Nunca duermas Подписаться

soyaugustg1539197395 Augusto Gómez

Adel llegó a la casa de su tío, el primer día de junio, después de haber perdido a su madre al suicidarse.


Короткий рассказ Всех возростов.

#horror #misterio #enfermedad #suicidio #recuerdos #alucinación
Короткий рассказ
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Nunca duermas

Adel, llegó a la casa de su tío el primer día de junio después de haber perdido a su madre al suicidarse. Desde corta edad vivió en la ciudad, así que, trasladarse al campo no le atraía para morirse en él, sin embargo, su vida cambiaría tras abrir una gaveta en la última habitación del pasillo.   

La jovencita, aún no tiene la edad para casarse, ni para tener pretendientes, mucho menos para vestirse de monja, pues tiene pocas primaveras en la cadera y una muerte en su mirada. El paraje al que llega es la última escala de viaje, y después, existe un valle que sólo Dios podría alcanzar a ver.

No hay nadie quien la reciba, debe cargar una maleta con la poca ropa que pudo meter, y el disco preferido de su madre. El sendero que da a la casa de su tío está cubierto de fango, pues la lluvia no tiene temporada. La espesura de los árboles hacía, del viento gélido, recordar el departamento en la ciudad. Tras una hora de caminar, y un molesto dolor de cabeza, una casa de dos plantas se alcanza a distinguir a la lejanía. La fachada blanca con los pilares de color bermellón, los marcos de puertas y ventanas de un cian que se confunden con el mediodía, y las cortinas blancas como nubes frescas. Adel se entusiasmó al saber que allí vivirá hasta cumplir la mayoría de edad, cuando pudiese regresar al mundo de concreto o al menos eso cree.

Parada en el pórtico, Adel se dispone a tocar la puerta, sin embargo una mujer con el semblante blancuzco aparece al abrirse la hoja de madera, el vacío del par de ojos grises hace titubear a Adel al tratar de presentarse; tartamudea su nombre y la mujer parada en el marco con la mano derecha la invita a pasar sin mencionar palabra alguna. El interior esconde una negrura diferente a la noche, siente la amargura del tiempo en el retablo que está encima de una chimenea no usada. Los sillones cubiertos por mantas recién sacudidas, retratos de personas que desconocidas y floreros con tallos secos.

La mujer da la bienvenida y la encamina directo a la habitación que usará ahora en adelante. Las escaleras crujen en lamentaciones por no ser usadas. Las ventanas cerradas no dejan pasar el viento de un verano que está en su apogeo y el sonido de las aves que surcan en el cielo abierto. La mujer tiene puesto un vestido que roza el suelo, el cabello recogido, sin argollas, ni maquillaje y Adel cree que tiene la misma edad que la casa o quizá un poco más.

Los pasillos son igual de fríos que el sendero, no emiten más que tristeza en las paredes vacías de pintura. La mujer se detiene, gira la perilla de la última habitación, enciende la luz y la induce a pasar. Adel, sin querer saber el porqué de la quietud, entra, deja la maleta sobre la cama y escucha la voz de su guía decirle:

—Su tío descansa. La cena será servida a las ocho —sin más, cierra la puerta y la jovencita se queda en su nueva jaula.

En la habitación tiene un tocadiscos, y antes de desempacar, quiere escuchar el recuerdo de su madre. Coloca el disco en el aparato, baja el volumen e imagina a su madre bailar en la habitación; al tiempo que, ella abre el ropero, cuelga su ropa y se dispone a descansar. Quiere abrir la ventana para quitarse la oscuridad que trae consigo en la cabeza, pero ésta no se puede abrir. Deja de insistir y tras el esfuerzo, y desvestida, se recuesta. La imagen se volvía borrosa al cerrar los párpados y en un pestañeo el disco había terminado y al final se escuchó: “Nunca duermas”. Al ser vencida por el sueño el golpeteo en la puerta la despierta. Se para, abre y del otro lado la mujer la llama a cenar. Adel no sintió las horas pasar, y sin otra cosa qué a hacer, baja al comedor y espera probar alimento.

Vestida con un pantalón negro y camiseta blanca está en la mesa con la cuchara en la mano, los tablones de madera de la escalera lanzaron lamentos que Adel escucha desde su asiento. La iluminación del lugar es escaza y apenas puede observar más allá de una habitación. La mujer, que no ha mencionado su nombre, coloca el plato y dos utensilios que acompañan a una copa vacía. De las sombras un hombre encorvado aparece asido a un bordón con mango metálico y está vestido del mismo color que los pasillos de la casa. La joven se pone de pie para recibirlo y el hombre con la mano cubierta de venas salientes le indica que no lo haga. La comunicación entre las tres personas es nula. El hombre ocupa la silla en la cabecera de la mesa y la mujer le sirve un tercio de alcohol en la copa. Éste coloca los labios cuarteados sobre el borde de la misma, sorbe el contenido, al acabar la señora sirve dos tercios más y se retira.

— Lamento mucho la pérdida de mi hermana —dice con la cabeza apoyada en las manos.

— Gracias, tío —contesta Adel cabizbaja por la muerte de su madre.

— Shara es una mujer callada. Sólo abre la boca cuando es oportuno —detrás de las gafas la mirada se dirige a la cocina.

— Lo he notado, tío —sentencia su sobrina.

— La casa es tuya, sólo no molestes cuando estoy en la mía —dijo mientras la mira con un entrecejo severo.

Shara trae un tazón en un carrito de servicio y con un cucharón sirve la cena. Adel no está acostumbrada e intenta ayudar, pero su tío golpea el suelo con el bordón, provocando un calofrío a su sobrina, ya que él, con un movimiento de cabeza, ordena serenidad.

La cena transcurre lenta. Los alimentos no tienen mucho sabor y el aroma se pierde al levantar la cuchara al aire. El tío Gamadiel finaliza, y sin decir más, se retira del lugar. La espalda curva deja ver la calvicie del hombre al caminar directo a las escaleras. Shara levanta los platos y dice:

— El Sr. Gamadiel, no le agrada su estancia. Cuídese —sorprendida por el recibimiento de su tío y la mujer se sintió abandonada.

Adel piensa en escapar por la mañana, tomar de nuevo el sendero y esperar el paso del autobús que la trajo; sin embargo no tiene a dónde ir. Espera hasta solucionar su destino, pues a su edad es fácil perderse en el mundo. Sube las escaleras y en lugar de ir a su habitación recorre las demás. La poca luz hace complicado el caminar, no quiere tener algún problema con su tío, y más, cuando no es bien recibida. Abre puerta tras puerta, la oscuridad no deja ver más que una cama y ventanas cerradas. Las pinturas a oleo muestran pasajes religiosos y los colores se opacan a la falta de quien las observe. Adel se topa con la habitación de su tío, coloca el oído en la madera y de ésta oye el orar del hombre.

— No olvide cerrar bien la puerta — Shara, aparece detrás de Adel.

La jovencita deja los pasillos y se interna en su habitación. En el encierro coloca de nuevo el disco y husmea en los cajones de los muebles. En la cómoda encuentra un libro de bolsillo envuelto en un trozo de piel curtida y de residuos del paso de la polilla debajo de una gaveta falsa. Lo abre en la primera hoja y lee el mensaje que tiene: “Adel, no te duermas”. Confundida por leer su nombre, escrito en un objeto similar en antigüedad a la casa, va a la cama y se acuesta bajo el cobijo de la luz de una lámpara en el buró. Humedece el dedo medio y revisa las páginas al azar.

“21 de enero, 1987: Gamadiel, está devastado. La muerte de su mujer lo ha dejado sin ánimo de vivir. No he logrado avances. Tengo miedo de la oscuridad de su habitación”. Adel elige otra página: “24 de diciembre, 1987: Siento mucho el dolor de mi hermano. Esta navidad la pasaré mal. Él no ha vuelto del cementerio”; vuelve a elegir otra hoja y lee: “1 de enero, 1988: Desde la madrugada a su regreso comenzó a sellar las ventanas con tablas y candados. No quiere hablarme, me duele verlo así”.

Interesada en el hallazgo del diario de su madre revisa desde el principio para saber más de ella, pues nunca supo de su vida. Coloca una almohada como respaldo y da lectura una por una de las páginas hasta que se topó con un texto que le causó preocupación: “13 de octubre, 1990: La casa guarda un olor a penumbra, no salgo después de cenar. La voz de Gamadiel se escucha en los pasillos, repite el nombre de su mujer y luego golpea mi puerta. No sé si huir…”; “28 de octubre, 1990: No soporto la oscuridad de mi habitación, ni el llanto de mi hermano en las noches. El miedo hace que atranque la puerta…”. El moho cubre algunas partes de los textos, y están inconclusos y los restantes saltan de un año a otro. “5 de mayo, 1995: Él sabe que estoy embarazada. No para de mirar mi vientre. Temo por Adel”. El silencio se adueña de la casa. El silbido del viento al pasar por las rendijas de las ventanas, pues a pesar de la temporada, el frío embriaga las paredes que la rodean.

A mitad de la lectura del diario una voz de logra escuchar en los pasillos. Acongojada por el hecho, se levanta para escuchar desde la puerta. Al parecer es su tío Gamadiel que, con su bordón baja las escaleras sin prisa, pero el grueso de la madera no permite entender las palabras que pronuncia. Adel, deja el diario en la cama y trata de poner más atención. Cuando agudiza el sentido del odio la puerta de su habitación es golpeada con intención de entrar. Retrocede al no saber qué está sucediendo del otro lado, y con voz nerviosa, pregunta:

—¿Tío, eres tú? —la perilla es tironeada, alguien pretende pasar en donde está ella.

Adel, reacciona por instinto y coloca su cuerpo en la puerta para impedir que sea abierta. La lámpara comienza a parpadear, y por instantes, es rodeada por la oscuridad que tanto ha negado; no obstante la puerta dejo de ser sacudida. Adel tomó un respiro y arrastró la cama para obstruir la entrada. Luego levantó el libro y se sienta a un lado del tocadiscos. Desde ese sitio, incluso con la música puesta, el lamento de su tío se logra oír.

La lámpara de nueva cuenta da cierta tranquilidad al iluminarla y prosigue con la lectura del diario. “15 de septiembre, 1995: El bulto de mi vientre apenas se nota. La comida escasea y estoy cansada de vivir así”. En esta ocasión, el texto tenía una ilustración, parecía ser su tío encorvado, el rostro alargado, y en lo que aparenta ser los ojos, dos círculos negros con sombras amplias, también se veía en una ventana una silueta de una mujer sin rostro, al apreciar la imagen de cerca cree que es la mujer de su tío. Para Adel, el dibujo realizado por su madre no tenía sentido, ya que supone, el estado de su hermano, o bien, es lo que ella vio entre el encierro de su habitación. Un calofrío recorre su cuerpo aumentando su incertidumbre. En otra página está escrito: “18 de septiembre, 1995: ¡No es posible! ¡No puede ser! ¡Es ella, está viva! ¡Shara, está viva!”. Al pronunciar aquel nombre, intentan forzar la ventana de su habitación. Sin dejar el libro, trata de impedir que entren y no puede evitar golpearse al intentar protegerse. Detrás de ésta, la voz de su tío se escucha decir:

— Shara, déjame pasar. Perdóname —Adel responde agobiada:

— No tío, soy Adel —sujeta la lámpara que continua encendida.

— Shara, mi hermana tuvo la culpa.

— Tío, soy Adel —repite sin dejar su única herramienta de protección.

— ¡Shara, abre la maldita ventana! Si no…

— Déjeme en paz; ¡soy Adel! —en el suelo y abrazada a sus piernas grita.

En el pánico jala el cable de la lámpara provocando que el cuarto quede lúgubre. La luna alumbra la sombra del hombre que está del otro lado de la ventana, pero no entra a hacerle compañía.

El tocadiscos sigue funcionando. La canción preferida de su madre inicia al igual que el ajetreo fuera de la casa. Adel deja de sujetar la lámpara y coloca las manos en las orejas para no escucharlo. En tanto, la puerta también es golpeada, pero no con la fuerza que ejerce su tío Gamadiel. Una luz tintineante surge de una abertura que, la persona del otro lado, ha hecho. Adel observa que es la mujer que la recibió al llegar a mediodía. Con la mano aferrada al marco trata de empujar la cama. La jovencita reacciona y ayuda a la mujer para salir de ahí. Cuidadosamente ambas retiran el mueble que impedía el paso, y al salir, Adel la abraza por prestar auxilio. En el momento de estrecharla percibió el helado respirar de la mujer y la falta del pulsar del corazón. Lánguidamente la iba soltando y al levantar la mirada, el rostro blancuzco se transformó en la reunión de cuencas vacías, el cabello recogido (que traía al conocerla) está suelto y oculto entre el fango; el vestido que, al ras del suelo tiene puesto, se volvió en un camisón roído en la bastilla y ojales; y debajo de la indumentaria, la piel agrietada semejante a quemaduras.

— Es tu culpa —pronunció la mujer con pesadez.

Pasmada queda entre ésta y la pared. No sabe qué a hacer.

— Gamadiel, te quería más —acerca su testa al rostro de Adel.

EL anciano encorvado ha roto una hoja de la ventana y grita desde el orificio hecho:

— ¡Shara, déjame pasar!

Adel desliza su cuerpo sobre la pared y queda en el suelo con los ojos cerrados y cubriéndose los oídos, sin embargo el aliento gélido de la mujer opaca la vida que está por perder. Haciendo gran esfuerzo por no poner atención, logra escuchar los reclamos entre su tío y, aparente esposa, Shara: “No es mi culpa”, “Sí es tu culpa”, “No quería que te fueras”, “Me disparaste”, “Mi hermana me dijo”, “Ella nos mató”. Y Adel se desvanece en el pasillo más oscuro de la casa.

— Señorita, despierte —una voz suave la sacude.

— No, no, no me haga daño. No tengo la culpa —asustada por ver a la mujer que la recibió, se puso a la defensiva.

— ¿Qué sucede? —su tío aferrado a su bordón dice desde la puerta de su habitación.

— No, tío, yo no tengo la culpa que haya muerto.

Gamadiel, y su asistenta, se miran consternados por lo dicho por la jovencita que, atemorizada, les grita desde el fondo del pasillo. Con el andar lento, su tío entra a la habitación y observa que ha encontrado el diario que su hermana había escondido, lo levanta del suelo y lee algunas páginas, mientras Shara trata de tranquilizar a Adel que no permite ser apaciguada por ésta. 

Aún con el pulso tembloroso haya en el lomo del libro una hoja suelta la cual está escrito: “30 de noviembre, 1995: El dolor no me deja escribir. El doctor dice que Adel está por nacer. Gamadiel y Shara no se han apartado de mí en ningún momento. Lamento que mi enfermedad les haya causado tantos problemas. Espero que mi hija no padezca lo mismo, ojalá y Dios no lo permita”; y al reverso tenía unas líneas más que decían: “25 de diciembre, 1995: Es la primera navidad de Adel con nosotros. Mis medicamentos funcionan, si todo marcha bien, me iré a la ciudad a probar suerte. Dios quiera nos vaya bien y allá obtenga una solución. Aquí se termina esta vida”. 

Shara entra la habitación gritándole a Gamadiel que su sobrina está convulsionando. Ambos no tienen la fuerza para llevarla a la ciudad. Sólo observan a la jovencita estremecerse en el suelo. En tanto, Adel, recuerda la canción favorita de su madre al estar perdiendo la consciencia, la misma que cantó antes de fallecer:

“No duermas, Adel, si no quieres que te lleven.

No duermas, mi pequeña, nunca duermas”.

13 ноября 2018 г. 7:34:10 0 Отчет Добавить 0
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Augusto Gómez Vago estudiante de la vida. Narrador de ficciones y realidades. Fumador de héxamina y caladas de vacío. Y si no me creen, no he dicho nada.

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