despuse de haber pronunciado diferentes discursos. Se acordó que el indicado por la suerte, se escaparía al siguiente día, y después de verse en seguridad lo participaría a sus compañeros, o mejor aún, a su familia, diciendo que lo había hecho por no morir de hambre.

Se le marcó un plazo de una semana para que intentase un llamamiento enternecedor á su familia, declarando lo que pasaba en el colegio. Si esto produce afecto, añadió el presidente, tanto mejor; y de lo contrario, al espirar el término fatal, el compañero designado huirá.

Se procedió solemnemente al sorteo. Nuestros nombres, excepto los de los alumnos de la última clase, fueron escritos en papeles y éstos echados en un sombrero. Algunos querían eliminar el de nuestro presidente, el más antiguo de la escuela, joven de 17 años, y próximo a salir, y dispuesto a padecer al frente de nosotros toda el hambre del mundo; pero se negó valientemente, despreciando la indicación como un insulto y puso su nombre en el sombrero. Todos le imitamos. Se convino en que el primer papel que cayese al suelo, después de agitar el sombrero, zanjaría el asunto. Dos revolotearon por el aire, pero uno de ellos no se contó, por haber caído sobre la manga del alumno que agitaba el sombrero; el otro cayó al suelo y nadie se levantaba a cogerlo: parecía que todos habían aguardado a aquel momento para calcular las consecuencias de la escapatoria.

Confieso que sentí una emoción grandísima cuando Rogers se bajó a coger el papel, pero de seguida se me agolpó toda la sangre a la cabeza cuando oí que leía pesadamente: Carlos Stuart Trelacony.

—No lo toméis a broma, exclamó riéndose. Espero que no os acobardareis. Escribid, continuó gravemente, y si queréis creerme dirigid la carta a vuestro padre. Tratad el asunto con formalidad y veréis cómo interviene vuestra madre.

Y escribí:

«Querido papá:

Me figuro que todos seguiréis buenos, cosa que conmigo no ocurre. Ya sabéis que no soy comilón, ni tan tonto que me figure que en el colegio me han de dar tantas golosinas como en casa. Así pues dispensadme, si forzado por las circunstancias, os declaro que no podemos comer lo que la señora Glumper llama nuestra parte, que como se compone de agua y pan seco, nos hace morir de hambre.

Vuestro respetuoso hijo S. A. Trelacony.

—P.D. Si huís de hablarle de esto a la señora Glumper, hazme el favor de decirle a mamá y a Ana, dándoles a la vez mis recuerdos, que me envíen un pan bien cosido y a ser posible con mucha corteza para que dure toda la semana.

Sr. Teniente general Trelacony C.B.K.H. Peurhyn-Court.»

Esta carta me parecía que revestía un carácter oficial bien marcado, así es que esperé sus efectos con alguna ansiedad. ¡Si mi padre adivinase lo que resultaría de su decisión!

Debe, pensaba yo, dar crédito a mis palabras, porque no lo ha visto nunca y sabe que positivamente no soy tragón.

Creo que al cuarto día de estas dudas, me entregaron, durante las horas de descanso una gran cesta que venía escoltada por gran número de estudiantes. La tal cesta contenía en su cavidad, porque aunque grande tenía una cavidad limitada, un pastel de beefsteak, pero de verdadera carne de ternera con huevos duros y otros alicientes; una sorprendente colección de golosinas; un monumental volteado, llamado así porque un niño dando cien vueltas en torno del pastel no sabia decir cuál de los lados era el más apetitoso; si el de azúcar o el de la manteca, y por último, una empanada que por su fenomenal tamaño no vacilo en decir que me asustó.

Carta ninguna, pero las señales eran buenas: los embajadores aquellos decían elocuentemente que no se quería dejarnos morir de hambre. Como a nadie se le ocurrió la idea de guardar los presentes, se echaron suertes y un grupo de diez escolares, del que formábamos parte Rogers y yo, por mi carácter de anfitrión, acabó muy luego con el contenido de la cesta.

A los días buenos sucedieron los malos. La comida no mejoró nada absolutamente. El aspecto de la señora Glumper indicaba algo que Rogers, conocedor profundo de la naturaleza humana, explicó favorablemente, en el sentido de resistirse a las dispendiosas exigencias que se le imponían.

¡Ah! Rogers se equivocaba. La alimentación no varió. Hasta mucho tiempo después no supe las cartas oficiales que habian mediado con ocasión de la mía. Mi madre, por ocupaciones de mi padre, había escrito la siguiente:

«La señora Carolina Trelacony, a la señora Glumper.

Estimada señora: confío en que la adjunta cesta para mi hijo no os chocará, Carlos crece mucho, de tal modo, que a su padre le ha llamado la atención, porque teme que la salud de nuestro hijo se resienta. Bien sabéis lo que es esto y la necesidad de que los niños se alimenten bien, en cuyo caso está mi hijo, y aunque no es muy comilón, deseo obsequiarle, convencida de que no os ofenderéis, interesada por salud tanto como yo. Mis recuerdos al doctor Glumper. Vuestra etc.»

«La señora Glumper, a la señora Trelacony.

Querida amiga: no puedo contestar mejor a vuestra atenta carta que manifestándoos que el doctor Glumper, yo, nuestra familia y los demás profesores (excepto el señor Legourmet, que desea comer en su casa), todos comemos en compañía de nuestros discípulos, los cuales, en mi concepto no pueden quejarse ni de la parquedad ni del condimento de los manjares: Recibid etc.»

Desgraciadamente había algo de verdad en esto, que pudiera tranquilizar a las dos señoras. Los profesores comían con nosotros, pero los primeros y apartándose los mejores trozos y alicientes. El doctor, bondadoso como lo era, se sometía sin murmurar a las disposiciones de su mujer.

Cuando vi disipada toda esperanza de que nuestros males tuvieran remedio, me pareció que no había más recurso que proceder a mi evasión, porque nadie se había olvidado de esto y todos me daban bromas acerca de ella; tanto que Percival, mi deudor en 18 peniques desde inmemorial, los pidió prestados para devolvérmelos, y otro compañero con quien reñí solicitó mi perdón, y todo porque aguardaban mi escapatoria.

El temible sábado llegó. No quedaban más que una comida, último aplazamiento otorgado a la señora Glumper y a mí.

—Si hoy nos da una comida tolerable, dijo Rogers, te juro por Júpiter que renunciarás a tus proyectos.

Cambien salimos chasqueados. Hubo abundante arroz, muy abundante, para que no probáramos del siguiente plato, y después del arroz el horripilante pastel de aspecto pretencioso, como el de los charlatanes, pastel que contrastaba extraordinariamente con el de mi madre.

Mientras mis compañeros se entregaban a las minuciosas pesquisas acostumbradas, la señora Glumper gritó con campanuda voz:

—-El señor Trelacony no probará nada hasta que se haya comido hasta el último grano de arroz.

Se oyeron risas comprimidas, pero yo me mantuve inflexible, y así terminó mi última comida en el colegio Glumper.

—Lo deploro por vos, me dijo Rogers.

—Y yo, contesté sonriendo, por…

—Pensaba en mi madre, pero no me atreví a declararlo y callé.

—Por lo que pueda ser, voy a consultar al consejo.

—A poco estaba reunida la asamblea. Rogers habló con su acostumbraba elocuencia, diciendo que no podía haber sido confiada a persona más digna la suerte del colegio; que era un acontecimiento tal, que todos los ojos en GlumperHouse: después me preguntó de cuánto dinero disponía, y le contesté llanamente:

—Dieciocho peniques.

—Precisamente esa cantidad ha sido base de considerables fortunas, observó Rogers enfáticamente. Comenzó a trabajar con media corona: o, los principios de este gran ciudadano fueron de los más humildes, con dos chelines y seis peniques llegó a hacer un capital de dos millones de libras.

Hice presente a Rogers que no me encontraba en posesión de la cantidad que se suponía como principio de una fortuna.

—Es verdad, pero la tendréis. Aquí van seis peniques; y si, como confío, os hacéis rico, acordaos de vuestro antiguo compañero Rogers, y regaladle una pierna de ciervo cogido en cualquiera de vuestras posesiones, por ejemplo, la de Escocia. ¿Quién se suscribe a favor de Trelacony?

A pesar de que el dinero no abundaba, mis compañeros reunieron generosamente nueve chelines y seis peniques. Las palabras de Rogers me habían enardecido: me encontraba dispuesto a imitar los ejemplos por él citados. Dí las gracias más expresivas a mis condiscípulos, y considerando que según lo manifestado, en media corona existía una encanto mágico que debía proporcionarme una fortuna, no quise aceptar más. Reuní todos mis vestidos y efectos y traté de llevarme una macera de judías que me gustaba mucho, pero Rogers se opuso a ello, porque no sabia de ningún dichoso aventurero que se hubiese hecho rico con media corona y una maceta de judías. El argumento me convenció, y así sólo pensé en la manera de fugarme, hecho que cumplí muy fácilmente por una parte del jardín, invisible desde la casa, y ayudado por el vigilante mismo que debía haberme denunciado, como a cualquiera que se dirigiera a aquel lado.

—Mañana mismo, dijo Rogers, escribiréis la carta desde… desde… desde donde sea. ¿No es cierto?

—Sí, contesté; pues no faltaba más, y salté afuera.

18 марта 2019 г. 13:54:53 0 Отчет Добавить 1
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