Ojos Azules Подписаться

sergiosaavedra Sergio Saavedra

¿Qué se oculta tras una mirada conocida y el sentimiento de Déjà Vu?


Саспенс Всех возростов.

#romance #visiones #muerte #misterio
Короткий рассказ
0
3.5k ПРОСМОТРОВ
Завершено
reading time
AA Поделиться

I

Entre el cielo y yo sólo estaban los árboles, obstruyendo la luz, el atardecer era frío y palidecía en silencio, con un único chirrido metálico ensordecido por la solitud. Incluso el viento paseaba callado grisácea tarde. Puedo recordarlo bien.

Apretaba las manos entorno al frío metal del columpio en el que me mecía; con la mente vaga intentaba acallar los esporádicos pensamientos terribles de la tragedia. A pesar de mis intentos se abultaba en mi cabeza la sensación y la predisposición de algo indescriptible: estaba a punto de vivir algo que ya había vivido. Estaba sentado en el columpio meciéndome haciendo tiempo para recordar lo olvidado, lo inevitable, lo que-siendo honestos- esperaba volver a ver.

A lo lejos, más allá de las jardineras del parque y el enrejado del mismo, reconocí un rostro, el de una vieja conocida. Caminaba calmada y silenciosa como el resto de todo lo que me rodeaba, siguiendo el ritmo del metal oxidado. Pensé en llamarle, pensé también en no hacerlo. El solo imaginar un grito rompiendo toda esa serenidad, esa quieta melancolía, parecía pecado. 

Y también pensaba que hacerlo podría ahuyentar mi frágil destino, aquello por lo que estaba sentado ahí en soledad. En esa tarde donde todo parecía normal, pero no lo era. Definitivamente no.

Cerré los ojos y suspiré. Lo que tenía que llegar iba a hacerlo, mientras tanto tenía que dejar a mi mente descansar un poco. Me dejé llevar por el suave movimiento del columpio, formando pequeñas elipses de grava y tierra debajo de mis pies, el chillido del acero parecía alejarse, como transportándome a una calma onírica.

Fue una mano sobre mi hombro, colocada con suma sutileza, lo que me despertó:

Era ella. Sentada junto a mi, en otro columpio, me observaba con una discreta sonrisa. Su rostro parecía de cera: inmutable. Mis ojos se abrieron de par en par, nunca la había visto tan hermosa.

Con el viento ondulando su largo y oscuro cabello un mechón cayó sobre sus carnosos labios pintados de rojo. Pero el aire no me tocaba a mi. Mi cabellera rizada no se movía ni se estrellaba con la pasta gruesa de mis lentes.

Yo estaba fuera de eso, apartado.

Seguimos mirándonos. La observaba debatiéndome, con los labios a medio abrir, si debía hablar y romper esa extraña atmosfera fragmentada donde el viento soplaba para ella, cesaba para mi y el ruido del columpio y la grava desaparecía.

Antes de que pudiera terminar de decidirme, un teléfono público sonó desesperadamente, alarmado, como una llamada de auxilio, una plegaria y un socorro mecanizado. Algo dentro de esos tonos secuenciales me aterró, vibrando en mis huesos y humedeciendo en sudor mis manos. Era el terror inexplicable por una intención desconocida. Estaba perforando mi mente.

Tras lograr quitar mi mirada del teléfono público, volví a posarla de manera inevitable en ella, pero algo había cambiado:

De manera inexplicable sus oscuros ojos de avellana se habían transformado a un penetrante azul, majestuoso y perturbador. Estaban tan vivos como el mundo que solía conocer, el mundo cotidiano y no el de ese apagado día blanco.

A pesar del pánico en el fondo de mi corazón, no podía dejar de verla, de ver los grandes ojos azules que me absorbían, me llamaban dentro de ellos reclamándome suyo.

Me sentí viajar por todas las galaxias en ellos, saltando de estrella en estrella con un viejo eco cósmico detrás de todo: escuchando el timbre de un teléfono ahogado en el infinito y el vacío del espacio. Mi corazón se inundaba en una felicidad profana, bañado en un sentimiento de dicha desagradable.

Un grito aterrado me regresó a la realidad-a la verdadera realidad- donde las cosas lucían bastante parecidas al parque donde había estado y, sin embargo, eran diferentes. El grito era de una señora que estaba junto a mi, en la multitud que formaba un circulo de curiosos.

Curiosos, morbosos, enfermos, sádicos. Todos la observaban como a un objeto sin hacer nada al respecto, y ahí estaba ella: robándose el color de mi piel, la tensión de mis piernas y el aliento de mis pulmones. Tirada en el piso con las cuencas vacías, marcadas por un absoluto y tajante negro carente de vida.

No había ojos oscuros, ni mucho menos azules. Estaba muerta y las arrugas alrededor de las cuencas mostraban signos de putrefacción.

La ominosa y súbita imagen de su descomposición me hizo retroceder entre todas esas personas que la veían entre murmullos, carentes de compasión. Los ojos me ardían y me pesaban, todas sus voces se volvían ambiguas y se filtraban, perdiéndose detrás del canto de una sirena de ambulancia llamando mi atención.

Vi correr a los paramédicos y uno me empujó fuera de su camino. Mis pies me guiaron hacia la ambulancia porque, detrás de ella, estaba el teléfono que había sonado antes. Sabía que debía tomarlo. Me estaba esperando.

Levanté el auricular azul y sucio, giré mis pies y observé la escena de la que formaba parte: la señora seguía gritando aterrorizada, varios hombres negaban con la cabeza en resignación y los paramédicos comenzaban a retirarla en una camilla. La estática del teléfono público me era familiar, todo era cada vez más lento a causa de la adrenalina aumentando su dosis por mi sangre. Mis dedos temblaban alrededor del auricular, y detrás de la bocina, entre el ruido, escuché una voz. Era su voz y me llamaba.

<Los ojos azules vienen por ti. Viste la luz y ahora yo estoy aquí> dijo ella con una voz espectralmente serena. Era indiscutible, había sido su voz: la voz de un fantasma.

<FUISTE TÚ, ERES TÚ> comenzó a repetirme, entre sonidos ensordecedores como de golpes. Su propia voz se encimaba en cada repetición, entre gritos y susurros. Mi mano estaba congelada, no pude soltar el teléfono hasta que el incesante coros se silenció de golpe y el teléfono enmudeció.

¿Qué había pasado realmente? Todo lo ocurrido había sido confuso y muy vago, pero la culpabilidad pesaba, me anclaba tras haberme sentido liviano, ausente y dentro del fantástico infinito de los ojos azules.

La levedad se había esfumado con el peso de mi existencia.

Yo la maté, eso era lo único que tenía seguro. Y en el fondo de mi corazón la predisposición a la tragedia se había enraizado: aquello que había esperado en el columpio todavía no llegaba.

-

Bajo el frío de una noche ventosa, caminaba entre las vacías calles de la ciudad. Había perdido el transporte público por haberme quedado hasta tarde en la biblioteca; la iluminación flaqueaba y titilaba en varios de los postes que se erguían a lo largo de la calzada. 

Al doblar en la esquina vi un teléfono descolgado, detenido por el cable, la bocina chillaba débilmente. Seguí mi camino, curioso por el origen de aquello y frente a mi chocó una mujer. Había escuchado la bocina del teléfono sonar, pero no el ruido de su andar.

He de hablar-irremediablemente- de ella y su belleza: lo primero que noté fue su piel, que era blanca como una mañana, luego mi mirada se fue a sus manos con las que intentó hacerse(y hacerme) a un lado, eran pequeñas y con dedos cortos. Su figura y sus facciones tenían lo mismo de dulce que de sensual, paradójicamente irresistible. Jugaba con las proporciones de su atractivo así como el contraste de su piel lo hacía con el fantástico rojo teñido de su salvaje cabellera.

En un solo instante pude vacilar entre seguir mi camino o acompañarle con la mirada, no sabía como hablar o qué decirle, pero no fue necesario hacerlo cuando el teléfono que estaba detrás de mi sonó.

Sentí la presión de sus dedos contra mi camisa como pidiéndole que fuese hasta ese sitio y lo hizo. Decidí que debía verla un poco más, tenía que observarla.

El viento había dejado de soplar. Mi aliento había dejado de acompañarme como una estela de humo, el mundo había callado.

-¿Sí? -dijo al tomar el teléfono. Su voz grave había llegado a complementar aun más su incomprensible belleza.

Y yo sabía su nombre. De alguna manera estaba seguro de que la había conocido, nos habíamos encontrado ya en alguna otra ocasión de la vida, unidos por la misma. Nos vi tomados de la mano, la vi reír y la vi llorar. Sentí su piel sudar sobre la mía y sus uñas rasgar contra mi espalda.

<La vi follar y fallar>, había leído por ahí. Habíamos sido felices juntos, siendo parte el uno del otro pero, ¿por qué no podía pronunciar su nombre?

Levantó la cabeza y vi los ojos más hermosos que jamás podrían haber existido en esta vida o en otras: fue la única vez que vi esa clase de azul, el que querría ver el resto de mi vida. Puedo decir que prácticamente brillaban en el vacío de esa oscura noche. 

Sin soltar el teléfono, esos ojos también me vieron a mi, con una indiferencia superficial que ocultaba una calidez sexual y la tibieza de su corazón bajo la aspereza fría de ese congelante azul.

Estaba de frente a ella, podía sentir su aroma dulce acariciándome como una nube de gas detenida a mi alrededor, como una burbuja invisible que nos dividía a ella y a mi del resto del mundo.

Éramos nosotros como lo solíamos haber sido pero, ¿cuándo? ¿dónde?

¿De dónde venía toda esa certeza que había acabado tajantemente con la casualidad de esa noche?

-

Fue solamente el tiempo-o eso quise creer- lo que transformó esa no tan casual primera noche en una relación basada en esos mismo encuentros extraños donde todo se encontraba en su lugar pero con la conciencia de que no lo estaba.

Nos fuimos hallando cada vez más seguido por las noches, siempre cerca de algún teléfono público desde el que ella me dirigía esa misma mirada de escaso reconocimiento. 

¿Será que lo conozco? Parecía preguntarse.

No importaba nadie más, si hubiese mucha o poca gente en el lugar, todo siempre se detenía cuando la chica del cabello rojo aparecía. Y nada más importaba en el mundo cuando veía sus ojos azules.

Nadie más nos notaba, sólo éramos los dos, intentando recordarnos, conocernos: volver a amarnos.

Porque eso habíamos hecho: nos habíamos amado. Lo sabía.

Y justamente con el tiempo fue que volvimos a tomarnos de la mano, llevándonos a los lugares donde parecíamos saber que ya habíamos estado antes. Siempre en silencio y con la misma mirada de absurda nostalgia.

-¿Quién eres? -le pregunté en cierta ocasión. Estando recostados en la cama que compartíamos desde que vivíamos juntos.

-El amor de tu vida- me había dicho.

Sonreí y le besé la frente por última vez.

Fue la última noche de Lucrecia, mi bella Lucrecia.

-

Lloré una única gota de sangre inexplicablemente. No dolía, ni tampoco ardía, pero era una lágrima carmesí. Estaba de regreso en el teléfono público frente al parque donde habían encontrado muerta a la mujer sin ojos.

Aún tenía el auricular en la mano, pero cuando vi de nueva cuenta a los paramédicos pasar con la camilla pude ver que había sangre en su pecho. Había muerto por una bala y sus ojos seguían en su rostro, oscuros, abiertos de par en par y secos como canicas.

El sol se ocultaba y a lo lejos las sirenas de policía sonaban con desesperación. Todo parecía estar en su lugar de nuevo, el día se despedía con la normalidad de lo cotidiano. Habían matado a una mujer, se retiraba al cuerpo y se buscaba al culpable. ¿Por qué me sentía tan indiferente a ello? ¿Cómo podía ser tan cruel?

Ahora lo sabía: porque la respuesta había llegado a mi y, como siempre fue con Lucrecia, nada más importaba en el mundo cuando se trataba de ella.

Regresé a la habitación donde tantas veces habíamos estado juntos, sentado en la punta de la cama que compartimos innumerables noches.

La ducha caliente había relajado mis músculos, mi cabello seguía mojado y un mechón goteaba frente a mi cara.

Con las manos cruzadas y la camisa negra abotonada hasta el cuello la estaba esperando.

Así como la había esperado en todos los lugares que compartimos en algún momento, ella iba a volver por mi, tenía que hacerlo. No tuve que responder cuando tocaron la puerta., ella ya sabía que podía pasar. 

Y lo hizo.

Giró la perilla y se detuvo en el umbral, al borde de la luz blanca que brillaba detrás de ella, convirtiéndola en una mera sombra negra. Su cuerpo seguía luciendo tan hermoso como siempre, como cada siempre que hubo y existió. Como cada vez que nos conocimos, la conocí y la tuve.

Por fin supe donde la había conocido, donde nos habíamos visto antes, y ahora ella también lo sabía. Por eso había ido a buscarme.

Incluso a través del todo el amor y el destino prevalecerán, haciéndose su camino para encontrar y encontrarse con quienes son objetos de su sentido.

Así nos habíamos hallado de nuevo, y esta vez sería ella quien me llevase para terminar con ese capítulo y poder comenzar a construir el siguiente donde, tal vez, las cosas nos podrían salir mejor. 

Donde quizás pudiésemos ser un poco mejores el uno para el otro.

Seguíamos creyendo que en otras instancias nuestro destino sería solo amarnos y no destruirnos. Porque al final eso sentía yo por ella, por Lucrecia.

La amé incluso cuando murió por mi mano, y la amaría incluso cuando yo muriese por la suya.

Alzó su mano hacia mi y me la ofreció.

<De todos los mundos en los que te he encontrado, en este es donde tienes los ojos más hermosos>.

La vi abrirlos por última vez y tras el único estallido la acompañé, dándole la mano.

26 января 2019 г. 0:23:34 0 Отчет Добавить 0
Конец

Об авторе

Sergio Saavedra Escritor amateur. Discípulo de Poe, Lovecraft y King.

Прокомментируйте

Отправить!
Нет комментариев. Будьте первым!
~

Больше историй