La luchadora ilegal Подписаться

soniammad Sonia MMad

Jessica solo tiene un sueño en la vida: ser profesora de aikido en el gimnasio donde trabaja. Pero cuando contratan a otro en su lugar, se propone hacer todo lo posible por echarlo, como a los dos anteriores. Sin embargo, cuando Jessica conoce al guapísimo Alex, el nuevo profesor, decide alterar ligeramente sus planes para llevárselo a la cama. ¿Conseguirá hacerlo? ¿Logrará su legítimo puesto como profesora?


Любовные романы современный Всех возростов.

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1.- Jessica muerde el polvo

—¿Me estás escuchando? —Leire me dio tan fuerte que me derramó parte del batido que sujetaba con una mano sobre el brazo. Me lamí la fresa para no desperdiciarla.


—Sí, te escucho —me quejé cuando acabé de limpiarme los restos—. Que te vas a comprar otra falda…


—No te estaba diciendo eso —resopló cabreada—. Te preguntaba si vas a venir esta noche de fiesta.


—¡Ah! Pues… —fingí pensarlo—. Creo que no puedo.


—Ya, claro, di que pasas de nosotras y no seas una guarra mentirosa —me pidió Vega con tono hostil.


Suspiré y me recosté contra la silla de madera increíblemente incómoda en la que estaba sentada. Mis tres amigas me miraban con malas caras, supuse que porque pasase de salir con ellas otro fin de semana, pero es que no le veía ninguna gracia al «chunda, chunda», el alcohol y los chulitos de discoteca.


Ellas sin embargo, con su excesivo maquillaje, sus taconazos y sus minivestiditos, se sentían en su salsa. Lo que no entendía era por qué se empeñaban en que fuese con ellas. Yo no las obligaba a hacer lo que a mí me gustaba. Lo había intentado una vez, pero a los cinco minutos de ejercicio se habían retirado para siempre, ni hablar de hacer ningún deporte de contacto, que era mi pasión real.


—No paso de vosotras —suspiré de nuevo—. Es que no me apetece salir de fiesta, estoy cansada.


—No estarías cansada si dejases de hacer tanto ejercicio —replicó Mel.


La sonreí para no mandarla a la mierda. Leire, Vega y Melody eran mis amigas desde el colegio, y no lo entendía muy bien, porque no nos parecíamos en nada. Aun así siempre las tenía ahí cuando las necesitaba, y yo procuraba estar para ellas. Claro, que su amistad acababa en la puerta del gym, por eso le había pedido ayuda a mi amiga del gimnasio, Sara, para librarme del nuevo profe de aikido que había contratado mi padre. Me había librado de los dos anteriores yo solita, pero me pareció que contar con su ayuda sería un valor añadido. Por desgracia, Sara estaba de vacaciones en la playa.


—Hacer ejercicio no quita la energía, son los tacones.


Ellas tres se quejaron a la vez, como si hubiera soltado alguna burrada. Y Melody empezó una charla sobre lo beneficioso que eran los tacones en la vida moderna, o algo parecido, no la escuché, la verdad.


Volví a mi plan con el nuevo profesor. Yo le había suplicado a mi padre que me diese el trabajo a mí, pero decía que no estaba preparada para dar clase. Ya ves, que preparación podía tener para algo que llevaba haciendo desde que tenía tres años. ¡Si solo tenía un título de profesora y un maldito cinturón negro! ¿Cómo iba a estar preparada?


Mi hermano Óscar solía contar que aprendí a dar puñetazos antes que a gatear, y quizá era un exagerado, pero a mí me gustaba creérmelo. Durante mis veinticinco años de vida no recordaba haber hecho mucho más, ni tener otros hobbies.


Obviamente yo no era como mis amigas, no me gustaban los tacones, la ropa cara y mucho menos el maquillaje.


Tampoco iba persiguiendo a tíos como hacía Melody, que cada semana se enamorada de uno diferente. Aunque en honor a la verdad, Mel no tenía que perseguir a nadie, porque era la puta perfección en persona. Bastaba con que mirase a un chico para que él se arrodillase a sus pies. Ella se lo tiraba y luego iba a por el siguiente. Se «justificaba» diciendo que era adicta a los inicios, Vega respondía que solo era una mala perra.


Yo de vez en cuando me acostaba con Oliver, otro de los entrenadores personales del gimnasio de mi padre, pero no podía considerarse una relación, y no tenía intención de ligar ni acostarme con más gente. De vez en cuando conocía a algún cliente que me llamaba la atención y salía con él, pero no llegábamos mucho más lejos, quizá una cena y algo de sexo ocasional, precedida por una conversación coñazo.


Leire por su parte estaba obsesionada con cualquier cosa «juvenil»: libros, películas, grupos musicales, chicos… No era un gusto que compartiese, ni entendiese del todo, pero la respetaba. Nadie dice que tus gustos tengan que crecer contigo, ¿no? Los Backstreet boys marcaron tendencia, ¿qué más daba que ella siguiera escuchándolos?


Aun así, Leire era la más calmada de las tres, normalmente, salvo que viniese Justin Bieber a la ciudad. Así que solía llevarme mejor con ella que con las otras dos.


Vega por su parte, era una zorra de hielo. Solía mirar a todo el mundo desde su coraza helada y no dejaba que nos acercásemos mucho a ella. Si tratabas de ser amable, seguramente te llevases un corte. Yo le había dicho que si supiera aikido podría apartar a la gente también físicamente y no solo psicológicamente. Ella me había replicado que el deporte era para gordas frustradas, así que no lo intenté de nuevo.


A veces me preguntaba por qué era amiga de esas tres zorras tan diferentes a mí. Pero luego pensaba en todas las cosas que habíamos pasado juntas, como nos habíamos apoyado mutuamente una y otra vez, y lo entendía.


Eran especiales a su manera, aunque fuera de una forma muy extraña. Y yo las quería mucho, aunque eso no hacía que dejasen de ser unas zorras.


Ellas eran, junto a Sara, mis únicas amigas femeninas. Solía preferir hacerme amiga de los chicos, porque eran mucho menos cabrones y calculadores. Jamás se me habría ocurrido intentar ser amiga de una de las entrenadoras personales «hembras» porque solían ser insoportables y demasiado competitivas.


—Llegas tarde. —Leire volvió a golpearme el brazo, por suerte me había acabado el batido ya.


—¡Joder, es verdad! —Me levanté a toda prisa.


Había pretendido llegar un poco tarde para que la clase estuviera empezada y así nadie pudiera decirle al nuevo profesor que mi padre era el dueño, pero ya me había perdido los primeros diez minutos. Por suerte, estábamos prácticamente enfrente.


—¡A las once en mi casa, perra! O iré a la tuya y te arrastraré de los pelos —me ordenó Vega mientras yo salía prácticamente corriendo.


Levanté el pulgar hacia ella para que supiera que la había oído y corrí hasta el gimnasio. Dulce estaba tras el mostrador en la entrada, como siempre. Ella era mi prima y la recepcionista. Le hice un gesto con la cabeza, como saludo y salté sobre el torno de entrada para entrar en el gimnasio, porque me había dejado la tarjeta-llave en la taquilla.


—¡Jess! —me llamó a mi espalda, pero la ignoré, seguramente solo quería reñirme por «colarme».


Abrí la puerta del aula dónde ya había empezado la clase de aikido y cogí aire para empezar mi «teatro expulsa profesores intrusos». Sin embargo, cuando mis ojos se cruzaron con los del nuevo profesor, me quedé boquiabierta.


¡Ese no podía ser el nuevo profesor! Estaba buenísimo.


—Hola, ¿puedo ayudarte? —preguntó.


Joder, joder. No encontré las palabras para responder. Solo le miré, con la boca entreabierta aún. Madre de Dios. Aquello debía ser una prueba divina. ¿De verdad se podía estar tan bueno? Yo creía que todo era photoshop.


—¿Estás bien? —insistió.


Detecté en ese momento, mientras yo asentía como a cámara lenta, con mucha torpeza, un ligero acento que no logré situar. Debía ser del puto Cielo. Ese tío no era humano, eso seguro.


—Yo… clase —atiné a decir.


—¿Vienes a mi clase? —Sonrió entonces y fue la mejor sonrisa profident que había visto en mi puta vida.


Asentí de nuevo. ¿Qué mierda me pasaba? Yo nunca había sido tímida y mucho menos estúpida. Pero es que cuando una se encuentra ante un dios, pues pierde funciones motoras básicas.


—Pasa entonces —siguió, con amabilidad—. Estaba explicando lo que es el aikido.


Cerré la puerta tras de mí y caminé sin apartar la vista de él. Tenía el pelo corto al estilo militar, de color castaño claro, la piel muy blanca, como si no acostumbrase a darle el sol y los ojos de un brillante color azul. Era alto, mucho más que yo, que solía dejar atrás a la mayoría de tíos y tenía los músculos muy marcados hasta para ser alguien que trabajaba en un gimnasio. Llevaba unos pantalones de chándal abombados por los muslos y una camiseta de tirantes algo ancha que dejaba ver los tatuajes de uno de sus bíceps.


No pude prestar mucha atención a lo que decía, porque estaba intentado mantener la baba dentro de mi boca. Aun así, su voz, con ese suave acento, me pareció increíblemente sexi. Me esforcé por acercarme a la primera fila, aunque allí ya revoloteaban todas las tías de la clase. Los chicos estaban en una respetuosa segunda fila.


—Me gustaría enseñaros algún movimiento… ¿Voluntarios?


Una docena de manos femeninas se alzaron a la vez, yo fui menos sutil y empujé a un par de zorras. ¿Qué había dicho de que las tías somos malas? Me planté justo delante de él, con mi mejor sonrisa, sobreponiéndome a la caída de mandíbula inicial.


«Venga, Jess», me regañé «no es el primer tío celestial que ves», pero estaba segura de que sí que lo era, al menos en persona.


—Soy Jessica. —Le tendí la mano.


—Alex, el nuevo profesor de deportes de contacto —explicó, apretando mi mano. La suya era enorme y caliente. Me pregunté si tendría todo a juego.


—Yo sí que quiero que me contactes —le dije, antes de soltarle mi número de teléfono. Esperaba que tuviese buena memoria, porque no me pareció que tuviese nada donde apuntarlo.


Se rió con ganas, de una forma tan sexi como el resto de él, claro, porque semejante tío bueno no podía reírse como «el Cuñao».


—Como estaba explicando, Jessica —su forma de pronunciar mi nombre me hizo estremecerme un poco—, el aikido puede usarse como defensa personal, para librarnos de un posible atacante usando su fuerza contra él.


Sin soltarme, usó la otra mano para apretarme un punto tras el hombro y hacerme caer de boca, aunque me sujetó para que no me hiciese daño. En una situación normal podría haberme librado de él, pero le dejé hacer. Giró sobre sí mismo y apoyó la rodilla en mi hombro, sin soltarme el brazo que extendió hacia arriba, dejando su pie desnudo muy cerca de mi cara. Resistí la tentación de derribarle y él me ayudó a ponerme de pie de nuevo.


—¿Te he hecho daño? —Sonó preocupado.


—No, profe —respondí con sinceridad. Sin duda yo hubiera sido mucho menos considerada.


Le sonreí y dejé que me sujetase y señalase para explicarle al resto como lo había hecho. Yo me limité a disfrutar de sus manos sobre mis hombros y por mi brazo, ignorando las miradas de celos sobre mi nuca. «Jodeos, perras».


—¿Quieres otro asalto? —bromeó, cuando acabó de explicar al resto lo que había hecho.


—Claro, no te contengas —me reí, motivada por la pelea. Luego recordé que estaba fingiendo no saber nada.


—Sujétame del brazo con todas tus fuerzas —pidió, extendiendo hacia mí su brazo musculoso.


Me lamí los labios con nerviosismo antes de agarrarme a su piel caliente. Tenía las venas marcadas por el ejercicio. Alcé la cabeza después de agarrarle, tal como me pidió, para verle mirarme divertido.


—¿Lista?


—¿Te derribo? —Puse cara de inocencia absoluta.


—No creo que en una clase puedas derribarme, Jessica, pero si lo hicieras, me convertiría en el mejor sensei de aikido de la historia —bromeó.


Me esforcé de verdad por no derribarle, aunque cada vez tenía más ganas de demostrarle lo que podía hacer. Dejé que tirase de su propio brazo, arrastrándome en el proceso, y di una voltereta en el tatami empujada por mi propio peso. Caí boca arriba y no me esforcé en levarme. Hacía mucho tiempo que nadie me derribaba y me había olvidado de lo que era besar el suelo.


—¿Estás bien? —Me tendió la mano de nuevo.


—Sí, sensei. —Me dejé levantar, y lo hizo sin ningún esfuerzo.


—Te dejaré descansar.


Me mandó de vuelta con el resto y sacó otro voluntario, el chico más grande de la clase. Me reí entre dientes al darme cuenta de que pretendía lucirse. Maldito chulo. Ya le haría yo morder el polvo, cuando me cansase de jugar con él.


7 сентября 2018 г. 18:14:06 0 Отчет Добавить 3
Прочтите следующую главу 2.- ¡Jessica juega a las supermodelos!

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