El espejo egipcio Подписаться

u15268997301526899730 Pilar González

LA NOVELA DE SUSPENSE, INTRIGA Y MISTERIO, QUE TE ATRAPARÁ. ¿QUÉ PASARÍA SI UN DÍA AL COMPRAR UN ESPEJO TU VIDA SE CONVIRTIERA EN UNA PESADILLA? Esto es lo que le sucede a Dago, el protagonista, un escritor que se encuentra en un periodo de bloqueo creativo y distanciamiento de su pareja. Él comienza a tener extrañas revelaciones acerca de los anteriores propietarios del objeto, desde el faraón Akenatón hasta un pintor fauvista, pero esta no será la mayor amenaza a la que se enfrentará. La madre del protagonista desaparece en circunstancias sospechosas antes de recibirlo como regalo. Miguel, su editor y un hombre peculiar, muere asesinado y en ese momento se descubre que tenía uno similar al de Dago.


Саспенс Всех возростов.

#intriga #misterio #suspense
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El espejo egippcio

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Hay una grieta en el tiempo que se abre en ocasiones y cuando ocurre nada es lo que parece.

Esto, sin embargo, lo supe mucho después de haber comprado el espejo que me atrajo por algún motivo insólito o, quizás, por su forma extraña y su brillo peculiar; el que zarandeó mis cimientos y causó mi cataclismo interior. Entonces no lo hubiese creído, ni me lo habría imaginado. La existencia de otras vidas paralelas, de exóticas dimensiones, de mundos desconocidos, era algo que no encajaba en mis esquemas, aunque estos se cayeron como un castillo de naipes y fueron borrados de golpe, al igual que las huellas de pisadas en la arena del desierto cuando sopla el siroco.

Poco más tarde de haber entrado en la tienda que albergaba aquel reflector de imágenes, germinaron en mi mente mil dudas e interrogantes: ¿Soñaba aquellas historias que parecía vivir o provenían de su luna enmarcada en obsidiana? ¿Me estaba volviendo loco o influía sobre mí? ¿Era un espejo maldito? ¿Tenía razón el comerciante?

No en vano ya me advirtió de su carácter maligno. Lo cierto es que, cuando me acercaba a él, en vez de encontrar mi rostro proyectado en el metal, en su interior descubría sombras que me vigilaban y enigmáticas personas que musitaban mi nombre. Por ello mi escepticismo se tornó credulidad y ni de día ni de noche logré apartarlo de mi pensamiento, al que rondaba de modo intermitente en principio y en el que más adelante se instaló como una obsesión punzante. Ni siquiera conseguí desterrarlo de mis sueños.


2

Aquel verano de 2010, recién cumplidos los treinta y nueve años, decidí tomar unas pequeñas vacaciones. Mi trabajo de escritor me había impedido hacerlo en mucho tiempo. Paseaba por las calles de Grazalema, una pequeña villa de la ruta de los pueblos blancos de Cádiz, cuando pensé en comprar un regalo para mi madre. Lo hallé en una discreta tienda de antigüedades, uno de esos lugares abarrotados de muebles y reliquias donde una atmósfera densa y un mohoso olor a añejo lo envolvían todo.

A pesar de estar medio oculto, enseguida llamó mi atención; más bien parecía que él me hubiese descubierto, por el modo en que me atrajo, como si repitiese mi nombre entre susurros. La forma triangular del espejo y su luna de plata enmarcada en obsidiana lo hacían único. Su tamaño era más bien pequeño, manejable, lo justo para ver mi rostro reflejado. Emitía un brillo singular; los escuálidos rayos que habitaban el local se concentraban en él y los amplificaba, vigorizándolos.

El hábil comerciante, un hombre bajito, de tez morena y pelo negro, poseía unos ojos pequeños y oscuros que desprendían una mirada pícara y penetrante, delatando su destreza en las artes del comercio y contrastando con lo que transmitía el despacho. Quizá por ello no di demasiado crédito a la ingeniosa historia que me contó del objeto.

El dependiente me aclaró que estaba reservado y no podía venderlo. No había caído en retirarlo y lamentaba que lo hubiese visto. Consideró una extraña casualidad que, en un mismo día, dos personas lo quisiéramos comprar, pues llevaba algunos meses en el comercio, desde que su hermano lo había obtenido en un rastrillo. Argumentó que esa misma mañana, apenas una hora antes, un señor reparó en él y enseguida le pidió que lo apartara, no llevaba dinero en efectivo y la tienda no disponía de datáfono. Pero yo le insistí, no suelo darme por vencido cuando deseo algo. Le propuse pagar el doble de su valor y ni siquiera entonces resolvió vendérmelo, porque le costaba romper la palabra dada al señor que había hecho la reserva. Sugerí que podría ocurrir que ese hombre no volviera y yo le aseguraba la venta. Enseguida urdió otra historia.

Decía el negociante que el misterioso espejo era diabólico, que atraía la mala suerte y a errantes espíritus, maldiciendo así a los propietarios, porque el pariente desde que lo compró solo había tenido tropiezos. Supuse que, con tanta resistencia, trataba de obtener un buen precio, mas no hacía falta inventar fábulas, ya me había encaprichado y decidido que sería mío a costa de lo que fuese. Así que le ofrecí doscientos cincuenta euros, pero tampoco le pareció bastante. Notaba que me iba poniendo tenso, que me entraban ganas de asestar un mal golpe al tipo, de coger el espejo y salir corriendo; en cambio, le di mi tarjeta, prometiendo que le dedicaría mi próximo libro y que recomendaría su comercio. Pensé que gracias a mi fama de escritor cambiaría de idea, porque a cualquiera le seduciría que alguien conocido elogiara su negocio. El hombre, confirmando mi creencia, por fin accedió subiendo el precio a trescientos euros.

Pagué el importe que estipuló, satisfecho de haber logrado mi objetivo. El individuo también se sintió feliz, lo adiviné en su socarrona sonrisa. Creería que había sido fácil hacer tan buen trato o que el necio de mí picó el anzuelo con su ladina historia, pero algo me decía que era al contrario, intuía que ese objeto era mucho más valioso.

Él retiró el espejo de su sitio, para lo cual tuvo que desplazar varios cestos del suelo, llenos de numerosos enseres: relojes de diferentes tamaños y épocas, algunos despertadores, marcos gastados, estatuillas huesudas… y diversas cajas que se apilaban sobre una mesa pequeña de ajedrez y casi lo ocultaban. Lo envolvió con mimo; primero, en un plástico especial preparado para preservarlo, después lo introdujo entre corcho blanco, a modo de sándwich; por último, lo embaló con papel de periódico y lo anudó con una cuerda fina, pero recia, para asegurarse de que no se rompería en caso de que recibiese algún golpe. Yo me iba sintiendo cada vez más nervioso porque mi impaciencia no soportaba la lentitud de los demás mortales, aun a sabiendas de que el hombre, en este caso, miraba por mis intereses.

Continué las vacaciones visitando algunos pueblecitos de los alrededores de la serranía de Grazalema, tratando de captar con el objetivo de mi cámara fotográfica monumentos, caserones y paisajes; y tostándome al sol en las playas de Málaga, hasta las que me desplacé un par de días después. Estando allí, en uno de los chiringuitos costeros donde preparaban los mejores espetos que he comido, oí hablar, en la mesa de al lado, de Frigiliana, lugar de ensueño según el comensal que lo enaltecía. Tan extraordinaria fue la alabanza que despertó en mí el deseo de conocerlo, me pareció una buena idea para documentar un pasaje de la novela que estaba escribiendo. Aunque me hallaba de vacaciones me costaba apartar el trabajo de la mente y dedicarme a disfrutar, así que esa tarde me acerqué, ya que, además, solo distaba veinte kilómetros de donde me encontraba. Mientras me dirigía hacia él la imagen del espejo me asaltaba y me hacía sonreír. Qué satisfecho me sentía con la compra, pensaba que a mi madre le encantaría.

Frigiliana, «Pueblo de las Tres Culturas» por las notables influencias que tres grandes civilizaciones habían dejado en sus capilares: la romana, la mudéjar y la cristiana, me impactó, en principio, por su desperdigamiento longitudinal, pues a medida que me desplazaba con el vehículo por la carretera que lo cruzaba aparecían y desaparecían las casas por detrás de cada curva, pero luego, desde arriba, cuando pude obtener una vista panorámica de todo el conjunto de viviendas, resultó que estas se localizaban concentradas en una larga fila que surcaba el borde de un precipicio, sobre la que se sostenían otras hileras, y así, de modo sucesivo, se encaramaban las ristras de inmuebles hasta que la montaña se escondía por completo debajo de ellas.

El conjunto rocoso acogía al territorio habitado en un abrazo íntimo donde contrastaban los impresionantes desfiladeros, asiento de la alquería, de aristas escarpadas, agresivas y amenazantes, con la pacífica y cándida imagen de los hogares rústicos. En verdad que el hombre del chiringuito no había exagerado ni un ápice las virtudes de la villa. A la vez que pensaba esto imaginaba la cara de mi madre al entregarle el regalo, la recordé en ese momento porque me crucé con una señora del pueblo que se le parecía mucho, qué fantástico se le antojaría, seguro que nunca habría visto un espejo triangular con la luna de metal.

Las callejuelas subían y subían, retorciéndose engalanadas con macetas y flores en las márgenes, ribeteando las orillas y las fachadas con el añil de los tiestos, el verde de los tallos y el estampado arcoíris de las corolas. En cada puerta, en cada ventana, en cada rincón, en cada revuelta, se repetía el agasajo herbario.

Yo me sentía confuso, jamás me había fijado en ningún detalle y, sin embargo, en aquel momento estaba haciéndolo; me figuraba que ese pueblo ejercía sobre mí un desconcertante influjo.

Los pavimentos, decorados con piedras de distintas tonalidades, plasmaban dibujos florales y figuras geométricas, como un tapiz de roca en el que sobresalían los cantos de color, que ocupaban el primer plano, para dejar de fondo aquellos más opacos, grises o blancos. Las calzadas formaban terrazas naturales, miradores nacidos de las inclinadas aceras que me enfrentaban al panorama verde que enraizaba en los bajos, como una alfombra de musgo y matorral cimentaba la base de la localidad, y en las laderas de las colinas colgaban las cortinas de vegetación característica de la sierra de la Almijara: pinos carrascos y enebros, esparteras y lomillos, flanqueadas por esporádicas manchas albinas, casas encaladas, como era típico en la zona, que se me antojaban canas incipientes de las peñas; algunas incluso coronaban las cumbres onduladas.

Sentía, a raudales, entrar por mis retinas la luz irisada que me volvía ligero, el perfume a romero navegar por mis fosas nasales y abrirme el pecho, una brisa agradable tocarme el pelo, y una magia invisible rodearme, penetrarme, hacerme etéreo.

Tomaba notas a cada paso, mi inspiración se había desatado, pero el móvil comenzó a sonar interrumpiéndome y haciéndome enfadar. Debería silenciarlo, pensé, a la vez que me negué a mirar quién ahuyentaba a mis musas. Aunque tenía otro motivo de distracción, cuando me encaminaba hacia la plaza principal de Frigiliana me daba cuenta de que estaba pensando de nuevo en el espejo, una irresistible tentación de volver a contemplar mi rostro en su metal me invadió de pronto. La contuve sin saber que unos minutos después viviría una experiencia terrorífica.

16 августа 2018 г. 0:01:18 0 Отчет Добавить 0
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