El señor Murphy Подписаться

vanesacarrillo_00 Vanesa Carrillo

El señor Murphy era la persona más noble y buena que jamás hubiese conocido. Sin embargo, todo el mundo guarda secretos. Y algunos secretos son mucho más oscuros que otros, casi imperdonables.


Короткий рассказ 13+.

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Короткий рассказ
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El señor Murphy

Mr. Murphy era extraordinario. Su mente era un manojo de conocimiento ordenado que siempre narraba cuando ambos nos sentábamos en el diván del refectorio. Tomábamos vino blanco y té caliente por las tardes, mientras contaba hechos científicos y a veces, cuando el vino le sonrojaba las mejillas, hablaba de su infancia y sus antepasados. Cuando había visitas especiales, sacaba el champán que guardaba en la bodega a la que me había prohibido que bajara por el cúmulo de tamo de hacía ya muchas décadas.

El señor Murphy se sentía orgulloso de mí, aunque todavía recuerdo la primera vez que acerqué la tetera plena de té que derramé sobre las castigadas piernas del ilustre señor. Vi espantado como brotaba, emergiendo con ímpetu de las piernas del hombre, una bruma abrasadora. Y luego contemplé horrorizado, la cara perpleja y el gesto torcido por el dolor que le provocó el ardiente caldo mentolado. Cuando se hubo recompuesto y cambiado de enseres, con gesto duro me miró mientras su garganta rugía con pleitesía. Nunca más cometí error alguno.

La casa era formidable. Había decenas de dormitorios, todos con su correspondiente baño; había biblioteca, sala de juegos... Pero mi preferida era la sala del refectorio, con el olor abrumador a pipa y el aroma a caoba oriundo del frontispicio de la sala.

En el pasillo, las paredes alicatadas de papel de colores vivos y cálidos hacían de la residencia un lugar acogedor y elegante, como su dueño. Había tantos cuadros que nunca terminabas de contarlos. Pero uno en especial captaba mi atención: había una mujer de mirada fría, muy bella, de ojos grandes y castaños, con el cabello moreno recogido en un escandaloso tocado de plumas púrpura, a juego con su vestido. Era la esposa del señor Murphy, quien decía que había muerto de neumonía hacía años, quieta y hermosa, en silencio, contemplando la casa desde su repetitivo ángulo de la escalera.




 Aquella tarde, el señor Murphy organizó una velada con conocidos hombres de negocios. En la casa no había criados, excepto una buena mujer que cuidaba del hombre como a su propio hijo. En días como aquel y en celebraciones como aquella, la señora Brown apenas daba abasto. Yo ayudaba en lo que podía, a pesar de que el señor Murphy insistía en que yo no era su criado, solo un muchacho de humilde procedencia a quien estaba educando adecuadamente.

 Tal vez, mientras la velada acontecía ante mis tranquilos ojos, capté la atención de un hombre sediento, que se me acercó con buenas intenciones.

__ Amigo, ¿tenéis más champán?__ El hombre era demasiado amable, sonaba casi irónico.__ Queríamos volver a brindar por los negocios y la banca inglesa, y parece que todos andan muy atareados.

     Yo, bien educado, asentí frenéticamente y desaparecí por una esquina entre la multitud de trajes y sombreros de copa.

     Fui a la cocina, y agarré una vela y las llaves, pues sabía dónde las escondía el señor, para bajar a la bodega. Al principio, sentí culpa de desobedecer al señor Murphy y bajar. Él siempre insistía en que era un lugar frío e inquietante. Y muy sucio. Pero era más importante no dejar mal al anfitrión ante todos sus invitados.

     Al final de un estrecho pasillo, había unas tímidas escaleras que se deshacían a causa de la antigüedad. Bajé con la piedra húmeda resbalando bajo mis zapatos y abrí la puerta, con el crujido de las llaves en el cerrojo.

     Una masa helada de silencio y oscuridad me invadió. Allí bajo también había un hedor que quién sabe de dónde emanaba, y me vi obligado a tapar mi nariz con el cuello del jubón. Avancé torpemente con la luz de la vela tintineando y amenazando con apagarse en cualquier momento, no sin antes entornar la puerta de la bodega para no captar la atención de curiosos con el tenue resplandor de la vela.

     Aún a través de la tela de lino, pude olfatear la peste nauseabunda que inundaba aquel recóndito lugar. Buscaba desesperadamente con la mirada entre bidones enormes de vino, un estante donde hallar las botellas que el señor Murphy tan cautelosamente almacenaba.

     Y es que una suave corriente, repentina e inesperada, me envolvió y no cesó hasta apagar la llama que bailaba sobre la cera de la vela. Quedé a oscuras y con prisa de volver arriba, y entonces me asusté. Una oleada de pánico me secuestró la confianza y sin saber cómo, saqué arrojo de donde no había para seguir andando a ciegas por la bodega. Notaba la bilis ascendiendo por mi garganta, incesante, dejando ese sabor tan amargo al fondo de la boca, y las náuseas sacudiendo mi cuerpo tembloroso una y otra vez.

     Choqué con algo. Supuse que era la estantería de champán, que al ser tan caro y valioso, mi señor lo escondía a buen recaudo al fondo de la bodega. Palpé con la mano abierta la extraña superficie y rocé algo extraño, como cabello.

     Y la puerta de la bodega se abrió. Algo al otro lado llevaba un candelabro que difundía su resplandor por la vieja estancia. Cuando se me hubo aclarado la vista, vi al señor Murphy, que me miraba como si le hubiera traicionado.

     __Te prometo que la amaba, muchacho. Ella me amaba a mí... Pero tú no lo entiendes. Nunca lo habrías hecho. Te dije que no bajaras…

     __Pero un invitado...

     __Lo siento, muchacho...

     __Escuchad...

     La bala perforó mi costado con fuerza, y me desplomé cuando las piernas me flaquearon, y sentí ese dolor tan terrible que invadía poco a poco mi mente. Cada rincón, cada recodo de mi ser. Ese dolor agudo me paralizó, se me nubló la vista y todo se tornó negro… más negro que aquel sótano infernal. El señor Murphy se fue, cerró la puerta y me dejó morir solo. Apreté los ojos con fuerza, y allí, tirado y moribundo en el suelo, me pregunté por qué lo habría hecho, un buen hombre como él, un señor de postín que me apreciaba... No había respuesta para tanta pregunta y mi tiempo se acababa. Abrí los ojos por última vez, y me sorprendí al comprobar que la vista se me había acostumbrado a la oscuridad. Eso ya no importaba.

     Supe que era mi último instante en vida.

     Dejé escapar un quejido inaudible, listo para el fin.

      Y entonces la vi, balanceándose sobre mí, inerte y quieta, consumida y muerta, colgando del techo con la soga alrededor del cuello, una mujer de mirada fría, bella, de ojos grandes y castaños, que ahora estaban secos en sus cuencas, mirando a la inmensa e infinita negrura de nuestras almas, con el cabello moreno recogido en un tocado de plumas púrpura, a juego con su vestido. Sin vida. Muerta.

     

     En aquel descenso agonizante, mientras la muerte me llevaba, creí verla sonreír.

19 января 2019 г. 16:02:25 0 Отчет Добавить 1
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Vanesa Carrillo Escribir es mi medicina. Todos los libros deberían ser abiertos alguna vez. Si buscas algo diferente, estás en el sitio correcto. "Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él", Carlos Ruiz Zafón. Instagram: vanesacarrillo_00

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