Un marciano en la escuela Подписаться

aurelio_guzman JOSE AURELIO GUZMAN MARTINEZ

Un niño marciano viaja a la Luna y comienza a estudiar en una nueva escuela. Al principio, las cosas con sus compañeritos se pondrán difíciles, pero él sabrá salir adelante. Este cuento aborda el tema de la discriminación.


Детская литература Всех возростов.

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UN MARCIANO EN LA ESCUELA

                                José Aurelio Guzmán Martínez

                                                    Autor

                Era su primer día de clases. Su madre lo había dejado frente a la puerta del colegio, despidiéndolo con un gran beso en la frente:

            - ¡Harás muchos amigos! ¡No hagas enojar a la maestra! ¡Pasaré por ti más tarde! - le dijo, antes de continuar con la marcha del carro.

            Pep entró a su nueva escuela, llevaba la mochila de tirantes colgando de su espalda. Los colegios de la Luna eran muy distintos a los de Marte: todo era más pequeño. Todo.

            - Tú debes ser Pep – le dijo el director de la primaria, mirándolo hacia arriba -. ¡Bienvenido! Te llevaré hasta tu salón de clases, para que conozcas a tu maestra y a tus compañeros.

            Al llegar al salón, la puerta era demasiado pequeña, así que Pep tuvo que entrar gateando, y al estar dentro, y ponerse de pie, su cabeza golpeó el techo y los niños selenitas se rieron.

            - ¡Ya basta de risas! – dijo el director -. Es normal que se golpeara. Pep es su nuevo compañero y viene de Marte. Allá todo es más grande. ¿No es así, maestra?

            - Así es niños. En Marte las cosas son más grandes que en la Luna, y como es natural, los niños marcianos son más grandes que los niños selenitas. ¡Bienvenido, Pep!

            El director se retiró y la maestra pidió a Pep que se fuera a sentar al fondo del aula. Como pudo, se abrió paso entre las estrechas filas de pupitres de los alumnos, pisoteando, sin querer, algunas de las mochilas de sus compañeros, quienes se quejaban:

            - “¡Oye, ten cuidado!” “¡Ouch!” “¡Ya aplastaste mi lonche!” “¡Fíjate por dónde vas!” “¡Me estás empujando!”.

            Cuando al fin llegó hasta su pupitre, intentó sentarse en él, pero éste era tan pequeño, que no podía hacerlo. Lo siguió intentando, ante las burlas de sus compañeros. El diminuto pupitre no resistió el peso de Pep y se rompió, haciéndolo caer de bruces sobre el suelo. Los niños selenitas explotaron en risa.

             Como no había pupitres del tamaño de Pep, tuvo que quedarse sentado sobre el piso y observar la clase desde allí.

            - Abran su libro de Historia en la página  veinte – dijo la maestra.

            Como Pep aún no tenía el libro, la maestra le pidió a otro niño que se sentara junto a él, para que leyeran juntos.

            - No quiero – dijo el niño.

            - ¿Por qué no?- dijo la maestra.

            - Porque es un gigante y tengo miedo de que me aplaste. Ya aplastó mi mochila con su pie. No quiero que me lastime.

            - Nada de eso pasará. Haz lo que te digo o te irás castigado a la Dirección.

            El niño fue con Pep, de mala gana, y compartió su libro. El libro era diminuto, al igual que sus letras, así que Pep no podía leer nada.

            - ¿Qué dice el libro?- dijo Pep al niño.

            - Léelo tú- le respondió.

            - Es que no puedo. Las letras son muy pequeñas.

            - Tienes unos ojos enormes, más grandes que mi cabeza. ¿Cómo es que no puedes leerlas?

            - Lo sé, pero aun así, no puedo.

            - Maestra, el gigante verde no puede leer. Creo que necesita lentes- dijo el niño, y los otros rieron.

            - ¿Cómo es que no puedes leer? ¿Conoces el lenguaje selenita? – dijo la maestra.

            - Lo conozco – dijo Pep-. Es sólo que las letras son muy pequeñas.

            - Entiendo. Bueno, deja el libro en paz. Ya encontraremos algo que puedas hacer.

            Pep pasó el resto de la clase sentado sobre el suelo, sin hacer nada, mirando cómo sus compañeros trabajaban. El timbre del recreo sonó y los niños salieron del salón para jugar en el patio. Sus diminutos cuerpos blancos y brillantes correteaban una pelota. Pep quiso unirse al juego, pero sus compañeros no se lo permitieron.

            - Eres demasiado grande y torpe como para jugar con nosotros – dijo uno de los niños.

            - Sí, y además eres verde. Ése es un color horrible. Vete y déjanos jugar – dijo otro niño.

            El director escuchó todo, fue hasta su oficina, tomó un viejo balón que tenía guardado y buscó a Pep.

            - Ya no llores, Pep. Toma, te regalo este balón – dijo el director.

            Pep lo cogió, le dio las gracias, se limpió las lágrimas y se puso a jugar. El balón se veía tan chico al lado de Pep, que parecía que él pateaba una naranja. Se hallaba solo, en un rincón del patio, pateando el balón.

            El timbre sonó otra vez, indicando el fin del recreo y los alumnos regresaron a sus aulas.

            - Niños, hoy exploraremos la Tierra. Estaremos ahí por dos horas. Observaremos una de las costumbres terrícolas llamada “Halloween”- dijo la maestra.

            Los niños se emocionaron. Les gustaba mucho ir de excursión a la Tierra. Pep nunca había estado en ese planeta, así que no sabía qué esperar del recorrido.

            La maestra observó su reloj de pulso, tocó unos botones en éste y un agujero se abrió sobre el pizarrón.

            - ¡Apresúrense, niños, el agujero de gusanos puede abrirse sólo unos minutos!

            Los niños entraron por el portal, uno a uno.

            - ¡Vamos, Pep, apresúrate!- dijo la maestra.

            - Soy muy grande, no cabré en el agujero- dijo Pep.

            - ¡Claro que sí, ya verás!

            La maestra sujetó al agujero por los extremos y comenzó a estirarlo hasta hacerlo enorme.

            - ¿Ya ves? Ahora, entra. Está a punto de cerrarse.

            Pep se metió al portal y la maestra lo siguió. Del otro lado, ya los esperaban los demás niños. Aparecieron en medio de una ciudad. Era de noche en la Tierra.

            - Como saben, hoy es Halloween en la Tierra. Los niños terrícolas se disfrazan y van pidiendo dulces por las casas. Nos mezclaremos con ellos y andaremos por sus calles- dijo la maestra.

            Esperaron a que un grupo de niños terrícolas apareciera. Al fin, uno pasó por ahí: iban vestidos como zombies.

            La maestra se les acercó y les dijo:

            - ¡Hola, niños terrícolas! Los saludamos.      Venimos en paz. Queremos unirnos a ustedes, en esta noche de Halloween.

            - ¿De qué están disfrazados? – dijo uno de los terrícolas.

            - Somos selenitas- dijo la maestra.

            - Sele… ¿qué?

            - Selenitas. Habitantes de la Luna.

            - No sabía que hubiera gente en la Luna.

            - Pues la hay.

            - ¿Y no son muy bajitos, como para ser del espacio? – dijo un terrícola, haciendo notar que los selenitas les llegaban hasta la cintura.

            - Los selenitas no somos bajitos, los terrícolas son muy altos- dijo la maestra.

            - Está bien, que nos acompañen. Me gustan sus disfraces de selenitas. Son brillantes –dijo otro de los terrícolas-. Y aquel niño, ¿de qué viene disfrazado? ¿Es un marciano?

            - Sí, soy un marciano – dijo Pep-. ¿Cómo lo supiste?

            - Es muy fácil. Eres alto, delgado, verde y tienes ojos grandes y negros, igual que los alienígenas de la televisión. Todo el mundo sabe cómo son los marcianos. Es un buen disfraz, parece muy real.

            Así, terrícolas, selenitas y un marciano, se fueron juntos a pedir dulces, casa por casa, y a donde iban, siempre felicitaban a Pep por su “excelente disfraz”.

            - “¿En dónde lo compraste?”, “Te ves increíble”, “¿Me puedo tomar una foto contigo?”- eran algunos de los comentarios que recibía Pep.

            Para cuando terminaron de recorrer el vecindario y pedir Halloween, Pep era quien había recibido más dulces. Le habían dado tantos, que casi no podía cargarlos y las bolsas se le rompían, así que les dio la mitad de las golosinas a sus amigos terrícolas, quienes se despidieron y se fueron muy contentos.

            Aunque los selenitas también habían recibido una buena cantidad de caramelos, Pep seguía teniendo muchos más, y eso los entristecía.

            - ¿Por qué el marciano tiene más dulces que nosotros? – dijo un selenita a la maestra.

            - ¿Tú por qué crees?

            - No lo sé. Nosotros somos brillantes y él es verde. No lo entiendo. Además, es torpe, tira y rompe cualquier cosa que toca.

            - No es torpe, sólo es diferente a nosotros –dijo la maestra-. Aún nos queda algo de tiempo. ¿Les gustaría visitar más casas antes de volver? Podríamos conseguir más golosinas.

            - No, los terrícolas le darán casi todo al marciano, de nuevo - dijo un selenita, entre sollozos.

            - Esta vez será diferente. Se los prometo – dijo la maestra.

            Más tarde, al regresar a su escuela, a través del agujero de gusano, todos llevaban consigo bolsas y bolsas repletas de dulces terrícolas. Estaban felices, sobre todo Pep.         Ahora los selenitas se peleaban por estar a su lado.

            Tenían tantos caramelos, que los repartieron entre el resto de los alumnos del colegio. Como Pep era más grande, podía cargar más golosinas y repartirlas más rápido entre los selenitas: “Por acá, Pep, por acá”, “¡Gracias, Pep!”, eran algunas de las cosas que se oían en el patio.

            - Los dulces de la Tierra son deliciosos. ¿Cómo hicieron para conseguir tantos? – dijo un selenita que saboreaba una paleta.

            - Muy fácil – dijo la maestra, mientras se retiraba, con algodón, una mancha verde en su brazo-. Nos disfrazamos de marcianos.

18 декабря 2018 г. 5:31:38 0 Отчет Добавить 1
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Об авторе

JOSE AURELIO GUZMAN MARTINEZ José Aurelio Guzmán Martínez. Nació en México. Escribe cuento, novela, poesía y teatro. Ha publicado en diversos medios impresos como El Sol de San Luis y La Gaceta del Fondo de Cultura Económica. Entre sus premios más importantes están: - Premio Nacional de Poesía "Xochipilli Macuilxóchitl" (1997). - Segundo Lugar Nacional del Concurso "Terminemos el cuento..." (1997).

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