Miedos Paralelos Подписаться

adria_santel_escritora Adria Santel

Una historia de intriga, poder, ambición y miedo a la realidad que mezclados con los elementos de convenciones sociales y la Europa de los años 30, hacen de Miedos Paralelos un thriller que capturará tu atención desde el primer capítulo. Este capítulo la adorable Ana Bonegood será enfrentada a su suerte en el Hospital psiquiátrico de Hains, al interior de Austria.


Саспенс Всех возростов.

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De Viena al interior de las Montañas

Capítulo 1

De Viena al Interior de las Montañas

En 1938, recién egresada de la Academia de Enfermeras doctor Dietrich, en Innsbruck, Austria, estaba la señorita Ana Bonegood de veintiún años, esperanzada de un gran futuro en el campo de la enfermería, porque era habitual que las egresadas de esa Institución ocuparan cargos en los principales Hospitales Públicos y Privados de alta y mediana complejidad del país. Había estudiado en esa pequeña, exclusiva y prestigiosa Academia, gracias a una beca gestionada por un pariente suyo. Esa beca se otorgaba a hijos de familias de escasos recursos, cuyas referencias fueran influyentes, tales como: sacerdotes, directores de colegios, médicos o autoridades de gobierno.

¿Cómo describir a Ana?, sólo como una chica delgada de piel muy blanca con matices azulados y rosados, de tez suave, mirada dulce, con párpados levemente caídos; daba la sensación de ser una chica triste, pero recta, porque tenía una personalidad severa, ella era hija del rigor, del esfuerzo y producto del tesón. Su cabello liso de color castaño miel de finos filamentos recorría su cabeza hasta la altura de sus hombros. Al llevarlo siempre trenzado de manera tirante daba la impresión de que su cabeza era más pequeña de lo normal, a esto se le sumaba la amplitud de sus hombros, lo cual favorecía ese efecto óptico. En sus ojos se asomaban unas profundas ojeras, producto de interminables noches en vela mientras estudiaba persiguiendo su sueño; su piel reflejaba la palidez y el azul de sus capilares lo que le daba un aspecto levemente azulado. Pareciera que siempre tenía frío por la delgada transparencia de su piel. Tenía manos huesudas de largos dedos que parecían a primera vista delicadas y débiles, pero por el contrario eran cálidas y firmes, propias de la juventud y del vigor. Ana era una mujer fuerte con aspecto débil, desde la primera impresión su apariencia no representaba la furia de su espíritu, la fuerza de su cuerpo ni la pasión de su corazón. Su voz era aterciopelada, de tonos suaves y volumen moderado, casi un susurro. Esto no la limitaba, que cuando sentía la necesidad de hacerse escuchar, aumentaba su vibrato hasta lograr ser obedecida o imponer su voluntad. Cuando esto sucedía, ella sufría una metamorfosis, desde el nacimiento de su mirada suave y ordinaria, a una intensa y fija, junto con la postura corporal que hinchaba su pecho y erguía sus hombros, actitud que la hacía parecer más alta y corpulenta, y su tono de voz se tornaba profundo, voraz, pausado y con cada palabra que emanaba de sus labios, se marcaba su autoridad.

Ella era fruto de la convivencia de un matrimonio conformado por un par de campesinos simples y comunes, que vivían su Fe en Dios de manera férrea y complaciente a Él. Sus padres eran personas muy devotas, tranquilas, trabajadoras, sin grandes desafíos ni sueños. Su padre era el mayor de nueve hijos y había ayudado a sus progenitores en la crianza de sus hermanos, de los cuales los menores habían tenido la fortuna de poder educarse y ostentar un oficio calificado o profesión. El menor de los hermanos de su padre estudió medicina y se convirtió en médico, su nombre era Samuel. Fue él quien preparó el camino y postuló con sus referencias a Ana para la beca en Enfermería en la Academia.

Ana era hija única, pero no siempre había sido así. Tuvo un hermano mayor llamado Samy, en honor a su tío, pero que había muerto de pulmonía a los dos años de vida, impidiendo que Ana lo conociera en persona, sólo a través de una fotografía familiar que estaba en su salón frente a la chimenea, Ana pudo ver el rostro de su hermano. Lamentablemente su madre tenía el útero débil y no podía llevar sus embarazos a término, salvo a Ana y su hermano, que lamentablemente falleció muy joven y dejó un vació en la vida de sus padres, que la joven trató siempre de llenar. Tío Sam, como cariñosamente Ana llamaba a su tío, no había tenido hijos, y veía en ella la hija que nunca había tenido ni tendría. Él observó en ella, desde muy temprana edad, su entrega y preocupación al curar todos los animalitos que encontraba heridos o enfermos en el campo o en su propia granja. Él vivió con sus parientes hasta que Ana cumplió los ocho años, por lo cual la relación entre ellos era estrechísima y de mucha confianza. Él era el curador de todos los animales enfermos que la niña encontraba, y ella posteriormente los cuidaba y alimentaba con la paciencia que sólo el espíritu le da al cuerpo de una niña raquítica y de tan corta edad, como para responsabilizarse como un adulto de un ser indefenso, sin más necesidad, que el gusto de hacerlo.

Cuando Samuel obtuvo una Beca de Especialización, en una prestigiosa Universidad, debió abandonar el hogar de los Bonegood, para vivir en la ciudad de Viena, muy lejos de sus afectos. Luego de finalizar su beca en traumatología, obtuvo una plaza en el Hospital doctor Russell, que era una referencia europea en tratamientos innovadores del área de especialidad de Sam. Por lo tanto, era una fortuna tener ese trabajo. Esto inspiró a Ana a estudiar y ver como referente a su querido tío y padrino, que posteriormente será su ángel guardián en vida y carrera profesional. Sam al ser un hombre soltero y de edad madura, sin novia conocida, daba pie para que la gente murmurara y decretara que él era diferente y que debido a esa diferencia nunca contraería matrimonio, ya que solía tener otras preferencias y gustos. Él siempre estaba acompañado de un enfermero muy leal a sus solicitudes y un gran bastión y apoyo en sus decisiones, a veces alocadas e insospechadas. Su nombre era Thomas Heller, o mejor dicho Tomy, como lo llamaba cercanamente Sam. Sam nunca se cuestionó el no haber formado una familia tradicional, porque se autodenominaba “Animal de Trabajo”, y que su única esposa era la Ciencia y que de esa unión había nacido su querida sobrina y ahijada Ana, de quien estaba muy orgulloso y se sentía parte de su desarrollo emocional y por sobre todo profesional. Tomy también sentía un gran aprecio por Ana, la veía como extensión de su fiel amigo y jefe Samuel Bonegood. Ambos hombres compartían una cómoda residencia en las cercanías del Hospital donde trabajaban. Cada uno vivía en una planta de la casa, decían que como se veían tanto tiempo en el trabajo, seguir viéndose en casa sería una tortura de la cual había que escapar ciertas horas del día y estar consigo mismos solos, sin más compañía que sus aficiones. Tomy tenía la afición de escuchar música clásica y cantar ópera, además de la pintura y las bellas artes. Preferencias que molestaban de manera esporádica a Samuel, el cual tenía entre sus máximas aficiones; leer mamotretos enormes de medicina, fumar puro y beber whisky, todo aquello en el más estricto silencio. Por eso es por lo que la decisión de usar una planta distinta parecía lo más acertado para la sana convivencia de ambos. Los atendía una mujer polaca de nombre Frida Kolvia, que era como una madre para ambos. Las atenciones para con ellos escapaban a lo contratado porque estaba siempre pendiente y se inmiscuía periódicamente en sus discusiones y los mandaba a callar y a dirigirse a sus aposentos, así como a los niños pequeños que discuten entre ellos y sus madres los envían a la cama sin cenar. Con la diferencia que, en este caso, Frida era sólo la empleada y su noble corazón no le permitía la idea de que no se alimentasen, así que cuando se iban a sus aposentos sin cenar, ella les llevaba los alimentos a sus habitaciones para aliviar su conciencia. Samuel era muy severo en sus asuntos, no le agradaba que nadie se inmiscuyera en ellos, sólo Frida era capaz de hacerlo callar y a ella era la única persona a la que no le subía el tono de voz, por eso la llamaba cariñosamente “mi ama”. Siempre bromeaba diciendo que no sabía porque le pagaba a su “ama”, si él parecía subalterno. Frida era una mujer sencilla de pocas palabras, pero de actos de cariño concretos y de un locuaz discurso, a pesar de su nula educación y de su crianza modesta y cruel. Tal vez por eso Samuel la apreciaba tanto y veía en ella la inteligencia real de una mujer, que no tuvo las oportunidades de desarrollarla de la forma adecuada, pero que en la manera en que expresaba sus ideas, se asomaba la brillantez de su inteligencia.

Samuel era un traumatólogo muy conocido y prestigiado, sobre todo porque buscaba innovar en los tratamientos e implementos que usaba. Era un hombre de ensayo y error, tenía un pequeño taller en su casa, hacía prototipos en madera, oficio que había aprendido desde muy joven, y que le ayudaba a aterrizar sus diseños y bosquejos a algo real. No era poco usual verlo recorrer su hogar en muletas, con sillas de ruedas, con los ojos vendados o con un brazo atado. Probando en sí mismo sus invenciones, las cuales muchas veces terminaban en el basurero porque era un hombre exigente que buscaba la perfección, pero por sobre todo buscaba ayudar y hacer la vida de sus pacientes mucho más llevadera y mejor. Durante la postguerra, Samuel pudo dar rienda suelta a sus inventos traumatológicos, debido a la escasez de instrumental y prótesis. Fue una época triste, de mucho temor, pánico, desazón, incertidumbre, lágrimas, hedores, mugre, pobreza, hambre, pero para la mente inquieta de Samuel fue la época más próspera en medicina para él, donde pudo evidenciar a cada instante su aporte en la calidad de vida de sus pacientes, inventar artefactos, experimentar con medicinas, incluyendo aquellas que la Madre Naturaleza proporciona y que él conocía desde su tierna infancia a raíz de la escasez de medicina química tradicional.

Cuando Ana decidió estudiar enfermería, lo hizo de manera natural, casi por instinto. A qué más podía dedicarse esta flor del campo, que desde niña cuidaba animalitos enfermos y que miraba fascinada los ojos de su tío cuando le narraba historias de su trabajo en el hospital local, mientras ella abría sus enormes ojos brillantes y su mente imaginaba cada escena. A veces podía parecer desubicado que un adulto le narrara tan vívidamente episodios de mutilaciones, sangre y muerte a una pequeña niña, pero ella no veía en sus relatos sufrimiento, fluidos o dolor, veía esperanza, oportunidad, futuro, veía su futuro. Fue así como cuando Ana les comunica a sus padres su decisión de estudiar enfermería, no les sorprendió, era evidente, era natural era esperable. Cuando comenzó a estudiar enfermería, su ideal era trabajar con su tío, en el área de la asistencia en traumatología y así desarrollar su carrera. Los padres de la joven estaban satisfechos y confiados en la protección de Samuel para con Ana, por ser su tío y demostrar siempre su genuino cariño para con ella, como si se tratara de su propia hija.

La naturaleza de Ana podía parecer fría, severa y vinculada al deber, para las personas podía llamar a confusión y percibirla como una mujer con una mirada desencarnada, sin emociones aparentes, sin piel, sin aliento, sólo con la convicción de hacer lo correcto, lo que Dios espera de ella o lo que ella piensa que Dios espera de ella, que ayudara al prójimo. Ella sentía que su vida tenía que tener un sentido superior a sus huesos, cuerpo y mente, que se conectara con su esencia, que trascendiera su obra. Que su forma tuviera que ver con la manera de hacer las cosas, en lo aprendido con respecto al Deber Hacer. La gente no podía evidenciar el verdadero sentir de su alma y su vocación de servir a todos, porque la manta de severidad no dejaba mostrar la bondad de su ser. Ana tenía sed y hambre de servir, pero no lograba entender su misión como tal, y sólo conocía el fin, que era atender a las personas, sanar, curar, entregar bienestar, pero al faltarle el equilibrio entre dar y recibir, su ser sufría la constante desazón y vivía con la sensación de que algo le faltaba. En su hogar sintió los cuidados, pero faltó el contacto, la piel, el calor, eran otros tiempos, en donde se sobrevivía y la palabra era un bien escaso, reemplazado por la acción y el deber ser y hacer.

Al finalizar sus estudios, Ana esperaba trabajar de la mano de su tío, porque su cariño y admiración por él eran como la miel de sabor intenso, y que basta sólo un poco de este manjar para empalagar todos los dedos y aun así es una sensación agradable. Pero la vida o mejor dicho su tío le tenían una sorpresa. Casi terminando el invierno, cuando las primeras flores comienzan a renacer, los árboles comienzan a ver el nacimiento de sus pequeñas hojas verdes, delicadas y copiosas al compás de los perfumes que se confunden entre el olor a la leña, lana y cuero, propios del invierno, junto a los aromas frutales y florales del jazmín, lavanda, cerezas, frutillas, y demases, ese es la primera pista de que el invierno va en retirada para dar paso a la alegre y feliz primavera, época de surgimiento, de renacer, del sol tímido, que cuyos tibios rayos cubren la piel y dan un tono dorado a quienes los reciben. Para Ana la primavera traía algo más que dulces e intensos aromas, rayos de sol y exquisitos sabores; traía un giro en su vida que jamás visualizó cuando aceptó la oferta de trabajo para el Hospital Psiquiátrico de Hains, en el interior de Austria. Tal vez decir que SÍ, fue una respuesta muy corta para el precio que debió pagar después. Un día al llegar a casa desde su guardia en el Hospital de Viena, encontró en el salón a su tío, Tomy y Frida junto a unos deliciosos bocadillos y una botella de champaña.

─¿Qué celebramos? ─preguntó sorprendida.

─Tu nuevo trabajo ─respondió un entusiasmado su tío.

─¿Mi nuevo trabajo? ─preguntó Ana sorprendida y algo desorientada.

Samuel le explicó casi frenético de felicidad y entusiasmo, que el doctor Lambert, prestigioso psiquiatra de Austria, una eminencia en recuperación de pacientes con enfermedades mentales lo había llamado por teléfono para pedirle referencias de una enfermera joven, soltera, capaz y con deseos de trabajar en psiquiatría, para ocupar el cargo de enfermera asistente de uno de los doctores del hospital, y por supuesto Samuel había recomendado a su sobrina, sin comentar el pequeño detalle de que eran parientes, detalle que no ocultaba, pero que tampoco hacía referencia de aquello. El tío le comunicó a Ana que debía partir en un par de días. Viajaría en tren el domingo para comenzar sus labores el lunes. El nuevo hospital se situaba a unas horas en automóvil desde la estación, porque estaba internado en las montañas. En el salón se podía sentir la música, brindis, felicidad, burbujas, sabores deliciosos, risas y miradas cómplices, mientras que en la cara de Ana se dibujaba el desasosiego, mezcla de velorio y la expresión que tendría una mujer engañada por su esposo. No se reflejaba ninguna emoción positiva en su rostro, tenía tanta rabia, pena y desilusión por su tío y verlo celebrando con Tomy y Frida, le causaba unas ganas enfermas de partirle el cuello y golpearlo hasta hacerlo desaparecer. Nunca había tenido ganas de matar a alguien hasta ese momento; odiaba a su tío profundamente en ese instante y pensaba en silencio, mientras empinaba el codo para beber ese elixir maldito que se usa para celebrar y que ella sentía que la quemaba por dentro, pero a la vez la aliviaba lentamente adormilándola de su penosa situación. “¿Cómo es posible que decida sobre mi vida y que no considere mi opinión?, ¿tal vez le molesta que viva en su casa?, ¿por qué me quiere echar?, ¿ya no me quiere mi tío?, ¿nadie pensó en que yo no quería trabajar en ese hospital?, ¿qué haré en psiquiatría si soy especialista en traumatología? Si le digo a Sam que no quiero dejar Viena, ¿se molestará conmigo y me quitará su protección?”, eran muchas las interrogantes que se agolpaban en su cabeza y lo único que atinaba a hacer era asentir con ella y beber más champaña. Tomy le preguntaba qué le parecía esa tremenda oportunidad. Le comentó que ese Hospital era visionario, muy elegante, con la mejor tecnología, con un cuerpo médico de primera línea, que era la oportunidad soñada para una enfermera joven como ella, y bla-bla-bla. Ana le miraba los labios mientras él con un entusiasmo casi adolescente le comentaba lo maravilloso de ese Hospital, pero ella seguía sumergida en su odio y rabia que la hacía desear que Tomy sufriera como mínimo un infarto fulminante en ese instante y se callara por fin. Tomy que era el más amoroso e histriónico de la casa abrazaba fuertemente a Ana como muestra de cariño, alegría y felicitaciones, abrazos que Ana sentía fingidos, extravagantes, innecesarios y molestos en regla, si a Ana le molestaban las muestras físicas de afecto, ahora los sentía como un puñal insoportable.

Frida, era otro ser dentro de este complot para deshacerse de ella, o al menos así lo veía la joven, esa mujer siempre tan gruñona y mandona, esa noche era un ser de luz, feliz, radiante, chispeante, llena de risas y buenos chistes que animaban la fiesta, porque a esas horas de la noche, eso ya se había convertido en una fiesta hasta con bailes. Ellos tres eran los seres humanos más felices de la tierra y Ana la más desgraciada, pero en silencio, le apetecía endemoniadamente estallar en llanto e improperios, pero su educación y temor al futuro no se lo permitían, así que ahogaba su llanto en alcohol y más alcohol. En un momento Samuel percibió que Ana bebía sin control y eso le preocupó, la llevó a su habitación en compañía de Frida para que la desvistiera y acostara.

─Mañana necesitamos conversar a solas ─fue lo último que escuchó Ana de su tío esa noche.

A la mañana siguiente la joven enfermera sentía que mil duendes bailaban sobre su cabeza y un hacha cortaba su cerebro, menos mal no tenía turno en el hospital y podía reposar en casa, o eso pensaba ella. A mediodía Samuel entró en su habitación junto a Frida, quien llevaba en su mano un tazón con té. Ana se sentía mareada, con náuseas, dolor de cabeza y sobre todo estaba muy avergonzada por su comportamiento. Mientras bebía el té, explotó en un llanto descontrolado, lo que hizo que el tío le pidiera a Frida que saliera de la habitación. Se acercó a la cama y se sentó a su lado abrazándola para consolarla.

─Mi niña, ¿qué sucede? ─cuestionó Samuel con una actitud paternal y de preocupación.

Ella no podía emitir palabra audible y entendible, ahogándose en lágrimas, té y mocos, entre sollozos preguntaba por qué quería alejarla de su lado, si ella lo adoraba y era su familia. El tío comprendió enseguida lo que sucedía. Su niña fuerte y valiente, era muy joven aún y su alma estaba en proceso de maduración. Ella era frágil y no podía comprender ni visualizar lo que estaba pasando. Esto le causó gran ternura al hombre y una sensación paterna a flor de piel donde sus vellos se erizaron. Le dio un cálido, protector, dulce y fuerte abrazo a su sobrina, y largamente besó su cabello. Era la primera vez que Ana recibía un abrazo así, en donde se podía sentir que entre esos brazos se podría morir y sería la protección máxima de su alma, no sería la última vez que tendría esa sensación. Al cabo de unos minutos, Ana sintió todo el amor de su tío y sus malestares cedieron un poco, siguió tomando ese té extraño que le preparó Frida y comió algo liviano. La tarde estaba cálida, refrescante y con una brisa tibia, que era como una prolongación de un tierno abrazo que acaricia, pero no incomoda. Samuel invitó a Ana a dar un paseo por el parque que quedaba cerca de su hogar. Era un parque bastante grande, con fuentes de agua, pasto, árboles y hermosas flores. Al caminar del brazo de su tío, bajo su sombrilla, ella podía sentir la suavidad de los indirectos rayos de sol, que entibiaban su blanca y delicada piel y su nariz, podía absorber el perfume cítrico de su tío, mezclado con la dulzura del aroma de las flores. Era tanta la paz que sentía en su corazón y la revoltura de su estómago, que no podía disfrutar en plenitud de ese momento tan tranquilo, en calma y agradable. Siempre le había dado muy buenos resultados a Samuel con su sobrina, caminar y pasear por el campo, plazas o calles, cuando trataba de tranquilizar su alma o averiguar qué se tejía en ella. Ese paseo no fue la excepción, entre palabras dulces y muestras de afecto, Ana le confesó lo que estaba en su alma y lo que le molestaba que su tío no tomara en cuenta su opinión, básicamente porque esa decisión era primordial en su vida y ella decía que su vida era sólo de ella. Mientras Ana le reclamaba y le contaba a su tío lo que le molestaba, sus temores y que no entendía la proyección de su carrera en ese Hospital, Samuel la interrumpió tomando su rostro entre sus delicadas manos y besando tiernamente su frente.

─Dulce alma mía, cuando has vivido tanto como yo, sabes lo que es mejor para alguien como tú, confía en tu viejo tío y disfruta de la vida ─declaró dulcemente.

La joven, sintió tranquilidad y confianza nuevamente y su alma le dio el beneficio de la duda a su tío, pero le dejó claro que, si no le agradaba el nuevo empleo, volvería a Viena a vivir y trabajar con él, sin reproches ni preguntas. Samuel asintió con la cabeza, y mostró una amplia sonrisa y le regaló un fuerte abrazo. Él sabía que su sobrina era testaruda y que daría su mejor y mayor esfuerzo, no lo defraudaría, confiaba en ella. Al regresar a casa, compartió muy feliz un almuerzo con Samuel y Tomy, los veía tan felices, tan tranquilos y con el semblante de haber logrado algo importante como cuando la satisfacción por lo bien hecho se refleja en la mirada y se irradia en la sonrisa. Ese almuerzo fue cálido, delicioso y muy largo, entre risas, recuerdos, proyecciones, miradas y buenas intenciones. Tal vez sería el último almuerzo sincero que viviría Ana en ese hogar y junto a su familia.

Thomas al terminar la comida se acercó a Ana y de manera amorosa pero determinada le dijo:

─Anita, a veces la vida nos tiene preparadas cosas más grandes que nosotros mismos y nos utiliza para fines mayores. Tu tío está muy orgulloso de ti y confía en que serás una profesional reconocida ─le decía Tomy mientras cogía su mano de manera paternal

─Lo sé, Tomy, lo sé, y responderé a la confianza de mi tío Sam y la tuya.

─Querida Anita, no puedes dimensionar el enorme servicio que harás en aquel apartado hospital, ni tú ni tu tío lo sospechan. Debes cuidarte mucho y estar atenta a todo. Me comunicaré contigo a su debido momento ─dijo Thomas, con un aire misterioso y hasta nostálgico, cerrando ese momento con un fuerte abrazo.

Sólo quedaban un par de días para comenzar y dar pie a esta nueva aventura, a esta ventana que se abría para Ana, a este empleo en el prestigioso y de élite Hospital Psiquiátrico del doctor Hains, cuyo nombre rendía honor al abuelo materno del doctor en jefe, doctor Edualf Lambert, uno de los precursores de la psiquiatría, el afamado doctor Jürgen Hains. El doctor Lambert fue su nieto más querido, y el único que siguió sus pasos, algo así como Ana con su tío Sam. Tal vez la medicina y el afán de salvar vidas y mejorarlas se transmite a través de la sangre o de las interminables conversaciones al compás de una taza de té y un buen fuego, en esas tardes frías de invierno y en los paseos campestres de los tibios días de primavera o verano. Y como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, llegó el día en que Ana debía partir al nuevo rumbo. Esa mañana ella se levantó muy temprano, al igual que todos los miembros de la casa, para desayunar juntos y acompañarla a la estación de tren, para abordar el carro que la llevaría al interior del país. Cuando llegara la esperaría un automóvil del hospital y la conduciría a su nuevo hogar y lugar de trabajo, ya que el hospital contaba con un ala del edificio de exclusividad para que los funcionarios vivieran allí, debido a la lejanía del lugar de cualquier poblado. El cuerpo médico trabajaba por turnos de seis días por uno de descanso con un mes de vacaciones. Cabe destacar que no existía un horario fijo de labores, pero que todo lo recompensaban los beneficios de prestigio y económicos de trabajar allí.

El corazón de Ana le decía que este empleo sería temporal y que volvería enriquecida de experiencias y conocimientos, para retornar al trabajo con su tío Sam en Viena, ciudad que amaba y que no deseaba dejar. Nada más lejos de la realidad, nada la hacía pensar distinto, pero como decía bien ella: “el hombre propone y Dios dispone”, esa frase la repetiría casi a diario en su mente. Ya sentada en su butaca del tren, miraba desde la ventanilla a su querido tío y a su adorado Tomy, aún podía sentir el perfume de sus abrazos apretados y ver sus lágrimas saladas recorriendo sus mejillas. A ella le costaba mucho llorar, pero a estos dos hombres les resultaba tan fácil, nunca había visto llorar a un hombre, hasta que los vio juntos. Su tío en compañía de Tomy era más sensible de lo acostumbrado; no temían demostrar sus sentimientos, cosa que a Ana al principio le chocaba porque era extraño para ella, pero dentro de su alma los envidiaba, a ella le hubiese gustado tanto poder exteriorizar lo que sentía por ellos, pero algo la frenaba, algo no le permitía dejar que brotasen de sus ojos lágrimas de pena, felicidad o rabia, salvo en momentos de real angustia. Cuánto le hubiera gustado decirles palabras de agradecimiento y cariño a esos hombres amables, protectores, cariñosos, acogedores y brillantes, pero no era capaz, sólo pudo decirles gracias y darles un fuerte abrazo. Al sentir la puesta en marcha del tren y ver a sus parientes despedirse de ella, moviendo sus pañuelos blancos, sintió una punzada muy fuerte en el estómago. Estaba muy nerviosa, en ese momento se dio cuenta, en parte, del cambio, de que sería la primera vez que viviría y trabajaría sin conocer a nadie. Esa sensación de nerviosismo se mantuvo durante todo el viaje y a eso se le agregó un mareo constante acompañado de náuseas, que sólo mitigó saboreando un limón muy ácido que llevaba en su abrigo. Dormitó muy poco, quería ver el paisaje, era una sensación de que grababa en su mente todas las imágenes que la ventanilla del tren le proporcionaba a ella. Fue tanta su introspección, que no se dio cuenta ni con quien compartía el asiento en el tren. Los nervios la tenían atrapada en una pesadilla de mareos y náuseas, lo único que quería era llegar y recostarse un momento. Bendito limón y té de menta, brebaje que compró en el tren, calmaron sus malestares hasta casi hacerlos desaparecer y mitigaron la acción de sus nervios.

Al descender del tren, Ana escuchó casi de inmediato su nombre, y buscó con la mirada al hombre que lo proclamaba a los cuatro vientos. Al identificar a la persona que la llamaba vio a un señor de unos cincuenta y tantos años, de estatura mediana, complexión gruesa, con cara de pocos amigos, que vestía un traje negro, perfectamente compuesto y que se identificó como el mayordomo y chofer del Hospital. Su nombre era Amadeus Tulorth, quien amablemente la condujo al automóvil y cargó su equipaje. Ella llevaba una austera y pequeña maleta de mano forrada en tela, que en su interior contenía tres sencillos vestidos, un uniforme de enfermera y un vestido de domingo para ir a la Iglesia, aunque desconocía si existía la posibilidad de ir a Misa los domingos, por la lejanía del Hospital. Además, llevaba dos pares de zapatos, dos camisolas y sus afeites personales. Ella era muy austera, la única joya que tenía era una cadena de plata con la Santa Cruz, que le había obsequiado su madre, y que le había pertenecido a su fallecido hermano. La joven la llevaba en su pecho como recordatorio de la fragilidad de la existencia y de la responsabilidad de su trabajo en donde la Muerte es parte de su Vida.

Ella nunca se fijaba en los bienes materiales, pero no pudo evitar contemplar el maravilloso automóvil. Aquel bello y elegante Mercedes del año la hizo sentirse como una princesa que volaba por la ruta. Jamás había estado dentro de un auto así, pensaba que, si el coche que le enviaban para recogerla era tan lujoso, “¿cómo sería el hospital’”. Eso la entusiasmó en un primer momento, pero le asustó al reflexionarlo. Ella era una chica sencilla, con buenos modales, amplia cultura, pero de orígenes humildes, de labradores cultos, pero pobres, eso la asustó un poco. El paisaje se tornaba distinto a medida que avanzaba el coche, al principio era cemento, construcciones, automóviles, caballos, gente y más gente, pero a medida que el señor Tulorth conducía, Ana comenzaba a ver un copioso bosque, ¿adónde iría?, y a la vez el sol se iba escondiendo entre las copas de los árboles y las montañas, y se tornaba más oscuro, como en penumbras, apenas se divisaban unos rayos de sol impertinentes y traviesos entre los árboles. La joven se sentía cansada, el viaje era realmente agotador y el auto era muy suave, se mecía para esquivar las piedras del camino, lo que hizo que ella dormitara suavemente y de manera profunda en intervalos. Deben haber pasado a lo menos unas tres horas y Amadeus frenó, señalando que ya había llegado al Hospital. Ana miró por la ventana del coche y vio una imponente construcción de piedra, madera y ladrillos. Era de estilo moderno para ella, pero de forma funcional para el arquitecto, quien, guiado por las instrucciones del propietario, diseñó un edificio de amplios espacios, pasillos secretos y formas simples, pero que se impusieran a primera vista, que fue lo que causó en ella, una sensación de impaciencia por recorrerlo completo y descubrir todos sus rincones. Al descender del automóvil, Ana vio la escalera de la entrada, la cual caminó y sintió que la llevaba a otra dimensión, al final de ella la estaba esperando la enfermera jefa, la señorita Agneta Meller, una mujer de unos cuarenta años de aspecto exagerado. Era la primera vez que la joven estaba frente a una mujer tan alta, tan delgada, sin obvias formas femeninas, tan rubia que parecía tener el cabello blanco, de piel casi transparente y enormes ojos azules sin expresión aparente. Su imagen era algo escalofriante. Vestía un impecable uniforme y unos hermosos aretes color agua marina que fue lo único que le agradó de su apariencia, a primera vista. La señorita Meller la saludó cordialmente, pero de manera distante y la guió hacia la oficina del doctor Lambert, quien personalmente quería darle la bienvenida, sobre todo porque venía recomendada de un prestigioso médico traumatólogo como lo era su tío.

Los pasillos de aquel hospital eran de color verde claro, fríos, amplios y silenciosos, no se escuchaba ningún ruido, “¿habría pacientes allí?; qué calma para ser un hospital”, pensaba Ana, combinaba con su entorno callado, en penumbras y soledad. La decoración era minimalista, muy pulcra y organizada. A poco andar llegó a la oficina del doctor Lambert, esperaba caerle en gracia debido a que era el director y además su tío se había jugado su reputación al recomendarla. Ana sería amable, servicial y cautelosa. Lo primero que a la joven le llamó la atención era la puerta de la oficina, no era igual a las otras, era de metal, se veía con gran porte y grosor, con más de una cerradura y de un color negro inexpugnable. Tal vez porque como era la puerta del director custodiaba valiosa información. Agneta golpeó la puerta y desde adentro se sintió un “adelante”, y ambas pasaron, al fondo se levantó un hombre de mediana edad, de tez bronceada, de contextura gruesa, baja estatura, ojos verdes pequeños, cabello rojizo rizado, incipiente barba y una amplia sonrisa que iluminaba la habitación. Era la imagen de un hombre bonachón, confiable, respetuoso, amable y simpático, ninguna característica que Ana esperara encontrar en el director de un hospital, y mucho menos si era además uno de los propietarios. Esto la descolocó un poco, qué diferencia de actitud entre el personal que había conocido y el director.

─Bienvenida señorita Bonegood, estoy seguro de que usted se integrará a esta gran familia de inmediato; Agneta por favor guíela a su habitación, que cene y mañana en el desayuno le explica sus funciones. El papeleo lo veremos mañana. Les pido mil disculpas, pero ahora estoy muy ocupado. De nuevo bienvenida ─dijo todas esas frases el director casi sin respirar.

─Muchas gracias ─sólo pudo decir Ana y salieron de la oficina.

Agneta la guió a su habitación sin mediar palabra entre la oficina y sus aposentos, luego le indicó que en una hora podía ir al comedor a cenar junto a los demás y salió. ¿Y dónde estaría el bendito comedor? Ana se sentó en su cama y comenzó a mirar su habitación. Gracias a Dios que estaba pintada en un suave tono amarillo y no verde como todo el lugar, su cama era pequeña pero muy cómoda, tenía un austero escritorio de madera con una silla acolchonada, un ropero pequeño, un velador de madera con una lámpara y una gran ventana, que casi era del ancho de la habitación, ¿por qué la ventana sería tan ancha?, pero la prefería así, porque podía abrirla y sentir el aire fresco. Se recostó un momento y se quedó profundamente dormida, despertó a medianoche y se asustó porque había desobedecido la primera instrucción de Agneta, eso le causó escalofríos y mucha angustia. Esperaba que al desayuno no la reprimiera frente a sus nuevos compañeros de labores.

Esa noche casi no pudo dormir de la ansiedad, se levantó a las 5:00 A.M y salió de la habitación para buscar el baño, que, para su fortuna, era la puerta frente a su habitación y que por la hora estaba vacío. Era un baño cómodo, todo blanco desde el techo hasta el suelo y muy frío, pero Ana estaba acostumbrada a ducharse con agua fría en todas las estaciones del año, por lo tanto, prefería que fuera así. Como no le habían entregado su nuevo uniforme, la joven se vistió con el que traía de Viena y se arregló de manera impecable para comenzar su día. Al salir de la habitación, sintió que la jalaron muy fuertemente del brazo.

─Es la primera y última vez que me desobedece, no me interesa quien la recomendó, ¿me entendió? ─dijo Agneta con cara furiosa y seria,

Ella sabía que no se libraría de aquel regaño. Asintió con la cabeza y pronunció un tímido ─disculpe, no se repetirá.

Ese jalón la acompañaría todo el día, el pequeño morado en su traslúcida piel, sería el recordatorio de que no comenzó con el pie derecho y descubriría una realidad que hasta ese entonces le era desconocida.

Siguió a Agneta en el más sepulcral silencio, casi con vergüenza y temor, hacia el comedor del personal. “No era gran cosa”, pensó Ana, tan lujoso edificio y el comedor de los trabajadores era tan incongruente con la decoración: pequeño, desordenado y bullicioso, era como otra dimensión, lo que en algún sentido le hizo gracia a la joven, si bien ella era muy silenciosa, algo de ruido de vez en cuando le parecía agradable. Al ingresar Agneta junto a Ana, se hizo el silencio, y se apoderó de la joven cada mirada curiosa de las personas que allí desayunaban, “seré como un mono de feria”, pensó y la curiosidad que sentían por ella le molestó. En el Hospital en Viena nadie la miró siquiera cuando ingresó, se limitaban a darle instrucciones y a apurar sus acciones, con el tiempo fue estableciendo ciertos cariños y amabilidades, pero nada parecido a una amistad. Tal vez en el Hains sería distinto de como vivían ahí; los lazos se estrechaban y los límites se dispersaban entre la vida privada y laboral. Ese pensamiento no le fue del todo grato porque era muy introvertida y no le interesaba la vida privada de nadie. Individualismo se llamaba la característica que fue perdiendo Ana al pasar sus días en Hains. Agneta con voz de vocero militar la presentó con sus compañeros de labores. El equipo era más pequeño de lo que la joven se imaginaba, constaba de tres doctores psiquiatras, cinco enfermeras, cinco auxiliares de enfermería, una secretaria, dos cocineras, dos asistentes de aseo, y el chofer-jardinero, el señor Tulorth, que la había recogido en la Estación de Trenes el día anterior.

─Ella es la señorita Ana Bonegood, enfermera titulada, con especialidad en traumatología que viene desde el Hospital Russell de Viena. Ella estará bajo mi supervisión, pero bajo las instrucciones de la señora Rutter ─sentenció Meller, con la voz enérgica y algo gastada por el cigarrillo.

Le indicó a la joven que se sentara para desayunar, y se dirigió a una mesa más pequeña en el fondo donde la esperaban los doctores. Cuando les dio los buenos días, una fingida y amplia sonrisa se reflejó en su rostro, con una duración de un par de segundos y se sentó. Ana, saludó y tomó asiento entre una mujer joven, hermosa, alegre y voluptuosa y una mujer pequeña, delgada y con aroma a formol. Mientras se servía una taza de leche, la hermosa mujer le ofreció un poco de embutidos. Su semblante cálido era el segundo que veía en ese Hospital, su nombre era Orietta Polchini, italiana, llegada a Austria para trabajar en el Hospital Hains, nieta de una veterana enfermera y recomendada por ella al doctor Lambert, ya que conoció a su abuelo. Tenía veinticinco años, y hacía dos, trabajaba allí.

Ana desayunó con esmero y pasión, pues tenía mucho apetito esa mañana, tal vez se debía a que casi no ingirió bocado el día anterior. Apreciaba deliciosamente cómo los alimentos se disolvían entre sus papilas gustativas y podía absorber sus aromas. Fue así como comió un gran trozo de queso y jamón. “Que equipo de personas tan disímiles entre sí”. Al mirarlas con detenimiento, Ana pudo intuirlo, y al conocerlas con el tiempo su afirmación se comprobó. El desayuno fue agradable, aunque ella se sentía invisible, porque sólo le dieron la bienvenida y luego fue como si desapareciera de ese lugar entre las risas y conversaciones de las personas. Había que empezar a trabajar y conocer a los pacientes, que ese sería otro mundo más que descubrir, sobre todo por la naturaleza de aquel hospital psiquiátrico. Aunque Ana no era prejuiciosa, no podía negar que le causaba un poco de incomodidad tratar a pacientes con condiciones de enfermedad mental, porque sus comportamientos no siguen o no están regidos por la lógica ni el rigor, y eso la descolocaba, siendo una mujer que sigue las reglas y que salirse de ellas le provocan ansiedad y desconcierto. Frances Rutter, era la delgada y pequeña mujer sentada a su izquierda, quien la invitó a levantarse de la mesa y acompañarla en su día. Ella era una mujer de curioso aspecto. Parecía poca cosa, indefensa, con un nerviosismo extraño, característica que a Ana le causó extrañeza, al percibir el casi imperceptible pero constante temblor en sus manos y lo temblorosa que parecía ser su voz, en compañía de una mirada esquiva e inquietante. Aquella mujer que parecía pequeña e insignificante tenía treinta años, había enviudado hace un par y escondía su dolor y frustración en el trabajo. Fruto de su matrimonio, Frances concibió a un hijo llamado Wilfred, que tenía diez años, pero su condición de niño especial lo alejaba de una vida normal y corriente. Él estaba bajo los cuidados de su abuela materna, quien, en su infinita bondad y amor hacia su familia, reemplazaba la tarea de madre que le correspondía a Frances mientras ella trabajaba para mantenerlos de una manera digna pero aislados del mundo real. Era la única que no vivía en el hospital porque su hogar estaba a una hora de camino internado en el bosque, el cual recorría a diario en su bicicleta.

Junto a la señora Rutter, Ana recorrió los pasillos de aquel misterioso y silencioso hospital. Se dirigieron al ala norte, en donde estaban internados aquellos pacientes con enfermedades propias de la edad, en su totalidad sufrían de demencia senil. La sala tenía una gran ventana abarrotada por donde la luz ingresaba e iluminaba el lugar. Ana contó quince pacientes: doce mujeres y tres hombres, todos octogenarios y en su propio mundo. Qué tristeza causaba esa postal, era el reflejo de la inmundicia humana, la decrepitud, el final, la desesperanza, la piel en descomposición con olores nauseabundos, que sólo se percibían al estar muy cerca de un interno, con cuerpos que se consumían al pasar de los días, en donde sus mentes ya los habían abandonado hacía mucho. Los ancianos, a simple vista estaban aseados, bien cuidados, acicalados, alimentados, con la pulcritud y orden que caracterizaban el hospital, pero eso sólo era una fachada, porque al ver sus ojos, se podía observar el profundo abandono de la razón, de las emociones, de la esperanza y de la verdad. Esos cuerpos estaban vacíos y lo único que cargaban eran huesos y carne, junto a los más bajos instintos del ser que ha perdido la conciencia.

La joven trabajaría de asistente de enfermería bajo la tutela del doctor Milan Vodanovic, de treinta y un años, americano, descendiente de croatas, nacido en Montana, Estados Unidos. Él estudió allí Medicina y se especializó en Psiquiatría en Alemania y su nombre era muy conocido en ese campo de la salud. La joven enfermera lo había escuchado nombrar de boca de su tío, exacerbando su elocuencia en los diagnósticos psiquiátricos más complejos de la era, pero enalteciendo de sobremanera su impecable apariencia, solo comparada a la de un dios griego. Esos comentarios incomodaban a Tomy, quien evidenció lo salvaje que era Vodanovic, ya que era aficionado a la caza, y que ostentaba la caza de un Oso Grizzly o pardo en los parajes de Montana cuando apenas tenía quince años. Esas eran las referencias que manejaba Ana de su nuevo jefe. Él estaba dedicado al Ala Senil, Ala Adolescente y a la Junta Médica Psiquiátrica. Para comenzar, Ana lo asistiría en el Ala Senil, hasta que tuviera el ritmo de trabajo y lograra el manejo de las demás obligaciones que dependerían de ella. Frances le indicó que ella sería su supervisora de enfermera y que los psiquiatras los lunes tenían en la mañana una larga reunión llamada Junta Médica Psiquiátrica Ordinaria. Tal vez en la tarde podría conocer en persona al doctor Vodanovic. Atender a esos quince ancianos era su primera obligación la cual consistía en suministrar los medicamentos, en sus correctas dosis y periodicidad; supervisar a los asistentes e incluir los paseos por el jardín a los que contaban con la autorización de Agneta, que en este caso sólo eran ocho. Frances le pidió a Ana que la acompañara todo el turno que esa semana era de 08:00 A.M. a 08:00 P.M. Le informó que el siguiente sería de 08:00 P.M. a 08:00 A.M., y así sucesivamente. Además, le indicó que sobre su cama encontraría su uniforme oficial para que lo utilizara desde el siguiente día.

Para la joven todo lo que rodeaba ese hospital era nuevo, de manera inconsciente lo comparó con el ambiente del Hospital Russell de Viena, en donde se podía ser testigo del dolor en todas sus dimensiones; la desesperanza y el miedo, sentimientos que se veían en la mirada de los pacientes, se oían en sus llantos, sollozos y gritos, pero también se era testigo del otro lado de la moneda: se podía vivir en el aire la alegría, alivio y esperanza de cuando hay mejoría y sanación. Existía la compañía de familiares, quienes eran un pilar para los pacientes, lo que se traducía en fuerza, motivación y una ayuda a las enfermeras, porque muchas veces eran una extensión en su labor de cuidar y supervisar con la dosis de amor incondicional de un ser querido a otro que está indefenso y vulnerable.

Esa mañana fue muy lenta, Frances casi ignoraba a Ana, y ella seguía las instrucciones al pie de la letra, temía tener iniciativa propia, para no disgustar a la señora Rutter. En un momento Frances le indicó que acompañara a la señora Heller a dar un paseo. Su nombre era Clod Heller, de noventa años, con diagnóstico de demencia senil, en la primera etapa de la enfermedad. Su apariencia era la de una anciana de alta alcurnia, de estilo aristocrático, de pequeña estatura, menuda figura de corte elegante y refinado, poseedora de una diminuta nariz respingada, cabellos cenizos entrelazados en un pequeño moño en la nuca, unos pequeños labios rosas y unos ojos teñidos de cataratas como los demás pacientes en donde parecen grises con destellos azules y nublados, rodeados de copiosas y profundas arrugas en la piel. Ana observó que ningún paciente vestía joyas o accesorios, salvo la señora Clod quien ostentaba un hermoso medallón de oro con incrustaciones de rubí en la solapa de su bata rosa. Era curioso ese detalle, porque ante el comportamiento de los pacientes cuya naturaleza puede ser agresiva, un medallón o cualquier accesorio de ese tipo podía conducir a peleas y malos ratos entre ellos, sin considerar que su valor podía igualarse a varios meses de salario de cualquier funcionario. Ambas; la enfermera recién llegada y la paciente de apariencia aristocrática, tomadas del brazo se dirigieron al jardín posterior habilitado como paseo para los pacientes. Era un lugar muy pacífico y agradable rodeado de arbustos y flores que ocultaban de algún modo el limitante muro que los separaba de la realidad del mundo. Grandes extensiones de pasto bien cuidado, huellas de adocretos, fuentes de aguas y hermosas esculturas de ninfas del bosque, que al observarlas parecían recobrar vida, gracias a lo perfecto del trabajo del escultor, que supo entregarles una mirada capaz de transmitir paz y alegría. Eran rostros de jóvenes ninfas, delgadas, casi etéreas y con una amplia sonrisa de felicidad y buenas nuevas. La atmósfera era suave y tibia, con una pequeña brisa cálida que compartía el aroma de las flores de aquel jardín. Ana sin ser una buena conversadora y no respondiendo a su naturaleza fría y distante, sintió la necesidad de conocer a su primera paciente, sabía que lo más probable era que ella le mintiera en toda la información entregada debido a su enfermedad y que su realidad podía distar muchísimo entre lo que podía comentar y lo que en verdad era. Se presentó diciéndole su nombre, que era la nueva enfermera, que provenía de un pequeño poblado del país y que la cuidaría lo mejor posible, luego le preguntó su nombre. Ana miraba con curiosidad a la señora Heller, observaba su rostro con detenimiento, sentía que ella era especial pero no podía averiguar aún el porqué. La señora Heller la miró con desconfianza y soltó su brazo para dirigirse a una pequeña banca de madera bajo un cerezo en flor, era toda una postal, tal vez no existan árboles más hermosos y acogedores que un árbol de cerezo en flor, su color rosa es sin duda una creación de Dios pintada a mano para el deleite de los pocos afortunados que puedan pasar una tarde bajo sus ramas y hojas. Ambas tomaron asiento en aquella banca y comenzaron una escueta conversación teñida de desconfianza, curiosidad y misterio.

─Pequeña, cuando yo tenía su edad, era impensable que una dama trabajara, sólo estábamos formadas para la vida social, para ser esposas de hombres influyentes y madres de destacadas personalidades. Me disculpará que no me acostumbre aún a ver a una mujer con una profesión y que trabaje para mantenerse. Me es difícil además creer que usted tenga la cultura suficiente para entablar una conversación interesante para conmigo.

Estas palabras fueron dichas con un tono de voz aterciopelado, calmado, cuyas palabras eran exquisitamente pronunciadas y acompañadas de una mirada altiva y despreciativa hacia la señorita Bonegood. A Ana esta actitud no le sorprendió, es más, la esperaba, porque los pacientes de aquel hospital eran provenientes de las familias más influyentes de Europa, cuyo papel femenino era justamente el expresado por la señora Heller. Un mero adorno eran las mujeres de alta sociedad, personas en su mayoría inútiles, cuyo rol era ser la acompañante de sus prestigiosos esposos. La música, de preferencia el piano, el canto, el bordado y la lectura filosófica eran algunas inquietudes que desarrollaban esas mujeres, pero el tener una ocupación remunerada no les estaba permitido porque era cosa de mujeres pobres y desamparadas.

─Señora Heller, una mujer preparada como usted, no debería subestimar a una mujer que aprendió un oficio, que es independiente y que la necesidad la llevó a desarrollar su capacidad intelectual para cuidar y salvar vidas humanas. ¿No lo cree usted? ─la voz desafiante y la mirada fija a la anciana, hizo que ella sonriera y le pusiera atención a Ana.

Heller miró con ternura a la joven y le tomó la mano, se acercó a ella y le susurró que no quería estar allí pero que su hijo mayor había decidido que ella estaba volviéndose loca y que debía ser tratada por el mejor equipo médico psiquiátrico de Europa, que por eso estaba allí, pero que pronto, al recobrar su mente, su hijo la llevaría a casa para que ella estuviera sus últimos días juntos a sus queridos nietos, a los cuales adoraba. Entre ellos tenía una nieta muy parecida a Ana que tenía un descabellado sueño: ser doctora. Al contarle esto, la anciana parecía una adolescente cuando le confiesa a su mejor amiga que le gusta un chico, con ojos pícaros y actitud de secreto. Fue un momento agradable para ambas, y de complicidad, aunque seguía teñido, para Ana, de desconfianza y misterio. La señora Clod al confidenciarle esto, le pidió máxima discreción y le comentó que ella no le hablaba a nadie allí porque estaban todos desquiciados y las enfermeras y auxiliares eran unos pillos ladrones, que querían apropiarse de su medallón, por eso ella lo llevaba siempre en la solapa, no confiaba en nadie y no podía separarse de él, porque había sido un regalo de bodas de parte de su suegro, como una reliquia familiar que quería obsequiar a su adorada nieta el día de su boda. La anciana seguía hablando en voz baja y de manera cómplice; sin soltar su mano le dijo:

─Pequeña, no confíes en nadie aquí, nada es lo que parece. Tú eres nueva y me recuerdas a mi nieta, que es seria y distante como tú, pero de buen corazón e inocente criatura. Nada es lo que parece… nada. Ellos creen que yo estoy loca y que no escucho ni que me doy cuenta de lo que hacen, pero yo no estoy loca, sólo que a veces me pierdo en mis pensamientos o no reconozco algunos rostros, mi mente se nubla y confunde mis recuerdos, pero sólo a veces, la mayoría del tiempo sé lo que sucede, pero no puedo decir nada, porque no tengo a quien confiarle lo que sé. Mis familiares hace meses que no vienen y no me atrevo a escribirles cartas comentándoles lo que pasa, porque las leen y luego las envían, entonces sólo les digo que estoy mejorando y que vengan pronto por mí, que los extraño, pero no sé si las reciben, porque no me escriben una contestación. Pequeña, ahora sólo confiaré en ti y tú en mí. Si me pierdo, cuídame, para que cuando mi mente vuelva podamos seguir conversando. ¿Te parece bien?

Ana asintió con la cabeza y le dirigió una dulce mirada a la anciana, luego cada una se quedó en silencio mirando el acogedor y calmo jardín, imbuidas en sus propios pensamientos y reflexiones. Un largo rato estuvo una sentada al lado de la otra en silencio. El paseo de la señora Heller había concluido y se dirigieron al salón para el almuerzo. Clod se despidió de Ana con un suave apretón de manos y acompañó a un auxiliar hacia el comedor de pacientes. En eso la hermosa enfermera italiana coge a Ana cariñosamente del brazo y la invita hacia el comedor de las enfermeras para almorzar, entre risas y palabras en italiano que pronunciaba, sin éxito, porque Ana no lograba descifrar lo que decía, ambas se dirigieron rápidamente a almorzar. La alegría y pasión que expelía Orietta eran contagiosas, Ana era seria y seca, pero junto a esta mujer sonreía, expresión facial escasa en ella, y mucho más de manera espontánea, pero Orietta era contagiosa en buena energía y optimismo. Una vez en el comedor, Ana empezó a observar a sus compañeros, y cada uno se comenzó a presentar. Verlos a todos juntos era un espectáculo, eran tan disimiles entre sí, como las flores del campo, pensaba Ana. Comenzó la presentación la más animosa de todos, Orietta. Ella comentó que era huérfana desde muy pequeña, que era de origen italiano, que había sido criada por sus abuelos paternos y estudió enfermería por necesidad, pero que, al pasar de los años, era algo que amaba mucho, aunque nunca imaginó cuidar a enfermos mentales, pero al final compensaba el salario y que no era tan terrible como las personas pensaban. Después se presentó escuetamente Frances Rutter, quien ya la conocía, agregando que el trabajo allí era meticuloso y que cualquier descuido puede ser fatal para un paciente y un problema grave para la Institución. De allí fue el turno de Adolf Singer, un menudo hombre de unos cuarenta años, de cabello oscuro, que usaba un amplio bigote que escondía unos carnosos labios rosas y un coqueto lunar en la nariz al lado derecho, de mirada luminosa y expresiva, que se acompañaba de unas largas y copiosas pestañas, que movían el aire a su alrededor con cada pestañazo. Él era enfermero en el Hospital desde su fundación y conocía a cada paciente y sus historias. Él le recordaba a Tomy, era un hombre peculiar, de afeminado y dulce aspecto. Le agradó enseguida. Y por último era el momento de presentación de un hombre cincuentón, muy delgado, alto, rubio, pálido con unos pequeños ojos verdes casi sin pestañas ni cejas, con un cutis ajado producto del cigarro y con un aspecto amarillento. Su imagen era un poco aterradora, no invitaba al acercamiento. Su nombre era Greg Korn, enfermero que trabajaba allí desde la fundación del hospital. Cuando Ana se estaba presentando mientras almorzaban, Agneta se acercó a la mesa y le pidió que la acompañara al despacho del doctor Vodanovic. El hombre que la estaba esperando, era mucho más que la descripción física que había escuchado la joven. “¡Era impresionante!”, pensó Ana, que era una mujer fría y tranquila, sin experiencia en hombres. Ella jamás había tenido novio ni había sentido atracción por un chico, se relacionaba más con mujeres y hombres mayores en quienes veía una figura paterna, pero al presenciar semejante exponente de macho alfa, no pudo evitar sonrojarse a nivel máximo y comenzar a transpirar, fue extrema su reacción. “¡Qué rabia conmigo!, parecer una adolescente frente a mi jefatura, ¡eso disminuirá su confianza en mi profesionalismo!”, pensaba Ana. No podía ni sostener la mirada, sentía su cabeza abombada, iba a explotar y no dejaba de sonrojarse cada vez más y transpirar como si hubiera corrido por su vida. No podía poner ni atención a las palabras de buena crianza y bienvenida del doctor, y sentía como cuchillos las miradas inquisidoras de Agneta clavándose en su cabeza y yugular. “Trágame, tierra”, pensaba la joven. “Pero ¿qué me pasa con este hombre?, parece sacado de un cuento, es perfecto, hermoso, potente y da miedo a la vez”. Sus piernas comenzaron a temblar y su cuerpo comenzó a despertar como nunca había sentido. “Dios mío ¿qué me está pasando?”, pensaba.

Pudo apenas pronunciar unas palabras al doctor Vodanovic de agradecimiento y compromiso con el trabajo y se retiró a su aposento, en veinte minutos tenía que presentarse en el despacho del director. Necesitaba pronto arrancar de la presencia de Milan, y beber un litro de agua, ducharse o algo, se sentía completamente descompuesta y excitada, además de aterrada de su comportamiento y temerosa de lo que Agneta le diría después. Tomó varios vasos de agua y partió a la oficina del director, iba nerviosa y por sobre todo apenada del bochornoso primer encuentro con el doctor Vodanovic. Tocó la imponente puerta y al escuchar la invitación a pasar, entró. La esperaba el director, junto a Agneta y a Milan. “Por Dios, de nuevo no”, pensó Ana e hizo un esfuerzo sobrehumano por controlar esas nuevas emociones que la traicionaban y que su cerebro no podía suprimir. El doctor Lambert se levantó de su cómodo sillón y le extendió la mano para saludarla, luego se dirigió hacia la puerta invitándola a recorrer el hospital, la visita sería guiada por él en compañía de Milan y Agneta. Milan la observaba con atención, al recorrer el hospital, con la típica mirada del cazador satisfecho, que sabe que tiene la batalla ganada, que su presa está en la red y que juguetea con ella sólo por diversión, porque aún no sabe si se la comerá o no, porque hambre no tiene.

Soberbia era lo que expelía Milan Vodanovic, sabía del magnetismo diabólico que poseía y que, con él, envolvía a las mujeres. Lo disfrutaba y saboreaba, podía olerse en el aire su masculinidad, sus feromonas, su sexualidad era explosiva e invasiva para Ana, la cual trataba de escuchar con toda la atención que podía al director, mientras evidenciaba su nerviosismo en sus mejillas rojas como las granadas.

El hospital era más grande de lo que imaginaba, tenía varias Alas de Tratamiento: Senil, Adolescente, Adulta y De Seguridad. El Edificio estaba construido en forma de cruz, con tres plantas, en donde cada extremo era un Ala de Tratamiento y el sector central contaba con las áreas comunes. En la primera planta estaba recepción, los despachos, aposentos del personal, comedores, cocina, bodegas, entre otros. En la segunda planta estaba la biblioteca, salas comunes, comedores de pacientes y las habitaciones de los internos. En la tercera planta había más habitaciones de los pacientes, pero sólo tres alas, porque la Senil sólo se encontraba en el segundo piso. Esa ala disponible era de uso exclusivo del director, era su hogar dentro del hospital, la custodiaba una imponente puerta similar a la de su despacho. Era realmente un hospital moderno, decorado con buen gusto, pero no dejaba de ser un hospital con pasillos fríos y tenebrosos hasta de día. Ana experimentó la sensación de ser observada, no por las evidentes miradas de Milan y Agneta, sino por los pacientes que la miraban desde sus pequeñas ventanas en las puertas en donde se encontraban recluidos. Sus ojos eran aterradores, Ana trató de evitar sus invasivas ojeadas, sólo poniendo atención a lo dicho por Lambert.

─Al pasar de los días, se habituará al lugar y no lo encontrará tan grande y confundido, será su nuevo hogar también, así que recorra los lugares sin restricción a la hora que guste ─le dijo Lambert y acompañó sus dichos con una generosa sonrisa. Cuando él sonreía, sus ojos parecían desaparecer y sólo los evidenciaban unas líneas horizontales con pequeños destellos de luz.

El trabajo de la joven estaría principalmente en el Ala Senil y Adolescente, pero también podría cumplir turnos o funciones extraordinarios en las demás alas, de ser necesario. El recorrido tuvo duración de aproximadamente un par de horas; una vez terminado, Ana debía dirigirse al Ala Senil para ponerse a disposición de Frances, pero le pidió de favor personal al director el poder realizar una llamada al Hospital Russell para avisar que se encontraba bien y trabajando. Este aceptó gustoso y le pidió a Agneta que gestionara dicha petición de inmediato.

─Querida, por fin llamaste, estaba preocupado, ¿cómo estás?, ¿cómo te tratan?, ¿cómo dormiste?, ¿estás bien? ─preguntaba ansioso el tío Sam, a lo que Ana le respondió de manera tranquila, que estaba muy bien, que eran todos muy amables y que le escribiría lo antes posible para contarles más detalles; que le habían mencionado que todos los viernes el cartero retiraba y traía las misivas, así que cada viernes ella le escribiría y esperaría recibir una carta de su tío. Ese fue el trato entre ambos. Una vez tranquila con la breve conversación con Sam, Ana continuó sus labores.

Los días que siguieron, Ana fue descubriendo aquel misterioso lugar, recorrió sus jardines, interactuó escuetamente con sus pacientes, salvo las largas conversaciones con la señora Heller, y los atendió. Fue protagonista de ataques furiosos de algunos para con ella, pero afortunadamente reaccionó adecuadamente y pudo controlar esas situaciones. Ella era muy joven y con escasa experiencia, pero su sentido común la guiaba de la manera adecuada y sabía resolver situaciones complejas que necesitaban de una pronta resolución. Esto era observado por sus jefaturas y colaboradores, lo cual de manera paulatina pero constante fue la base de su prestigio y la razón del porqué comenzó a ganarse el respeto y admiración de ellos.

Al cabo de unos días, y en constante comunicación con Viena, la joven se sintió más segura del nuevo cargo y del lugar, fue interiorizando más confianza con los alrededores, incluso en sus días libres hizo largas caminatas tempraneras por el bosque aledaño, descubriendo una hermosa, pequeña y cristalina lagunilla, en la que solía descansar los pies en sus frías pero reconfortantes aguas. Después de una larga caminata era un premio sumergir los pies cansados en esa exquisita agua, meditaba Ana. Llevaba consigo una suave y delgada manta para extender sobre el pasto cuando quisiera hacerlo y sentarse o recostarse a mirar la forma de las nubes de primavera. Además, llevaba consigo un sombrero y una pequeña libreta donde anotaba a modo de bitácora lo que le sucedía en el hospital. Tales escritos distaban de la forma y fondo de un diario de vida, porque carecían de sentimientos o pensamientos, más bien eran un registro fiel de información recibida u observada por ella en aquel lugar.

En esos momentos de soledad, Ana, como nunca antes, tuvo tiempo a solas consigo misma y ese espacio la llevó a descubrir sus propios pensamientos y en base a ellos, los cuestionamientos de su propia existencia y la reflexión acerca de la vida de los demás, cosa que antes jamás le interesó, pero ahora que estaba más conectada con ella de algún modo, también se conectó con todos ellos. Sólo con los pacientes seguía desconectada, excluyendo, por cierto, a la señora Heller.

El resultado de esos paseos lejos de favorecerla, le comenzaron a abrir los ojos y pensó que a veces es más feliz el ignorante que el sabio. 

12 октября 2018 г. 18:18:30 1 Отчет Добавить 3
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H Hamlett
Excelente, felicitaciones! Te invito a leer mis historias
31 марта 2019 г. 7:02:59
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