Enemigo de mi nombre Подписаться

eleanorigbysays Eleanor Rigby✨

La romántica empedernida Rosalie Bradwell está a punto de cumplir con el deber de toda dama: tomar esponsales, abandonar la casa familiar y pasar el resto de su vida complaciendo a su marido. No obstante, apenas unos días antes de la celebración de la boda, tiene una premonición que anula su sentido de la responsabilidad. Su antiguo prometido, el hombre al que amó y perdió en un terrible incendio años atrás, está vivo. Todo lo que tiene es una corazonada y una pequeña pista, pero es suficiente para dar un giro drástico a su vida y la de quienes le rodean. Así es como llega al despacho de uno de los inspectores afiliados a Scotland Yard, esperando que un tercio de su dote sea suficiente para pagar los servicios del mejor investigador de la ciudad: Neil Duncan. Neil es un hombre que ya lo perdió todo una vez, y que conoció de primera mano el poco altruismo y corazón de quienes le rodeaban cuando se encontró en situación de necesidad. No confía en nadie, no cree en nada, y nunca arriesgaría más de lo que le pertenece... Hasta que una mujer llena de valentía y que representa la fuerza del amor puro aparece para demostrarle que ha estado siempre muy equivocado. Y aunque intenta por todos los medios resistirse, ella está mucho más segura de su victoria que él de sus principios, los que acabarán cediendo conforme se abra paso en su corazón.


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#misterio #drama #erótico
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Prólogo

Rosalie se plantó ante la puerta del despacho del duque de Chester, balanceando sus libras de más —y no eran las que llevaba en el bolsillo, sino las que redondeaban sus caderas— de delante hacia atrás. Peso sobre los dedos. Peso sobre los talones. Peso sobre los dedos. Peso sobre los talones... 

Se lo jugaba absolutamente todo. Dependía del hombre que hacía sus cuentas tras el imponente escritorio, pero el nerviosismo no era un término o una emoción que rimase con la personalidad de la joven. Por lo general, aquellos que estaban acostumbrados a salirse con la suya tenían superada la tendencia al temblor; especialmente si el hombre que debían enfrentar era su querido y generoso hermano mayor, que ante todo la escucharía e intentaría comprender.

Aun y contando con dicha ventaja, Rosalie sabía que había ciertas cosas que su familia no toleraba, causa de esa dualidad aristocrática que solo podían permitirse unos pocos: la mayoría de los lores debían atender sus responsabilidades y nada más, pero los que fueron bendecidos con puestos superiores y riquezas sobradas, como era el caso del duque de Chester, conjugaban ese deber con el querer, siendo mucho más permisivos con sus deseos. Los Bradwell estaban a favor de las locuras de Rosalie siempre y cuando hubiese una frontera inadmisible de cruzar. Lamentablemente, su matrimonio con un hombre sin título ni dinero era esa clase de fantasía a la que debería haber renuciado hacía años, porque era un límite infranqueable... Y ese era el motivo por el que estaba allí.

Rosalie no tenía ni idea de juegos de cartas y persuasión, simplemente era humilde, sincera y directa, y por ello había conseguido que su hermano se fuera ablandando con el paso del tiempo. Hacía seis meses exactos de su primer estallido, aquel en el que Rosalie tuvo que retirarse aceptando la primera derrota. «Antes me dejaría matar que entregar tu mano en matrimonio a Henry Payton», declaró absurdamente ofendido. Cinco meses atrás, lo mantenía con fervor, pero ya no alzaba la voz cuando Rosalie lo mencionaba sin vergüenza a la hora de la cena. Los logros de Henry en boca de la joven, sus incontables encantos, sus afortunadas virtudes y heroicas historias calentaron desayunos y almuerzos, y aunque Chester intentaba hacer oídos sordos a cómo su hermana se deshacía en alabanzas para convencerle de que era el candidato ideal, sabía que la escuchaba. Un mes después, y de eso hacían cuatro lunas llenas, la muchacha obligó a Chester a asumir que estaba enamorada de Henry. Él lo hizo en silencio, sin recordarle que era imposible, y de ahí que durante los treinta días siguientes, Rosalie se esforzara por presentárselo, para que valorase en persona su integridad y decencia. Chester puso numerosas excusas alegando falsos compromisos, pero al final no pudo negarle a Henry Payton que fuese un caballero sin botas de piel ni chistera. Aun y con eso, no fue hasta los dos meses anteriores que Chester comenzó a bajar las defensas.

Rosalie aprovechó dicho momento vulnerable para seguir bombardeándolo con su única y sencilla exigencia: Henry era su hombre, y ningún otro. Ofensiva tras ofensiva, logró, no sin esfuerzo y lágrimas de impotencia, que Chester admitiese a regañadientes la respetabilidad de al que anhelaba como compañero. Entonces no capituló definitivamente, pero Rosalie contaba con que lo haría esa misma tarde, veinte minutos antes de que Henry tocara a su puerta con la pedida de mano preparada. Todo estaba calculado.

Rosalie tocó a la puerta al fin y esperó pacientemente, recordando el sermón que había estudiado de memoria. No podía evitar pensar que se equivocó al intentar convencer al primogénito de sus preferencias mencionando exclusivamente las grandes gestas de Henry, cuando sabía que Chester la quería más que a nada ni nadie en el mundo y solo ansiaba oír de sus labios que lo amaba. Y Rosalie no tenía problema con decirlo: lo gritaría a los cuatro vientos, lo escribiría en cada pared de cada barrio londinense. Estaba preparada para usar hasta la última carta.

—Adelante.

Pasó sin exigir más entusiasmo por su parte. Cerró la puera tras de sí, midiendo con la mirada a su enemigo puntual. Chester, que en casa solo era el bueno de Ben, y entre amigos se hacía llamar Benedict Bradwell, fingía encargarse de unos asuntos vitales garabateando en su cuaderno de cuentas. Rosalie pensó que para tratarse de un aristócrata fuera de serie —humilde, tranquilo y extremadamente empático—, ahora parecía su padre, quien en su día encarnó la definición de severidad y engreimiento esperada en el propietario de un ducado. Se había engalanado para la cena que tendría lugar en casa de los Robertson, vistiendo un pañuelo verde a juego con sus ojos que le obligaba a tener la barbilla alta incluso con la vista pendiente de las cifras. O eso quiso hacerle creer, cuando al mirarla directamente, dedujo enseguida lo que había venido a hacer.

Guiándose por su característica prudencia, apartó la estilográfica a un lado, dejándola reposar en línea diagonal respecto a las puntas de las distintas plumas.

—Por la cara que traes supongo que debo asumir que has rechazado a Cliff. De nuevo —apostilló, sin regodearse. Rosalie se deslizó tranquilamente hasta el asiento libre frente a él.

—El marqués de Clifford es un buen hombre, atractivo y fascinante, y sé que esperabas que me casara con él porque así estarías más cerca de tu amigo... Pero habría sido una crueldad aceptar su mano cuando no lo amo.

—Cliff no esperaba amor por tu parte, Rose —suspiró, reclinándose lentamente hacia atrás.

—Pero esperaba lealtad, obediencia e hijos, y no podría ser fiel ni hacer el amor con alguien de quien no estuviese enamorada.

Benedict frunció el ceño.

—¿Quién te ha enseñado...? No importa. Adoro tu franqueza, solo te pido que no utilices ese vocabulario en público. Ya que no has hecho mención a la obediencia, has de saber que Cliff se habría conformado con ello.

—No lo he mencionado porque no le obedecería ni siquiera si lo amase, igual que nunca obedecí a nuestro padre ni tampoco responto ante ti.

Benedict no tuvo ánimos de ofenderse. Por el contrario, se mostró hastiado, ansioso por culminar la conversación que debería haber quedado resuelta meses atrás.

—Si no me obedeces, ¿por qué vienes entonces a pedirme opinión? ¿Por qué solicitas mi permiso para ignorar a una larga lista de pretendientes y, supongo, casarte con el hombre al que prefieres?

—No estoy solicitando tu permiso, ni tu beneplácito: solo quiero asegurarme de que no me odiarás si sigo mi instinto. Ante todo, detestaría perderte o tener que elegir entre él y tú.

—¿No crees que ya has hecho tu elección, acorralándome para que no me quede otro remedio que acceder?

—Por supuesto que no. Pero Henry no es el que me ha puesto en esta situación, y eso inevitablemente hace que esté de su parte.

Benedict se lo concedió asintiendo, aunque cansado.

—Ya sabes lo que te voy a decir. Eres una mujer de belleza extraordinaria, bien educada e inteligente; tu dote ha rebasado los beneficios imaginables. Puedes aspirar a cualquier hombre, a cualquiera. Podrías tener a un duque, incluso un príncipe europeo, un embajador oriental... Y él no es nadie —dijo, como si le doliese. Rosalie no se ofendió; no podía cuando su hermano no la juzgaba por ello, solo intentaba ofrecerle lo mejor—. Es un huérfano que trabaja en una fábrica.

—Y que ha conseguido asociarse con el señor Sebastian Talbot en persona para ganar beneficios con los barcos. No es cualquier fábrica, sino un imperio naval. Desde mi punto de vista, su inicial pobreza y sus orígenes, con sus fatalidades, no son un problema, sino algo que habla en su favor: en la orfandad y la miseria consiguió prosperar, aprendió a invertir, se formó como pudo y ahora será dueño de una parte de la empresa del hombre más rico de Londres. Es ambicioso, trabajador y modesto. Las tres cualidades que tú más valoras.

Benedict sonrió sin poder evitarlo.

—Eres muy convincente cuando quieres, especialmente cuando dices verdades como puños. No niego que Henry Payton sea admirable, pero tú eres lady Rosalie Bradwell, hija y hermana de un duque. Vuestra diferencia de clases, poder adquisitivo y nivel educativo es brutal.

—No me importa el dinero, ni las fiestas, y le enseñaré a tocar el piano y a cantar en latín si por eso lo castigas. Ben, por favor. —Estiró los brazos sobre la mesa para alcanzar sus manos. Sin querer le dio un toque al lapicero, que se apresuró a colocar en línea recta para evitar enfrentamientos. Después lo miró con ojos de perro—. Precisamente por ser el duque de Chester nadie se atreverá a comentar lo desigual de mi matrimonio.

—Sabes que lo que temo no son las habladurías, ni la reputación. Ansío tu felicidad. y me temo que la prosperidad de Payton depende de muchos factores derivados de la suerte. Si en algún momento no pudiera darte lo que necesitas para ser feliz...

—Tú eres quien puede darme la felicidad, y solo me la darás si dices que sí, si le entregas mi mano. Lo amo, Ben —insistió apasionadamente—. Nunca amaré a otro hombre, ni seré feliz si no es con él. ¿Puedes entender eso? Si me lo arrebatas jamás podré perdonártelo, y me moriría de pena si eso ocurriese. Te lo suplico... Deja de buscar candidatos para pretenderme. Jamás he querido un príncipe, solo alguien a quien llamar mío, y Henry y yo nos pertenecemos. Déjalo ser, Ben, por favor.

Benedict contuvo la respiración durante su desgarrado discurso, desinflándose al final con el corazón acelerado. Sus ojos brillaban emocionados, y aunque aún relucía en ellos la duda y el temor a la equivocación, Rosalie supo que había ganado cuando apretó sus manos y las retiró seguidamente.

—Jamás me interpondría en el camino a tu felicidad —declaró al fin—. Eres libre de hacer lo que deseas. Tienes mi bendición, aunque por supuesto no la necesitas...

Rosalie soltó un grito de alegría y prorrumpió en aplausos. Rodeó la mesa para tirarse a sus brazos y besuquearlo por toda la cara, estrechándolo con ese entusiasmo tan suyo que Benedict deseaba proteger de todo.

—¡Dejaré que te comas mi postre durante el resto de nuestras vidas! O... Eso será difícil, porque viviremos en casas distintas, pero... Haré lo que sea para agradecerte esto. Te adoro —juró, plantándole un beso enorme en la frente, justo en esa arruga que solo ella ponía y quitaba a su antojo—. ¿Es muy precipitado que Henry te pida mi mano justo ahora?

Benedict suspiró largamente.

—Sí que te mueres por librarte de mí... Claro que no, haz que pase. Imagino que lo tenías escondido en el vestido.

—¿Quién está haciendo insinuaciones incorrectas ahora? —se rio ella, apartándose—. ¿Y qué si fuera así?

—Lo tendría que retar a duelo.

—No harías eso.

—Es verdad —cabeceó, sin moverse un ápice—. Tengo tan pésima puntería que acabaría dándome a mí mismo, y no quiero morir antes de verte vestida de novia. Estoy esperando; me quedan exactamente seis minutos libres para darle el sí. Que se apresure, debo estar a las siete y media camino Grosvenor.

Rosalie le hizo una señal con la mano para que no se moviera de allí, y salió precipitadamente de la sala en busca de Henry. El reloj marcaba las siete y veintiuno, lo que significaba que él ya debía estar en la casa, esperando que ella apareciese para anunciarle si seguirían adelante o no. Sus predicciones fueron acertadas. Encontró a su ya prometido en la salita, sentado junto a la duquesa viuda, que parloteaba sin descanso sobre los rotos del encaje de los puños de sus mangas. Henry, más educado que la mayoría de los que se hacían llamar caballeros, escuchaba con atención e intervenía cuando era necesario.

Solo con verlo, y sin ser necesario que la mirase directamente, se estremeció de genuina ilusión. Reconocería a Henry en cualquier parte. Era de hombros anchos y fornidos, fruto del duro trabajo de sol a sol al que estuvo sometido desde la tierna infancia en una de las casas señoriales del sur de Inglaterra. A Rosalie aún le parecía oler la sal en su piel cuando estaban demasiado cerca. Su cabello también era inconfundible, de un negro azabache azulado, más corto de lo que dictaba la moda. La duquesa viuda, que manifestó el mismo interés en conocerlo que Rosalie había heredado hacia sus aficiones, señaló alguna que otra vez que sería oficialmente el hombre más bello de Inglaterra si se lo dejase crecer sobre las orejas.

—Si me permite la perspicacia, señor Payton, le diré que estoy convencida de que esta obra fatal de costura no se debe a la pérdida de facultades de la señora Lamarck, sino a su nuevo interés romántico. He oído por ahí que se ve con el propietario de la sombrerería que dobla la esquina de Bond Street, y yo no la juzgaría si lo hiciese porque el hombre es un adulador. No un casanova, no... Reconozco uno cuando lo veo, y son cosas muy distintas. Se trata de un caballero de la cabeza a los pies, absolutamente encantador...

—Henry —llamó Rosalie, antes de que su madre le hiciera huir por piernas.

Él se levantó enseguida, sin que sus pies tropezaran o sus manos temblaran. Estaba tan seguro de sí mismo y tenía tan estudiadas las normas de socialización básica de su mundo que nunca vacilaba; no lo hizo, pues, al clavar en ella sus profundos ojos azules. Rosalie tiritó de placer cuando Henry se disculpó con la duquesa viuda y se acercó a ella, besando sus nudillos con mucho más que los labios. A decir verdad, fue algo más que los nudillos lo que besó; todo su cuerpo era acariciado concienzudamente cuando él entraba en la habitación.

—Es la hora —susurró ella—. Ha dicho que sí.

—Bien. —Sonrió, conteniéndose para no alarmar a la duquesa con la emoción que desbordó sus ojos—. Ahora solo hay que convencer a la dama.

—La dama está más que convencida.

La sonrisa de Henry se ensanchó.

—No sé si me alegro de que haya resultado tan fácil —dijo en voz baja, sin soltar sus dedos—. Ya le había alquilado el carruaje a Jill por si debíamos huir a Escocia. Un casamiento en Gretna Green habría sido inolvidable.

—Y nulo en algunas partes de Inglaterra —apostilló.

—Nada importante; de ser así nos casaríamos en cada zona del mapa. Diez veces más, y en el fondo del mar si fuese necesario. Hasta las redes de los pescadores tienen que enterarse de que vas a ser mi esposa.

Rosalie sacudió la cabeza, ruborizada.

—Deja de adularme y ve a hablar con mi hermano.

—¿Vendrás conmigo? —inquirió, alzando la ceja.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo?

—El miedo no le tiene miedo al miedo —respondió llanamente—. He preparado una pedida para ti en exclusiva, y no sé si podría adaptarla a los tiesos y estirados oídos de un duque.

—No hables así de él... —Asomó la cabeza por un lado de su hombro—, y menos delante de mamá. No es ningún estirado y se lo debes todo. Iré contigo... Siento curiosidad por esa pedida.

Henry le hizo una señal de despedida temporal a la duquesa, que no pudo resistirse al final y los siguió hasta el despacho, donde Benedict recibió al futuro prometido con un suspiro.

—¿Es necesario hacer de esto el acontecimiento del siglo?

—¡Absolutamente! —exclamó la duquesa.

Benedict no añadió nada más, e hizo un gesto para que se acomodasen frente al escritorio. Fue curioso cómo dejó de ser la guarida de un duque, cómo aquellas cuatro paredes que hombres como Henry Payton se morían por conocer, perdieron todo brillo e interés a luz de las palabras que habrían de endulzar aquel ostentoso y frío ambiente.

—Excelencia. —Hizo una breve pero elegante reverencia—. Sabiendo para qué estoy aquí, no me detendré en nimiedades y evitaré hacerle perder el tiempo. Sé que aún guarda reticencias hacia mí como protector de su hermana, pero ambos estaremos de acuerdo en que Rosalie Bradwell no es una mujer que requiera de escolta, pues es valiente, ingeniosa y mucho más inteligente que cualquier caballero que haya conocido. Entiendo que rechace mi trabajo y le queden dudas respecto a mis honorarios, pero sepa que nunca le faltará de nada mientras de mí dependa. Por lo pronto, ha de saber que es oficial que trabajo codo con codo con el señor Talbot, y gracias a un adelanto he adquirido una casa en uno de los barrios mejor posicionados, donde su hermana podrá encontrar una entera biblioteca a su disposición y un ejército de sirvientes esperando órdenes. Me he encargado de cada detalle, empezando por los rosales de flores amarillas que franquearán la puerta de entrada, sabiendo cuánto adora aquellas que le dieron nombre. Igual haré con ella y todo lo que la pueda hacer feliz, porque su alegría es la mía. De más está decir que la amo, y que aunque se hubiera negado a permitir este enlace, la habría estado persiguiendo por todo el mundo mientras ella así me hubiese querido.

Si Benedict hubiera sido otro tipo de noble, habría fruncido el ceño ante el desafío final, pero entre hombres humildes no cabía la desconfianza. El duque se acercó al plebeyo y estrechó su mano, sellando oficialmente un amor nacido meses antes y que estuvo destinado desde el principio a fracasar con estrépito. Rosalie se lamentaría a partir de aquel día de no haber retenido aquella imagen ni aquel discurso tanto como debió, porque Henry Payton abandonó la casa cargado de buenas noticias, y nunca más volvió a poner un pie en ella.

Igual que nunca más volvió a verlo, porque él nunca volvió a respirar.

4 сентября 2018 г. 15:17:26 6 Отчет Добавить 23
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Iana Cold Iana Cold
QUE¡??? COM0¡?? QUE PASO¡¡??
22 ноября 2018 г. 14:50:35
Vicky D'Emyl Vicky D'Emyl
Sigo todas y cada una de tus historias, en WP y bueno, ahora acá. Me encanta tu estilo, la trama de tus historias, tus personajes. Ya te lo he dicho antes y lo reitero, eres grandiosa y el futuro te depara fabulosas oportunidades. Estaré atenta para adquirir aquellos libros que ya están en papel. Besos desde Perú y un cariñoso abrazo.
4 сентября 2018 г. 22:06:05

Gretha H. Gretha H.
Me encantó el prólogo, y también Rose 😍😍
4 сентября 2018 г. 16:52:43

  • Eleanor Rigby✨ Eleanor Rigby✨
    Normal, es descendiente de Lianna... 4 сентября 2018 г. 19:56:35
  • Gretha H. Gretha H.
    Con su sonrisa que tenga me doy por bien servida 5 сентября 2018 г. 13:07:56
~

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