Hojas Amarillas Подписаться

yasnaiapoliana Yasnaia Poliana

Elena Plá tiene 72 años. Ha pasado los últimos cuidando a su esposo con Alzheimer, hasta que la dejó viuda. Su vida es la de una sencilla jubilada. Rafael José del Corazón de Jesús Sánchez Carrillo tiene 70 años. Es uno de los escritores más influyentes del país, tiene dinero, tiene premios, y es un soltero empedernido. ¿Qué pasaría si dos personas tan distintas se cruzaran? ¿Por qué tendrían razones para odiarse? Y además, ¿quién dijo que el amor es sólo para cuando tienes 20 años?



Любовные романы современный Всех возростов.

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Capitulo 1: Renacer

Elena suspiró cuando, asomada a la ventana, vio a sus nietos irse caminando por el sendero de piedritas que conducía a la acera.

La visita fue corta, como siempre. Era el precio a pagar cuando se tenía tres nietos adolescentes. Su nuera, que bastante buena era comparada con otras nueras, los obligaba a visitar a su abuela cada sábado. Sólo pasarían a la cocina, prenderían el televisor, mandarían mensajes con sus teléfonos y después de una hora de silencio o gruñidos, se irían con algunos billetes que Elena les daba. No tenía rencores por eso, era imposible tenerlo con unos muchachitos que años atrás rogaban pasar tiempo con ella y se divertían todo el tiempo. Lo que ocurrió fue que crecieron y estaban en una etapa complicada y más con padres separados y novios y novias por todas partes.

Sabía que era una abuela aburrida, nada de lo que les comentara les interesaba, y tampoco sabía muy bien qué preguntarles. No entendía de teléfonos ni videojuegos o computadoras, ni siquiera entendía las cosas que ahora se enseñaban en la escuela. En unos pocos años estos chicos serían adultos y tendrían un poco más de temas de conversación con ella o por lo menos simularían tenerlos, pero también tendrían menos tiempo para verla. No importaba, los quería y agradecía la corta e infructífera visita semanal que le daban ahora y que le darían en los años siguientes.

Miró el reloj de pared, apenas eran las cuatro de la tarde. Afuera el sol del invierno calentaba un poco y el cielo se mostraba sin nubes. Era una pena pasar un día así encerrada, pero no tenía absolutamente nada para hacer. La cama la llamaba tentadoramente, así que cerró las cortinas y se acostó.

Últimamente, dormir era la único en lo que estaba empleando su tiempo. Se levantaba a las 8, barría la vereda, desayunaba, hacía compras, podaba o regaba alguna planta del jardín, almorzaba, dormía, se levantaba, merendaba, miraba televisión, cenaba, dormía. Todos los días exactamente iguales desde hacía tres años, cuando Alberto partió. Le gustaba decir que partió y no decir que murió. Partir le parecía que hacía referencia a una de las tantas veces que se fue.

Pero lo cierto era que murió, y gracias a Dios que murió. No porque no lo quisiera, eso no, o porque fue infeliz con él. Juntos criaron a una parejita espléndida de niño y niña, Samuel y Cristina. Pero cuando los hijos dejaron el nido y ellos pudieron disponer de tiempo para subirse a un crucero lleno de jubilados o a algún autobús rumbo a la playa, Alberto comenzó a olvidar cosas. A veces despertaba y le preguntaba dónde estaba, o salía de compras y algún vecino lo traía de regreso luego de encontrarlo deambulando. El diagnóstico fue fácil para el doctor: Alzheimer.

Fueron cuatro años de constante cuidado, de perseguirlo para que no se escapara, de aguantar sus cambios de humor, y al último, de tratar de que la reconociera. Podrían haber sido cuatro años más así, o diez, o quince, si una neumonía no se hubiera cruzado en su camino cortando su vida llena de nebulosa en sólo dos meses. Ella lo aceptó con resignación. Aquello no era vida para Alberto. El hombre inquieto y trabajador del que se enamoró siendo una jovencita, era sólo una sombra que preguntaba constantemente y con angustia dónde estaba, o quién era ella, o lloraba pidiendo por su madre como una criatura.

La viudez llegó, inevitablemente, y Elena se encontró con que de pronto no tenía nadie a quien cuidar más que a sí misma. Con su marido su tiempo estaba completo, perdió las reuniones con amigas y las clases de yoga, o las charlas interminables en la vereda junto a sus vecinas. Ahora que tenía tiempo, veía el resultado: no tenía a nadie, ni siquiera conocía el barrio al que Cristina decidió mudarlos cuando Alberto enfermó para que vivieran en una casa más pequeña y sin escaleras así su padre no rodaba constantemente cuesta abajo.

Así que estaba sola, en un lugar casi desconocido, y con demasiado tiempo libre. Puso la cabeza sobre la almohada, y volvió a dormir.

***

Se sobresaltó con el sonido insistente del timbre. También golpeaban el vidrio de su ventana y la llamaban por su nombre. Asustada, se levantó, mirando al pasar que sólo había dormido media hora. Cuando abrió la cortina, suspiró frustrada. Allí estaba Olga, una antigua vecina de su anterior barrio y ahora reciente viuda, desesperada por encontrar un nuevo marido. Nunca fueron demasiado cercanas, así que no entendía porqué se pegó a ella como una plaga. La mujer la saludó cuando vio que Elena estaba asomada.

Con desgano caminó hacia la puerta, dispuesta a hacer oídos sordos a todo lo que aquella mujer contara.

–¿Cómo? ¿Durmiendo con este día tan divino?

–Hola Olga.

–Ah, sí, hola. Vamos, cámbiate, nos vamos.

–No pienso acompañarte a ninguno de esos lugares a los que vas. –Elena estaba imaginándose siendo arrastrada a algún club de solos y solas. Se lo imaginaba porque Olga ya la había torturado una vez con eso.

–No voy a ningún lugar, sólo iba a caminar. Hay que tomar aire, mover los huesos, ¡tomar energía! –Olga trabó sus brazos como si fuera un corpulento hombre de gimnasio.

–¿Y para caminar sales vestida así?

–Sabes que siempre que asomo la nariz a la calle, lo hago con lo mejor. –Olga pasó una mano por su jopo rubio recién teñido. Sus uñas estaban impecablemente pintadas, como sus ojos y sus labios. Sin embargo, tenía puestas zapatillas deportivas, y eso hizo que Elena confiara en que sólo sería una caminata. A menos que Olga guardara un par de zapatos y vestido de lentejuelas en su pequeña mochila blanca.

–Está bien, iré a cambiarme de pantalón. –dijo resignada.

Cuando reapareció en la sala, Olga estaba mirado un video en su celular.

–¡Al fin! Tardaste años en cambiarte. Tienes 72 años, no 140. Vamos.

–¿Qué mirabas en el celular? –dijo Elena echándole llave a la puerta.

–Las chicas del grupo enviaron un video. –Olga respondió riéndose, intentado parecer avergonzada.

–No quiero imaginarme de qué se tratará.

–Te lo muestro.

–No, gracias. –la interrumpió. De Joven, Elena había sido bastante seria y tranquila, algo que la molestaba bastante, o mejor dicho, que habían usado para molestarla tanto sus amigas como compañeras de escuela. Ella confiaba en que la vejez le sentaría bien en ese aspecto, sería una abuela respetable y decente, pero desde hacía un tiempo encontraba a las mujeres de su edad como esas chicas de su juventud, o como las chicas actuales, y ella seguía siendo para los ojos de todos, una vieja amargada.

–¿Pasó algo? –preguntó Olga, viéndola pensativa.

–Nada. ¿Adónde vamos?

–Vayamos hacia la avenida, ¿viste cómo decoraron todos los canteros? Quedaron muy bonitos, ¿no?

–No los vi.

–Elena están a cuatro calles de tu casa, ¿no pasaste por ahí?

–Sólo salgo a comprar al supermercado chino de la vuelta, ¿para qué iría hasta la avenida?

–Tienes que salir más.

–Me lo dices desde hace mucho tiempo, pero te dije que no tengo ganas.

–Pero cuando fuimos al club de solos y solas te divertiste.

Tuvo que ahogar una risa. ¿Dónde vio diversión esa vez? Se la pasó sentada, aturdida por la música, hasta que tomó su bolso y se fue, dejando a Olga bailando desenfrenadamente arriba de una mesa. Luego se enteró que su amiga se había caído, fisurándose una cadera.

–Está bien. –continuó Olga–Creo que no te divertiste esa vez. ¡En cambio yo sí! Me permitió ir al hospital y que me atendiera ese traumatólogo tan hermoso...

–¿El que fue compañero de colegio de tu hijo?

–¡No es necesario que me lo recuerdes! Pero en fin, creo que lo del club de solos y solas no es lo tuyo. Aunque tengo otra propuesta.

Elena comenzó a arrepentirse de haber salido. Bueno, se arrepintió desde que se levantó de la cama y vio quién la llamaba. Pero ahora directamente quería dejar plantada a Olga, o matarla, lo que ocurriera primero. Si sabía que la caminata se convertiría en una perorata sin fin, ¿por qué aceptó salir? Ahora tenía que aguantar y ni siquiera tenía un perro, o un gato, o un loro como para ponerlo de excusa y decir que se olvidó de darle de comer, y volver a casa a salvo.

Olga seguía hablando y hablando, sólo una palabra de todo aquello, le llamó la atención a Elena.

–Espera, ¿qué dijiste?

–¿Cuándo? Dije muchas cosas.

–Dijiste poesía.

–¡Ah, sí! Oh, espera...–Olga sacó su teléfono, revisó algo, mientras Elena miraba a todos lados, impaciente. Cuando quería que le hablara, Olga dejaba de hacerlo. Al fin Olga guardó el aparato en su bolsillo y reanudó la marcha–Te decía que hay un taller de poesía. Yo no leo ni escribo, pero cuando lo vi me acordé de ti. Siempre escribiste poesías, ¿te acuerdas la que escribiste cuando el barrio cumplió su aniversario de diamante? Qué fiesta increíble fue esa, además todavía estaba vivo el doctor Díaz, por favor qué hombre era ese, y...

–¿Dónde es eso del taller de poesía?

–En la parroquia. Obvio, yo no voy nunca, pero el otro día pasé por ahí y vi un cartel. Podrías probar.

–Mmm...no sé, me queda lejos.

–¡Ay mujer, yo te llevo! Sino a ese auto no lo uso jamás, ¿para qué me lo dejó de herencia mi marido? Además es en el mismo horario de la clase de zumba.

–¿Dan esa cosa en la parroquia?

–Hasta el cura va. El martes te paso a buscar.

Y es así como, por primera vez en mucho tiempo, tenía algo específico que hacer un día a la semana. Se preparó con esmero, muy temprano. Lustró sus zapatos, se los puso, se quejó del dolor que le producían luego de estar años guardados, planchó su blusa preferida, buscó un pañuelo para combinar.

No pudo creer que se alegrara de la llegada de su antigua vecina cuando vio su auto estacionarse frente a la casa y a horario. Subió al auto y saludó, Olga llevaba unas calzas escandalosamente fosforescentes, con un top haciendo juego y zapatillas. A su lado, Elena parecía su bisabuela.

–¿Así vas a la parroquia?

–No voy a misa. –dijo Olga acelerando el auto. Elena notó que la mujer no veía bien, pues conducía con la cara casi pegada al parabrisas. Suspiró, rogando que nadie se cruzara en su camino. Cuando llegaron a la iglesia, Olga la acompañó al pequeño saloncito de atrás.

–¡Hola a todas! –saludó a los gritos. Elena sintió vergüenza ajena, pero luego sobrevino un alivio cuando notó que allí todas eran mujeres. Este no era un plan de Olga para engancharla con algún hombre.

–Buenas tardes. –la saludó una chica joven, que cargaba muchos cuadernos–Soy Estefanía. Él es mi novio Alan–señaló a un muchacho sentado en una mesa, que charlaba con una mujer muy mayor que reía a carcajadas.

–Buenas tardes. –sonrió Elena. Se giró cuando sintió la mano de Olga apretando uno de sus hombros a modo de despedida.

–Somos los encargados del taller. –dijo Estefanía–Pase, señora.

La siguió, el grupo de mujeres estaba dividido en dos mesas redondas, en una estaba sentado Alan, y en la otra las mujeres dedicaban su atención a un cochecito en el que parecía haber un bebé pequeño. Todas estaban muy bien vestidas, aunque se notaba la diferencia de clase en sus ropas. Elena miró su saco marrón, su falda con tablas y su blusa de años. Se sintió intimidada.

–¿Cuál es su nombre? –preguntó Estefanía.

–Elena Plá.

–¡Oh, qué apellido tan cortito! –rió–Venga, siéntese donde quiera. Disculpe la molestia, pero siempre traemos con nosotros a nuestro bebé, no tenemos con quién dejarlo.

Sin dudarlo, Elena eligió en la mesa donde estaba el pequeño.

–Les presento a Elena. –Estefanía alzó la voz. Las mujeres la saludaron–¿Alguna vez ha escrito poesía, Elena?

–Sí, cuando era joven. Siempre me gustó, pero nunca fui a ningún taller o curso. Lo mío fue autodidacta. Tampoco eran poesías buenas.

–Aquí todo es bueno. Cuando pueda tráiganos alguna de sus poesías de juventud.

Asintió, de repente los ojos se le llenaron de lágrimas. Tenía decenas, cientos de poesías en una carpetita roja llena de hojas amarillentas. Un día, Alberto, en uno de sus ataques en los que buscaba algo que decía tener, encontró la carpeta de Elena, y al ver que allí no estaban los impuestos que insistía en pagar, la arrojó a la chimenea de la sala. Elena no dijo nada, su marido actuaba movido por su enfermedad desgastante, pero lloró mucho que sus letras fueran convertidas en cenizas.

–En las clases anteriores estuvimos trabajando sobre los juguetes. –Alan se puso de pie, con un cuaderno en su mano–Así que todas escribieron un poema relacionado a eso. ¿Podría comenzar alguien a leer? Usted, Elena, tendrá tarea para su casa. El próximo martes queremos leer lo suyo.

–Encantada. –Elena sonrió ampliamente, agradeciendo internamente a Alan por cortar su tren de pensamiento.

–También aquí escribimos algo de prosa. –dijo Estefanía–Casi siempre cuentos, aunque Rosa está con su primera novela.

–Voy más de la mitad. –una mujer de la mesa de al lado habló–Creo que mataré al personaje principal...

–¡No lo cuentes! –gritaron todas, y comenzaron a reír.

–También...–comenzó Elena, pero se detuvo porque todas hablaban a la vez. Cuando notó un poco más de tranquilidad, prosiguió–También me gusta escribir prosa.

–¿De verdad? Entonces también tráiganos algo la semana que viene. –Estefanía continuó hablando de la clase del día, pero Elena no pudo borrar más su sonrisa. Al fin tenía algo para hacer en casa, algo que no era dormir.

¡Hola a todos! Presento aquí mi nueva novela.  La idea surgió a partir de notar que en wattpad, en otras plataformas, o incluso en librerías, no existen novelas orientadas a la tercera edad. Sólo hay libros de salud o autoayuda para ellos. Las novelas románticas, también las de la televisión, siempre tienen una pareja de 20, o 30 años. Si hay una pareja de la tercera edad, sólo están ahí para ser ridiculizados. ¿Acaso creen que la gente mayor no se enamora? Trabajo con jubilados, y puedo asegurarles que sí. 

Así que éstas serían, más o menos, mis razones para embarcarme en esta nueva aventura... 

22 сентября 2018 г. 21:29:42 2 Отчет Добавить 2
Прочтите следующую главу Capitulo 2: El Torneo

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Litzy Martinez Litzy Martinez
Vaya que me gustó y tienes razón, nunca he leído una historia como esta. Por lo mismo me interesa un puño 😂 ya espero el siguiente capítulo 👏👏👏👏
23 сентября 2018 г. 11:24:00

  • Yasnaia Poliana Yasnaia Poliana
    Muchas gracias por leer y tus lindas palabras!!! 23 сентября 2018 г. 11:25:15
~

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