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baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Emilio intenta entender las extrañas circunstancias que llevaron a su hermana menor a tomar su propia vida, mientras vaga en el abandonado hospital psiquiátrico donde todo ocurrió. En Saint Joseph se encierra algo podrido.


Ужасы истории о привидениях 13+.

#muerte #demonios #espiritus #fantasmas #hospital-abandonado
Короткий рассказ
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El perro podrido


Las paredes mohosas del hospital parecían a punto de caer. No había un solo ladrillo que no estuviera en ruinas. El piso estaba cubierto por una gruesa capa de mugre y lo peor de todo; era aquel asqueroso olor a carne putrefacta, el cual me era familiar. Me costaba trabajo creer que mi hermana estuvo ingresada en este lugar hace apenas cinco años. El deterioro que tenía era demasiado, aun sabiendo que fue clausurado después ese incidente. Caminar por sus pasillos me causaba una repulsión que no puedo describir a cabalidad, era como si una especie de niebla hedionda pero invisible cubriera todo los espacios del edificio. Debía encontrar el diario de Luisa entes de perder la cordura.


DÍA I


Mi vida universitaria era más bien aburrida. Tener buena notas, no meterme en problemas, graduarme con honores. Todas aquellas condiciones que mi padre me impuso para dejarme estudiar la carrera de mi preferencia (dicho de otra forma, la que menos hastío me causara) no me suponían mayor trabajo. Mi relación con él nunca fue buena, aunque funcionábamos. Las cosas con mamá y con Luisa era diferentes. Mis padres se divorciaron hace ya varios años, yo opté irme con él y mi hermana se quedó con mamá. Desde entonces las cosas se pusieron peor con el paso del tiempo. El alcoholismo de mamá y sus constantes reclamos por elegir a papá nos distanció, alejándome a su vez de Luisa. Los meses que estuvo ingresada en Saint Joseph solo la vi un par de veces, una de ellas cuando fuimos a recoger su cuerpo.


—Y es así como te volviste un bicho raro.

—Si, más o menos.

—Demonios que tienes problemas.


Me limité a encoger los hombros. Sé que tenía problemas y que no era bien visto por mis demás compañeros de clases por mi renuencia a hacer amigos. Incluso Carla, con quien conversaba, no podría decir que eramos amigos, a pesar de pasar juntos casi todos los ratos libres. Supongo que para sus ojos era eso, un bicho raro que llamaba su atención de alguna manera.


—Luisa. No logré conocerla.

—Lo de Saint Joseph pasó casi dos años antes de empezar la universidad.

—Nunca la vi las veces que visité a mi prima.

—¿Cómo está ella?

—Bien, saldrá mañana... Sabes, ella mencionó a Luisa algunas veces.

—¿En serio?

—Creo que eran amigas, pero no sé realmente como se conocieron. Ella mencionó un diario que Luisa llevaba siempre consigo.

—No nos entregaron nada parecido a un diario cuando recogimos sus cosas. Aunque las cosas con la administración estaban tensas.

—¿Sabes lo que sucedió con el director y los demás?

—Fueron condenados por negligencia. El director, un psiquiatra y un médico ya no les permitieron ejercer. El juez dictaminó que su inacción fue clave en el suicidio de mi hermana.

—Ya veo. Le he hablado de ti a Martina, ¿por qué no vienes a verla mañana?

—Es su primer día afuera de una institución, dudo que desee hablar con extraños.

—Le preguntaré, si dice que sí, ¿vendrías?

—Llámame, pero asegúrate de preguntarle primero, ¿ok?

—Es un trato...


El camino a casa fue más tedioso de lo normal. No dejaba de preguntarme a que se refería Martina. Muchas de las inconsistencias sobre el suicidio de mi hermana tenían que ver con que ella nunca mostró conductas o comportamientos que nos hicieran sospechar su deseo de acabar con su vida. Sin embargo, de existir un diario, pues las cosas podrían ser diferentes. Es probable que de esa manera entienda mejor a Luisa y las razones que la llevaron a tomar esa decisión. Muy en el fondo, viéndolo desde otra perspectiva, quizás solo quería conocer más a mi hermana y ese diario era lo único que quedaba de ella.


Al entrar a la estancia no encontré a nadie. Lo que era normal. Papá trabajaba hasta tarde o simplemente no regresaba, se quedaba a dormir en un hotel o en casa de su novia. Hacía más frío de lo normal a pesar de que todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Fui directo a mi habitación, pensar en todo aquello me puso exhausto, deseaba dormir cuanto antes. Arrojado en la cama, mientras la luz del atardecer iluminaba de forma tenue, mis ojos se dejaron vencer por el sueño. Al abrir los ojos de nuevo la oscuridad cubría por completo mi entorno. Era casi la media noche, al terminar de despertar un olor desagradable llegó hasta mis sentidos. Era sin duda el olor a algo en descomposición. Imaginé de inmediato que papá dejó comida en el fregadero y que esta se había echado a perder. A tientas llegué hasta la cocina solo para encontrarla limpia. El olor no desaparecía ni con un aromatizante que encontré en el cuarto de limpieza. Un golpe me alertó, venía de arriba. Armado con la escoba subí y nada. Al encender las luces el mal olor desapareció de inmediato.



DÍA II



La habitación de Carla era bastante normal. Tenía todo bien ordenado y limpio. Ella caminaba de un lado a otro, estaba nerviosa. Martina y ella forjaron una amistad muy profunda desde que empezó a sufrir depresión. Yo no había dormido casi nada desde que desperté a media noche. El olor que percibí me dejó un sabor extraño en el paladar.


—¿Te sucede algo? Estás demasiado callado.

—No, solo estoy cansado.

—¿No dormiste bien anoche? Yo tampoco, desperté asustada.

—¿Asustada?

—Tuve una pesadilla. Soñé que estaba en algún tipo de sótano, en completa oscuridad. Al intentar salir todo empezó a llenarse de agua... Desperté justo antes de ahogarme.

—Eso debió ser aterrador —dije, sin embargo, omití contarle lo que me había ocurrido—, ¿sufres de pesadillas frecuentemente?

—No, tenía una desde hace varios meses.

El sonido de la puerta nos anunció la llegada de Martina. Al bajar, lo primero que encontré fue la mirada fija de la joven, clavada en mis ojos. Una mirada penetrante la cual, me inquietaba de una manera extraña. Carla abrazó a su prima y las preguntas de rigor empezaron. Deseaban saber su estado de ánimo, su experiencia mientras estuvo ingresada. Al mismo tiempo que yo me hacía a un lado para no estorbar, imaginaba a mi hermana siendo recibida en casa de la misma manera.


—¿Emilio?

—Si... Yo, lo siento, estaba distraído.

—Martina preguntaba si sabías del diario de Luisa.

—Es que me parecía extraño que no lo supieras, ella lo cargaba consigo todo el tiempo.

—No, nunca vi algo parecido a un diario. ¿Te mencionó algo sobre lo que escribía en él?

—Una vez la escuche mencionar que le gustaba anotar las cosas que vivía, nada más.

—Eso me inquieta. Según los registros de su psiquiatra nunca refirió alguna idea suicida, de hecho, se supone que estaba mejorando. Si pudiera leer ese diario quizás entendería lo que sucedió.

—Es posible que puedas leerlo.


Una vez más, la mirada penetrante de Martina se clavó en la mía. No lograba entender lo que esa miraba significaba, pero no debía mostrarme intimidado.


—Tú sabes algo, ¿no es así?

—En Saint Joseph, las habitaciones de cada paciente eran individuales, nada lujosas pero funcionales. En la pared se encontraba un espacio, al parecer era para algún equipo médico, ahí solíamos guardar nuestras pertenencias, las pocas que se nos tenía permitido.

—¿Insinúas que el diario puede estar en ese lugar?

—Es una posibilidad. Cuando clausuraron el hospital, apenas tuvimos tiempo de salir y ser asignados a otros centros psiquiátricos. Olvidé todo ello hasta que Carla mencionó que era amiga del hermano de Luisa.


Mi corazón latía fuerte. La oportunidad de conocer los últimos pensamientos de mi hermana estaba frente a mí, mientras pensaba en eso, vino a mi mente lo único que se oponía ante mis deseos de obtener el diario: el hospital estaba clausurado desde hace cinco años.


—Debemos ir al hospital —dijo Carla, interrumpiendo mis maquinaciones de repente.

—¿Qué? ¿Ir al hospital?

—¿Acaso no era lo que estabas pensando?

—Si, pero...

—Yo no puedo ayudarlos, pero recuerdo como era la planta física del Saint Joseph, puedo dibujar un mapa para que se orienten.


Las palabras de ambas me animaron, sacándome de mi estado de sopor.


—Mañana.

—¿Mañana?

—Si, mañana temprano. Aprovecharemos la luz del día. El hospital está a las afueras de la ciudad y recuerdo que tiene un bosque alrededor considerable. Todo aquello no ha recibido atención desde hace mucho. ¿Estás segura de que quieres venir?

—¿Ah? ¿Me hablas a mí? No te dejaré ir solo, así que cuenta conmigo.

—Paso por ti a las siete.



DÍA III



El portón que separaba el terreno del hospital del resto de bosque estaba a punto de caer. No podía ser posible que ese fuera el deterioro de cinco años de abandono. Entrar no representó mayor trabajo. Un sendero de piedras que nos guiaba hasta el edificio al fondo era apenas visible, la vegetación había devorado el lugar casi por completo. Antes de llegar a la entrada principal, por entre las ventanas sucias y rotas de una de las habitaciones, observé a mi hermana, Luisa, quien llevaba cinco años muerta.


—¿Luisa?

—Espera, ¿qué?

—Es Luisa, está ahí en frente.


Los ojos de Carla no podían abrirse más de lo que estaban. No pudo decir nada más al ver a una joven vestida de blanco que nos veía fijamente.


—Es ella... Mi hermana...

—Esto no tiene sentido —antes de continuar, Luisa se alejó de la ventana—, mira, se fue...

—Mierda, ¿qué significa eso?

—No sé, no lo sé.

—¿Estás seguro de que era Luisa? Digo, puede ser otra persona que se le parece.

—No lo sabremos si nos quedamos aquí. ¿Entramos de una vez?


Las paredes mohosas del hospital parecían a punto de caer. No había un solo ladrillo que no estuviera en ruinas. El piso estaba cubierto por una gruesa capa de mugre y lo peor de todo; era aquel asqueroso olor a carne putrefacta, el cual me era familiar. Caminar por sus pasillos me causaba una repulsión que no puedo describir a cabalidad, era como si una especie de niebla hedionda, pero invisible, cubriera todo los espacios del edificio. El mapa que Martina dibujó para nosotros nos ayudó a ubicarnos, debíamos ir hasta el ala suroeste, al fondo de todo.


—Este olor es asqueroso, tengo ganas de vomitar. Aunque se me hace familiar.

—¿A ti también?

—¿A que te refieres con eso?

—No te lo quise contar para no asustarte, pero la noche que tuviste la pesadilla del sótano, mi casa se inundó de una peste muy parecida a esta.

—Yo recién al entrar recordé ese detalle del sueño, mientras estaba en el sótano sentí este olor. Emilio, me estoy asustado.

—Escucha, es temprano, hay mucha luz; llegar hasta la habitación de Luisa no nos supondría más de unos minutos. Buscamos el diario y salimos. ¿Entendido?

—Sí —respondió y luego tomó mi mano.


Según la información que obtuvimos en Internet, este edificio era anteriormente un hospital militar. Tenía en total cinco pisos, dos de ellos subterráneos. Debíamos ir hasta el fondo, donde se ubicaban las habitaciones individuales, para ello, teníamos que cruzar por un corredor largo, derruido y apestoso. Al lado izquierdo se encontraban diversas estancias en cuyas puertas figuraban nombres de doctores o psiquiatras, oficinas del servicio social, archivo, etcétera. A medio corredor, una puerta se abrió de repente.


—Hazte a un lado —susurré, tomando a Carla del brazo. Nos escondimos detrás de una columna, imaginé que debía ser un guardia o un indigente. Sin embargo después de un rato no pasó nada—. Deberíamos ir a dar un vistazo. ¿Qué dices?

—Maldición, no tenemos de otra...


Caminamos un agazapados para acercarnos a la puerta abierta.


—¡Hola! ¿Quién anda ahí?


El silencio fue rotundo, al menos por unos segundos. Estábamos a unos metros esperando respuesta, cuando una especie de niebla negra salió de aquella habitación. Una niebla espesa y que parecía arrastrarse por al suelo. En ese momento alcé la mirada, atrás de toda esa niebla, al final del corredor, estaba Luisa.


—¡No dejen que esa cosa los toque!

—Emilio, esa es....

—Si, es ella. Ya la escuchaste, alejémonos de aquí.


Podíamos regresar sobre nuestros pasos y salir del hospital, no obstante, al llegar a la estancia principal, un perro negro estaba a la puerta. Parecía estar descomponiéndose, como podrido.


—Mierda, Emilio, ¿qué es eso?

—No te muevas. Creo que no quiere dejarnos salir. Vamos por el otro lado. ¡Corre!


Corrimos como si nuestra vida dependiera de ello, pero aquel perro putrefacto no parecía seguirnos. El plan era el mismo, llegar hasta la habitación de Luisa y tomar el diario.


—Basta... Ya no puedo correr más... —dijo Carla jadeando.

—Esa cosa no nos siguió, supongo que solo quería retenernos aquí.

—¿Qué es todo esto? Luisa, este olor asqueroso, la puta niebla esa y ahora un perro zombi... ¿Qué es lo que ocurre en este lugar?

—No se me ocurre nada. Solo vamos por el diario y salgamos de aquí.

—Mientras más rápido mejor...


Carla no pudo terminar lo que pensaba decirme. Al suelo bajo nuestros pies se derrumbó por completo, haciéndonos caer a los pisos inferiores. Cuando recobré la conciencia Carla no estaba en ninguna parte. Era casi la media noche, había estado en ese lugar el día entero.


—¡Carla! ¿¡Dónde estás!? No responde...


Estaba en el piso S1, el primero de los pisos subterráneos. El dolor en mi cuerpo era general, me costaba trabajo caminar, pero debía encontrar a Carla antes de que otra cosa pasara. Pensé subir, pero un grito me alertó. Venía de abajo, del piso S2. Al bajar encontré que la puerta de acceso estaba cerrada.


—¡Carla!

—Aquí estoy, mierda. Pensé que estabas muerto —respondió detrás de la puerta.

—¿Cómo entraste?

—No sé, desperté hace unos minutos, ¿ya viste que hora es?

—Si, pasamos inconscientes todo el día.

—El olor aquí abajo es peor.

—Si, es peor acá abajo que arriba. Quizás esta peste proviene de este lugar.

—¿Cómo me sacaras de aquí?

—Iré a buscar algo con lo que pueda romper esta puerta, no te muevas. ¿Tienes con qué iluminarte?

—Mi teléfono tiene carga, puedo utilizar el flash.

—Regresaré, mantente alerta.


La oscuridad era total. Al estar en medio de un bosque ni siquiera la luz de la ciudad nos podía ayudar. Mi teléfono era lo único que me ayudaba a caminar sin tropezar. Al subir la escalera y llegar al primer piso, todas las luces se encendieron. El hospital estaba como nuevo.


—Emilio, ven.

—Luisa...

—Hermano, vamos, acompáñame.


Luisa estaba vestida de blanco, las enfermeras estaban por ahí haciendo su trabajo, los médicos iban de un lado a otro dando indicaciones.


—¿Quieres café?

—Luisa, ¿qué significa esto?

—¿A qué te refieres?

—A lo que sucede en este en este lugar.

—Saint Joseph, ¿sabes como se llamaba anteriormente?

—¿Anteriormente? No, solo sé que era un hospital militar.

—Durante la dictadura militar, este hospital era conocido como el Nosocomio del Segundo Regimiento.

—¿La dictadura? No habíamos nacido en esa época. Fue hace como treinta años.

—Los militares no toleraban voces disonantes en su gobierno, metían a la cárcel a todo aquel que pensara diferente. Maestros, empresarios, sindicalistas. Durante los veinte años que duró la dictadura, ¿imaginas a cuantas personas asesinaron?

—Decenas, cientos....

—Mientras estuve ingresada tuve pesadillas al respecto. Fue como me enteré de todo.

—¿Eso es lo que está escrito en tu diario?

—No, no es mi diario lo que debes encontrar, sino el de ella...


Una mujer joven se acercó a nosotros, era hermosa.


—Soy Susana Martínez. Fui sindicalista y pasé en este hospital mis últimos días. Escribí en mi diario lo que sucedía aquí. Los nombres de quienes administraban este recinto de muerte. Buscalo, debe estar junto a mí.


Las luces del hospital empezaron a apagarse, Susana y las demás personas empezaron a desaparecer. Luisa también.


—Escucha, aquel perro podrido, no dejes que se acerque a ti. Yo no me suicidé, esa cosa tomó mi vida.

—El podrido, ¿qué clase de monstruo es?

—Él se alimenta de nosotros, de nuestro sufrimiento.

—Luisa... Lo siento.

—Hermano...

—Te dejé sola... Lo siento mucho.

—Te amo, no te lamentes. Llévate a tu amiga y salgan de aquí.


Las luces se apagaron por completo, el hospital recobró su aspecto derruido. Luisa se esfumó junto a la luz. «Era tan real», pensaba. Un sonido acompañado de mal olor me despabiló. Al fondo, el podrido se acercaba a mí.


—Son míos —dijo el espectro con una voz gutural.


No lo pensé dos veces, a unos metros había una barra metálica, la tomé y bajé hasta el segundo sótano. La puerta seguía cerrada. En ese momento, una terrible tormenta comenzó sin previo aviso. El agua empezó a filtrarse por todos lados. Carla no contestó a mi llamado.


—¡Carla! —grité mientras empujaba la puerta con la barra— Responde.


Con un último esfuerzo logré abrir la puerta, entonces bajé hasta el piso falso de que habló Luisa. El agua ya había llegado hasta ese lugar, una compuerta de madera me cerraba el paso. El olor pútrido era peor. Carla gritó desde ese lugar.


—Carla, ¿como llegaste hasta ahí?

—El perro podrido apareció de repente y me arrastró hasta aquí. Emilio, el agua está entrando, es como en mi sueño. ¡No quiero morir ahogada!

—Tranquila, romperé la compuerta, alejate un poco.


Mis manos sangraban debido al esfuerzo que hacía, pero no importaba. Unos golpes bastaron para hacerla añicos. Carla extendió sus brazos para que la sacara, pero no pude, desde el fondo del sótano emergió el podrido, arrastrado a Carla consigo.


—¡Emilio!

—¡No te sueltes!


Justo cuando las fuerzas empezaban a abandonarme, un cuerpo humano casi en sus huesos salió del agua. Vestía de la misma forma como Susana. Tomó a el podrido del cuello y lo arrastró hacia abajo, dándome la oportunidad de sacar a Carla. No nos dimos el gusto de descansar, jadeando y casi a rastras, salimos subimos hasta la primera planta y después del hospital.


—¿Qué carajos fue todo eso? —dijo Carla antes de ponerse a toser.

—Esa cosa, el perro podrido, se alimentaba de las almas en pena del hospital.

—Es una locura. Pero quizás tengas razón. Toma.


Carla arrojó hacia mí un viejo cuaderno, la primera página decía "Pertenece a: Susana Martínez"


—Es el diario de Susana.

—¿Quién es Susana?

—Luego te cuento, espera.


Lunes, 2 de mayo de 1988.

«He sido trasladada desde la cárcel de mujeres hasta este nosocomio. Ayer me rompieron un brazo mientras me torturaban. No sé que clase de atención recibiré en este lugar».


Jueves, 5 de mayo de 1988.

«No hay diferencia entre este nosocomio y la cárcel. Las torturas continúan a toda hora. Un sargento al que apodan Perro, es quien más disfruta vapuleándonos».


Miércoles, 18 de mayo de 1988.

«Nos han comunicado que el sargento Perro murió mientras realizaba una ejecución en el sótano. No sé que pasó con exactitud, pero los militares están furiosos».


Jueves 26 de mayo, 1988.

«Los presos políticos, quince en total, hemos sido trasladados al sótano, estamos amontonados en una esquina y nos hemos resignado a la muerte. El olor a carne putrefacta es terrible, me es imposible calcular cuantas personas han sido enterradas en este lugar. Solo lamento que el sitio donde yacerá mi cuerpo sea compartido con el sargento Perro»


Por alguna razón las lágrimas empezaron a nublar mi vista. Carla lloraba más sinceramente. Las vejaciones de la dictadura estaban plasmadas en estas notas. A lo lejos, luces de sirena iluminaban el bosque.


—Tengo muchas llamadas perdidas de Martina, debió llamar a la policía. ¿Qué les diremos?

—Les diremos que tenemos pruebas de crímenes de lesa humanidad. Susana y los demás podrán descansar.


Volteé hacia hospital. Esperaba ver a mi hermana una última vez, pero no había nada. Carla tomó mi mano y no la soltó hasta el amanecer. Durante la demolición del hospital y la recuperación de los cuerpos, se contabilizaron un total de doscientos setenta y ocho, en el sótano se encontró a la mayoría, el resto alrededor de los terrenos del hospital. El cuerpo de un militar fue encontrado junto con los presos políticos, tenía un disparo en la cabeza, presuntamente una bala rebotó mientras ejecutaba a una persona.

19 ноября 2018 г. 19:13:12 5 Отчет Добавить 11
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Об авторе

Baltazar Ruiz ¡Hola! Soy Baltazar y este es mi espacio, acá encontrarán desde terror hasta ciencia ficción. Trato de dar lo mejor de mí en mis historia y me gusta ayudar a los demás, si puedo servirte en algo lo haré gustoso.

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J. Montilla J. Montilla
Y de alguna forma extraña, se me ha antojado visitar aquel hospital de pesadilla; lástima que lo demolieron... De cualquier modo, te felicito por tan buen relato c:
20 января 2019 г. 18:49:06
Katerina Az. Katerina Az.
¡Me encantó! Muy buena historia en verdad, un relato que te mantiene enganchada.
28 ноября 2018 г. 10:39:35
Fausto Contero Fausto Contero
Qué tremenda historia, amigo. Has creado un ambiente terrorífico, y cada aparición sobrenatural es inolvidable.
21 ноября 2018 г. 16:07:49
Rose Days Rose Days
Wow, como siempre, me mantuviste en vilo de inicio a fin. Excelente relato Balta!!
19 ноября 2018 г. 16:42:08

  • Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
    Muchas gracias por leerme, siempre me motiva a seguir con mi trabaja 19 ноября 2018 г. 17:33:39
~

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