El pescador que murió ahogado Подписаться

charlesj-doom Charles J. Doom

Un pueblo es asolado por muertes misteriosas. Pero el fanatismo dejara Incólume tales actos.


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#guerra #muerte #homicidio
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El pescador que murió ahogado

Una tarde de marzo, perdido en las angostas calles de Marfin, el pueblo de casas de barro, alejado de cualquier artilugio hecho por los mortales. A excepción de aparatos de pesca traídos por italianos hace ya varios años, en el tiempo en el que se adoraban a los dioses de los primigenios del pueblo. En el estado más puro de la limerencia, con un ramo de orquídeas que él mismo arrancó, el joven Teodoro marcha a casa de su amada, la misma amada de cuatro años atrás, la misma que le robó su primer suspiro. Teodoro, le apasiona la pesca y de ella vive. Teodoro es moreno, flaco y alto como el infierno, quedó huérfano a los nueve años por culpa de un cocodrilo. Llego a casa de Mercedes -su amada- dando pequeños saltitos.

—¡Mercedes! ¡Mercedes! —Aulló Teodoro. Se escondió el ramo de orquídeas antes de que la mujer abriera la dura puerta de madera— ¡Te he traído un regalo, mi amor!

—¡Ay, mi amor! ¿Qué haría yo sin tu amor? —Dijo Mercedes, luego de un breve forcejeo para abrir la puerta.

Los paseos vespertinos por el río cercano al pueblo de Marfin son los predilectos de la pareja, siempre retozan a sus orillas y cantan su amor a los peces. Mereces es de piel tostada, la más suave del pueblo. Tiene unos grandes y hermosos pómulos mongólicos. Dos hermosos y gruesos hoyuelos se forman en sus suaves y preciosas mejillas cada vez que sus labios se dividen. Sus labios son finos y rojizos. De sus ojos marrones emana el auge de su belleza. La muchacha más pulcra en toda la región.

Algunos lugareños mofaron de su amor, ya que para ellos, su amor era quimérico. Algunos hombres la deseaban por voluptuosidad. Los demás hombres del pueblo trazaron maquiavélicos planes para destruir su amor, pero no lo consiguieron, por más que lo quisieron. Su amor era más fuerte que el mismo acero.

Los italianos volvieron una calurosa tarde de marzo, huyendo de la gran guerra que azotaba su continente. No eran más de doscientos. Trajeron con ellos artilugios inimaginables por los aldeanos. Sus costumbres y tradiciones. Sus dioses y avances. Los lugareños los recibieron con alborozo y una gran fiesta de cinco días seguidos. Tomaron, comieron y engendraron nuevos hijos, porque para eso se presta los excesos.

Teodoro los aborreció desde el primer instante. Las mujeres vistieron los nuevos trapos extranjeros.

—Traerán perdición a esta tierra —Afirmó Teodoro, recogiendo los últimos peces del día. A Teodoro le asustan los extranjeros, no por el miedo a lo desconocido, sino a que ellos le robasen a su amada —Esa gente no me da buena espina.

—No seas tan paranoico, mi amor. Esa gente es bondadosa y generosa —Aseguró Mercedes.

Los días transcurrieron, su amor se fortalecía día tras día, con cada beso y caricia el deseo también lo hacía. El pueblo creció y creció, las casas dejaron de ser de barro, se construyeron plazas y burdeles, sobre héroes de otras épocas. Las nuevas edificaciones sedujeron a más extranjeros y paisanos. La depravación y la suciedad reinaban sobre las pequeñas calles. Los habitantes del pueblo se autodenominaban ciudad pero su población era demasiado rala como para hacerlo.

Los aldeanos se reunieron una fría mañana, para reprender a sus vecinos.

—¡Nos sucederá lo mismo que Gomorra! —Exclamó una mujer.

—Esas cosas no existen —Replicó un hombre de la multitud.

—Yo digo que sigamos con los excesos —Dijo otro hombre. 


El debate continuó días enteros, el pueblo se dividió en dos grupos concretos. Hermanos y hermanas separados por el simple deseo.

Meses después, en una habitación de un burdel, Mercedes y Teodoro decidieron llevar su enamoramiento a la pasión más feroz.

—Creo que deberíamos hacer algo más que mirarnos —Dijo con candor Teodoro, cada vez con más vergüenza. Sus mejillas se colorado como una manzana fresca.

Mercedes se limitó a cabecear, luego respiró profundo y dijo:

—Estoy en desacuerdo con las cosas carnales —Hizo una larga pausa, como de esas personas que están a punto de perder algo valioso—. Pero creo que es el momento adecuado.

La sonrisa de Teodoro no fue como alguna otra concebida en las tierras. De su mirada emanaba un inexplicable regocijo. Y de sus labios salieron las mortales palabras:

—Esta noche te haré mía.

Y así lo hizo, esa gélida noche de mayo. Teodoro fue como águila tras su presa. Primero le arrancó con vigor su chaqueta estallada color café, beso sus pechos con parsimonia y amor. Sus pechos eran redondos y firmes, gracias a la lozanía de su edad. Su mano, enorme y velluda fue descendiendo calmada por todo su torso hasta llegar al fruto prohibido. La despojó de su falda midi del mismo color, con la misma parsimonia con la que besaba sus pechos. Así hizo con el resto de su vestidura. Sus piernas eran esbeltas y tenía unas curvas prodigiosas, tal como sus ropas intuían. La recamara se llenó de risas y gimoteos, de risillas escondidas y caricias bajo la luna. Sus pieles tenían un suave fulgor, por la tenue luz de la luna que se introducía por una de las dos ventanas. Así la desfloró, sin cuidado alguno y profanado la memoria del difunto padre de la muchacha.

Al salir del impuro burdel se percataron de una riña matutina de los lugareños. Cada parcialidad defendía juicio con palos y piedras. Algunos de los cínicos desviaron su atención hacia los amantes y rieron sin cuidado.

La cólera de cada facción llegó a su auge con los dos amantes, se avecinaba un violento enfrentamiento. Pero, como una deidad, un hombre llegó al lugar, por donde se ocultaba el sol. Caminó lentamente y se detuvo en medio de la cólera

—¡Hermanos, Hermanos míos! —Gritó el hombre ojigarzo, su voz apenas se escuchó entre los bramidos de cólera— ¡Combatir no es la solución, al buen Dios no le agradan las riñas!

Como si esa última palabra fuese hipnotizadora los lugareños bajaron sus palos y piedras, y atendieron con oído atento lo que el hombre ojigarzo quería decir.

—¡La solución a la cólera no es la muerte, La muerte trae consigo otros males! —Predicó el hombre de ojos ojizarcos.

—Pero si esas cosas no existen —Replicó otro—. Los dioses son solo patrañas hechas por el mismo hombre.

—Hermano mío —Respondió el bello hombre de ojos ojizarcos acercándose al otro hombre con serenidad y lo envolvió con sus brazos sudorosos pero cálidos—, yo creo lo que ven mis ojos y mi corazón sienta —Luego de uno tedioso instante el hombre se libera de ellos. El hombre ojigarzo sin poner mucha importancia al asunto volvió a dirigirse a la multitud
— ¡Nuestro Dios es un Dios de amor!

El descontento crecía pasos agigantados.

—Tengo que hacer algo por ese pobre diablo —Dijo con inquietud Mercedes a Teodoro.

—No es nuestra lucha, Mercedes —Replicó Teodoro—. Nos colgaran al igual que al hombre.

    Mercedes vaciló un momento. Su pasión más vehemente desembocaba en ayudar al prójimo. Sin aviso alguno, Mercedes se desprendió del agarre de Teodoro y marchó con pavor al lado del hombre ojigarzo.

—¡Este hombre tiene razón! —Aulló la bella Mercedes— ¡Los hermanos no pelean entre sí!

"Quien es ella", preguntó una mujer. "Es la novia del feo", respondió otra.

Poco a poco Mercedes y hombre de ojos ojizarcos llevaron a la multitud a la calma de los viejos tiempos, dispersaron a la muchedumbre con entonaciones melodiosas y promesas que nunca serian cumplidas.

—Gracias por tu ayuda bella doncella —Dijo el hombre de ojos ojizarcos. Tomó la mano de mercedes y beso su muñeca—. Soy el padre Benjamín, pero los fieles me llaman Hijo Del Cielo.

Aunque sus ropas no se semejaban a un religioso, Mercedes confió en su palabra ciegamente.

—Soy Mercedes —Respondió la muchacha. Extendió su mano para hacer las formalidades con el padre, pero antes de sus manos ansiosas se tocaran Teodoro se abalanzó sobre ella y estrecho la mano del padre fuertemente.

—Yo soy Teodoro, su pareja —Interrumpió el joven campesino.

Mercedes agachó su cabeza y miró a otra parte, evitando los ojos del hombre distinguido.

—Como te decía mi pequeña Mercedes —Retomo el padre Benjamín, soltando con violencia la mano del joven campesino—. Dios me ha enviando a estas tierras para expulsar el odio y la depravación de ellas.

—¡Sí, sí, sí! —Exclamó la muchacha— ¡Al fin, un salvador! —Salto de júbilo y rio de regocijo. Sentimientos que Teodoro jamás había visto en ella—. Déjeme ayudarlo, por favor, se lo pido.

—Claro, mi niña —El padre río—. Mientras más ayuda, más rápido podre erradicar esos dos males de esta bella nación. Ven conmigo —Tomó su bella y delicada mano—, haremos grandes cosas juntos, ¡en nombre del buen Dios!

El padre Benjamín y Mercedes emprendieron su viaje al centro de la ciudad que quedaba cerca de ahí. Según allí, el proyecto tendría su génesis. Mercedes se marchó sin despedirse, y camino con alborozo a lado del hombre distinguido. Teodoro quedó allí de pie, con el corazón en la mano y la aversión hacia el padre en la otra. Este es el principio del final, pensó. Y así sería, no solo para su joven amor.

El odio se disipó. Los burdeles se cerraron a la fuerza, hubo muertos y heridos. Pero el padre sostenía que era por amor. Pero tan pronto como el amor ganó, la muerte se presento. Mujeres y niños aparecieron apuñalados en las angostas calles, cada luna nueva y cada sol saliente. La sangre saturaba en grandes lagunajos las bellas calles. El pavor volvió hacer presencia en la vida de los pocos habitantes. Ya que el pequeño pueblo carecía de una fuerza policial, no quedó de otra que volver a las antiguas acusaciones al alzar. Se desterraron varios hombres, pero de nada serviría, el atroz demonio se fortalecía. Cada vez más y más pequeños se esparcían a lo largo y ancho de las bellas calles polvorientas. Al padre parecía importarle menos cada día. "Seguramente es su castigo por los viejos pecados", decía el hombre de bellos ojos ojizarcos. "Pero ya el buen Dios nos perdonó", aseguraban las mujeres.

Mientras el pequeño pueblo se hundía en el pánico,el feo Teodoro retomó su pasión más vehemente, su única pasión, la pesca. En el peñero de su padre, allí pasabas las incontables horas. Una calurosa tarde de agosto por azares del destino, o por su estadía perpetua en aquel peñero de madera, divisó al padre Benjamín con dos grandes sacos.

"Allí está, ese estúpido hombre", dijo en voz baja Teodoro. El padre benjamín luchaba para llevar los dos grandes sacos a la orilla del aquel río. Pero el buen corazón de Teodoro era más poderoso que la aversión que sentía por el buen padre. Tomó los remos y emprendió su viaje de nuevo a la orilla.

—Tenga cuidado señor, este río es conocido por sus feroces cocodrilos —Explicó Teodoro mientras remaba—. Yo mismo tengo mis experiencias con estas bestias del río.

—¡Mi buen muchacho! —Exclamó el padre— Que oportuna es tu llegada. Ven, ayúdame a arrojar estos pesados sacos a este río.

—Será un placer para mí.

Tomó un saco, pero no lo pudo levantar, este pesaba más que cualquier cosa que él haya intentado levantar.

—¡Caramba! —Gritó Teodoro—. Esto pesa más que un hombre gordo. Sacaré algo de su contenido para aliviar el peso.

—¡No abras ese saco! —Bramó el buen padre.

Frente a los ojos de Teodoro estaba lo más atroz, las moscas escapan del interior con rápido horror, los gusanos saltaban con un júbilo mágico, y la sangre, la sangre era el detonante de esta obra de arte. Una niña despedazada, o eso se asemejaba el montón de extremidades.

Antes que Teodoro pudiera salir de aquel trance mágicamente abominable, el buen padre audazmente extrajo un objeto brillante de sus pantalones y apuntaba con recelo al rostro de Teodoro. El corazón de Teodoro parecía que se le iba a salir del flacucho pecho.

—¡Te dije que no abrieras ese saco! —Exclamó el buen padre.

—¿Qué es ese artefacto? —Preguntó Teodoro. El temor recorría todo su cuerpo, desde las uñas de sus pies hasta la yema de sus ennegrecidas manos.

—En la lengua de mis amigos de la gran Alemania le llaman Luger P08 —Explicaba el buen padre—. Pero para estas hermosas tierras se llamaría arma —Con la mano derecha sostenía el artilugio y con la mano izquierda le acariciaba con afecto— ¡Con este objeto podre pregonar la libertad con más facilidad!

—¡Usted está loco! ¡Usted es el un asesino!

—¡Era una mujer indigna de las hermosas tierras regaladas por el buen Dios!— Argumentó el padre.

—¡El buen Dios necesita líderes para las buenas tierras! Mis amigos alemanes y yo seremos esos líderes. —Algo en el rostro del padre cambio, como esos cambios en los ojos de las personas que creen pregonar el bien, pero no, esa no era la visión del padre. —Vamos muchacho. Ven a pregonar la libertad con el Hijo Del Cielo. Mercedes lo entendió.

Como si esas tres palabras fuesen el único detonante de su cólera, la aversión volvió a reinar en su corazón.

—Como ya le he dicho, ¡Usted está loco!

—Si no estás conmigo, estás en mi contra —El padre se acercó lentamente a Teodoro, su intención no era asesinarlo, no, su intención era hacerlo entrar en la buena razón.

Pero,como un conejito frente a un zorro su primera reacción fue la desesperada huida, pero meditó un leve instante, no dejaría que el buen padre continuará con sus fechorías. Espero hasta que el padre se acercara lo suficiente y se abalanzó sobre él, los dos hombres cayeron en la parda tierra. El arma cayó a varios centímetros de la riña. Teodoro apretó al buen padre contra la tierra, cerró el puño tal como le enseño su padre y lo llevó veloz a la cara del buen padre, así hizo repetidos instantes. Pero, esto no duró más que un breve momento. El buen padre lo tomó por el pescuezo y lo estrelló en el suelo, a su lado. Lo remontó sin ninguna dificultad y estiró el brazo para tomar el arma un poco sucia por la tierra, la llevo con furia al rostro del muchacho.

—¡Parece que los roles han cambiado repentinamente! —Gritó el padre, el alborozo se apreciaba en cada entonación—. Muchacho tonto, pudiste gobernar conmigo el nuevo mundo. Pero ahora solo serás polvo del viejo.

El padre llevó el arma a la frente de Teodoro. Pero, como capricho del destino o el buen azar, un cocodrilo emergió lentamente de las aguas turbias del río. Gracias al poco de sangre que destilaba la nariz del buen padre el cocodrilo percibió el aroma de buena carne, para saciar sus tripas retumbantes. Se acercó lentamente, vacilante en su actuar, pero sus tripas pedían carne. Antes de que el buen padre se percatase de aquel gran animal esté ya abriría sus grandes fauces dejando mostrar sus enormes y afilados dientes. Enterró sus grandes dientes en el delgado tobillo del padre y lo halo fuertemente, el mentón del buen padre se estrelló en la parda tierra cercana al río, cerca del muslo de Teodoro. Los alaridos del buen padre se extendieron por el ancho y largo del río mientras que el feroz animal lo arrastraba a las frías aguas del río, el buen padre calvo sus finas uñas en la lodosa tierra parda. Pero, como este y otro cualquier intento de librarse de aquellas grandes fauces fue en vano. Teodoro, como si se tratase de un espectáculo contemplo acodado con tranquilidad y contento como aquellos dos animales se sumergían en el agua.

Luego de un momento, se irguió y tomó el arma del buen padre que estaba a centímetros de él. Se cercioro de que aquel monstruo permaneciera en las profundidades, y que el padre también lo hiciera. Fatigado por los golpes, dados y recibidos, guardo aquel hierro en su saco. Aseguro su peñero a un árbol cercano al río y retorno su camino al pequeño pueblo de Marfin retozando por el camino polvoriento.

No pasaron muchas noches para que los vasallos del buen padre notaran que su guía estaba perdido, así que como todo buen seguidor, se organizaron en equipos para localizar al buen padre. En el pueblecito no había rastro de buen padre, como era de esperarse. Algunos, con la pasión de la fe en el mayor auge decidieron ir al río más cercano. Los vasallos buscaron días enteremos algún rastro del padre, pero sus pesquisas fueron vanas. Como si el buen padre se negase a su letargo eterno en las profundidades un infante encontró un ojo ojizarco en la orilla del río. A primera vista el niño pensó que era una canica, la tomo con alegría y la llevó a su madre, para que viera su afortunado hallazgo.

—¡Mamá, mamá! —Exclamó el pequeño niño— ¡Tengo una nueva canica!

La mujer, de cómo unos cuarenta y seis años tuvo la misma impresión que su pequeño hijo. Pero cuando la sostuvo en su mano se percató del espantoso desastre, era un ojo si cuenca lo que sostenía en su mano. Sus gritos se extendieron por todo el gran río. No fue necesito de muchas pruebas para saber que ese era el ojo del buen padre, era el único que poseía ojos tan bellos en aquel lugar. Los llantos se extendieron meses enteros, los más adeptos metieron el ojo seco en una cajita de oro, de terciopelo rojo en su interior. El velatorio del único ojo fue llevado tres días seguidos, hasta que uno de los más allegados al buen padre dictaminase que el único rastro de su mesías fuese enterrado bajo el árbol que más diese sombra.

—¡Hermanos, hermanos míos! —Exclamó el más allegado al buen padre, con su llanto perpetuo. Mientras que unas trescientas personas acudían al árbol que más sombra daba en las cercanías del pequeño pueblo—. Hoy hemos perdido al redentor de estas tierras, el mejor hombre que haya pisado esta tierra —Clamaba mientras se enjugaba las lágrimas—, Pero no desasosieguen. Llevaré ante la justicia divina al responsable de esta penosa acción. Ya sea animal, hombre, mujer o niño, bestia o demonio, pagará su insolencia antes mis manos —Entrelazó sus dedos, y luego, con su índice señalo al vasto cielo. — ¡Y después ante Dios!

El silencio quedó en el olvido, el bullicio feroz reinaba bajo el árbol. Como su fe ciega, la cólera creció en sus corazones. Ahora eran bestias convertidas en hombres, mujeres, hombres y niños ávidos por sangre, la sangre del perpetrador. Sin que el hombre pronunciase palabra alguna los fanáticos enloquecidos tomaron grandes piedras y se dirigieron al pueblecito.

—¡Si, si! —Aulló con excitación el hombre— ¡Castiguen a los herejes y demuestren que nuestro mesías no dejará incólume tal atrocidad! —Su mirada se fijó en los pocos que quedaron, entre ellos, la bella de Mercedes. La excitación se unificó con su cólera, desde la puntas de los dedos de sus pies, hasta los delgados cabellos de su cabeza. Lo sentía, lo añoraba, de su corazón florecía. Ahora tenía el poder sobre los débiles, lo que tenía el buen padre lo tenían él, como un espejo lo había copiado. Era el mesías de los débiles— ¡Ustedes! ¡Levante una horca! Este pueblo renacerá hoy y el alba nunca nos abandonara —Las personas, temerosas por aquella nueva bestia quedaron inertes, pero sus piernas les traicionaron, les obligaron a correr por madera. Al ver complacido como sus recientes vasallos obedecían su mandamiento ciegamente, se arrodillo ante la pequeña tumba del padre—. No te preocupes, hermano. Se hará lo necesario para que tu muerte no sea como la de esta gentuza.

Mientras que la nueva bestia lloraba con lágrimas de aceite a su buen amigo, la muerte volvía a reinar sobre el pequeño pueblo. Los fanáticos arremetían contra cualquiera que no les proporcionasen información sobre la tragedia. Las casitas ardían, padres e hijos luchaban por la vida, la sangre volvía a teñir las bellezas calles. Los fanáticos tomaron el pueblo sin mucho esfuerzo, la mayoría de los hombres fornidos se encontraban fuera del pueblo en sus faenas matutinas. Teodoro, al ver tal muestra de ferocidad resolvió a esconderse bajo el lecho de su casita. Los vasallos improvisaron una horca, frente a la estatua del libertador, a unos pasos del hogar del joven pescador.

—Ya que no han sido de utilidad —Decía la nueva bestia, a las únicas personas que sobrevivieron al ataque de sus vasallos—. Serán castigados con la pena de muerte en este mundo, y después responderán antes Dios —Cerró el puño y lo llevó raudo a su pecho repetidas veces, como si la última entonación llegara al fondo de su alma. En su mayoría eran mujeres débiles, seguidas de niños y ancianos. Ninguno de ellos había resultado incólumes de aquella barbaridad. De distintas zonas del cuerpo brotaba sangre a cantaros, tiñendo las vestiduras de rojo carmesí.

Teodoro contemplaba como sus vecinos eran juzgados injustamente. Como el alma se les escapaba por los ojos y dejaban de agitarse luego de estar colgados unos minutos.

Las lágrimas surgían de su corazón. Dudo antes de salir de su casita, pero reunió el coraje suficiente y encaró a los fanáticos

—¡Yo estaba presente! —Vociferó Teodoro. Todos voltearon a ver de dónde provenía aquella voz. Incluso los ojos sin vida de sus vecinos—. Un cocodrilo lo arrastró a las profundidades del río.

—¡Ah, otro infiel! —Exclamó la bestia. —¿Con qué maniática afirmación viene usted? Está loco, como el resto de esta gente.

—Es cierto, lo he visto con mis propios ojos —Replicó el pescador. Introdujo su mano en su saco y saco el metal que le arrebató al difunto padre.

Los ojos de la bestia resplandecieron y su corazón perdió el sosiego.

—¡Hereje, hereje, hereje! —El temor se apoderó de aquella bestia convertida en hombre. Reconocía que era aquello— ¡A él! ¡En sus manos están las herramientas del diablo! ¡Él es el diablo!

Como si aquella bestia tuviera el control absoluto sobre aquellas personas, sus corazones se encendieron como pólvora. Cuando sus vasallos se disponían a arremeter contra el buen pescador, la suerte volvió sobre el pescador, los hombres y mujeres fuertes regresaban de sus faenas matutinas.

—¡Mi casa!

—¡Mi esposa!

—¡¿Que ha pasado aquí?! —Interrogó a gritos un hombre— ¿Quien ha hecho esto?

—Purificamos el pueblo. —Dijeron casi al unísono los súbditos, las palabras salieron como hielo de sus bocas—. Dios así lo quiso.

Las lágrimas recorrieron las mejillas de los recién llegados, a la vez que desenfundaban sus machetes

—¡¿Quién ha hecho esto?! —Iteró el hombre, ahora con machete en mano.

—Hijo mío, Dios nos ha ordenado esto —Explicó la bestia descendiendo del podio improvisado. Colocándose delante de él aclaro: —Es lo que Dios quería.

La cólera estalló en el corazón del hombre. Levantó el machete y con un raudo movimiento lo acertó en el cuello de la bestia, sin permitirle decir otra cosa cayó con delicadeza al suelo. La sangre formó un gran charco alrededor del cuello, tan rápido como había nacido aquella bestia había muerto ante un mortal. Los vasallos se estremecieron una vez más, otro mecías había muerto, tomaron palos y piedras y encararon a los herejes, sentían en sus almas que Dios les ordenaba derramar sangre.

Los recién llegados tomaron sus machetes y los ondeaban en el aire.

Sin intermediario alguno, por fin podían matarse como animales en las angostas callecitas del pueblo. Golpes, rocas, palos y machetes impactaban sus cuerpos en aquel feroz combate.

Teodoro, como el resto de sobrevivientes quedaron inmobles ante aquella muestra barbarie de sus vecinos y amigos. Entre toda aquella muerte divisó la única muestra de humanidad y pulcritud, Mercedes huía de aquel salvajismo por una de las calles. No la había visto desde que se había ido con el padre, sus pies le demandaban seguir a aquella bella mujer, corrió por entre la multitud y atravesó sin problema alguno la ola de muerte.

—¡Mercedes, Mercedes! —Voceó. La esperanza recorría todo su cuerpo, estaba a unos pasos de su gran amor.

Mercedes suspendió su huida y volteo para ver de dónde provenía aquella voz tan familiar que acariciaba sus oídos. 

—Está muerto —Dijo entre sollozos—. Mi unico gran amor ha muerto.

—Pero aquí estoy, Mercedes. —Replicó Teodoro envolviendola en sus brazos.

Lo impelo para zafarse de sus brazos. Las lágrimas eran dueñas de sus mejillas.

—Tú eres un simple pescador —La aversión se percibía en cada pronunciación—. Mi único amor fue el padre Benjamín. ¡Está muerto, muerto, muerto! —Sus alaridos penetraban en el corazón del pescador— ¡Vete, déjame sola! Por mi sería mejor que tú también murieras.

Antes de que Teodoro respondiera a aquella despiadadas palabras Mercedes retorno a su huida fugas. El corazón del pescador se detuvo y en su cerebro ya no había pensamiento. Contemplaba como las insaciables flamas devoraban los pequeños edificios. Su casita, como la contienda había desaparecido tras las voraces llamas, ya no le quedaba nada, salvo su peñero. Y a allí se dirigía.    

 Cada paso le dolía, cada paso se le desprendía el alma del pecho, la aflicción le carcomía el cuerpo. El polvo penetraba en sus ojos, como siempre lo hacía cuando se dirigía al río. Su peñero seguía allí, tal como la había dejado. Saturó sus bolsillos de parvas y grandes piedras y fue hasta su pequeño, remo hasta el centro del turbio río, ese mismo río que se había llevado al padre Benjamín. Se arrodilló y rezó las oraciones que la había enseñado su madre. Luego de un largo momento se irguió y miró al firmamento.

—Perdóname padre, perdóname madre —Dijo mirando el copioso firmamento—. Les he fallado.

Su corazón tintineaba al chocar con sus pulmones, sus manos temblaban y las lágrimas era lo único que su cuerpo producía. Saltó de su pequeño, con prisa se hundía en las frías y turbulentas aguas del río. Revoloteaba como un canario mientras más se introducía en las profundidades del agua. El agua se introducía en sus pulmones y su vista se nublo. Su piel, primero fue azul, después blanca y era más fría que el agua de aquel río. Los cocodrilos lo vieron descender como si fuera un ángel a lo más hondo de aquel río, los pececillos y demás animalitos observaron maravillados como aquel hombre tocaba la parda tierra del fondo río. Los pececillos acudieron raudos a ver aquel ángel, pero solo era un hombre feo lo que había tocado lo más profundo de aquel río.

—¡Ah! Este es el hombre feo que nos entonaba aquellas melodiosas letras, con aquella bella mujer —Dijo un pez—. Cántanos, hombre feo, cántanos.

Pero de su boca solo salían burbujas de aire y sus ojos miraban fijos la densa oscuridad.

—Este hombre ya no tiene alma —Resolvió otro pez—. Ya no sirve para cantar.

Todos los pececillos se marcharon y dejaron al pescador solo en aquellas profundas aguas.

24 января 2019 г. 21:41:26 0 Отчет Добавить 1
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Charles J. Doom Confiar en el hombre es un arma de doble filo. Como una guillotina a la espera ansiosa de descender feroz hacia nuestro cuello. El hombre es un ser ilógico e incomprensible. Yo prefiero refugiarme en la calidez de las letras.

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