Laberinto Escarlata Подписаться

missinhibition Lumina Nix

Errante entre todas las cosas perdidas durante mi vida. Enjuiciado en el lugar que es ningún lugar.


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#reflexión #fantasía #cuento #misterio #existencial
Короткий рассказ
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El juicio de la Dama Roja

«Oigo mis pasos sobre las hojas caídas que una vez se sostenían enérgicas a sus ramas; son estas ahora nada más que una húmeda alfombra carmesí, recuerdos frágiles, borrosos, ilusorios de lo que alguna vez fueron; al igual que esta vida mía».
Al parecer esas palabras surgieron de mí en algún momento sin que yo lo notara, lo creí  así, porque vagamente en mi cabeza resonaban con mi voz, como un eco casi indistinguible, inexacto, de las palabras que pronuncié en aquella tierra ahora ajena, durante aquel efímero estado de la existencia; las recordaba ahora, indefinidas, casi ausentes de valentía, mientras bajo mis pies se resquebrajan los esqueletos de infinitas hojas rojas, que tras haber cumplido su ciclo caían, formando una extensa alfombra de cadáveres vegetativos, la cual me daba la bienvenida a este extraño bosque, formado por arces desnudos alzando sus ramajes al cielo del crepúsculo.
Estaba perdido en un bosque desconocido, sí, pero ¿cómo iba a sentirme asustado por una decisión que yo mismo quise seguir? Podría ser este orgullo mío tan traicionero como siempre fue, o podría ser tal vez, que con lo que restaba de mi honestidad, aceptaba sin preámbulos que ya nada me importaba más; ya no habría más aventuras para mí, porqué iba a preocuparme entonces por algo tan insignificante como estar perdido… ¿No había estado perdido siempre en realidad? Sí, esa es la autenticidad de mi existencia, siempre estuve perdido en aquella odiosa idolatría, encandilado por aquella necedad, encadenado a luchar contra un destino que jamás podría cambiar. «La Vida» aquella aberrante idolatría de la cual fui rehén; más que un regalo, fui condenado a ella, forzado a aceptar todas sus reglas y sus verdades. ¿No es acaso idolatría el amor por la vida? Aferrarse a ella con todo el ser, luchar día tras día por apreciarla, agradecer cada noche por haberla disfrutado una vez más, mirar alrededor y sentirse afortunado de poder estar allí en aquel momento; no es otra cosa que la ciega y necia idolatría a la Vida, que fácilmente se olvida de su igual, de su gemela obscura, La Muerte; nadie se aferra a ella, nadie le agradece ni la aprecia, nadie se siente afortunado de tenerla cerca…, yo siempre estuve esperándola, siempre la creí agarrada de mi sombra, pero nunca vino, por ello estuve seguro de que en mi destino debía estar escrito que yo la encontraría.
Al final de la mortuoria alfombra carmesí, el bosque dio paso a un extenso parque rodeado por altos muros de roca, parecían llevar centurias allí, derrumbados en varias zonas, llenos de musgo pero igualmente imponentes; más allá, a lo lejos, podía divisar un gran portal rojo, al cual decidí dirigirme, porque había logrado darme cuenta de que el protagonista en este lugar era el color rojo, en todas sus tonalidades, en toda su justa sentencia. El silencio me acompañó hasta cruzar aquel gran portal rojo, el cual también se cerró tras de mí, apartándome del otoñal bosque de arces. Un camino de piedrecillas rojizas indicaba el camino hasta una pequeña abadía, parecía golpeada por los años y la inclemencia del tiempo, pese a eso su robusta estructura de madera se negaba a decaer; los tonos del crepúsculo se reflejaban en las múltiples ventanas que estaban repartidas a lo largo y alto de la parte frontal de la edificación, donde me aguardaba la entrada, que crucé sin pensarlo dos veces.
¡Tamaña sorpresa! Múltiples pasillos, todos adornados con motivos religiosos y un gastado tapiz bermellón, invitaban a perderse en los intrincados rincones de aquella abadía, puertas de madera por todos lados, innumerables candelabros con sus respectivas velas, iluminaban vasta  —pero no menos terroríficamente—, todo el lugar. Indeciso por seguir a la izquierda o la derecha, terminé por ir escaleras arriba, subiendo peldaño a peldaño, lentamente, envolviendo el lugar con los crujidos que la madera hacía al resistir mi peso. Ya había caído por completo el reinado de la noche cuando me detuve tras uno de los tantos ventanales de la abadía; pese a todas las vueltas que había dado por el lugar, la infinidad de puertas que había abierto, no había logrado encontrar nada más que habitaciones vacías y más pasillos decorados con motivos religiosos, candelabros y aquel tapiz bermellón; tal como si no estuviera más que andando en círculos, perdido aún en este laberinto; apoyé mi mano en el cristal, observando dos cosas extraordinarias, la primera fue que no estaba mi reflejo en el ventanal negro y la segunda, fue que en mis dedos habían rastros de sangre seca; afuera, la negrura era protagonista.
Guie mis pasos nuevamente hacia un lugar cualquiera, qué más daba adentro o afuera, arriba o abajo… en este lugar no parecía reinar la lógica común, por el contrario, parecía ser la lógica roja, la que regulaba la transición en este plano. Mientras avanzaba un paso tras otro, calmada, casi resignadamente, algo me hizo sentido de pronto, el tapiz y las infinitas puertas, aquella religiosidad del lugar; eran estos caminos como las venas que recorren el cuerpo, repartiendo la sangre a cada órgano, fluyendo sin descanso; el laberinto escarlata del que nadie puede escapar sin perder la vida. Quizá esa fuera la razón del porqué yo había terminado allí.
Ante mí se abrió una de las tantas puertas; aquella puerta en especial, era de madera oscura y picaporte cobrizo, me aventuré hacia lo que parecía ofrecer… Oscuridad y una larga, larga caída a lo desconocido. Caer, tal como esas rojas hojas de arce, caí a un abismo, uno que me resultó familiar, mientras que un dolor punzante atravesó mi pecho, tal como si hubiese sido herido por algo filoso; cerré los ojos y me dejé envolver nuevamente por la agonía, repasando una vez más esos preciados segundos que precedían a la muerte, el estar moribundo, ser ambos: vivo y muerto.
Ah… Cómo odiaba aquel resplandor plateado de la luna y aquel tictac que retumbaba en mi cabeza cual martillo fijando un clavo en la madera; ambas sumadas al sabor a óxido que inundaba mi boca, transformaban ese momento en un desastre digno de olvidar. Intenté incorporarme, pero parecía que el suelo de piedra sobre el que me encontraba, sujetaba mi cuerpo con una firmeza digna de las rocas que lo componían; me rendí por un momento, estirando mi maltrecho cuerpo sobre la superficie fría, recibiendo aquel resplandor plateado de la luna en su fase completa, brillante y pura, recordándome lo sucio que me encontraba en ese momento. Cierto, la sangre seca en mis manos, el sabor a óxido en mi boca y aquel punzante dolor en el pecho, justo donde la espada ropera me había herido a muerte, sí, es lo que había estado evitando aceptar… Memento mori. Viví pensando en la muerte, lo he de confesar.
Por supuesto…, el final —mí final—, debía ser en un lugar como este. Cerré los ojos intentando desentenderme del estremecimiento que me provocaba esa mujer… Aquella mujer. La había visto centenares de veces cuando niño, cada vez que debía ir a la biblioteca para estudiar, pedir o regresar algún libro, era lo primero que veía al entrar, acompañaba mi estancia cada segundo que pasaba allí, para darme el escalofrío final cuando ya me marchaba, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Una biblioteca no parece tan descabellado para algo como un limbo, después de todo, las personas somos bibliotecas ambulantes; los libros que portamos son precisamente historias, cosas que hicimos, lo que no hicimos; recuerdos reales y nuestras fantasías, las cosas que nos ocurrieron y lo que pudo haber sido en nuestras vidas…, todo almacenándose con cuidado, para que llegado el momento, enfrentemos todas aquellas historias, y les demos un final.
Pese a todo, es extraño aceptar que aun cuando el tiempo ha pasado y ahora soy un hombre, la mirada de aquella mujer vestida de rojo escarlata, desata en mí una incómoda sensación de culpa, de cobardía; su rostro serio y su mirada casi indolente, parecen atravesar todos mis secretos, parecen develar todos mis pecados, condenándome a la vergüenza, a la infamia. No conocí nunca su nombre ni su origen, parecía estar allí años antes de mi nacimiento y seguía allí muchos años después, quizá también otros se sentían pequeños ante su presencia, pero había algo difícil —por no decir imposible—, de explicar, que me hacía pensar, casi estar seguro, de que en realidad ella estaba allí esperando pacientemente por mí, por este día. Solo era cosa de tiempo el que todo sucediera y se desenlazara de esta manera; incluso yo, siempre lo había sabido.
Abrí los ojos nuevamente, a mi alrededor, las estanterías llenas de libros no eran más que difusas figuras ennegrecidas por las sombras de la noche, moviéndose lentamente al compás del avance de la luna en el firmamento; el silencio ejercía una abrumadora presencia en cada rincón, tanto así, que habría sido capaz de oír claramente los latidos de mi corazón, si aún hubiese seguido latiendo. Dirigí mi mirada hacia el alto muro frente a mí, una vez más encontraba aquel retrato, aquel gigantesco marco que protegía casi celosamente el retrato de aquella misteriosa e imponente mujer vestida de rojo escarlata; seguía aún igual, sentada con la delicadeza de la noble aristocracia, ambas manos enguantadas con encajes rojos sobre el regazo, su figura estilizada y su piel nívea le daba una apariencia delicada, frágil, casi fantasmal, que distaba de la dura expresión de su rostro, y sus ojos negros, escrutadores, que parecían verlo todo y más, fuera terrenal o espiritual. El único adorno que lucía además de la diadema de rosas rojas en su cabellera color marrón y sus labios rojo carmín, era una gargantilla con un pequeño rubí en forma de gota, la cual desde niño, me pareció como un rastro de sangre que surcaba aquel blanco cuello, como si hubiera sido perforado por algo sobrenatural.
—Dama Roja de la biblioteca… sigues acusándome con esa mirada. —Logré articular esas palabras no sin esfuerzo, haciendo que mi voz rebotara por toda la estancia, sonando como atrapada en una catacumba; en este, mi laberinto escarlata. No lograba despegarme del frío suelo de piedra y el sabor a óxido en mi boca me hacía sentir sed como nunca antes la había sentido. Los ojos de aquella mujer me estaban volviendo loco… ¡La eternidad no podía ser así! No quería estar frente a ella para siempre, me rehusaba a ello, ¿por qué de todos los lugares posibles había terminado justo aquí? No lograba encontrar una respuesta, aunque quizá fuese este el castigo por bajar los brazos y darme por vencido.
Sí, desde niño fui relegado a las actividades más simples, las que casi carecían de mérito, recibí complacencia y fui tratado condescendientemente gracias a mi pobre estado de salud y a mi torpeza innata; viví a la sombra de mi hermano y de mis pares, siempre viéndolos a la distancia, siempre deseando estar entre ellos como un igual, sin marcar una desventajosa diferencia. El tiempo pasó y la sombra de mi hermano, a quién tanto amé, terminó por obscurecer mi camino, y yo, sintiéndome cegado por la frustración, construí otro sendero, uno que finalmente no me entregaría más que dolor y desgracias. Me convertí en una persona que sólo llamaba a la tragedia, que nunca encontró el motivo de su vivir.
Y así, curtida por el tiempo y la desventura, mi existencia se transformó en mera teoría, algo que podría ser; y apoyándome en ello, decidí acabar con la maldición que me ceñía cual grillete al condenado; decidí acabar con lo que creí, nunca debió haber sido. Entonces así, un día —mi último día—, me dirigí a enfrentar mi a destino, poseído por aquella valentía que sólo puede brindar el sopor de la locura, cuando se cree que ya nada más se puede perder; me encaminé a trancos hacia la última reliquia de la familia, aquella bellísima pieza de plata pura, la espada ropera que había pasado de generación en generación en la familia, y la cual ahora, le pertenecía a mi hermano. Con aquella excusa, presa de la adrenalina y la torpeza que era propia de mi ser, fui al encuentro de mi hermano… era así, si alguien debía darle un final a todo el tormento, era él, mi tan amado hermano, con quién había llegado al mundo, con quién compartí la matriz.
Puede que haya tenido un cuerpo débil, pero mi mayor debilidad no era física en realidad, mi debilidad estaba en mi cabeza; tenía una mente débil, que constantemente era víctima de la oscuridad de mi alma, fácilmente envenenada, era presa continua de mi casi paranoica personalidad, y ya estaba harto de ello, sólo quería irme a dormir por siempre y jamás volver a despertar. Supongo que esa fue la resolución que me hizo mantener la firmeza en aquellos segundos, cuando le di la ropera a mi hermano y me lancé desaforado a sus brazos, en nuestro último abrazo. Dejó el aire escapar por sus pulmones en un grito ahogado, lastimero; temblando intentó hablar, pero su voz quebrada por el llanto se lo impidió. Aquel dolor agudo allí donde la espada había perforado mi pecho, no era nada comparado al dolor y la angustia que me provocaba perder a mi amado hermano. El destino como una bestia hambrienta, me había devorado.
«Hermano mío, toma mi sangre la cual siempre fue tuya, haz de mi existencia tu vida, ama por los dos» le pedí aquello mientras agonizaba, luego de que me quitase la espada del pecho, sintiendo como la vida se me iba de las manos, tiñéndolas de rojo, empapando mi ropa, llenado mi boca de aquel sabor oxidado. Su cara de espanto, de un profundo dolor, sus palabras llenas de perplejidad, sus lágrimas… espero que algún día pueda perdonarme. Aferré ya sin fuerzas una de sus manos y sonreí, porque no pedía más, antes de por fin dejar de existir, el tener la posibilidad de compartir aquellos segundos con el único que entendía mi sentir y la amarga agonía de mi existencia, aquello era un hermoso final para mí, un perfecto adiós.
Se supone que así terminaría, pero desperté en aquel bosque de arce sobre aquella alfombra de hojas rojas caídas, pasando por un parque de muros derruidos, caminé hasta aquella abadía de tapiz bermellón para caer aquí y volver a despertar, aunque esta vez desperté bajo el yugo de tu mirada, Dama Roja, ¿es este el infierno? Me lo cuestioné por primera vez, tanto que había deseado morir para no volver a despertar y ahora estaba aquí, acaso la Dama Roja, ¿quería algo de mí? Me sentí frenético, desesperado y derrotado, ni siquiera dejar de existir era algo que estuviese a mi alcance. Cuando por fin logré ponerme nuevamente en pie, la luna iluminó la biblioteca como un sol plateado, develando toda la evidencia del crimen cometido, todos mis pecados. Debía aceptarlo, por mucho que lo odiara, merecía ser castigado.
La gran chimenea de ladrillos rojos sobre la que reposaba aquel sobrecogedor retrato, se encendió de pronto en una cálida hoguera, que dejó al descubierto con los reflejos anaranjados del fuego, una estantería cercana, a la cual caminé al son de un lejano reloj de péndulo que casi parecía pertenecer al silencio; allí en la estantería divisé los títulos de los múltiples libros que aguardaban a ser leídos, eran por completo familiares para mí, no eran más que mis propias aventuras y desventuras, todo lo que fui mientras vivía. De pronto mis ojos se toparon con un vaso de lleno de cristalina agua, del cual bebí sin dudarlo si quiera; se sintió casi como estar vivo, como si volviera a respirar.
¿Qué sería de mí ahora? Perdido en el laberinto escarlata para siempre, el laberinto donde aquella mujer de seguro sería la reina. Me acerqué para hacerle una reverencia pero me detuve, petrificado por lo que allí había; una inscripción con prolijas letras doradas, en una de las esquinas, me heló por completo. ¡Qué lástima! Por primera vez admiré las palabras que allí había para los desdichados como yo, que lo notarían cuando ya nada pudiese ser remediado, cuando ya fuese demasiado tarde.
«Heme aquí, tu sangre soy, observando desde el interior, seré quién ejerza sobre ti, mi juicio, haz de comparecer con todos tus pecados; entregadme tu corazón».

1 февраля 2019 г. 0:36:29 0 Отчет Добавить 0
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