El Señor Don Gato Подписаться

lloretsirerol Carlos Lloret y Sirerol

Cuento infantil escrito haciendo uso del nonsense [sin sentido] inglés, basado en la canción popular homónima: Hala, indiscutible princesa del pequeño reino de su hogar, convence a su madre de la necesidad de adquirir un gato so pretexto de que lo necesita para que custodie su ventana por la noche ante la amenaza de ser secuestrada por Delsac, un hombre malvado del que ha sabido a través de uno de sus compañeros de clase. Su madre, consciente de que la mascota ayudará a su hija a madurar como persona, accede a la petición, llevándola consigo a adoptar a un gato abandonado que será bautizado con el nombre de Señor Don Gato. Hala, tras habérselo llevado consigo a casa y convencida de poder comunicarse con su gatuno guerrero, le encomendará la misión de vigilar su habitación a lo largo de toda la noche para que, en el caso de que alguien trate de prorrumpir en la misma, la despierte, mas lo que ella no sospecha es que su felino compañero, lejos de pretender cumplir con su tarea, se marchará a vivir sus propias aventuras junto con el resto de animales del pueblo.


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Hala, la princesa

Erase una vez, en un pueblo muy lejano situado en el fondo de un valle rodeado de escarpadas montañas, vivía una pequeña niña de siete años llamada Hala, indiscutible princesa del pequeño reino de su hogar, que, como tal, siempre iba engalanada un vestido rosa de largo talle decorado con áureas ornamentas y con una broncínea tiara. Sin embargo, más allá de sus principescas galas, aquello que más de estacaba en ella era su fino pelo negro peinado diariamente y sin excepción en dos trenzas, una a cada lado de la cabeza. Cierto día, colocada junto a su ventana, hablaba de la siguiente forma: «¿Qué es un gatito? Pues un gatito – se decía algo ensimismada – es un animal de cuatro patas que tiene seis bigotes y un solo rabo. ¿Y cómo se consigue un gatito? Los gatitos se piden a los papás y a las mamás, y ellos los traen. Así, si yo quiero un gatito para mí, con todas, todas, mis fuerzas se lo he de pedir a mamá, para que lo traiga. ¿Y si mamá dice que no me puede traer uno? Bueno, eso no puede pasar… porque me mamá me quiere y no puede verme triste, y, si no me trae un gatito, yo lloraré. Entonces no puede ser que si se lo pido no me dé uno para mí sola. ¿Y para qué quiero un gatito? Pues quiero uno para que, mientras yo duerma, él me proteja de los malvados que quieran entrar por la ventana. Pero… ¿qué puede hacer un gatito contra un hombre malo? Pues, si viene el hombre malo colándose por la ventana cuando sea de noche, el gatito hará ¡miau! ¡miau!, yo me despertaré y huiré a buscar a mamá – pensaba Hala decidida a solicitarle a su madre que, a cambio de su regalo de cumpleaños, le trajese un gato –. Pero hoy, pero esta noche, no tengo ningún gatito conmigo y entonces el hombre malvado me va a secuestrar cuando yo duerma» Y, diciendo todo eso, la pequeña Hala, sintiéndose desprotegida ante los asaltantes desconocidos por no tener un gatito que custodiase su ventana, prorrumpió en copioso llanto. Su madre, que, ínterin, se dirigía a acostarse en su cuarto, viendo que su pequeña no estaba dormida en su camita sino que estaba sollozando, entró en su habitación y le dijo:


– ¿Qué te pasa, princesa? ¿Por qué estás triste? – inquirió afectuosamente mientras se sentaba a su lado y le pasaba la mano por los hombros.

– ¡Cualquier día vendrá a secuestrarme un hombre llamado Delsac! ¡Y yo, que estaré durmiendo, no podré hacer nada si no me despierta un gatito! – dijo Hala entre antes de seguir llorando desconsoladamente.


– ¡Cómo! – exclamó su madre sin haber entendido nada de lo que se le decía – ¿Quién iba a secuestrar a una niña tan buena y tan bonita como tú? No digas tonterías – trató de consolarla después de haberle dado un dulce beso en la mejilla –. Mira – prosiguió –, si tienes miedo de algo, me lo puedes contar, ¡y así lo solucionamos! ¿Quién te ha dicho que ese tal Delsac va a venir a secuestrarte, querida?


– Me lo ha dicho Carlos, el niño malo que todos los días me tira de las trenzas para hacerme rabiar – dijo secándose las lágrimas y, enfadada, cruzando sus bracitos sobre el pecho.


– ¡Ay, ay, ay! ¡Ya apañaré yo a ese pillastre! ¿Pero qué es eso de que vendrá un tal Delsac a llevarte, qué tontería es esa? – preguntó albergando ahora más curiosidad que verdadera preocupación.


– Esta mañana, antes de entrar a clase, me ha dicho que, cuando fuera hora del patio, fuera yo sola a buscarle en una esquina, pues dijo que tenía algo que contarme. En el recreo yo he ido a donde me pedía, y allí me ha dicho… – y, entonces, Hala le ofreció a su madre una resumida versión de lo que se le había contado – «Mira – ha empezado diciendo – ¿tú sabes que les pasa a las niñas malas como tú? – entonces, yo le he dicho que yo no era una niña mala, pero, ignorándome, ha continuado – Pues bien, como veo que no lo sabes, te lo contaré yo: a las chicas que se portan mal, también a los chicos malvados, les va a buscar “L’home del sac”. Un hombre gigantesco que, en mitad de la noche, en tanto todos se han quedado dormidos, se encarama por las paredes de las casas buscando a las niñas que se portan mal para, cuando las encuentra, meterlas en un gran saco que siempre lleva consigo. Una vez las ha atrapado, se las lleva a su casa, las encierra en el sótano y no las deja volver jamás. No obstante, no conozco a ninguna niña que me lo haya podido describir, por más que yo he preguntado, puesto que ninguna vuelve… Pero ahora, Hala, viene lo mejor… anoche, vino a buscarme a mí, entro en mi casa. ¡Era monstruoso! Debía medir dos metros de alto y su espalda debía ser, por lo menos, de un metro. Estaba completamente calvo, no tenía ni un pelo ni en la cabeza ni en la cara, lo cual era mucho peor… puesto que uno se la puede ver enteramente… está demacrado y desfigurado, el ojo izquierdo lo tiene más hacia arriba que el derecho, y donde debería tener este segundo, solo le queda un agujero, su nariz es tan bulbosa que semeja una patata y su boca, en la que solo brillan tres dientes, está torcida y con el labio superior partido. ¡Casi no podía mirarlo! Me dijo: ¿Eres tú el que tira de las trenzas a las princesas? Yo le he dicho que sí, pero me he excusado alegando que solo lo hacía para vengarme porque ellas se burlan de mí, y después he fingido llorar y él me ha creído… Esta noche, me comentó antes de irse, irá a por ti. Así que, si yo fuera tú cerraría las ventanas para que no te secuestre….» Ha terminado diciendo. ¡Yo le he dicho que todo eso era mentira! Y, además, le dije que yo nunca le he dicho cosas feas… – entonces, temiendo su funesto destino preconizado por su compañero de clase, Hala se echó a llorar; añadiendo finalmente – ¡Y ahora Delsac vendrá a por mí, sin que yo haya hecho nada malo!


– Cielo, eso que te ha dicho es mentira – dijo tratando de consolarla –. Se lo ha inventado todo y, por lo tanto, no tienes nada que temer. Esta noche dormirás tranquilamente, como cualquier otra, sin que te pase nada y sin que ese hombre, que no existe, venga a buscarte. Es más – añadió su madre –, tú nunca te has portado mal con nadie.


– ¡Pero él le ha mentido a Delsac diciendo que yo era mala! – clamó ignorando las palabras de su madre – Y, ahora, esta noche, vendrá a por mí, aunque yo cierre las ventanas y porque no tengo gato…

– No vendrá nadie… ya lo verás… pero no pasa nada, si tienes miedo, princesa, esta noche puedes dormir con tu padre y conmigo.


– ¡Gracias mamá! Pero voy a necesitar un gato para mí sola… – insinuó tratando de ser sutil.


– Ya veremos, ya. Pero ahora es tarde, límpiate los dientes y a dormir.


La mañana siguiente la madre de Hala comentó a su querido marido la posibilidad de adquirir una mascota para su princesita, puesto que ello era una cuestión que desde hacía tiempo habían estado sospesando. Siempre habían pensado que una mascota, fuera un gato o cualquier otro animal que requiriese de un cuidado especial, sería beneficioso para la educación de Hala, ya que el hacerla responsable de un pequeño ser viviente la intimaría a desarrollar no pocas habilidades que le podrían ser útiles posteriormente. Sin embargo, aun cuando la posibilidad de comprarle un animalillo rielaba desde hacía tiempo en la mente de sus padres, ahora, el temor de estar acrecentando un infantil temor les atoraba. Si decidían complacer la solicitud de la niña de tener un gato, ¿no lograrían con ello alimentar su temor al Hombre del Saco o, como ella lo llamaba, Delsac? Temían que, en ese justo momento, la decisión pudiese exacerbar los temores de la pequeña. Empero, finalmente, tras meditarlo durante un rato, acabaron resolviendo que, dado que el miedo al tal Delsac sería solo algo pasajero, había llegado el momento de que Hala tuviese su primera mascota. Otrora habían dudado de la idoneidad de ciertos tipos de animalillos domésticos, desde el perro a la tortuga, no obstante, teniendo ahora ella claro que lo que quería era un gato, no había ni el menor espacio de maniobra, tendría que ser un gato.


Pasados dos días desde la noche en que la halló llorando frente a la ventana, cuando Hala, que ya se vestía ella sola, bajó al comedor ataviada con otro de sus vestiditos, también rosa – como todos los demás a excepción de uno de ellos, que era azul –, donde le esperaba un sabroso y nutritivo desayuno ya servido en la mesa de la cocina, su madre quiso preguntarle en pro de sondear sus pensamientos a cerca del porqué quería una gato. Así, con esta intención en la frente, le habló de la siguiente manera:


– ¡Buenos días, majestad! ¿Cómo has dormido?


– Bien, mamá. He soñado con un prado sembrado de flores en el cual, no sé muy bien porqué, pese a que no estaba nevado, ¡había muchos pingüinos! – respondió ella contenta.


– ¿Y nadie ha venido a verte cuando dormías…? – inquirió tratado de disimular su ya tenue preocupación.


– ¡No! No ha venido nadie, siquiera el viento o la Luna. Aunque ayer Carlos me dijo que tenía que esperarlo esta noche, yo ya no le he creído, mamá.


– ¿Entonces ya no necesitas a un gato? – preguntó ella en un tono algo socarrón.


– ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! – exclamó rebosante de alegría la princesa – ¡Quiero un gatito! Y lo llamaré… Míster Minino – sentenció tras haberlo pensado unos segundos.


– ¡Qué nombre tan principesco! – repuso su madre – ¿Pero para qué ibas a querer tú a un gato?


– ¿Qué es una princesa sin corte? Es como un pingüino sin sus colores, ¡le falta algo! O como las nubes sin los hilos mágicos que las sostienen sobre el cielo, ¡se caerían y los niños se pondrían gorditos de comer tanto algodón azucarado! – dijo con altiva seriedad, impropia de una niña; provocando, con ello, que su madre no pudiese evitar reír gustosamente.


– ¡Verdad es! Tenéis toda la razón, vuestra magnificencia. Pero como usted no tiene señoritas que la acompañen, deberá cuidar ella misma a toda su corte, ¿no? Y seguís sin responderme al por qué.


– ¿A caso necesitan las princesas justificar sus deseos si están deseosas? – preguntó nuevamente con altanería sin ser consciente de su petulancia – Bueno, bueno, supongo que ante sus mamás… ¿Has visto o tocado alguna vez a un gato? Son peludos y blanditos, agradables al tacto y a la vista. ¡Son muy bonitos! ¿Y lo cariñosos que son? Si se les rasca la tripita con cuidado, ellos, agradecidos por el acto, ronronean. Son serviciales y sirven para jugar cuando una está sola. Y son animales ágiles y silenciosos, mamá, nunca rompen nada y nunca molestan, a menos que tengan hambre… en ese caso puede que se pongan un poco, un poquito, pesados. Y… además… pueden vigilar las ventanas por la noche… – añadió pensando nuevamente en el temido Delsac, a quien casi, por cierto, había ya olvidado.


– Todo esto está muy bien, ¿pero tú lo cuidarías, verdad? ¿O dejarías que Míster Minino lo pasara mal? – objetó ella.


– ¡Lo cuidaría como las princesas cuidan de sus doncellas! O de sus donceles… si es que es gato y no gata.

A la madre de Hala le satisfizo la actitud de su hija, por lo que decidió, en consecuencia, regalarle un gato a su amasia hijita. Así pues, secundada la resolución por su padre, puso ella en marcha el plan para la adquisición de un nuevo miembro de la familia, por lo que aquella misma tarde, sin mayor demora, acudió a buscar a Hala a las puertas del colegio, y, en tanto su pequeña salió disparada, haciendo volar su vestidito rosa, a abrazarla, ya que no la esperaba al estar ella acostumbrada a volver sola a casa, le habló con las siguientes palabras:


– ¡Hola, pequeña! He venido a recogerte porque te tengo reservada una gran sorpresa.


– ¿Qué sorpresa? – preguntó entusiasmada.

– Solo te daré una pista: es un regalo pequeño y que pesa poco.


*****

La princesita temía,

un gatito deseaba,

como su madre la quería,

una sorpresa le reservaba.

*****

14 марта 2019 г. 18:15:31 0 Отчет Добавить 1
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