Короткий рассказ
0
85 ПРОСМОТРОВ
Завершено
reading time
AA Поделиться

Revancha y final

Me gustaba ir a los entrenamientos un rato antes. Al principio lo hacía solo por el hecho de tener tiempo. Luego, con el pasar de los años, descubrí que el sentido de pertenencia que me producía era fascinante. Finalmente, con el cambio la concesión de la cantina, debo confesar que llegaba más temprano por la hija del “gordo Raúl”, el “gordo Raúl” era un tipazo y también el cantinero mas amable que he conocido. Me sentaba en el tercer escalón de la tribuna de enfrente sólo para verla curiosear los entrenamientos. Luego, durante mis propios entrenamientos tiraba la pelota cerca de ella para observarla más claramente.

No lo mencioné aún pero mi verdadera pasión deportiva siempre fue el básquet. Intenté jugar al fútbol pero mis condiciones me definieron el deporte. Mi biotipo tampoco me daba muchas opciones. No tenía precisamente lo que se dice un cuerpo de futbolista. Era alto y regordete, bien cachetón, de esos hechos para pellizcar. A juzgar por la opinión de mi padre nunca supe correr. Mis piernas son cortas y tengo un torso cuadrado. Mi única suerte fue la de ser alto, en el colegio siempre era de los últimos tres de la fila. Aprovechando mi altura me decidí por el deporte de la pelota naranja. Debo aceptar que bien de niño mi principal interés era la música que producían los piques de las pelotas contra el piso, completamente desincronizadas, generaban una melodía de redoblantes hermoso. Lo que describo sólo lo pueden entender aquellos a alguna vez entrenaron básquet dentro de un gimnasio cerrado. También sabrán entender los malabares que hacíamos para no caernos cuando, durante los días de invierno, la humedad brotaba del piso.

Es muy difícil entender la magia principal del básquet, personalmente creo que se debe al poder de conocer el futuro, hay pocas situaciones en la vida en que somos capaces de adelantarnos al futuro, saber lo que va a suceder, fuera del básquet nunca me ha sucedido, pero dentro de la cancha me ha sucedido muchas veces, al lanzar la pelota, el momento exacto que se desprende, se desgarra de nuestros dedos, en que la muñeca se quiebra, sabemos y sentimos si va a entrar o va a fallar, eso es conocer el futuro, adentrarse a las magias oscuras.

Durante los meses de verano había que tener demasiada suerte para encontrar el gimnasio abierto. Sin embargo, esas pocas ocasiones era hermoso, una paz angelical magnifica. Ese primer pique en soledad, que retumbaba en todas las paredes me divertía hasta el hartazgo. Después venía el momento de ensayar las jugadas, que en mi cabeza me salían a la perfección, y en la cancha distaban mucho. De todas formas, en mi cabeza siempre rondaba, como marcado al rojo vivo, el consejo de mi padre: ”la única forma de mejorar es entrenar y entrenar”. Tenía razón, no lo comprobé con mi desempeño deportivo pero sí lo pude comprobar con muchos compañeros, tanto en el sentido positivo como negativo. Durante mis entrenamientos de verano había lugar para desarrollar mi perfil lúdico, uno de los juegos implicaba meter la pelota en el aro haciéndola picar la pelota en el piso mirando hacia el otro lado, otro consistía en tirar la pelota con efecto contra la pared del costado y hacer, o intentar, meter la bola en el cesto. Al final, venía el momento de acostarse sobre el círculo central, el lugar del salto, abrir los brazos y piernas y sentir como el frío del piso se metía por la espalda. También era el momento de observar el techo, que feo son los techos de los gimnasios, esas lámparas que miran como ojos, repletas de tierra de años.

El "Gordo Raúl", que buen tipo, ya mencioné que era un tipazo, lo que no mencioné aún es que nos trataba a los pibes del club como a sus propios hijos, incluso a los rivales que nos visitaban sábado por medio. Nos juntaba después del partido y nos servía un tazón de chocolatada y nos decía en tono zocarrón:

- El equipo perdedor se queda sin la leche...

Todos sabíamos que tendríamos nuestra leche. Cuando ya empezamos a tener otros intereses además nos advertía:

- Ojo al que mira a mi hija, ese se va a quedar sin su premio.

No sé porqué pero siempre me pareció que ese comentario estaba dirigido hacia mi. Yo no me daba cuenta que muchos de mis compañeros sentían lo mismo. Era natural, al fin de cuentas todos estaban enamorados de la hija del "Gordo Raúl". Esa niña, que vimos convertirse en mujer, era una hermosura. Sus pelos lacios como la seda, una mirada profunda, sus dedos finos y largos como lápices de colores. Siempre a la sombra de su padre, como escondiéndose tras la espalda. Nunca supimos si tenía madre, nunca la vimos por el club, asumimos que la madre se encargaba de las tareas de la casa. Aunque algunos compañeros juraban que el cantinero era viudo, que la madre había muerto durante el parto, otros decían que se había cansado del gordo y de un día para el otro se mudó a la Capital. Otros, los más sensatos, decían que era maestra rural.

Una de esas tardes de verano, cuando me encontraba contra el aro de la pileta, siento un segundo pique en el lado contrario. Allí venía ella, vestida de jugadora de básquet. La mire como a un ángel, o más bien una visión, me refregué los ojos para estar seguro que no era un sueño, ella me miró y me dijo:

- ¿Puedo jugar contigo?

Me quedé helado, sentí una gota de transpiración cayendo por mi espalda, pensé que tenía la cara roja, roja y rota, y mojada, con gusto a sal. Claro que puedes jugar conmigo, puedes estar conmigo, incluso puedes hacer lo que tus antojos dispongan. Sin embargo, aunque ese momento ya lo había repasado muchas veces anteriormente en mis pensamientos y sueños, atiné a quedarme callado, callado y duro como una piedra. Me miró y su nueva pregunta me despabiló:

- ¿Preferís entrenar solo?

Me desperté de un cachetazo.

- Claro que no. Vení, te voy a enseñar.

- ¿Qué me vas a enseñar? ¿Te juego un mano a mano? Por la coca...

La miré, y aunque pensé que el desafío sería fácil, acepté con cordialidad solo para poder estar con ella, si me hubiese propuesto tejer una frazada al crochet también habría aceptado. Ilusamente creí que ganaría sin transpirar pero la sed de competencia que destilaban sus ojos me forzaron a mostrar mis mejores armas. Para ser completamente honesto, más me forzó el nivel que mostró la muchacha, jugaba realmente bien, incluso mejor que cualquiera de mis compañeros. Al final me guiñó el ojo derecho y me dijo:

- La coca me gusta bien fría.

Me reí masticando bronca y le pedí la revancha. Me pidió que primero le compre la coca y que tenía que ayudar a su padre con los sanguchitos para la fiesta de la noche, pero que si no me molestaba me daba la revancha al baile durante la fiesta. No entendí a qué se refería pero lo acepté, debía limpiar mi nombre.

Después de darme un chapuzón en la pileta me fui corriendo a casa. Sentía que esa noche me depararía una sorpresa grande. Si hubiera tenido unos años más me habría afeitado, me puse mis mejores pilchas, el rosario colgado del cuello, mi camisa de la suerte y los zapatos de charol lustrados y brillosos. A las diez en punto estaba en la fiesta de cierre del verano. Con el correr de la noche comencé a ponerme cada vez más nervioso, el corazón latía como un martillo. De repente apareció ella, me tomó de la mano y dijo socarronamente:

- ¿Listo para la revancha?

Esta vez no me tarde demasiado:

- Claro, verás que no te olvidarás de mí tan fácilmente.

Me tomó de la mano y entramos la pista. Bailamos toda la noche, los muchachos me observaban sorprendidos, pero yo sólo tenía ojos para sus grandes ojos celestes que me miraban tiernamente. Al final, tomó mi cara entre sus dos pequeñas manos, como envolviendo una taza, se acercó y me dio un beso en la mejilla. Al mismo tiempo susurró a mi oído:

- Me has ganado la revancha. Aún nos falta la final.

25 ноября 2019 г. 16:50:36 0 Отчет Добавить Подписаться
0
Конец

Об авторе

Прокомментируйте

Отправить!
Нет комментариев. Будьте первым!
~

Больше историй

Petrichor Petrichor
When the trees bled and other dark micro-fictions © When the trees bled ...
220 Queen Street Starbucks 220 Queen Street Sta...