Liberando a Emma Подписаться

cwilde Carol Wilde

¿Quién me diría que me metería en tantos líos al irme de casa? Mi plan era irme a Seattle a terminar el último año de universidad, con un trato poco ortodoxo y contra la oposición de todos. Sin embargo, no pensé que después de todo la que había pasado, mi vida en Seattle no fuera tal y como había planeado ya que si Derek - ese sexy policía con los ojos más azules que había visto en la vida y esa musculatura digna de una estatua griega- tenía una cualidad, era la de tocarme las narices y hacerme la vida interesante. Suena bien, ¿no? Pues no, no es de lo más idílico. Y menos cuando por culpa de él, de mi don natural para meterme de lleno en los problemas y de unas nuevas amistades un tanto peligrosas, me interpone nada más y nada menos que en medio de una investigación por homicidio. ¿Me iba a estar quieta y dejar que los policías hicieran su trabajo? Estaba clarísimo que no.



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Prólogo

1 año antes

Cuando ella abrió la puerta de la azotea de par en par, afuera estaba lloviendo a cantaros. Observó de un vistazo que era imposible huir de aquellos pocos cuadrados que conformarían su final. Los edificios más próximos estaban al menos a cinco metros y cuando se asomó al filo, había al menos doce metros de altura.

En pocos minutos tenía la ropa empapada y solo en segundos, sintió de nuevo la agitada respiración de quien la había traicionado a niveles tan profundos y mezquinos que le era difícil explicar.

Se dio la vuelta dispuesta a dar la cara, al fin y al cabo el único error que ella había cometido era amar a la persona equivocada, creer que todo el mundo merecía ser salvado cuando estaba más que claro que había personas que habían nacido para ir de cabeza al infierno.

Ya no tenía posibilidades ni de huir ni de esconderse, pero él tampoco, así que lo aprovechó.

Si bien ella se había permitido el lujo de llorar puesto que la lluvia borraba todo rastro de sus lágrimas, aprovechó ese dolor para escupírselo a la cara. Quizás si aún tenía alma le dolería, un poco, aunque fuera una pizca.

—¡Creí en ti! —gritó con el alma engarrotada y el cuerpo encorvado del frío—. Confié en ti más que en cualquier otra persona, de verdad pensé en algún momento que merecías ser salvado, que te merecías una vida mejor, pero me equivoqué...

—Stacy... —Su voz denotó dolor, pero ella lo ignoró.

—Me dijiste que no me pasaría nada malo, lo prometiste. ¿Quién iba a pensar que finalmente tú serías quien me destruiría del todo?

Ella rió histérica, dejando que la crisis nerviosa la devorara por completo.

—Yo no quería hacerte daño —Sonó tan sincero que pensó que sería mentira. Al fin y al cabo, ¿con cuántas de ellas le había convencido? ¿con cuántas la había llevado a su terreno?

Stacy sabía que eran demasiadas como para contarlas, por eso optó por sacudir la cabeza antes de que cada una de ellas la persiguiera como un demonio buscando alimento en las desgracias ajenas.

—Pero me lo has hecho. ¿Te haces una idea de lo estúpida que me siento por no haberlo comprendido antes? —Dio un paso hacia atrás—. ¿Del dolor que siento al saber que realmente no puedo confiar en nadie?

—Sí, puedes confiar en mí —Salió tan directo que ni lo pensó. Creía de verdad que podía confiar en él, que podía ayudarla de nuevo.

—Y una mierda —escupió.

—Stacy yo... joder, no huyas de mí.

Estaba comenzando a perder la paciencia. La había perdido muchas veces con ella, sin embargo esa vez estaba rozando el límite. Sabía que todo pendía de un delgado hilo, y que en su mano estaba hacerlo o más grueso o más delgado. No era una de sus pataletas, como cuando se enfadaba por no haberla llevado a tomar un batido a su restaurante favorito o decidía que estaba ocupado cuando lo que pretendía era librarse de una sesión de compras insoportable. Por una vez ella tenía toda la razón de escupirle esas cosas a la cara.

Se lamentó todas las veces en las que pudo hacer las cosas diferente y no las hizo.

—Y pensar que siempre has sido tú, desde el principio. Me dan náuseas, ¿entiendes? Arcadas.

Las palabras se proyectaban hacía él con un odio tan intenso que las recibía como balas.

—Stacy —suplicó.

—¡No te acerques!

Pero él no cumplió su orden y se fue acercando. Necesitaba tenerla cerca, verle los ojos, tocarle la piel.

—Te prometo que no quería que nada de esto ocurriera, no estaba dentro de mis planes.

Si quizás la tocaba, podría convencerla de no cometer una locura.

—Pero has dejado que pase —Se quitó con el antebrazo las lágrimas que se colapsaban y las gotas de agua que caían por su flequillo recto.

—No tiene por qué pasar algo que no tenga remedio.

Él miró el filo de la cornisa que rozaba los tenis de ella. Y Stacy dirigió la mirada hacia ese punto tomando nota mental de que él tenía razón, si lo hacía no tenía remedio.

Pasó tan rápido, que ninguno de los dos fue consciente.

Lo último que se escuchó, fue un ruido sordo que quedó amortiguado bajo el ruido de la lluvia.

Él ni siquiera se atrevió a mirar lo que había quedado, ni tampoco comprobó si seguía con vida pues sabía de sobra que desde esa altura no sobreviviría nadie.

Dejó que el dolor lo consumiera mientras hincaba las rodillas en el suelo y se llevaba las manos a la cabeza pensando: "¿qué he hecho?"

2 сентября 2018 г. 11:47:50 0 Отчет Добавить 2
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