Embrujada Sam Подписаться

chioban J. Olivo

En una ciudad difícil de hallar en los mapas llamada South Keeper, un asesino serial anda suelto. Su manía de marcar a sus víctimas con una cuenta regresiva siembra la incertidumbre en los habitantes, arrastrándolos en un espiral de macabras situaciones. En mitad del asunto se encuentra la joven Samanta Nightfallen. Ella es lo que se conoce como una don nadie con un apellido extraordinario. Vive sus días en la monotonía sin relucir para bien o para mal. No obstante, Samanta esconde secretos, algunos llenos de magia y otros negros como el alquitrán.


Мистика 13+.

#maldiciones #asesinatos #misterio #brujas
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Prologo.

En el mediocre pasillo de aquel hospital apestoso a detergente, Clementine se limito a mirar las moscas revoloteando. Se posaron en las luces fluorescentes del techo, frotando sus patitas, luego por la más mínima reacción del ambiente tomaron el vuelo.

— Horribles criaturas— Murmuro la joven. Odio en especial cuando se paran sobre la piel o en la comida. Igual le resulto más agradable fijar la vista en esos dispersores de desperdicio, que caer en cuenta de la miseria a su alrededor. Como para fortalecer su opinión, unos enfermeros empujaron una camilla con un motero gimiendo y desangrándose, posiblemente víctima de una riña en algún bar. Clementine se maldijo por bajar la vista y volvió a mirar el techo.

Con una mano toco el botón de Play del Walkman que guardo en el bolsillo, sin embargo los auriculares continuaron en silencio. Decidió que apenas salir buscaría nuevas baterías, también dulces, un buen comic para leer en la guarida, puede que algo de refresco u alcohol.

Subió la otra mano y pellizco el aire como si aplastara a las alimañas voladoras. Cuando se aburrió de una fue a la otra, en un ciclo monótono pero distractor.

— ¿Es usted Clementine Wallace?— Dijo una voz de mujer.

Clementine, desinteresada, inclino la cabeza hacia la enfermera de blanco uniforme.

— Esa soy yo.

— Su madre ya esta despierta y estable. ¿Necesita que la guíe hasta la habitación donde reposa?

— No hace falta— Clementine se levanto. Estiro sus brazos hasta que tronaron—. Sé donde está.

La enfermera asintió, miro de nuevo el portapapeles que trajo entre los brazos, y marcho para atender otra persona.

Clementine colgó la mochila en su hombro. Tuvo un gusto amargo en la boca por el ambiente pesado que viene de serie en los hospitales, uno de esos desagradables clichés de la vida. El pasillo parece un túnel infinito de paredes blancas y azules. Ignoro los rostros amoratados de los que recién salieron de una pelea, cosa que en la parte baja de South Keeper sucede a menudo.

A la primera oportunidad entro al baño de damas. Dentro estuvo un conserje echando la basura de las papeleras dentro de una bolsa negra. La joven lo paso por alto y se concentro en evaluar su reflejo.

— Luces poco bonita hoy— Dijo a sí misma

Se vio pálida al punto de tocar lo insano. Las noches de desvelo le pasaron factura, dejando pronunciados anillos oscuros bajo sus ojos. Su cabello rubio esta desaliñado, opaco y descolorido. ¿El desgaste será culpa de sus presuntas escapadas nocturnas? Posiblemente, pero es incontrolable. Abrió el grifo y se echo agua en la cara. El frescor mejoro sus adormilados sentidos y su aspecto general. También se enjuago la boca para quitar el mal sabor. Palmeo sus mejillas y giro hacia la puerta.

El conserje, abriendo hueco entre sus quehaceres, espió los preparativos.

— Las drogas destruyen, muchacha. Te hacen creer cosas que no son— Exclamo al verla salir.

Sin voltearse Clementine le enseño el dedo medio y regreso al pasillo. Ella anhelo que la causa de su malestar fuera algo simple y tangible como las drogas. Exploro con la vista las inscripciones que acompañaron los cuartos, busco la cifra 302. Tras hallar el número se quedo de pie delante la habitación silenciosa. Pasó las manos por sus rebeldes mechones rubios para aplanarlos, pero se negaron a obedecer. Clementine respiro hondo, artículo una sonrisa mecánica, tomo el pomo de la puerta y abrió.

— ¡¿Cómo esta mi progenitora favorita?!— Pregunto al entrar, con el ánimo de una maestra de ceremonias.

Una fúnebre calma recibió y mitigo su energético saludo. En la habitación, delgados e insípidos rayos de luz traspasaron las persianas, cayendo con tristeza en una cama donde poso una desgarbada figura igual de deprimente. La mujer tomo asiento encorvada, con el rostro oculto en sombras, y la vista anclada en sus pies escondidos por una sábana blancuzca. Clementine, haciendo caso omiso a respetar el silencio, tomo una silla del rincón y la arrastro hasta frente de la mujer.

— Realmente pensé, te aseguro lo pensé, que acabaste colgando los tenis. No me culpes por imaginármelo, el bastardo de Richard casi te revienta.

La joven se sentó con la espalda de la silla delante. Cruzo los brazos y los uso como almohada para su mentón. Su mirada se mantuvo firme en el paisaje opaco de la ventana, evadiendo el rostro abultado y escondido por pelos rubios, de su madre.

— Un colega en Alchemilla llego corriendo y me conto los detalles morbosos, obvio, nadie pasa por alto los detalles morbosos. Cuando hablo del martillo, y de ti saliendo en camilla con los pies por delante, dije: ‘‘¡Joder, me mataron a la vieja!’’. Lo grite sin querer en mitad de la clase... ¿Te imaginas?

La mujer permaneció estoica, cualquiera diría que no oyó a su hija en absoluto. Pero la joven supo en sus adentros que sí anda escuchando. Otra cosa muy diferente es que devolviera sus palabras.

— Todos se me quedaron viendo. Supongo que mi fama de chica ruda se rompió un poco. Da igual, mi apodo del Peor problema nunca me gusto.

Clementine soltó una única carcajada y cruzo las piernas bajo la silla.

— Al menos no me vieron cuando encontré las patrullas rodeando la casa, con esas molestas sirenas rompe tímpanos y sus luces de mierda. Entendí que todo, que tú estando lastimada, era verdad. Llore y chille como una perra, incluso Robín se preocupo por mí... Robín preocupada por mí... El mundo al revés.

La sonrisa falsa de Clementine fue perdiendo fuerza, hasta desaparecer en una mueca sin emociones.

— Cuéntame, mamá... ¿Le echaras a los polis? ¿Esta vez sí que sí?

Los hombros de la mujer temblaron frente la pregunta, pero solo por un segundo. Tras un resoplido burlón, levanto la cabeza revelando sus facciones treintañeras. Bastarían unas arrugas y hematomas menos para que Karen pase como un clon de Clementine. La palidez en su piel es la misma, el cabello descolorido es igual, comparten los ojos verdes apantanados, incluso similar altura a pesar de la disparidad de edad. La madre y la hija son un reflejo de la otra. Durante la conversación, ninguna se atrevió a tener contacto visual, como si temiesen descubrir ser una existencia en un espejo quebradizo.

— ¿Luzco falta?— Pregunto Karen. Su voz salió ronca y se le dificulto hablar.

— Sin duda— Asintió Clementine. Acto seguido añadió—. No cambies de tema y responde la pregunta.

— Estoy tensa como una roca. ¿Tienes cigarrillos? Necesito inhalar algo— Pidió la mujer.

— ¿Por qué tendría cigarrillos?

— Oí que los vende.

— ¿Quién coño te contó?

— Dile a tus amiguitos que no anden preguntando por ti luego de las once de la noche.

La chica frunció el ceño, maldijo en silencio el nombre de sus mejores clientes. Refunfuñando llevo la mano al cierre de sus botas, esas de cuero que le llegaron hasta las rodillas. Entreabrió una y saco la caja de pitillos, tuvo un diseño blanco con una estrella roja en el medio muy hortera, el nombre ‘‘Lucky Cloud’’ se leyó en letras grandes.

— ¿Unos Lucky? ¿De verdad?— Karen tomo la caja y la examino. Con su cara deformada cuesta decir si tiene una ceja alzada o los ojos entrecerrados—. Si vas a vender que sea de mejor calidad, ¿no crees? También guardarlo en la mochila mejor.

— Los bolsillos son exclusivos para mí billetera y mí Walkman. Y la mochila es el primer lugar que chequean los del comité disciplinario. Si no te gustan mis métodos encuentra otra vendedora, lo barato no es para exigentes.

Karen se coloco un cigarrillo entre los labios. Espero tranquila a que Clementine sacara su encendedor para prenderlo. Todo se hizo en completa mudez. Es un acto, o más bien una costumbre en su relación, el tema de compartir en silencio.

La mujer saboreo la nube de nicotina, aguantándola varios segundos para después expulsarla. Repitió la faena unas cuantas veces, tranquilizando sus hombros tensos.

— ¿Tú fumas?— Cuestiono.

— No. Lo mío es el alcohol, mamá.

— Que bueno, que bueno. Porque si te pones a fumar será otro vicio que mantener. Al principio crees poder controlarlo, que no pasara nada si pasas uno o dos días sin ese veneno humeante en tus pulmones. Pero entonces empiezas a temblar, y te entran ansias, y sudas... No puedes controlar eso, Clem.

— ¿Denunciaras al maldito o esperaras que te mate?

Karen continuo su monologo, indiferente a la turbia pregunta.

— Tendrías que conseguir dinero para pagar las cajas, pero no te veo manteniendo un trabajo más de un mes. ¿Cómo conseguiste esto? No lo compraste, llevas desde septiembre sin tu mesada. ¿Estás robando?

Clementine rodó los ojos y se levanto del asiento. Camino hasta la puerta y giro el pomo dispuesta a irse. Al instante siguiente, la voz de su madre llego a sus oídos, golpeándola como una cubeta de agua helada, congelándola en el lugar.

— Jamás dejare a Richard. Esa es la realidad, te guste o no— Dijo Karen con tal claridad que sus malestares parecieron esfumarse durante la pronunciación.

Clementine trago la bilis que le subió por la garganta. Apretó un puño en su mano libre hasta que los dedos quedaron blancos. Espió sobre su hombro a la triste figura encamada, maldiciéndola y compadeciéndola a partes iguales.

— ¿Por qué? ¿Por qué coño te torturas?— Las palabras de la joven salieron quebradizas. Se negó a apartar la mirada de los ojos sombríos de su madre.

Karen regó en el suelo la parte consumida del cigarrillo. Entrelazo los brazos y guardo silencio hasta que finalmente respondió:

— Nunca lo comprenderás. Y vivirás más tranquila así— Dijo. De inmediato observo a otro lado, estando harta de conversar.

Clementine abrió la boca para blasfemar, pero ningún sonido escapo de ella. Salió, cerrando la puerta de un portazo.

Durante su imprudente caminata choco a varias personas en el pasillo, echando las quejas que recibió y miradas de enojo, a saco roto.

Apretó incesantemente el botón de llamar el ascensor. Como tardo mucho, chasqueo la lengua y decidió bajar por las escaleras de emergencia.

Bajo los primeros escalones sin notar nada extraño. Al diez, las moscas cruzaron su campo de visión. Al quince, resulto imposible ignorar el zumbido. Al veinte, plagaron las paredes y barandales. Al veinticinco, muchas de las esquinas se vieron ocupadas por grandes montículos de ellas, grumos negros y vivientes de enferma oscuridad.

— Maldita perra, maldito bastardo— Murmuro repetidas veces en su descenso—. ¿‘‘Nunca lo comprenderás’’? ¿‘‘Vivirás más tranquila así’’? ¡Pura mierda! ¡Escúpelo y luego veré si lo comprendo o no!

Clementine estuvo pendiente de no aplastar los grumos que, poco a poco, envolvieron los escalones igual que un cáncer reptante. El zumbido aumento su volumen, transformándose en una retorcida orquesta que taladra y tritura los tímpanos.

Hola...

La cabeza de la chica empezó a palpitar, su visión se volvió borrosa como si admirase el mundo a través del agua sucia. Las moscas abandonaron las paredes, cayendo en enjambre sobre la ropa de la chica. Ella las espanto con esporádicos manotazos y sonantes groserías.

¿Hay alguien ahí...?

Entre el enjambre de insectos negros, una figura apareció de manera esporádica por el rabillo del ojo, siempre oculta, impidiendo que se le viera bien. La figura susurro frases oscuras que invadieron la mente de Clementine, estimulando y arremolinando los sentimientos negativos en un tornado asfixiante de horribles sensaciones.

Soy...

La voz sonó lejana y cerca a la vez. Clementine movió la cabeza de un lado a otro intentando echarla de su cabeza, pero las palabras continuaron fluyendo y penetrando su mente.

Luego, como si el tiempo mismo se congelara, Dejo de correr. Quedo paralizada en una plataforma, con un pie a mitad del viaje hacia el próximo escalón y una mano sobre el barandal. La voz y las moscas enmudecieron como un burdo espejismo. El malestar quedo reducido a un delirio pasajero.

La muchacha giro la cabeza con el ritmo tortuoso de una maquina, quedando mirando la pared justo donde pegaron el retrato blanco y negro de un chico con la frase ‘‘¿Me has visto? Contacta a las autoridades’’ en mayúsculas.

Clementine se acerco al papel. Arranco la hoja para leerla. El retrato del chico quedo adornado con un rotulador rojo que le dibujo una aureola y la frase ‘‘Descanse en paz’’. Mirar ese perfil desgarbado y socarrón género en la chica una inmensa ansiedad.

— Horribles criaturas, sin duda...

Arrugo el papel en una bola antes de arrojarla al suelo. Lo mismo hizo en su cabeza con sus inseguridades y preocupaciones, mandándolas al final de sus prioridades.

23 октября 2018 г. 1:45:25 0 Отчет Добавить 1
Прочтите следующую главу 21: Samanta Parte 1.

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