Cristales del Alma: La travesía del acechador. Подписаться

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Leonardo Vega


El acechador ㅡhombres entrenados para elevar sus habilidades y sentidos al máximo ㅡ, había encontrado un cofre con algo muy valioso dentro, pero no puede reclamarlo hasta encontrar una llave que lo pueda abrir. Así que debe de inmiscuirse en una misión de búsqueda y rescate para obtener lo que desea, acompañando a un joven hechicero, dos elfos hermanos y una vikinga de mal carácter; a través de las peligrosas tierras plagadas de orcos.


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Capítulo 1: Todos queremos algo.


Los primeros carteles de trabajo en el correo señalaban que el reino Rowland necesitaba mineros experimentados. La paga era muy buena; 350 monedas de oro a la semana y con hospedaje. Sin duda el trabajo más peleado entre las tierras del hombre, puesto que las vacantes eran pocas y solo se había liberado tres plazas. Más abajo en el tablero se encontraban los panfletos de búsqueda de criminales y sus respectivas recompensas. Uno de ellos dictaba:

“Alias: Carnicero.
Nombre: Tomás Sohlberg.
Peligroso.
Recompensa: 2000 monedas de oro”

Los carteles de este estilo son las principales fuentes de ingreso para los cazarrecompensas, es por ellos que no suelen durar mucho en los murales, puesto que ellos mismos los quitan para ser los únicos que cumplan con la labor.

Anuncios similares son encontrados por todo un mural, donde se postran los trabajos y sus requerimientos. Desde los más simples como el trabajo de granjero, hasta los más peligrosos, tales son los de cazadores de bestias.

Si tienes las suficientes habilidades o tu hambre ya no es soportable; estos carteles son una forma rápida para conseguir dinero.

Aquí es donde entra en la historia Axel, un hombre de aproximadamente treinta años de edad, de una altura promedio para los estándares de los hombres del norte. Su atuendo consistía una cota de malla que cubría su torso, que a su vez, era escondida por una camisa oscuro y una gabardina de un tono similar al vino.

Detrás de él, colgando en su espalda, llevaba una espada claymore con algunos detalles marcados en su metal, y decorada con un mango verde.

Axel, se encontraba caminando en el mercado Crew, el lugar favorito para los mercaderes y coleccionistas de las cuatro tierras principales y más allá. Su caminata lo llevaba a atravesar tiendas de souvenirs o aparadores de articulos magicos o malditos.

A su derecha podía leer diversos anuncios:

“Articulos diversos para magia hogareña”. Un lugar perfecto para los turistas que buscan artilugios mágicos para hacer más fácil su vida en el hogar.

“Hierro élfico a muy buen precio”. Un local muy concurrido por los guerreros o mercenarios que acaban de comenzar en el trabajo. No por el precio, sino que más bien por el poco conocimiento sobre los metales utilizados en sus armas.

“Comida exótica de más allá del límite costero”. Probablemente el lugar favorito de todo el mercado, siendo visitado por cientos de personas de todo el reino. En palabras de Axel: “Lo mejor que he probado en mi vida”. Y no es un título que se ganó a la ligera, pues a pesar de las tempranas horas del día, ya había una fila enorme de gente esperando su turno para ordenar.

Pero ninguno de estos lugares es a dónde se dirige nuestro principal protagonista que llevaba consigo una bolsa de terciopelo color azul. El tintineo de la bolsa, nos indica que lleva monedas dentro.

“Zoltar” es la frase grabada en un gran letrero de madera, bajo el cual se encontraba una gran carpa con una única entrada.

Aquel que atendía el lugar será un viejo hombre de estómago ancho con voz grave y rasposa. Tenía dos dientes de oro en la parte delantera de su boca y un enorme sombrero color miel con un hoyo en la parte de arriba por el cual se asomaban sus cabellos grisáceos.

—¡Bienvenidos a Zoltar! —gritaba a los cuatro vientos a cualquiera que entrara a su tienda.

El establecimiento se encontraba cubierto por la carpa de color marfil y dentro se podrían observar diversos artefactos para los viajeros y algunas piezas de colección, entre las cuales se apreciaban los colmillos de un hombre lobo y la cola de un zorro cuya descripción dictaba que provenía de una Huldra del norte. Algunos anaqueles contenían artilugios de oro, plata y cobre, así como pequeños cofres cerrados con llaves.

El lugar era un mar de chucherías para los fanáticos de las aventuras.

—¿En qué le puedo servir, buen hombre?

Axel paseaba entre los estantes, como si buscara algo en específico, pues tomaba algo para verlo con mayor detalle, pero rápidamente lo regresaba a su lugar original y en la misma posición en la que se encontraba, como si nada hubiera pasado.

—Estoy buscando un objeto muy viejo… —Hizo una pausa.

Voz ronca levantó una ceja en señal de curiosidad. Axel por su parte continuaba con su pequeña caminata de observar y tocar las cosas del lugar. Algo que hacía por instinto solamente, no por interés alguno en ellas.

—El objeto que estoy buscando es una llave cinco puntas.

El viejo se quedó en silencio y por varios segundos pareciera que mostrará una mueca en su rostro de extrañes. Pero el hombre soltó una pequeña carcajada antes de marcharse a la parte trasera de tu tienda y regresar al poco rato con una caja completamente llena de llaves de cinco puntas. Axel se aproximó al vendedor y comenzó a hurgar entre las piezas que trajo.

El viejo vendedor se rascaba la cabeza mientras Axel hurgaba entre las llaves de dentro de la caja que eran de todos los tamaños y colores; desde las anchas a delgadas, oxidadas y cromadas, simples de puntas finas y algunas más complejas con dientes diversos en cada división. Pero ninguna pareciera cubrir las necesidades del comprador que no dejaba de fisgonear sus artículos.

—¿Está buscando algo más específico? —Dijo el viejo, quien ya se estaba impacientando con Axel.

—Sí… sí. —Murmullo Axel. —Es una especie de llave con símbolos similares a esta caja.

Axel abrió su gabardina y de ella extrajo un pequeño cofre con forma de un pentágono tridimensional. El artículo llevaba los símbolos del sol y la luna adornando el grosor de enmarcado con toques dorados. El resto del pequeño baúl se encontraba cubierto por terciopelo de color azul oscuro.

El tendero levantó la vista y clavó sus ojos en los de Axel, que pareciera no enterarse de tal cosa.

—Estos grabados solo pueden provenir de un lugar. —Comenzó a hablar el viejo. —Su origen es de nada más y nada menos que el palacio real de la reina Lena.

—Eso ya lo sé. —Pronunció Axel. —Lo que me interesa saber es cómo abrirla.

—¿Dónde la encontró? Estos objetos solo marchan con la caballería real o algún duque muy importante que visita a la reina.

—No lo robé, sí es lo que está pensando.

—Eso no lo sé, pero tampoco me interesa demasiado. —El viejo hizo una pausa y observó el cofre con más detenimiento. —Le daré treinta monedas de oro por él.

Axel se ofendió por tal ofrecimiento, pues no tenía interés en venderla o al menos no por ahora que aún no sabía lo que contenía el cofre. Y la curiosidad de poder tener algo muy valioso entre manos le impedía apartarse de ella.

—Yo no la estoy vendiendo y mucho menos por tan poco dinero.

—¿Cuarenta le parece bien? —El viejo se agachó bajo el mostrador y sacó un pequeño costal con monedas dentro. —Usted podría tener algo importante ahí, pero… también podría tener simplemente un juego de cucharas sin valor alguno. ¿Por qué arriesgarse a terminar con las manos vacías, cuando puede simplemente venderlo ahora?

Axel miró a voz ronca, que tenía una enorme sonrisa de triunfador, pues creía haber convencido a su cliente.

—Puedes tomar tu dinero y…

—¿Tiene semillas de Glasir? —Interrumpió un hombre de la tercera edad del cual nadie se había percatado de su presencia. El viejo que medía no más de un metro setenta avanzó lentamente hasta el vendedor y colocar tres monedas de oro sobre la mesa. —Necesito semillas de Glasir.

—Claro, bueno hombre. Le ofrezco una disculpa. —Dijo el mercader, y partió hacia la parte trasera la tienda tarareando una pequeña sonata que Axel no pudo reconocer.

—Yo puedo ayudarte con tu problema, jovencito.

Axel observó al viejo que lo miraba con una dulce sonrisa que no reflejaba malicia alguna; algo que lo incomodó un poco. Los surcos de su piel formaban caminos aleatorios como ramas de árbol sobre la cara del hombre.

—Se cómo abrir tu pequeño caja. Cuando termines aquí, mírame afuera de la tienda.

—¿Está seguro…?

La conversación fue interrumpida por la voz ronca del vendedor que regresaba con un pequeño costal en su mano derecha. Continuaba tarareando la canción y nuevamente Axel no pudo adivinar qué canción era.

—Aquí tiene, señor.

El hombre viejo tomó la pequeña bolsa y dejando las tres monedas de oro en la mesa, se largó por la entrada. Axel, que pensaba seguirlo fue detenido por un ligero jalón que lo hizo detener su marcha y permanecer frente a frente del vendedor.

—¿Ya tomó una decisión?

—Si. —Exclamó Axel.

—¡Maravilloso, maravilloso! —Comenzó a festejar el hombre que rápidamente dio inicio a contar sus monedas de oro. —Con el tiempo se dará cuenta que hizo lo correcto al deshacerse de esa vieja caja. Después de todo ¿Qué puede hacer con una caja que no puede abrir?

El hombre no paraba de hablar y carcajear mientras contaba a paso rápido las monedas, solo para detenerse a la mitad y asegurarse de no estar dando más de las que él había propuesto al principio.

—No voy a venderle el cofre.

La tienda se quedó en un silencio sepulcral cuando la oración fue pronunciada. El único sonido que se podía apreciar era el de la multitud de personas caminando fuera de la tienda. El viejo vendedor por su parte solo levanto la mirada para poder ver a Axel, intentando comprender las palabras que habían salido de su boca. Esta sería la primera persona en rechazar su oferta en un muy largo tiempo.

—Disculpe. —Dijo Axel, volviendo a guardar la caja bajo su gabardina negra.

—¡Le daré cincuenta monedas por ella! —Exclamó, pero ya era demasiado tarde; Axel ya estaba saliendo de la tienda, dejando atrás a un hombre que gritaba a todo pulmón y a los cuatro vientos. —¡SE ARREPENTIRÁ!

Una vez saliendo de los límites de la propiedad conocida como “Zoltar”, Axel intentaba localizar al anciano entre toda la multitud que se había arremolinado en el mercado. El lugar estaba repleto de viajeros de los reinos, personas que provenían de pueblos lejanos a vender sus mercancías y coleccionistas en busca de artículos valiosos.

No pasó mucho tiempo para encontrar al viejo entre la muchedumbre; la cual crecía rápidamente. El viejo por su parte se encontraba sentado en una pequeña banca entre varios mercaderes y pareciera que había puesto la mirada en Axel desde que salió de la tienda, pues no lo dejaba de observar tranquilamente y con su característica sonrisa. El viejo tomó una pequeña bolsa de su bolsillo y de ella saco una esfera blanca del tamaño de un grano de elote que terminó colocando en su boca. Hizo una mueca de haber saboreado un limón y prosiguió a sacar otro.

Axel, se aproximó hasta él atravesando a la gente que caminaba en el lugar. El hombre le sonrió de nuevo y con unas señas le pidió que se sentara a su lado.

—Prefiero estar de pie. —Dijo Axel, a lo que el viejo no se opuso. —¿Qué es lo que quiere a cambio de abrir el cofre? —El hombre reemplazó su sonrisa por un par de carcajadas que terminarón en una tos rasposa.

—Ustedes los acechadores siempre son tan directos. —La tercera esfera blanca salió de su bolsa y entro en la boca del viejo.

—Gajes de mi oficio.

—¿No te interesa saber cómo supe que eras un acechador? —El viejo volvió a lanzar su sonrisa pero esta vez con un desvió a la falsedad.

—La verdad no, pues era obvio que si sabía que otros acechadores son directos, significaba que ya había tratado con otros de mi igual; por lo que ya conocía los símbolos que porta mi atuendo, ayudándolo a identificar más rápido mi profesión entre muchos otros. Algo raro debido a que su vestimenta es del reino de Knauer, un lugar estrictamente prohibido para los de mi clase. Otra cosa es que sus zapatos llevan restos de polvo color carmesí en las suelas, por lo que he de suponer que ha estado en tierras de orcos, pero por qué.

El hombre volvió a reír y aplaudió las palabras de Axel como si de un niño que expone su tarea en un salón de clases se tratara.

—¡Brillante! —Exclamó el anciano, quien ya iba por la sexta esfera de la bolsa. —Sus otros compañeros solo se limitaban a preguntarme por mis intereses con los de tu clase.

—Depende de las circunstancias de la plática, en particular ahora que usted pudo llamar mi atención porque dijo que conocía una forma de abrir la caja. Espero y no este mintiendo.

—Le puedo asegurar que no le estoy mintiendo, pero para ello, voy a necesitar su ayuda.

—¿Ayuda para qué?

—Ya lo sabrá pronto. —El viejo se puso de pie rápidamente y comenzó a caminar en dirección a la entrada del mercado. —Por cierto, mi nombre es Harald.

—Axel.

—Bien, señor Axel. Le tengo una proposición que espero y acepte con mucho interés.

—Eso dependerá. —Axel se encontraba a dos pasos detrás de Harald quien continuaba comiendo las extrañas esferas.

—Me agrada su actitud. Estoy seguro que sera de mucha ayuda.

—Eso dicen al principio. —Protesto Axel, mientras seguía al viejo entre la multitud.

Harald se dirigía hacia algunas cabañas ubicadas a varios metros de la zona del mercado, un lugar utilizado comúnmente para hospedar a los viajeros o cerrar contratos en total privacidad.

Los contratos que requerían lugares así eran comúnmente aquellos que tenían como trabajo el asesinar a alguien o secuestrar a alguna persona en particular.

El lugar se encontraba rodeado por árboles y maleza que impedían el poder ver hacia dentro de la cabaña y obstruyendo las ventanas, quedando como única forma de entrar y salir la puerta delante. Y era justamente en la entrada de la choza donde cuatro personas los esperaban y observaban con determinación. Dos de los cuales eran elfos; una elfina de cabellos dorados y piel blanca como la luna, y el otro aunque un poco más bajo, tenía los mechones de la cabellera de un tono grisáceo intenso y una tez blanca como el marfil.

El tercero era un hombre de entre veinticuatro o veinticinco años de edad que llevaba una túnica azul oscura. Era un mago, pero uno muy joven.

La cuarta integrante era una mujer un poco más alta del promedio, con una enorme melena de un tono cobrizo y tan largo que terminaba en el coxis. Su vestimenta era la que más resaltaba pues llevaba encima de su cuerpo placas metálicas con adornos plateados en el tronco de su cuerpo, rodilleras y coberturas en los codos. Una vikinga, fue lo primero que llegó a la cabeza del acechador.

Harald pareció no percatarse de las miradas de sus invitados y con una sonrisa en su rostro, saludo con un ademán pidiendo amablemente que todos entraran en la cabaña. Axel, quien se encontraba detrás de él fue el primero en entrar, seguido justamente por los elfos, el chico y la mujer de cabello cobrizo.

Al entrar, el acechador se percató que la choza era mucho más grande por dentro de lo que pareciera por fuera; su contorno era un círculo achatado con una sola ventana en la cocina, la cual estaba obstruida igualmente por las hojas de los árboles del exterior.

Toda la cabaña era un solo lugar, sin paredes que dividieran las habitaciones. Esto debido a que los lugares de ese tipo no son utilizadas mucho tiempo por la mayoría de las actividades que se presentan dentro.

En el centro de la habitación únicamente se encontraba una mesa cuadrada con un gran cofre de metal con toques dorados, bordes de terciopelo rojo en los costados y justamente en la sección del seguro, se ubicaba una cerradura de cinco puntas.

Axel y los cuatro individuos se habían juntado alrededor del cofre y Harald se sentó en la única silla del lugar, justo detrás de él.

—Sin duda alguna, he reunido un grupo muy particular de personas. —Dijo, metiendo en su boca la última esfera de su bolsa.

Cada uno de los integrantes del grupo observó con determinación a cada uno de los demás que conformaban el pequeño equipo allí presente.

—Axel será tu acechador, Liv. —En ese instante la mujer de cabellos de fuego se giró para observar fijamente a Axel. Sus ojos verde esmeralda recorrían cada centímetro del hombre hasta cruzar las miradas y finalmente regresar la vista hacia Harald.

—¿Es lo mejor que pudo encontrar? —Dijo la mujer señalando a Axel con el dedo.

—Estoy seguro de que Axel, aquí presente, nos sorprenderá a todos. —Harald aún mantenía la misma sonrisa desde la tienda de Zoltar y pareciera que no fuera a borrarse nunca.

—Es tu dinero, Harald. —Dijo la mujer.

—Gracias, Liv. Como les explique anteriormente…

—Disculpa, Harald, pero no tengo idea de qué está pasando aquí. Yo no he aceptado aun nada y necesito saber de qué trata todo este absurdo teatro. —Demandó Axel.

—Es cierto, te pido disculpes a este pobre viejo. —Harald se puso de pie y continúo. —Tengo un hijo, se llama Erick. Ha desaparecido desde hace ya más de un mes. Y no ha habido una sola señal de él desde entonces. Aquí es donde entran tú y los demás para encontrar a mi hijo y traerlo de vuelta a casa.

Axel se encontraba analizando la información y en un punto se sintió decepcionado por tal caso, debido a que todo terminara siendo la búsqueda del cuerpo de una persona en alguna parte de un bosque o lago.

—Otro detalle que necesitas saber es que Erick estaba trabajando en una pequeña mina recién descubierta que contenía cristales del alma. Para nuestra desgracia, la mina donde trabaja mi hijo fue abierta en tierra de orcos.

—¡Tierra de elfos! —Reclamó el elfo, quien apretaba sus puños intentando tranquilizarse. La elfina a su izquierda colocó la muñeca en el hombro de su compañero y lo controlo. —Esos asquerosos orcos están contaminando nuestros suelos con sus sucias pisadas.

—Necesito que te tranquilices, Eru. —Dijo la elfina. El elfo la obedeció, tomó una bocanada de aire y se apaciguó rápidamente.

—Como habrá notado, eso complica mucho las cosas. Por eso los escogí a todos y cada uno de ustedes porque sus habilidades se equilibraran en un gran equipo. Tu líder, Axel, será Liv, una guerrera de los clanes Sviatoslav, no dudo que los conozcas.

—Son clanes en donde la guerra es la principal motivación de existencia. Los mejores guerreros se encuentran allí. —Agregó Axel, quien no dejaba de sentir la fría mirada de Liv que se encontraba a su derecha.

—Exacto. Ella será la líder del grupo y deberás obedecer todas sus órdenes sin recatar.

—Si no lo haces, yo misma te asesinare.

Liv empuño su espada y la levantó a la altura del rostro de Axel. La hoja metálica era recta y terminaba en una fina punta que destellaba con la luz del lugar.

—A tu lado se encuentra Aldrin, un poderoso mago de la escuela de hechicería de Onund. El joven se encargará de protegerlos con magia contra todo lo que pudieran encontrar en esas tierras. —Axel observó al chico que seguía sin convencerlo de que fuera lo suficientemente preparado para el trabajo. —Y a tu derecha está la elfina Lúthien y su hermano Eru. Grandes mercenarios que complementarán nuestra labor. Además, ellos son elfos, conocen esos lugares mejor que todos nosotros.

Axel observó con un poco de asombro a los hermanos con mucho más detalle por segunda ocasión, puesto que era muy raro el poder encontrarse con elfos después de la guerra del mazo; un evento que llevó a la casi extinción de su especie y la pérdida de su reino, que en un momento de la historia formó parte de lo que era conocido como las cinco tierras principales. Pero después de las crueles batallas pasaron a convertirse en cuatro.

Los hermanos quienes ignoraban la no tan sutil vista de Axel que los recorría de pies a cabeza, hacían una reverencia cordial para Harald.

—Cada uno de ustedes recibirá una parte de lo que contiene este cofre. Un total de cincuenta mil monedas de oro, dividido entre los 5 dará un total de diez mil para cada uno… y por supuesto, el artículo que necesitas, Axel. —Harald sacó de su bolsillo derecho una llave de cinco puntas con los mismos acabados de la caja que cargaba.

—¿Y que impide que le pueda quitar la llave yo mismo? —Preguntó Axel mientras rozaba con la yema de sus dedos la empuñadura de la espada que tenía enfundada.

—Mi espada atravesará tu pecho mucho antes de que puedas liberar tu arma. —Dijo Liv con una voz tan convencida que casi pone los pelos de punta al acechador.

Harald sonrió y guardó la llave en su bolsillo nuevamente, para finalmente volver a sentarse cómodamente frente a todos.

Es en ese momento cuando un hombre de aspecto elegante entra en la habitación. Sus traje color negro y anillos en los dedos con la insignia de Uróboros; la serpiente que engulle su propia cola, indican que la persona es un juez clandestino o mejor conocidos entre la muchedumbre como “Pactador”.

—Llegó justo tiempo, señor Hansen. —Harald se levantó y lo recibió con un apretón de manos firme y corto. Hansen por su parte no mostró expresión alguna ante los cinco individuos y solo se dedicó a inclinar la cabeza en forma de saludo. —Creo que tiene algo para mí, ¿cierto?

—Efectivamente. —Respondió y debajo de su chaleco extrajo un puñado de papeles que colocó con mucho cuidado sobre la mesa, evitando que alguna hoja se doblara o rompiera la perfecta pila que había montado.

Hansen tomó la primera hoja y se dispuso a leer para todos los presentes.

El contrato aquí declarado estipula que el contratista Harald Sohlberg aquí presente decide contratar bajo su propia decisión y sin intervención de terceros, a un grupo de individuos capacitados para cumplir el trabajo del hombre ya mencionado.

Bajo las leyes del reino Crew, queda remarcado a todos los participantes que su seguridad no forma parte del acuerdo que se está declarando. Y toda herida causada durante el encargo deberá de ser pagada y tratada por la misma persona y no por el contratista en concreto.

El contratista, Harald Sohlberg, les proporcionará a los participantes, comida y agua para su viaje y en caso de ser necesario una manera de transportarse tal y como la dicta la ley 12º del reino Crew.

La ley 17º del reino Crew, dicta que aquellos que firmen el acuerdo deberán acatar las órdenes del contratista en todo momento.

La ley 18º del reino Crew proclama que aquellos que fueron contratados deberán proteger de cualquier modo posible al contratista en turno. Esto hasta que termine el tiempo estipulado.

El juez encargado de cerrar el contrato deberá de pronunciar el hechizo de cierre, seguido del tiempo en que se deberá efectuar el contrato.

Aquellos que no cumplan con el contrato en el tiempo estimado perderán toda recompensa que se haya declarado con anterioridad. Y los participantes que se nieguen a continuar con el trabajo serán juzgados en los tribunales del reino Crew tal y como lo dicta la ley 22º.

A continuación se les entregarán dos hojas con la información entera del contrato y todos los presentes deberán firmar los papeles correspondientes.

Hansen repartió a cada uno del equipo un par de hojas donde se dictaban otras leyes del reino Crew, tales como la apropiación de artefactos mágicos durante el viaje que pasarían a ser propiedad del contratista automáticamente.

Axel tomo sus papeles y casi sin pestañear termino de leer. Todos los contratos eran el mismo, piden ayuda y el cumple, simple y fácil de recordar. Para él lo único que importa en el contrato es el que declara la utilización del hechizo de cierre, pues este confina a una prisión casi mortal a aquellos que acepten trabajar. Todo debido a la poderosa magia utilizada para asegurarse de que todo contrato se cumpla.

—Harald. —Pronunció Hansen. —Imagino que ya les ha hablado sobre la recompensa.

—Por supuesto. —Dijo Harald dándole un par de golpes al cofre sobre la mesa. —También introduje un extra para Axel, que solicita la llave de cinco puntas que tengo aquí mismo. —Hansen observó por un instante la llave y sin decir nada continuó repartiendo el papeleo.

Liv que se encontraba junto a Hansen, firmó su contrato y colocó sus papeles sobre la mesa. Momento después los hermanos Lúthien y Eru firmaron casi al mismo tiempo. Seguidos por Aldrin y al final Axel, que seguía sin estar completamente convencido de haber aceptado el trabajo.

—Ahora que todos han firmado, me dispongo a pronunciar el hechizo de cierre. Por favor, todos coloquen su mano izquierda sobre la piedra. —El pactador había colocado una pieza de cristal de aspecto uniforme del tamaño de un puño cerrado justo en el centro de la mesa. El artefacto tenía una llama de fuego color azul congelado en su interior.

Todos pudieron reconocer que dicha piedra transparente era un cristal del alma, un artilugio mágico comúnmente utilizado para canalizar la magia y evitar el desgaste del cuerpo.

—¡Kontrakten er avsluttet!

Las palabras pronunciadas por el hombre hicieron que el cristal del alma ubicado bajo sus palmas, empiece a temblar. Segundos después un brillo color celeste se escurría como agua entre sus dedos y comenzaba a subir lentamente por sus brazos. El destello azulado se detuvo justamente en el hombro de cada uno cubriendo la extremidad de pequeños ríos venosos de un azul brillante intenso.

—¡Femten dager!

Bajo la antigua lengua de hechicería pronunciada por el juez clandestino, la luz líquida se comenzó a contraer y regresar al cristal del alma. Dejando en evidencia marcas parecidas a quemaduras pero que no provocan dolor alguno en Axel, Liv, Aldrin, Lúthien o Eru. Por el contrario, Harald mostraba signos de quejarse mientras el hechizo terminaba. Una sensación parecida al rasguño de un felino domesticado sobre piel blanda era la más cercana de las sensaciones que podría recordar el pobre viejo.

—El hechizo les obliga a terminar su contrato en un plazo de 15 dìas. Si no cumplen este acuerdo en el lapso de tiempo estimado, las consecuencias serán nefastas para todos. —Agregó Hansen.

El joven hechicero llamado Aldrin, observaba las marcas que había dejado la poderosa magia del juez clandestino. Las líneas en su brazo recorren un camino uniforme desde la yema de los dedos y terminan abruptamente sobre su hombro y comienzo del cuello.

Aldrin solo había escuchado historias del poder que contenían los pactadores, y el cómo empleaban la poderosa magia que manejaban. Además, nunca había presenciado el cierre de un contrato, y para él, fue algo espectacular.

—Hay un pequeño establo, aquí cerca. Allí podrán encontrar sus caballos para transportarse. —Agregó Hansen. Su aspecto se mantenía igual que como entró, centrado y sin una mueca de expresión alguna.

Todos los integrantes salieron de la pequeña cabaña, seguidos por Harald que se mantenía al lado de la vikinga. Charlaban tranquilamente y con el mismo rostro que incomodó a Axel por un instante. La gran mujer de cabello cobrizo se mantenía firme junto al viejo. Para el acechador pareciera que siempre llevaba una mano sobre el mango de su gran espada, esperando cualquier cosa para atacar.

Los hermanos elfos iban muy cerca de ellos; Eru jugaba con un puñal, mientras Lúthien observaba los alrededores.

—Cada uno de sus caballos llevaba consigo suficientes provisiones para su aventura. —Dijo Harald al momento de entrar al establo del que hablo momentos atrás. Dentro había cinco sementales de un color oscuro intenso, cuyo pelaje brillaba ante la luz que se colaba entre los huecos de la madera desgastada en el techo.

—¡Señor Axel! —Exclamó el viejo. —¡Usted es el mejor calificado para encontrar a mi hijo, le ruego lo traiga a casa, conmigo!

—Haré todo lo posible.

—Eso espero.

El acechador casi pudo notar una expresión de tristeza que rápidamente fue convertida en una sonrisa.

La vikinga cabalgó hasta la entrada del establo, y desde allí se dirigió a Harald:

—Harald, deja todo en nuestras manos. No te prometo devolverlo con vida, pero sí encontrarlo.

El viejo asintió y se reunió junto a Hansen que se encontraba fuera del lugar. Ambos hombres observaban como el pequeño grupo se alejaba del lugar, en dirección a la gran entrada del sur.

16 сентября 2018 г. 1:18:20 0 Отчет Добавить 1
Прочтите следующую главу Capítulo 2: Camino desolados.

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