El Corazón de Atlantia Подписаться

leonore-usher1540131713 Leonore Usher

El mundo de Natalia está por llegar a su fin. La guerra por los recursos naturales llega a su país, así que ella escapa de su hogar llevándose una valiosa joya que resulta ser la reliquia de su familia. Se muda a una ciudad nueva, y justo allí es dónde conoce a Leo, un atractivo chico que la ayuda a instalarse. Natalia es algo tímida y desconoce muchas cosas del mundo que la rodea. La batalla explota. Nación contra nación. El lugar donde ahora vive Natalia es bombardeado y la Federación Rusa ha invadido su ciudad. Atrapada y a punto de ser ejecutada, la única salvación de nuestra heroína es aquél extraño artefacto conocido como el Corazón de Atlantia. Su presencia atrae a los atlantes; humanos de otra dimensión que han estado buscando la joya por el inmenso poder que guarda en su interior. Pero el artefacto ahora es parte de Natalia, y no tienen más remedio que llevársela de su mundo y obligarla a vivir en el de ellos. Los poderes de la chica pronto comienzan a manifestarse, y conoce a otras guerreras con sus mismos dones. Por un tiempo, el mundo humano ha quedado en el olvido... aunque la paz no durará para siempre. Un poder siniestro desea invadir el mundo de Atlantia y someterlo. ¿A caso Natalia salió de una guerra para meterse en otra? ¿Sobrevivirá Leo y podrán consumar su amor?


Фэнтези эпический Всех возростов.

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LEO

Preguntarle a alguien cuál es el sentido de la vida es tan inútil como tratar de convencer a tu padre de que la bebida la llevará por el camino de la perdición. Es tonto, y simple. Ni siquiera es un buen tema para romper el hielo, y aunque tuvieras muchas ganas de socializar con las otras personas, de seguro ellos, en sus agitadas vidas, tendrían otras cosas mucho más importantes que ponerse a pensar en su propia existencia.

La verdad es que en éste mundo hay mucho en lo que reflexionar. Tenemos, por ejemplo, la difícil situación en el Medio Oriente, o el precio del petróleo que sube y baja de precio tantas veces al año que ya hasta parece que se divierte más que un niño en un brincolín. A donde quiera que mire, lo único que hay en común es la velocidad. Gente yendo de aquí para allá tan rápido en sus coches, en sus bicicletas, e incluso a pie, como si pudieran alcanzar todas sus metas simplemente moviéndose de prisa. No muchos están dispuestos a ayudarse.

Creo que eso es lo que falla en el mundo. Nos hemos olvidado de ayudarnos los unos a los otros, y si lo hacemos, a veces es sólo por cuestiones interesadas. Fingimos ser los salvadores cuando la verdad sólo queremos ser reconocidos. Y no es que el mundo me de asco, pero supongo que poder ver más allá de lo que ellos es un símbolo de que he madurado.

A mis diecisiete años de edad, la vida en la calle es fría y solitaria. Es tan extraño, pienso en ocasiones, que en un mundo tan industrializado existan personas como yo, que tienen que hacer otras cosas para sobrevivir. La carencia de empleos parece contradecir el futuro que está ante nuestros ojos. ¿Por qué existen tantos trabajos y a la vez, tantas personas buscando uno? Sólo tengo que recordar a mi tía Helen, por ejemplo. Una afortunada ingeniera en telecomunicaciones que ahora vive en un cutre departamento de la calle seis. Alimenta a tres gatos, y apenas tiene para el alquiler.

En la ciudad las cosas están mal. Lo puedo sentir día a día, noche tras noche. Cuando el viento sopla o cuando calla, cuando un niño llora o ríe, cuando los borrachos se pelean por un poco de licor y cuando las prostitutas venden sus servicios en cada esquina cuando llega la media noche.

Suspiré con cansancio y miré a mí alrededor. Eran casi las nueve de la noche, y las estrellas, como siempre, no salían en nuestro cielo debido al nimbo luminiscente que escapa de las farolas y a la permanente capa de contaminación producida por las fábricas. Dios no puede vernos así.

—A un lado, chico. No estorbes.

— ¡Auxilio! ¡Me han robado!

Un ladrón venía directo hacia mí. El bolso de una burguesa destellaba como un trofeo en su mano. Me hice a un lado para dejarlo pasar, mientras le lanzaba un saludo con la cabeza. Al menos alguien iba a poder cenar bien ésta noche, o dormir en un buen colchón alquilado en cualquiera de los sucios departamentos del área residencial.

Los ricos les robaban a los pobres, y los pobres también, cuando podían, les quitaban algo a los ricos. No era lo más justo, pero así era la vida.

Y no iba a cambiar.

Porque las personas no pueden cambiar con tanta facilidad.

— ¡Hey, Leo!

Reconocí la voz y giré. Antonio, que era uno de los pocos amigos que tenía en la calle, venía hacia mí con la voz ahogada y una expresión de desesperación en sus ojos marrones. Traía un flamante Iphone en la mano.

—Toma. Escóndelo un momento.

No me molesté en preguntar qué pasaba, y lo hice. Metí el teléfono en el bolso de mi abrigo y me hice el inocente mientras mi amigo se marchaba, mirando por todos lados. Segundos después, un oficial de policía pasó cerca de mí lanzando maldiciones y hablando por la radio.

—Lo perdí. Mocoso engreído. Me robó el teléfono. Si lo ven, por mí tienen permiso de disparar.

Me lanzó una mirada inquisidora. Ver a un oficial a la cara, como yo estaba haciendo, podría considerarse como un signo sospechoso. No obstante, el hombre, demasiado furioso con Antonio, frunció las cejas y se fue a grandes zancadas por donde había venido.

Mi amigo no volvió durante los siguientes diez minutos, y ese fue todo el tiempo que decidí esperarlo. El frío empeoraba y me cerré los botones del abrigo. Los pantalones delgados que llevaba hacían que se me congelaran las piernas, y por el agujero en la suela de mi bota entraba el agua de los charcos que la lluvia de la tarde había dejado.

Llegué a casa casi a las diez, aunque bien podría no haberlo hecho, porque francamente no me encontraba en un hogar real. Era algo así como un sitio para dormir. Me iba por las mañanas y regresaba hasta que me cansaba del bullicio de las calles

Mi padre siempre estaba sentado en su viejo sillón mirando las noticias. No perdía interés en ellas aunque nunca dijeran nada bueno.

—Llegué.

—¿En dónde te metiste, Leo?

—Anda por allá dando unas vueltas.

—Deberías de buscar un trabajo en vez de estar de vago.

Sonreí.

—Sí, papá. Lo haré en algún momento, cuando lo encuentre primero.

Mi madre costuraba en su máquina de coser y poca atención me prestó.

—El muchacho tiene razón. No es culpa suya que las cosas vayan mal. Ésta crisis no está pegando a todos. Tú deberías de estar trabajando y no nosotras.

— ¡Bah! Cállate, mujer. ¿Tú qué sabes sobre trabajar? Yo me parto el lomo luchando día a día en ese viejo negocio mecánico y llego manchado de aceite todas las noches. Ni siquiera hay pan para una buena comida.

—Pues ya va siendo hora de que te montes tu propio taller. Al menos así no tendrías qué preocuparte por recibir un salario.

—No digas eso, esposa. ¡Yo les puedo mantener!

—Pues no lo haces muy bien que digamos.

—Ya, déjalo, mamá.

—No, Leo. Esto ya me cansó. Hoy tuve que pedirle un poco de leche a la vecina. ¿Sabes la vergüenza que me dio, Ibraham? ¡Tú te ganas lo poco que tenemos en cerveza y en esos estúpidos billetes de la lotería! ¡Deja de jugar! ¡Nunca ganarás!

— ¡Mujer de poca fe!

Los dejé ser y subí a mi alcoba. Los gritos se intensificaron, como ocurrían cuatro de cada siete noches, en promedio. La vida no sólo era dura para mí en las calles, también lo era en casa. Sin embargo, tampoco era tan malo. Al final de cuentas, las cosas no siempre salen como uno las imagina, y me consolaba saber que hay personas en peores situaciones que la mía.

No fue hasta despertarme al día siguiente cuando la tranquilidad se apoderó de mí durante un breve momento. Era ese instante lo que me daba un poco de alegría. La transición entre un mundo de sueños y la realidad. Sin embargo, cuando bajaba a desayunar, todo se iba al traste. Mis padres estaban siempre en el comedor a primera hora de la mañana. Ella remojaba sus galletas en el café, y él leía el periódico y lanzaba maldiciones a la lotería nacional.

— ¡Joder! —Mi padre me miró como si yo fuera el culpable —. No te preocupes. Tendré más suerte para la próxima. Ten fe. No seas como tu madre.

—Ibraham... —rumió ella en total desacuerdo.

— ¡Ja! Cuando sea millonario Leo y yo nos iremos de vacaciones y no vendrás. Te quedarás aquí a costurar, y por cierto, ya va siendo hora de que le hagas algún remiendo a los pantalones de tu hijo. No me gusta que se le vean las rodillas.

—Es la moda, papá.

— ¡Bah! Adolescentes y sus tonterías de la moda. En mis tiempos...

Tomé un poco de café, un par de galletas y salí de la casa, pues entre quedarme allí y ver cómo se armaba otra discusión sobre los antiguos buenos tiempos, o ver de nuevo el mundo cambiante que me estaba dejando atrás, prefería la segunda opción.

Intenté buscar a Antonio para darle el teléfono. No quería permanecer con él ni un momento más. Encontré a mi amigo pocas cuadras más al sur, en la zona donde vivían personas no muy amigables que digamos. Como siempre él parecía estar agitado como si hubiese corrido en un maratón. Se la pasaba escapando de la policía y de los gritos de las señoras cuando él tenía la mala suerte de ser descubierto en pleno robo.

—Al fin te encuentro. Toma esta cosa y no me vuelvas a usar para...

—¡Corre! ¡viene un policía!

Claro que lo hice, y tan rápido, esquivando a tantas personas como era posible. Crucé la mitad de la calle. Un coche frenó. Otro tocó la bocina. No me atreví a ver detrás de mí. El policía hacía sonar su silbato y gritaba improperios. Me metí en un callejón. Subí a un basurero y trepé por una valla metálica. Salté al otro lado y seguí hasta una calle secundaria. Torcí justo a la izquierda. Las piernas me ardían por el esfuerzo y me estaba quedando sin aire. ¡Eso había sido adrenalina de la buena! No quería caer en prisión tan pronto.

Me detuve en un rincón para recuperar el aliento. El policía con su silbato chillando se alejó en otra dirección hasta desaparecer totalmente. Sólo entonces pude suspirar de alivio.

Y fue en ese momento que oí un grito.

— ¡Ayuda!

Le pertenecía a una chica. Corrí hasta el lugar de donde provenía la voz. Estaba al otro lado del muro que dividía al callejón. Escalé un contenedor de basura y me asomé. Lo que había al otro lado era la típica escena de un asalto.

— ¡Por favor, aléjese de mí! Ya le di todo lo que tengo.

—Creo que todavía queda algo en especial, pequeña cría.

Aquello no estaba nada bien. Asaltar era algo vital si querías sobrevivir, pero cometer algo más allá de eso era bajo hasta para la gente más cruel. La víctima era una muchacha de mi edad, rubia y refinada. Vestía una falda blanca, mostrando un buen par de piernas torneadas y firmes que sin duda habían despertado la lujuria de aquél hombre. También llevaba una blusa con un tirante roto.

Por alguna razón no pude dejar de mirarla, y no tanto por su físico poco común; ella no era de éste barrio, ni del siguiente. Provenía del mero centro de la ciudad. Lo supe por su reloj de correa de oro, y sus brillantes aretes. Era una niña mimada, una de esas burquesitas que no tenían nada qué hacer en un lugar tan peligroso como éste. Su presencia de chica ricachona les molestaba a más personas de las que ella podría imaginar. Incluso a mí, que no le veía el sentido a andar por la calle presumiendo tantos dotes tanto físicos como materiales.

— ¡Se lo ruego! ¡Llévese mis cosas, pero no me haga daño!

El asaltante tenía una botella rota a modo de arma, y la muchacha estaba acorralada. Me bastó ver la mirada de lujuria para saber que ese sujeto no iba a detenerse, ni por todo el dinero del mundo.

— ¡Ven aquí!

Y en ese momento yo salté el muro. Un dolor frío me recorrió el tobillo cuando toqué el pavimento, pero sin darle importancia, arremetí contra aquél hombre. ¿Qué más podría hacer? ¿Darle alguna clase de sermón? ¿Tratar de sobornarlo con mi propio cuerpo? Sea como fuere, prefería arriesgarme con una botella rota, que dejar que se comiera a esa rubia en pleno callejón.

El hombre cayó sobre su propia arma y se hizo un corte en el brazo. Asustado al verme, o quizá, impactado por mi astucia, se alejó renqueando y desapareció por otra calle. Cuando él se fue, entonces el dolor en mi tobillo se hizo más fuerte y me senté en una pila de cajas de cartón.

— ¿Estás bien? —le pregunté a la Barbie.

Ella, llorando, se dejó caer de rodillas.

— ¿Qué le pasa a la gente? ¡Maldición!

—Está loca, por supuesto. ¿Te hizo daño?

—No. Gracias. Me salvaste la vida —murmuró como si estuviera a punto de venirse abajo. Sollozó y se limpió el delineador de ojos que se le estaba escurriendo.

—No deberías de andar por aquí.

—Estaba buscando un empleo.

— ¿Empleo? ¿Tú?

Se enjugó las lágrimas y recogió su teléfono y su cartera. Al menos el ladrón no se los había llevado.

—Sí ¿qué tiene de raro?

—Nada. Sólo no pareces la clase de chica que necesita trabajar.

—Cada quién tiene sus razones. ¿Podemos salir de aquí? Éste lugar me asusta.

— ¿Cómo te llamas?

—Natalia. ¿Y tú?

—Leo. ¿Por dónde vives?

—Al otro lado de la ciudad.

Se acomodó los pechos en su sujetador. La blusa se le estaba cayendo debido al tirante roto. Su falda blanca también estaba sucia y tenía un raspón en la pierna derecha. Seguía maldiciendo su pésima suerte mientras se limpiaba con una toallita húmeda antibacterial.

—Éste lugar está tan sucio... y hace frío.

Era cierto. Me quité el abrigo y se lo tendí.

—Toma.

Ella lo vio como lo que era: un sucio trapo remendado.

— ¿Qué? ¿Tienes algún problema? Al menos te mantendrá caliente.

—Gracias.

—Deberías de cubrirte un poco más. Si sales vestida así, corres el riesgo de que te violen.

—Hombres asquerosos —masculló mientras se cerraba los botones del abrigo. También se bajó un poco la falda y se soltó el cabello.

— ¿Así?

—Sí... —alcancé a decir con un deje de deleite en mis ojos.

Metió la mano en el bolsillo de mi chaqueta y sacó un sándiwich que había recogido antes de salir de casa. Estaba envuelto en aluminio. No se molestó en preguntarme si podía destaparlo.

—Es de jamón. Qué rico.

— ¿Tienes hambre? Puedes comerlo —le ofrecí un tanto inseguro. Ese era mi desayuno después de todo.

— ¿Seguro?

Natalia no dudó un momento y le dio una mordida. Se lo tragó de tres grandes bocados.

—Ah. ¿No tendrás algo de beber?

— ¿Eres pobre o qué?

—Bueno, sólo preguntaba. Lamento las molestias.

Algo en Natalia no encajaba. Yo era pobre, pero incluso sabía reconocer las cosas caras debido a mis mañas. Su teléfono era de los últimos modelos, y sus aretes eran de oro puro. Incluso su bolso era de marca reconocida, como los que vendían en una tienda de ropa antes de que fuera asaltada. ¿Qué estaba haciendo alguien como ella en un sitio como éste?

—De nuevo, gracias. No sé qué hubiera hecho si no llegabas. De seguro tendría a ese hombre entre mis piernas.

—Pues para la próxima mejor grita más fuerte, o corre. Andando, salgamos de aquí.

Natalia sonrió con una dulzura tan deslumbrante que era muy raro ver en una ciudad como ésta, en medio de tanta crisis. Estaba auténticamente feliz de no haber perdido la pureza, aunque si tenía que ser un poco más realista, una chica tan guapa como ella ya no debía de ser nada inocente.

—Déjame recompensarte, Leo. Te invitaré a desayunar ¿te parece?

—Sí, claro. Pensé que te estarías muriendo de hambre.

—Un caballero hubiese dicho "no, gracias, señorita. No es molestia."

— ¿Habías visto un caballero llevar un sándwich de jamón en el bolsillo de su chaqueta?

Volvió a reírse. Era la primera chica que se reía de mis tontos chistes,y por alguna razón, eso alegró todo mi día.

El estómago me rugió del hambre. A esas horas por la mañana, los puestos de salchichas despedían deliciosos aromas a aceite y carne cocida. Natalia iba por delante de mí, con el largo cabello rubio meciéndose al compás de sus pasos. A diferencia de los demás, ella caminaba con la cabeza en alto, como segura de a dónde tenía que ir.

Entramos a una cafetería de la esquina, que estaba casi abarrotada. Sólo quedaba una mesa disponible y justo iba a ser ocupada por una señora. Natalia se lanzó y ocupó el asiento, después esbozó una sonrisa triunfante. Al menos era rápida y avispada, dos cosas muy importantes para vivir en ésta ciudad. La señora puso mala cara, y lanzando improperios sobre la juventud de hoy día, se fue a sentar detrás de la barra.

— ¿Qué vas a comer? —preguntó con la vista puesta al otro lado del ventanal. Era como si buscara a alguien, o se escondiera de algo.

Yo miré el menú que colgaba de una pizarra justo por encima de la barra.

— ¿Hasta cuánto dinero estás dispuesta a pagar?

—Salvaste mi vida. Pide lo que quieras —dijo con una sonrisa que a muchos le hubiese parecido encantadora. A mí más bien me parecía algo inquieta.

Hice un rápido recuento de cuándo fue la última vez que alguien me invitó a comer. La oferta no sonaba nada mal, y ya que ella parecía tener todo el dinero del mundo a su disposición, concluí en que sería descortés de mi parte no tomar en pie su oferta.

—Pediré dos tortillas de huevo, un vaso grande con jugo de naranja, pan tostado con mermelada y dos rosquillas.

Natalia se quedó con la boca entreabierta. Yo sonreí.

—Estás muerto de hambre ¿verdad?

La sonrisa se me borró.

—Supongo que tu vida no vale un desayuno completo ¿cierto?

—Está bien. Creo que yo pediré lo mismo.


28 января 2019 г. 6:08:29 0 Отчет Добавить 29
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