El seguidor maldito Подписаться

chriscarrieri cristina peralta

Giovanni escribía. Giovanni soñaba. Giovanni esperaba. 665 lectores siguiéndolo... ¿Qué diferencia haría uno más? Pronto tendría la oportunidad de saberlo.


Мистика ясный 13+.

#sobrenatural #lgbt #romance
Короткий рассказ
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Capítulo único


Giovanni sonreía. Su sonrisa real, no la que fingía. Pues sí, había una claramente artificial, y esa era la que esbozaba frente a todos los que presumían conocerlo, y en realidad no lo conocían para nada.

La razón de este espontáneo gesto era la misma que desde hacía ya dos años le brindaba las mayores alegrías. Escribir, la dicha suprema.

Husmeando en Internet la halló. Una aplicación de lectura que le pareció interesante, y como él era un lector voraz se lanzó en ese banquete de palabras sin pensarlo.

Al principio solo leyó. Tantas historias fantásticas, tantos insólitos destinos, tantos reyes y gigantes, tantos castillos y tesoros escondidos, tanta guerra y tanto amor, tanta ilusión brotando del contenido inagotable del abecedario.

Un mundo de fantasía, no muy distinto al que vivía a diario.

No pasó mucho para que se atreviera a ser narrador. Los relatos fluían de su mente como el agua cristalina desciende por las majestuosas cataratas. Una corriente interminable que le susurraba las más audaces aventuras. Unas que estuvieron en un borrador por dos semanas y media de temor escénico, y que luego él (superando el miedo al que dirán) venció llevando el cursor a publicar, y dando el tecleo necesario acompañado de un suspiro.

Primer capítulo publicado, su temor lentamente moría, mientras comenzaba a vivir su sueño.

Giovanni miró la hora en su reloj de muñeca, pasaban las once de la noche, era tarde, pero debía concluir ese capitulo o no podría conciliar el sueño pues este continuaría martillándole los sesos, rogándole que lo liberara de su prisión mental , que le diera la independencia de volar libre hacia horizontes nuevos. Quizás hacia esa joven que suspiraba pensando en el día en que conocería al hombre de sus sueños, o esa mujer mayor que decepcionada del romance solo encontraría lo que siempre soñó en aquellas historias ficticias.

Se acomodó en su asiento y entró en su perfil. Hizo una mueca arrugando su pequeña nariz respingada al leer el nombre que lo definía. Giovanna 99, sí, Giovanna.

Al comenzar había usado su nombre real, pero al decidirse a publicar sus escritos cambió rotundamente de idea. Sus historias eran románticas, todas ellas, las veintisiete, e igualmente todas tenían como protagonista a un único personaje: Vito. Su Vito.

Vito había sido un lord ingles, un guerrero vikingo, un superhéroe moderno, un dios griego.

¿Quién era Vito?... su amor oculto, y la razón por la cual no se atrevía a exponer su nombre verdadero; le aterraba ser juzgado por lo que era. Su identidad sexual era un absoluto secreto para todos. Tenía que serlo, en su pequeño universo no existía otra manera.

Casi tiritó al pensar en lo que su padre le diría si descubría su inclinación. La imagen era espeluznante, de solo recrearla se le erizaban todos los vellos del cuerpo.

Ramiro Di Giorio, su padre, un italiano chapado a la antigua de sesenta y tanto años, no soportaría una noticia como esa. En su mente los "mariquitas"(como él les decía) eran los hijos de los otros. Nunca el suyo, nunca.

Por esta razón él guardaba su verdad celosamente. 

Dejando de lado esos pensamientos Giovanni procedió a continuar con el capítulo noveno de Hechizo nocturno, su última novela. En ella Vito, ¿quién más?, era el héroe que salvaría a Priscila de una muerte horrible y se ganaría su corazón en la aventura que compartirían. Sonrió, no era casualidad que en esta historia se hubiese arriesgado más, y que Priscilla tuviera su tono de piel aceitunado y sus ojos color miel. Infantilmente se había recreado en ella, con mucho placer y muy poquita culpa. Le encantaría escribir un romance sobre ellos, como ellos, pero aquellos condenados tabúes que le habían impuesto desde niño, realmente le restringían para cruzar esa barrera.

Redactó el primero párrafo, y un pensamiento desvió su mente en otra dirección, al día siguiente, en el que su amor jugaría el partido final contra el otro equipo finalista de la otra escuela secundaria local.

Vito era su jugador estrella. El capitán del equipo de rugby. Alto, sobrepasando el metro ochenta, con ojos azules, tez bronceada y cabellos dorados como el Apolo de la leyendas, pero con los poderosos músculos de Perseo. Era bello, demasiado para sus hormonas adolescentes.

No quiso perderse pensando en él, sabía bien lo que sucedería si se permitía aquello; la madrugada lo alcanzaría y aún estaría con medio capítulo y suspirando tontamente. Pero, era tan difícil no hacerlo... lo amaba tanto.

Este amor comenzó aquel primer día de clases en primer año, y ahora, a solo meses de la graduación no hacía más que crecer a pasos agigantados. Cabe agregar que Vito no estaba enterado, a su parecer él ni siquiera sabía que existía un trigueño de hoyuelos en las mejillas que suspiraba de amor cuando él pasaba a su lado.

No, su Vito no lo había notado, quizás nunca lo haría, pues sus intereses amorosos parecían tener falda corta y unos senos de brasier extra grande. Pero a él no le importaba, soñar era gratis y por escribir sobre él aún no le cobraban.

Igualmente tenía un plan; uno muy malo y un tanto arriesgado. Sabía que luego de su graduación seguiría sus estudios en la capital y ya no volvería  a ver a su amado, así que ideó una estrategia poco convencional. El último día de clases se plantaría frente a él y le confesaría sus sentimientos. Anticipaba un no rotundo por respuesta, por eso la segunda parte de su plan era ante su negativa, ponerse en puntas de pie y robarle un beso. Presagiaba que este acto lo condenaría a una buena paliza por parte de su amor, y probablemente también por el resto del equipo, pero bien, como decía su tía Etelvina, ¿lo bailado quién te lo quita?

Si tenía que morir, de que mejor manera que amando.

Sacudiendo sus planes futuros de su enamorada cabeza, Giovanni decidió continuar con su trabajo, cuando un click, seguido de un punto rojo cereza, le informó de una notificación nueva.

Tanta distracción interna y externa lo estaban exasperando, pero aun así accedió a la comunicada noticia.

Ritalee22 ha comenzado a seguirte.

Qué bien pensó, una lectora nueva y van... seiscientas sesenta y cinco.

Seiscientas sesenta y cinco. Aquel número le bailoteó en la mente.

Estaba a solo un seguidor para llegar a... ¡Por Dios era solo un número! ¡Sus padres y sus benditas lecciones de catecismo!

Si, uno más y alcanzaría la cifra que muchos consideraban maldita. El seiscientos sesenta y seis.

Se quedó inmóvil por un minuto pensando en esto. No tenía importancia, era solo un número entre seiscientos sesenta y cinco, y seiscientos sesenta y siete.

¿Qué podría esperar por alcanzarlo más que tener una persona mas leyendo sobre sus rubias obsesiones? Nada.

Encogió los hombros y una vez más se dispuso a continuar con su capítulo.

Un hora después estaba listo. Lo amó, ellas lo amarían.

Ojala esta fuera una de esas noches suertudas en las que el sueño le hacía vivir una de sus fogosas fantasías en los fornidos brazos de aquel tacleador inmaduro que no se dignaba a verle en la escuela.

Ójala.

Sin cubrirse siquiera se arrojó en los brazos de Morfeo, no era Vito, pero por ahora debía conformarse con ellos.

Ya se internaba en las mareas etéreas del sueño cuando escuchó un click que sonó desde su portátil ( ¿un nuevo seguidor?), al que no prestó la suficiente atención por estar ya inmerso en un profundo descanso.

Horas después, no podía precisar cuántas, se despertó mucho más descansado y con las energías renovadas. Caminó bostezando hacia su baño, agradeciendo que la puerta estuviera abierta pues sus funciones aún estaban a medio pulmón, y probablemente no le hubiera atinado en un primer intento.

Se miró al espejo y presionó el grifo del agua, pero esta no salió.

¿Otra vez se le había olvidado a su madre pagar la boleta?, ¿como no recordaba algo tan importante, pero siempre la multitud de chismes que sus amigas le contaban?

Misterios de la mente femenina.

Hizo gárgaras con el enjuague bucal a falta de agua para lavarse correctamente los dientes, y volvió a su habitación.

Observó la hora de pasada y se alarmó ¡Eran las 7:45!... en quince minutos tenia clase de literatura. Asió la perilla de la puerta para bajar por algo para desayunar en su cruzada fugaz antes de vestirse, pero esta no se abrió. Volvió a intentarlo con más fuerza, pero no, seguía tan trabada como su comprensión en ese momento.

—¿Qué rayos?—murmuró a la vez que volvía a intentarlo.

Pero en esa oportunidad no dio mayor resultado, ni en las próximas veinte tampoco.

—¡Mamá!—comenzó el llamado natural que hacen hombres y mujeres cuando se sienten en problemas, pero no hubo respuesta.

La desesperación se unió al desconcierto, e invitó poco después al miedo.

Las horas corrían, podía verlas seguir su camino en el tiempo sin detenerse, mientras él seguia atrapado allí sin entender por completo la gravedad de su situación, pero vislumbrando de a poco la pasmosa verdad.

No podía accionar nada a su alrededor para escapar de esas cuatro paredes. No sentía hambre, ni sed, frío o calor.

Estaba muerto.

¿Cómo?, ¿porqué?

Muchas preguntas... ¿alguien vendría a responderlas?, ¿o la eternidad dejaba a los que partían así? ¿sumidos en incomprensión y desasosiego?

Los días pasaron, podía verlos prenderse y apagarse delante de sí. Al igual que a su madre subir por las noches para llorar abrazada a su almohada, y a su padre acariciar sus trofeos en concursos de escritura con la melancolía plasmada en su rostro que dejaba entrever una profunda añoranza. Muerte súbita les habían dicho a sus padres los médicos. Giovanni intuía que esa era solo media respuesta.

Había fallecido... quién sabe porqué Y ahora, ¿ qué seguía?

Seguramente alguien tuvo compasión por él, porque de pronto aquella portátil que nunca más fue usada, y que estaba apagada por la falta de batería, se encendió. En su sitio preferido, en su perfil algo mentiroso, en aquel número que brillaba ante él con números rojos: seiscientos sesenta y seis.

Unió los puntos como un niñito en preescolar y al fin entendió todo.

Había perecido por tener en poco la maldición de ese número.

Un motivo tan irracional como su propia muerte. Incoherente, disparatado, absurdo, un sinsentido.

Se acercó a ese traidor artefacto y leyó el nombre de quien extendió su inexplicable sentencia.

Satán 666.

Muy gracioso.

Acarició las teclas rememorando días pasados y algo insólito sucedió. A diferencia de todo a su alrededor estas respondieron a su toque. Probó con el mousse y sucedió lo mismo.

Sin dudarlo entró a Hechizo nocturno y comenzó a escribir. Una dos horas le llevo plasmar un nuevo capítulo, y para su completo asombro al teclear el "publicar" que le abría la puerta al mundo, lo hizo sin dificultad.

Soltando una exhalación se desplomó en la silla, viendo como de a poco, y tímidamente, los comentarios de sus lectoras, a los que estaba tan acostumbrado, iban apareciendo uno a uno.

"Te extrañe, amiga. Pensé que no ibas a continuarla... ¡que manera de hacerme sufrir! Amé el capítulo. Gracias"

"Fantástico. Tu inspiración no conoce fronteras. Me enamoré completamente con la declaración de Santiago"

"Gracias por volver!!!... Morí de emoción al ver la notificación de actualizado ¡Eres una genia!"

A Giovanni se le escapó una risita ¡Qué diablos!

Como nunca antes, pues ya no lo ataban los horarios ni las ocupaciones, él fue soñando y transmitiendo sus sueños desde aquel limbo en el que se encontraba.

Debería sentirse desdichado e infeliz, pero a decir verdad se sentía libre. Libre al fin.

Esa palabra, libertad, formó en su mente una idea, quizás descabellada. Dándole alas se puso en pie y se acercó a la puerta que lo limitaba, y no hizo el intento de abrir, simplemente se concentró en traspasarla.

Lo logró. Estaba del otro lado.

Levitó por las escaleras y les envió un beso a sus padres, (que notó cenaban acompañados de sus tíos) y salió por primera vez desde hacía mucho tiempo, al exterior que tan bien había conocido.

Un único pensamiento que se convirtió en deseo lo guiaba, y por el cruzó las calles de su Glorenza, la pequeña ciudad que lo había visto nacer en Italia.

Una casa de dos pisos de un color crema claro se presentó ante él, y sin dudarlo Giovanni se filtró por la puerta principal, subió las escaleras, adivinó donde podría estar (pues el amor tiene algo de videncia y de magia), y poco después se encontró dentro de aquel cuarto en el que imaginó estar cientos de veces.

Era la habitación de Vito.

Él dormía sin saber que en su habitación había un fantasma.

Se acercó despacio y a centímetros de su rostro se dejó perder en su tez bronceada.

—Mi Vito—susurró, y se sintió dichoso y aunque era extraño, se supo feliz.

Rodeó la enorme cama vestida con aquel edredón verde musgo y se posicionó detrás de él, rodeándolo con sus brazos.

Giovanni dejó brotar en un suspiro todo aquel sentir que lo superaba. Antes de dormirse junto a su musa, sus ojos encontraron una estampa con su foto; era de esas que se dan en los entierros... ¿acaso él había ido al suyo?¿Sabía Vito quien era él?. Seguramente, si hasta la había guardado.

Haberlo sabido antes, hubiera adelantando sin dudar aquel beso robado.

Sonriendo se fue perdiendo en el sueño, gozando de tan buena compañía. Descansaría bien, tenía que continuar con su relato, así que se dejó ir, pero antes de entregarse por completo, un pensamiento romántico resplandeció en su mente.

Si tuvo que morir, de que mejor manera que amando.

18 декабря 2018 г. 17:09:17 0 Отчет Добавить 1
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cristina peralta Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran. André Gide.

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