Bohemios Подписаться

dpinkandgray Deni Méndez

La seguridad siempre ha sido la mejor aliada de la introvertida y tímida Mercer. Siempre haciendo feliz a los demás, sin saber decir No cuando quiere, y sin saber amar cuando lo hace. Hasta que, por destino o casualidad, encuentra a Harvey cuando va camino a la escuela, un poco tarde. Harvey tiene fama de ser valiente, divertido, y bohemio, al igual que sus amigos, a quienes todos en Pencely, un pequeño pueblo en Londres, les llaman "Los bohemios" por su mala influencia y aptitud extraña; y Harvey es la cabeza del grupo, y una vez que te unes, no hay vuelta atrás. Un gran sufrimiento sobre el recién fallecido Zadra, novio de Mercer, ronda en el grupo de bohemios silenciosamente, pero le susurra a Mercer que quizá, su verdadero amor podría esconder un secreto que la perseguirá incluso después su muerte. luego de comenzar a recibir múltiples amenazas. "A veces, la única forma de escapar de los monstruos, es transformarte en uno. "


Подростковая Всех возростов.

#pandillas #drama #misterio #rebeldía #rebeldes #suspenso #Bohemios
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Capítulo I


Levantarse temprano siempre ha sido muy sencillo para mí. Una de mis grandes virtudes, es que me despierto justo antes de que la alarma suene; lo cual, no sé si tiene alguna explicación científica o soy una híbrida con poderes especiales súper humanos, pero me viene muy bien.

Claro, que por alguna razón, cuando tengo algo demasiado importante que hacer, el universo me traiciona y no me levanto con el sonido de la alarma, ni con agua fría, ni aunque hubiera un terremoto. No, no me levanto. Y eso hace que, días como hoy, lunes, cuando tengo un examen importante en la escuela, deba correr buscando mi cepillo cinco minutos antes de que la clase comience. Lo cual hago ahora.

—¡Mariela! —le grito a mi hermana, que está en la habitación de al lado. Yo estoy en el baño con una toalla y el cabello hecho una completa locura—. ¡Mariela!

—¿Qué? —escucho que responde muy tranquilamente, algo molesta.

—¿No has visto un cepillo? ¡Necesito peinarme! — No hay respuesta. —¡Mariela!

—¡No, Mercer!

Entorno los ojos y agito mi cabello con la mano. Rojo, rebelde, y ondulado. No sé qué haría si fuese rizado en momentos como este.

Salgo del baño a toda velocidad, descalza, y corro a mi habitación, que está al lado. La comparto con Mariela. Dos camas individuales a cada lado, con un mundo distinto pegado en la pared. Yo tengo un grancollagede fotos, y Mariela un sin fin de posters deOneDirection.Ella se encuentra leyendo una revista acostada en su cama.

—Déjame adivinar —dice ella con la voz intelectual que la caracteriza—. Tarde de nuevo. ¿No?

Mariela está lista para ir a clases. Estudiamos en la misma escuela y ambas tenemos dieciséis años, sólo que ella es adoptada. Tiene el cabello negro y el rostro de un ángel. Lo admito, Mariela es hermosa, pero su aptitud no va acorde a su belleza. Es obvio que sabe que voy tarde; sólo pregunta para molestarme.

—¿Tú qué crees? —respondo revisando nuestro closet, junto a la ventana, buscando ropa.

—¿Tarde a un examen, verdad? — Baja el libro que lee, se baja de la cama en dirección a la puerta y me mira con una sonrisa perversa. —No es necesario que te diga lo predecible que eres. — Sale de la habitación.

Sigo buscando mi ropa sin prestarle atención. Me encuentro con mi reflejo en el espejo del tocador, y veo que mi cabello está demasiado alborotado, así que tomo el rizador de Mariela sólo para acomodar un poco mis enredadas ondas naturales. No necesitaría de él si hubiera encontrado un cepillo.

Queda incluso peor de lo que pensé, así que me visto y busco un suéter lápiz lazuli con capucha. De alguna forma debo cubrir mi cabeza. También me pongo unos tenis blancos que resaltan con misjeansnegros.

Cuando veo que al fin estoy lista, tomo mi mochila del closet, con todos los cuadernos acordes al día ya que los busqué el día anterior, y corro escaleras abajo.

Puedo ver por la ventana de la sala que Mariela ya va camino a la escuela. Mi madre está sentada leyendo el periódico en el comedor. Me mira, y me sonríe.

—¡Por favor, no preguntes si voy tarde! —suplico con creciente dramatismo. Ella levanta las cejas y se concentra de nuevo en la lectura. —Desayunaré en la escuela.

Cierro la puerta tras de mí y corro lo más rápido que puedo. La escuela está a cinco cuadras, por suerte, así que puedo llegar caminando.

La capucha cubre la mayoría de mi cabello, aunque algunos mechones rojos rebeldes se asoman por los bordes. No me puse maquillaje por la prisa. Eso me hace querer suicidarme. Mercer Abbadie, la mejor chica de la clase, tarde. Mercer, la chica que reprobó por llegar tarde.

Pongo mis manos en los bolsillos del suéter, y camino rápidamente. Hay mucha gente que probablemente se encuentran en la misma situación que yo; ya que son hombres con traje y señoras elegantes corriendo o a paso rápido.

Ya puedo ver la escuela más adelante. Veo a Mariela en una esquina con su grupo de amigos punk. Ella luce como una chica tierna, dulce e inocente con su abrigo holgado gris y esos anteojos intelectuales, pero en realidad, es una perra malvada. Nunca entra a clases, y siempre tiene el primer puesto a mejor promedio de la clase sólo porque se copia de mí y yo le hago la tarea. Hoy, por ejemplo, entrará a clases porque hay examen, pero tendrá que copiarse de mi. Por otro lado, yo soy como su sombra. La sombra de todos, en realidad.

Paso a su lado y todos se me quedan mirando. Yo me pongo cabizbaja —postura que hago cuando estoy demasiado incómoda— y camino más rápido. Mis pies comienzan a moverse de forma extraña. Siempre me pongo nerviosa de lo que puedan estar hablando o de que me sigan mirando, y mi forma de caminar se vuelve incoherente. Lo sé, soy demasiado insegura.

Sólo me faltan tres cuadras para llegar. Ésta parte del vecindario siempre está vacío a éstas horas de la mañana. Me encanta la soledad. No porque las personas no me gusten, sino porque casi nadie gusta de mi compañía.

Un chico está sentado en un banco como a siete pasos de mí. Está leyendo un libro. Lo he visto antes en mi clase. Harvey Motley.

Dejamos de hablarnos hace años. Eramos amigos inseparables, junto con Mariela, pero ahora, ni siquiera nos hablamos. Mariela lo desprecia, y él a ella. Supongo que yo tampoco le caigo bien, así que oculto más mi rostro en mi capucha, y cruzo la calle antes de que pueda verme.

—No te dejarán entrar —advierte.

Maldición, ya me ha notado.

—¿Disculpa? — Me detengo en medio de la calle, sin voltear.

—Si vas a Pencely, ya no están dejando a los estudiantes entrar. Es muy tarde. Son las ocho treinta, ¿sabías?

Lo miro por encima del hombro. Sigue leyendo.

La entrada era a las ocho. Pero, ¿cómo sé que de verdad ya es tan tarde?

—Creo que iré, sólo para estar segura.

En Pencely si llegas luego de las ocho y cuarto, no puedes entrar a la clase hasta la hora siguiente. Pero de verdad necesito llegar. La esperanza es lo último que se pierde, ¿no?

—Ah, entonces sí estudias en Pencely. — Se encoje de hombros. —Bien. Ve a ver, si tú quieres. Deberías creerme.

—Gracias. — Camino al otro lado de la calle y retomo mi camino a la escuela. Debo llegar. De alguna forma deben dejarme entrar.

La escuela ya está vacía por fuera. Hay un par de personas por aquí y por allá, pero nadie que conozca. Y dudo que alguien me conozca.

Entro a la escuela y me dirijo a mi salón de clase. Toco la puerta con nerviosismo y cierro los ojos mientras espero.

—Mercer — El profesor está frente a mí. No me di cuenta que abrió la puerta, y seguía con los ojos cerrados. Eso explicaría la risa que aguanta ahora mismo.

Ay, Mercer.

—Pro-profesor. Buenos días. ¿Puedo pasar? —pregunto tímidamente.

Mira su reloj en la muñeca izquierda. —Lo siento, son las ocho y treinta. Tarde de nuevo, Mercer.

Cierra la puerta en mi cara, y me trago toda palabra que quiera decir ahora. Perderé mi examen, y cualquier esperanza de ganar la atención de mis padres.

Salgo de la escuela hecha furia, decepcionada, cansada. Regreso por donde vine. Ya puedo escuchar a Mariela llegando a clases con la excusa de que le dio otro ataque de asma y pasando a hacer su examen como si nada. Los profesores siempre se comen el cuento de la estudiante perfecta. Y también, puedo escucharla insultándome porque no estuve ahí para poder copiarse. También puedo escuchar a mi madre murmurando lo irresponsable que soy por llegar tarde. Cierro los ojos e inhalo. Cada día, sólo quiero desaparecer.

Harvey Motley sigue sentado, leyendo. Esta vez no me tomaré la molestia de cambiar de dirección. No me importa lo que piense de mí en momentos así.

Paso por su lado y el ni siquiera parece notarme. Cada fibra de mi ser da gracias por ello.

—Te lo dije.

Hablé demasiado pronto.

Me detengo en seco, y me vuelvo a él. —Lo sé. No es necesario que lo digas de nuevo, ¿sí? —digo con toda la molestia del mundo.

Cierra el libro lentamente y me mira con una amplia sonrisa. Frunce el ceño, de pronto.

—Espera, ¿eres... Mercer?

Vacilo antes de responder.

—Ajá —respondo al final. Mis mejillas se sonrojan un poco.

—¡Vaya! — Parece muy impresionado.

—¿Qué?

—¿No tienes maquillaje, cierto? Nunca te había visto sin maquillaje. Eres... Distinta.

Me sonrojo mucho más y aprieto las hombreras de mi mochila con ambas manos.

—¿Distinta? ¿Qué quieres decir con distinta?

Se encoje de hombros. —Para mí, distinta es belleza.

No puedo sonreír, aunque quiera, debido a mi timidez.

Harvey se queda mirándome fijamente. No quiero saber lo que pasa por su mente, pero puedo deducir que tiene algo que ver con mi aspecto por la forma en que me mira de arriba a abajo. Quiero salir corriendo. Debo irme rápido. Pero no puedo moverme.

—Soy Harvey. Harvey Motley. — Me sonríe de nuevo con esa dentadura perfecta. —Aunque de seguro ya sabes eso.

Puedo decir que sé quién es, pero no lo conozco, así que también puedo decir que mucho gusto. ¿Qué se hace en una situación así? ¿Cuál sería mejor?

—Sí, sé quién eres —respondo con voz baja, pero firme—. Sin embargo, no te conozco. He oído tu nombre. Te he visto y hablado un par de veces. Pero no sé quién eres, técnicamente.

¿Qué. Diablos. Acabo. De. Decir?

El ríe, pero asiente seriamente, como si supiera de qué hablo.

—Bueno, tampoco te conozco, Mercer. Sé tu nombre pero no quién eres. Así que, mucho gusto.

Yo sonrío.

—Mucho gusto.

Harvey se destaca por ser de todo, menos normal. Ama ir contra la corriente. Siempre viste con ropa pasada de moda, y si alguien crítica algo de él, va y acentúa ese «defecto». No tiene miedo. Es algo que admiro. Debe sentirse muy bien, y muy libre, ser así. No le importa lo que los demás digan, razón por la cual todos dicen que es «bohemio». A mí me parece único.

—Bueno —dice él, interrumpiendo todo pensamiento que tenía hace un segundo—, podemos despedirnos ahora, y tú te irías a tu casa, y yo seguiría leyendo mi libro, para entonces hacer como si nunca nos hubiéramos visto, y seguir con nuestra vida normal. O, podemos, ya que no tenemos clase hasta dentro de dos horas, explorar el mundo y conocernos un poco. Desafiar a la rutina. ¿Qué dices, Mercer?

Arqueo una ceja mientras exploro mis opciones. Puedo ir a mi casa y seguir con mi mundo seguro, o puedo escapar un rato de mi misma con Harvey Motley.

Contemplo el camino que lleva a mi casa, y vuelvo a mirar a Harvey, sonriente.

Al demonio con la seguridad.

—Claro. ¿Por qué no?

Levanta los brazos dramatizando una victoria. Yo río tímidamente. Un rato fuera con Harvey. ¿Por qué no?

Abandonaelmiedoporsólounavezentuvida,Mercer.

Me siento a su lado en el banco y él se queda mirándome, sonriendo.

—¿Por qué tan oculta?

—¿Uh? — Señala mi capucha. Claro. No recordaba que la traía puesta. —Ah, sí. Ésta cosa. No tuve tiempo de peinarme.

Harvey tiene un aspecto demasiado corriente; pero tiene algo, no sé, sólo algo en sus brillantes ojos cafés que hace querer mirarlos todo el día. Y su cabello negro, rebelde y despeinado, es como una montaña rusa.

Cuando sonríe, las comisuras de sus labios muestran una pequeña arruga casi invisible en forma de V. Y esa sonrisa, la adoro. Amo cuando la gente sonríe, y él parece hacerlo de verdad, como si fuera la última vez.

—¿También perdiste el examen de hoy? —pregunto. Vemos dos de las nueve materias juntos.

—Sí. No importa mucho.

Harvey, si tan sólo supieras lo importante que ese examen era para mí. Si tan sólo supieras que al cruzar la puerta de mi casa, toda la mala atención recaerá en mí.

—No, no mucho. Sólo un examen —digo sin hacer caso a mis verdaderos sentimientos. Nunca muestro quien soy realmente, ya que, después de todo, me han demostrado miles de veces que nadie aprecia a mi verdadera yo.

—Oye, ¿cómo están tus amigos?

No sé si debería responder a eso. No tengo amigos, no realmente, pero sé a quienes se refiere.

—¿Susan? Ella está bien. Tiene sus problemas, pero siempre vuelve a estar bien. Y Zadra — La voz me sale entrecortada. —Zadra... Él, falleció.

Toda sonrisa que él tuviera hace un momento desaparece. Se queda inmóvil, observándome.

—Es una broma. ¿No?

Me levanto del banco.

—Jamás fue una broma.

Comienzo a caminar acomodando mi capucha. No quiero hablar de él. No quiero. No de Zadra.

Escucho que corre tras de mí. Cuando me alcanza, se detiene frente a mí. Intento apartarlo, pero no me da paso.

—¡Espera! — Su respiración está agitada. Es una cabeza más alto que yo. —¿Zadra? Pe-pero... ¿Cómo? — Se lleva una mano a la frente. —Es decir, sé que estaba enfermo. Pero nunca pensé que...

—Sí. Lo sé. Yo tampoco.

Zadra era mi novio. Mi mejor amigo. Nos conocíamos desde que mi familia y yo llegamos al vecindario luego de mudarnos de Francia. Era una chica nueva, en un lugar nuevo, en un país completamente distinto y desconocido. Zadra fue la primera persona en quien tuve confianza. También mi primer amor.

Cuando tenía catorce se mudó a casa de sus abuelos, al otro lado de la ciudad. Yo iba a visitarlo todos los días en bicicleta, y él a mí, y aunque me iba a mediodía, luego de salir de clases y llegaba de regreso a mi casa a las seis de la tarde, quería pasar con él todo el tiempo posible.

Pero, como si la vida tuviera prohibida la felicidad, Zadra tenía un tiempo de vida limitado. Había un problema con su corazón. Si no encontraban un donante compatible pronto, ya no resistiría más. Por desgracia, ese día llegó hace tres meses. Desde entonces, toda pizca de confianza que había en mí se esfumó.

Como Zadra se había mudado demasiado lejos, ya casi nadie lo recordaba en este vecindario. Luego de dos años, la gente olvida a las personas. No me sorprende que Harvey lo recuerde, ya que era amigo de Zadra; me sorprende el hecho de que ni siquiera supiera que Zadra había muerto. Harvey y él eran inseparables; se conocían incluso antes de yo mudarme. Nunca fui amiga de Harvey, pero Zafra me hablaba mucho de él y sus aventuras.

No lo vi en su funeral ese día, pero no creí que no supiera.

—Mercer —dice rompiendo el silencio entre nosotros—, lo siento. No sabes cuánto. Mis padres... No me dijeron que él había muerto. Zadra...

—Está bien, lo entiendo.

Puedo notar que está aguantando las lágrimas. Yo también lo hago. Harvey ha tocado una herida que creí ya estaba sanando. Pero sigue siendo igual de doloroso como hace tres meses.

—¿Sabes? Ese tipo era genial. Digo, fue quien me enseñó a ser libre —explica emocionado y melancólico —. Zadra veía la vida de una forma en que ni siquiera los más sabios podían. Él simplemente vivía el momento, sin importar qué.

Mi respuesta es una cálida risa triste y cansada. Perdí a quien me complementaba, a la única persona que le daba sentido a mi desgraciada existencia. Perdí a Zadra. Él era como si la vida hubiera tomado forma humana.

Estamos parados en la acera, sólo mirándonos. De pronto el sonríe.

—¿Qué? —pregunto.

—Conozco un sitio al que a Zadra le encantaba ir. — Mis ojos se iluminan. —Sabes de qué hablo. ¿No?

Asiento. El parque abandonado, que queda al otro lado de la ciudad. Era como el santuario que Zadra usaba para escapar un rato de todo. Su lugar secreto. Pero, ¿cómo sabe Harvey de eso?

Harvey regresa al banco y recoje el libro que tenía hace un segundo. Regresa junto a mí y me sonríe abiertamente.

—No tengo nada que hacer, así que... — Una sonrisa se me escapa. Sé lo que quiere decir. Quiere ir al parque.

Quiero decir que no e ir a mi casa, dormir hasta que no pueda más y ocultarme del mundo. Quiero intentar olvidar todo. Incluso a Zadra. Simplemente desaparecer por un segundo.

Siento un cosquilleo en la nuca. Casi puedo escuchar a Zadra pidiendo con una inmensa sonrisa que vaya.

Le doy la espalda a Harvey y camino en dirección a la escuela.

—¿A dónde vas? —pregunta. Yo sigo sin voltear.

—Al parque abandonado. ¿Vienes?



La capucha se me cae mientras me columpio, pero a Harvey no parece importarle. En vez de eso, mira mi cabello, divertido, sentado en el otro columpio.

El parque luce apacible y hermoso con la luz de los crepúsculos. Las hojas de los árboles parecen danzar con el viento. Aspiro el aire humedecido, sintiendo como la brisa zumba en mis oídos.

—Ya entiendo porqué le gustaba estar aquí —susurra Harvey. Me da la sensación de que lo ha dicho para él mismo, como si hubiera pensado en voz alta.

Vinimos al parque en autobús, con mi dinero del desayuno, que al final no usé porque desayunamos en una cafetería antes de venir aquí. Son casi las cuatro de la tarde.

El parque ha estado abandonado desde hace décadas. Está un poco alejado de las casas. No luce abandonado, su aspecto es más bien fantástico, como sacado de un cuento.

—¿Crees que Zadra hubiera querido ver que te trajera a su lugar secreto? —pregunto.

Admira el suelo mientras juguetea con las hojas de otoño.

—Ya yo había venido antes. Con él. Después de que se mudara, venía a visitarlo cada vez que mis padres me traían.

—No sabía que ustedes...

—Sí. Era un gran amigo.

Harvey nos dejó de hablar luego que discutimos porque se corría el rumor de que fue él quien me delató con mis padres, pues yo solía escaparme con Zadra a éste lugar. Antes de que Zadra se mudara, mis padres dijeron que era una mala influencia para mí, y me prohibieron acercarme a él. Pero igual nos veíamos a escondidas, y cuando se mudó, seguíamos viéndonos en secreto. Hasta que alguien nos delató, y todo apuntaba a Harvey.

—Es tarde. Creo que ya debemos irnos —asegura Harvey.

—Yo igual.

Nos levantamos de los columpios y caminamos fuera del parque. La parada de autobús está justo al frente de la salida. Nos deja a treinta minutos de mi casa.

Nos sentamos en la parada, y yo admiro la casa de Zadra, que está lejana, y se ve casi como un dibujo en la distancia.

—Oye, mañana hay una fiesta —dice Harvey tocándose la nuca—. Es en casa de Hazel. ¿Te gustaría ir?

Hazel es la hermana de Harvey. Sus padres se divorciaron, y el padre de ambos se quedó con Hazel, y su madre con Harvey. Es una chica un tanto malhumorada, pero muy buena onda.

No soy de ir a fiestas, y siempre que voy termina sucediendo algo malo. Me repito mil veces que mejor apueste a lo seguro, como siempre. Pero apostar siempre a lo seguro te hace desaparecer; y no sé si ahora quiero eso.

—No lo sé. Veré si tengo tiempo —respondo.

Un autobús se detiene y nos levantamos para no perderlo. Harvey paga con su tarjeta, y nos sentamos junto a la puerta, yo del lado de la ventana.

—Fue bueno hablar contigo luego de tanto —dice una vez que vamos en marcha.

—También fue bueno hablar contigo, Harvey. Me salvaste de otro día más —Ambos reímos.

Fue bueno hablar con Harvey. Fue bueno estar un rato con elbohemio, el tipo al que todos critican. Y no es tan malo como pensé, ni tan perdedor como dicen. Creo que Harvey es demasiado popular, pero al mismo tiempo, es demasiado odiado, sólo por ser él. Ha cambiado mucho.

Harvey se levanta para darle su asiento a una anciana, pues el bus está lleno. Debido a la gente que sigue llegando ya estoy fuera de su vista, así que aprovecho y saco un bolígrafo y una libreta de mi mochila.

Comienzo a escribir un poema.

3 января 2019 г. 2:29:41 0 Отчет Добавить 1
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